domingo, 16 de julio de 2017

LA BATALLA DE LOS CHANCOS




- GUERRA DE  1876-  COLOMBIA-
                                                      General  Julián Trujillo


El 17 de agosto de 1876 salió de Manizales la División Vanguardia del Ejército antioqueño con 800 soldados bien armados. Bajo las ordenes del coronel Francisco Jaramillo se internaron en territorio del Estado del Cauca a respaldar a sus aliados conservadores en una guerra fratricida  alentada por la iglesia católica que se oponía a la libertad de cátedra y al sometimiento de la curia a las leyes colombianas que defendían la libre profesión de cultos.

Detrás  de la División Vanguardia siguió la Segunda División de la Provincia del Sur con 750 hombres dirigidos  por Cosme Marulanda y la Tercera Division del Sur con  650  combatientes bajo el mando de Juan Manuel Llanos.

El 15 de agosto el  general  José María Gutiérrez, alias “Botella” comandante de la operación invasora alcanzó la población de San Vicente en el Valle del Cauca, mientras la Guardia Colombiana de las fuerzas liberales  desembarcaba en Buenaventura procedente de Panamá  y a marchas forzadas se dirigía al Valle del Cauca para unirse al ejército liberal de Cundinamarca y hacer frente a los clericales alzados en armas.

Los antioqueños continuaron su avance hacia el sur y en el sitio de “Los Chancos”, cercano a la población de San Pedro,  chocan el 31 de agosto de 1876 con las fuerzas liberales bajo el mando del general Julián Trujillo. Ese día la muerte empaña los bellos campos del Valle del Cauca. Manuel Briceño, en “ La Historia de la revolución de 1876” describe la cruenta acción en “Los Chancos” que marca el rumbo de la guerra:

“ Los fuegos se rompieron sobre el flanco derecho del general Trujillo a las ocho de la mañana y los últimos cuerpos llegaron al campo de combate a las diez, de modo que éste se fue generalizando a proporción que los cuerpos entraban en línea. El ataque era violento y la resistencia liberal muy vigorosa.

Hacia la una de la tarde el ala izquierda  del general Trujillo empezó a ceder al propio tiempo  que el centro retrocedía también y se empeñaba la reserva en el combate.

Se orenó una carga general  y se lanzó la caballería conservadora sobre los liberales que abandonan sus puestos. La victoria coronaba los esfuerzos de los ejércitos conservadores del Cauca y Antioquia, la caballería perseguía a los derrotados hacia San Pedro, media legua del campamento y el único punto enemigo,  en la Loma del Tablón , defendido por el general Bohorquez, que aún ofrecía bastante resistencia, era objeto de un ataque terrible. Una hora más y el triunfo  estaba alcanzado.

La voz de la victoria resonaba en todas las filas conservadoras;  pero en estos momentos los escuadrones que habían seguido en persecución de los liberales hasta San Pedro, a órdenes  del coronel Manuel Augusto Ramirez, egresaban al campo a coronar el triunfo y una voz indiscreta y cobarde hizo creer a la infantería antioqueña que la caballería del general Trujillo cargaba sobre ellos; se estableció una lucha entre aquellas dos fuerzas, al propio tiempo  que ambos recibían disparos del enemigo.

El coronel Martinez, entrando  por medio de los fuegos, logró  al fin que  el comandante  de la infantería  comprendiera su error, pero ya era tarde; el pavor se había apoderado de la tropa, que abandonó  el lugar de combate y enseguida el campamento, sin que bastaran a contenerlos en su fuga las reflexiones, las amenazas y los esfuerzos de todo género que hicieron los generales, los jefes y el mismo Arboleda  que se hallaba presente.

El único que estuvo  en su sitio de combate hasta las seis de la tarde sin retirarse de sus posiciones fue Benigno Gutiérrez y su Batallón Riosucio.

Al finalizar el combate las bajas conservadoras sumaron  617 entre muertos y heridos y las liberales alcanzaron la dolorosa cifra de 1029.

Entre las bajas  en los Chancos se  cuentan:

En el Batallón Riosucio: Capitán Hermógenes  Salazar, Sergentos Francisco Zuluaga y Manuel A.Guerrero; soldados Juan Calvo, José María Álvarez,Abraham Calvo, Custodio Villegas, Felix Díaz y Rafael Largo.

Salamineños que perecieron en los Chancos: Víctor Vé4lez, Ricardo González, Pedro Gómez.

Con el ejército  antioqueño se internó por las tierras del Valle del Cauca un sujeto de nombre Luis Angel Villegas, natural de La Ceja,  que había abandonado esposa e hijos para vivir como un anacoreta. Su mirada  era penetrante, llevaba una cruz de peregrino, usaba larga cabellera y cubría los pies con gruesas sandalias de cuero. Algunos paisanos lo consideran santo y  le pedían  que los tuviera en sus oraciones, otros lo llamaban burlonamente El Mesías. Se incorporó a las filas antioqueñas y asistió a la acción de Los Chancos, durante la cual permaneció arrodillado rezando el trisagio y pidiendo a la Divina Providencia concediese  la victoria a sus paisanos y copartidarios. Parece que cayó prisionero y no se conoce su fin.  Al preguntar por Villegas la respuesta de uno de los derrotados fue la siguiente: ¿’ El Mesías?- ¡ Virgen Santa!- A esta hora lo estarán crucificando.

Los combatientes antioqueños fueron a Los Chancos con un gran escapulario que llevaba el nombre de Pio al frente y el de Nono por la espalda,  en honor la Papa Pio IX, En el sangriento combate entre el fuego cruzado de liberales y sus propios soldados, se dijo que a los que no les dieron por el Pio les dieron por el Nono.

El descalabro conservador en Los Chancos hizo retroceder sus fuerzas  para situarlas en la margen norte del rio Otún.

Los invasores se replegaron hacia su propia frontera y en Manizales el 5 de abril de 1877 sucumbieron ante las fuerzas liberales de Trujillo.

miércoles, 5 de julio de 2017

DOS GOLEADAS INOLVIDABLES


SESENTA Y NUEVE AÑOS DE FUTBOL PROFESIONAL 

Diego Avellaneda Díaz



 

Se están celebrando 69 años de profesionalismo  del fútbol colombiano y es oportuno recordar algunos episodios de ese largo recorrido por las canchas patrias.

Una ligera retrospectiva nos recuerda que fue el Independiente Santa Fe, con su casaca roja y su pantaloneta blanca, el primer equipo que se clasificó como campeón nacional.

Se inició entonces en 1949 la inolvidable época de “El Dorado del Fútbol Colombiano”, cuyo mayor precursor fue el “maestro” Adolfo Pedernera, a quien “El Tiempo” bautizó como el “geómetra del fútbol”.

Tenía Millonarios como figuras en esa época, a Pedrito Cabillón y a Alfredo Castillo, argentinos ambos, cuya voluntad y sacrificio hacían pasar inadvertida su ausencia de fútbol depurado y de clase. Un colombiano, cuya imagen no debemos olvidar,  se destacaba en la zaga: el antioqueño Francisco “Cobo” Zuluaga, de una izquierda prodigiosa.

Pasaron los meses y la afición crecía y el espectáculo respondía económicamente. Llegaban figuras argentinas, uruguayas, brasileras, inglesas,  paraguayas, peruanas, costarricenses etc... en un desfile impresionante por competir en poderío.

El Deportivo Cali, que había nacido como Cali A, con Emilio Reuben ( no Rubén),Bianchi, Ricardo “Tanque” Ruiz, Manuel  Spagnuolo, Julio Tocker ( “ el filósofo del fútbol) se iba preparando para ser uno de los grandes.

 Conforma “El Rodillo Negro” con Valeriano López ( el Tanque de Casma) , Vides Mosquera, Guillermo Barbadillo, Máximo Lobaton, Juan Lecca, Victor Pasalagua, “Tigrillo” Salazar, todos peruanos,  en momentos en que llegarían a sus filas Oscar Sastre y Camilo Cervino, fugados del Independiente de Avellaneda y siguiendo sus pasos “El Conejo”( por su velocidad) Antonio Vilariño.

Tenía como número 5 ( centro medio)  un muchacho vallecaucano de una calidad extraordinaria tanto en el manejo del balón como en su desplazamiento en la cancha; un verdadero “armador”: Severiano Ramos.

Ya Millonarios tenía en sus filas a Julio Cozzi, Alfredo  Di Estefano, al “Maestrito” Baez, a Nestor Rossi, a Raúl Pinni, extraordinario defensa uruguayo que nunca se despeinó,  Villaverde y a Alcides Aguilera, ambos charrúas, siempre comandados por Pedernera, cuando enfrentan al Cúcuta Deportivo del negro Ulises Terra, Bibiano Zapiraín, “El Mariscal Toja”, Eusebio Tejera, Gambetta, Abraham González , Washington Barrios( arquero), en una tarde inolvidable en el Campin y el “Ballet Azul” presenta debutando en Colombia a un uruguayo, sorpréndase todos,  marcó esa tarde cinco goles, dándole el triunfo a Millos por 5 a  0.

El Espectador en su página deportiva y a seis columnas tituló: “ Bombardeado  Washington”, se refería a Washington Barrios, arquero del Cúcuta. Su nombre Víctor Bruno Latuada. Ninguno de los aficionados volvimos a verlo.  Desapareció del banco y del panorama. Fue como un espejismo.

El Deportivo Cali,  quince días después de haber caído en una cancha inundada ( El Campín) por un torrencial aguacero, por tres goles a dos con Universidad, partido en el cual el “Cholo” Rodríguez (Tico) atajó impresionantes tiros de  Valeriano,  Fernando Walter y Cervino, goleó en el Pascual Guerrero al poderoso Millos. Primer tiempo 1 a 1, gol de Valeriano empate de Aguilera, extraordinario puntero izquierdo. Segundo tiempo con esta secuencia: Gol de Valeriano, gol de Cervino, gol de Valeriano, gol de Fernando Walter, gol de Cervino. Resultado: el famoso 6 a 1  del Deportivo Cali, que hizo historia y que aún recordamos muchos aficionados.

Era un fútbol ofensivo; de inspiración del jugador; que se jugaba a ganar y no a no perder

Bien lo dijo Helenio Herrera, el gran director técnico argentino nacido en el barrio Palermo de Buenos Aires y nacionalizado francés, que triunfó en Europa y a quien en una ocasión le preguntaron  que por qué  no empleaba un esquema más defensivo y secamente contestó: prefiero perder 5 a 4 y no empatar 0 a 0.  

viernes, 30 de junio de 2017

LA LEYENDA DE ITAURÍ


- EL PASADO DE PUEBLO RICO- RIS

Alfredo Cardona Tobón*



 

Por las laderas del Océano Pacífico se desliza un arroyo que va recogiendo torrentes hasta convertirse en el caudaloso río Tatamá. Con ese nombre no solo se conocen los imponentes picachos que continúan guardando secretos y el río que da sus aguas al San Juan, sino también una aguerrida tribu que a principios de la época colonial enfrentó a los españoles y acabó con la avanzada del conquistador Buen de Sancho.

La palabra Tatamá se encuentra profusamente en la difusa historia de la región del Chamí. En el siglo XVI los españoles fundaron un caserío en un valle estrecho a orillas del río Tatamá, atraídos por las riquezas fabulosas que creían sepultadas en las tumbas y en el fondo de las ciénagas de la región.  Era un territorio hostil poblado por nativos belicosos que durante dos siglos hicieron frente a los conquistadores

Esa aldea llamada San Antonio del Tatamá vivió de las explotaciones mineras en un entorno húmedo y arropado bajo el palio de enormes arboledas. Un escrito en la peana de un crucifijo, venerado en la iglesia de Pueblo Rico hasta muy entrado el siglo XX, confirma la existencia de Tatamá: “Soy donado- decía el escrito-   a esta santa iglesia por D. Joaquín Álvarez del Pino- Tatamá 7 de 1816-“(sic).

A falta de cronistas que hubieran registrado a Tatamá, el testimonio descrito es uno de los tantos que  dan cuenta de la existencia de esa  aldea, que sirvió de escala para llegar al Arrastradero de San Pablo, un  istmo entre los ríos San Juan y el Atrato que comunicaba a los océanos Atlántico y Pacífico.

El ingeniero francés Jorge Brisson y otros exploradores hablan de San Antonio de Tatamá y también las anotaciones de los religiosos franciscanos.  El poblado vegetó durante siglos y a mediados del XIX desapareció al incendiarse en una de las guerras civiles que sacudieron la región. Con la llegada de los antioqueños se perdieron casi toda la historia y las leyendas del territorio aledaño al cerro y al río Tatamá; sin embargo el padre Marco Antonio Tobón Tobón, cura de Pueblo Rico a principios del siglo XX, alcanzó a recoger algunos testimonios de los antiguos habitantes de la zona, antes que se contaminara la cultura de los negros y de los indios.

Unos ancianos chamíes dijeron al padre Marco Antonio Tobón que mucho tiempo atrás, cuando se obedecía al rey y los blancos iban y venían del cielo, los brujos y jaibanás vieron en el humo de las hogueras señales de un peligro inminente. Ante tales circunstancias los vecinos de la aldea de Tatamá se atemorizaron con los torrentosos aguaceros; los vientos que venían del océano los llenaron de pánico al igual que el rugido de las fieras, los rayos y las cerradas sombras de la noche.

Los meses pasaron   sin que se presentara alguna tragedia; pero una tarde neblinosa, estando descuidados y tranquilos los blancos españoles, los esclavos negros y los indios catequizados que vivían en Tatamá, se oyó la algarabía de centenares de indígenas feroces que en alud incontenible se abalanzaron sobre la aldea como una manga de langosta destruyendo todo a su paso.

La mortandad fue espantosa y mientras los españoles echaban mano a sus armas para defenderse, los esclavos se internaron en los montes y los nativos catequizados que servían a los blancos abandonaron el caserío en estampida. De improviso, en la misma forma como llegaron, los salvajes zitarabiráes acallaron sus gritos y como sombras se perdieron entre el follaje.

En medio de la confusión y la algazara uno de los nativos que servía en la misión, entró a la capilla a pedir auxilio al Altísimo; en medio de sus ruegos levantó la vista y vio la imagen del patrono San Antonio que parecía brindarle su protección. Conmovido, se olvidó del peligro, bajó la imagen de su pedestal y con él a cuestas cruzó en medio de los salvajes que no lo vieron pasar, y corrió y corrió hasta una cueva en lo más profundo de la montaña, donde cubrió a San Antonio con  hojas de palma  y  hojarasca para que no la descubrieran los zitarabiráes.

Pasaron los meses, poco a poco el viento y el agua descubrieron la cara y las manos de la imagen que con su lividez parecía un ser de ultramundo en medio de las rocas; de día reflejaba los rayos del sol y en las noches los rayos de la luna destellaban como salidos de una aterradora visión.

La noticia de la aparición de un fantasma por los rumbos de Tatamá, corrió por la región y los nativos llenos de pavor, por nada del mundo osaban acercarse a la cueva donde estaba la imagen; desde entonces fue un sitio prohibido que   llamaron   Etaurí  o cueva del demonio.

 Años más tarde- cuenta la leyenda- el indio que escondió la imagen de San Antonio quiso rescatarla y a escondidas de los brujos de su tribu en una noche cerrada fijó rumbo hacia Etaurï Con sigilo lo libró del musgo y de la lama, lo envolvió en un costal y con enormes precauciones lo entregó a su amo español, quien después de organizarlo lo   llevó a la iglesia de San Juan del Chamí, donde lo veneraron por mucho tiempo

El paraje de Etaurí, llamado Itaurí por los paisas, es hoy un plan cubierto de guaduales y montes seculares, sin rastros de la fundación española, pero, según narra el padre Marco Antonio Tobón en sus “Bosquejos”, en el año 1923 aún se veían tramos de calles empedradas, cimientos del antiguo asentamiento y algunos naranjos y limoneros, vestigios de la antigua aldea.

sábado, 17 de junio de 2017

CORREGIMIENTO DE SANTA ELENA EN QUINCHIA

 




CORREGIMIENTO DE SANTA ELENA[1]

El corregimiento de Santa Elena se encuentra ubicado al sur.occidente de la cabecera  municipal de Quinchía, a una distancia aproximada de 12 kilómetro por carretera destapada..

Sus límites son:
AL ORIENTE: vereda el guayabo.AL OCCIDENTE: vereda Villarrica.; al NORTE la vereda San Juan y la vereda Manzanares y al sur la vereda Opirama.


CLIMA

Santa Elena se encuentra ubicada en el piso bioclimático templado es decir entre los 1000 y 2000 m.s.n.m lo que permite el establecimiento de diversos cultivos que van desde los de tierra caliente hasta los de clima mediano.

Las veredas que conforman a Santa Elena son; Punta de Lanza,  Piedras,  El Retiro,  Encenillal, Barro Blanco, La Argentina, Insambrá, Villanueva, Manzanares, San José, Opirama  y Santa Cecilia.

El corregimiento  cuenta con una topografía quebrada donde se  destacan los cerros de: SANTA ELENA  y el CERRO DEL BOSQUE,  caracterizados  por la gran cobertura que protege los nacimientos de agua que se encuentran en esta región.

El panorama es hermoso: desde el poblado se observa de lejos el Valle de Risaralda, el cañón del río Cauca y el majestuoso nevado del Ruiz.

Santa Elena empieza a figurar en los archivos oficiales en el año de  1932 cuando se nombró a la señorita Julia  Rosa Quintero Directora de la Escuela alternada de Guadualejo y en 1940 con el nombramiento de Rosario Romero como maestra de Santa Elena.

Lo anterior nos permite deducir que entre  1932 y 1940 se cambió el nombre de Guadualejo por Santa Elena,  denominación con la cual se identifica actualmente esta zona quinchieña que alcanzó la dignidad de  corregimiento por Acuerdo No. 007 de 1981, sancionado por el alcalde Pedro Pablo Mosquera.


PRIMEROS POBLADORES DE SANTA ELENA

 Al llegar los conquistadores españoles encontraron en el territorio que hoy ocupa Santa Elena varios  asentamientos cercanos a las fuentes salinas ; entre ellos se destacó Opirama, una comunidad  que sobrevivió hasta  1627 cuando el Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia, ante la negativa de los vecinos a dejar su poblado,  ordenó quemar los ranchos y los obligó a trasladarse al caserío de Quinchiaviejo, fundado al lado de una misión franciscana.

 El territorio quedó deshabitado pero  décadas más tarde nativos procedentes de las  parcialidades de Naranjal y Mápura  repoblaron la zona  junto con  gente de  los resguardos de San Lorenzo en Riosucio y  de Tabuyo en Anserma.El proceso de poblamiento del corregimiento de Santa Elena fue una  migración de comunidades locales en busca de nuevas tierras para establecer sus casas y sus cultivos.

.Según la tradición, porque no hay nada escrito, entre los  primeros pobladores  de Santa Elena se recuerda a    Bisael  Antonio Chiquito Y Rafael Aricapa quienes llegaron con sus familias y  como abundaba la guadua denominaron  Guadualejo a la amplia zona que  comprendía  los terrenos de las  veredas actuales de Santa Elena, El Retiro y Villarrica, todas ellas dentro del Resguardo indígena de Quinchía.

 Los primeros colonos hicieron sus viviendas de bareque y tapia pisada,  costumbre que se conserva  a pesar del cemento y los ladrillos. Con el  paso de los años llegaron al territorio  Juan Esteban Ortiz, Santos Ladino, y  Ángel  Gañan que unidos a Bisael Chiquito y Rafael Aricapa levantaron la humilde capilla que por mcuho tiempo congregó a los vecinos.

Santa Elena permaneció al margen de la colonización antioqueña, apenas a mitad del siglo XX llegaron algunos paisas y luego ha  sido notoria la  presencia de  nativos de la etnia emberas- chamí, cuya gente constituye un grupo importante, con su propia cultura inmaterial y material, sus danzas autóctonas, costumbres, artesanías y su dialecto.

Los emberas- chamí  hacen parte del  resguardo de Carambá; esta comunidad se encuentra organizada en  Santa Elena , tienen sus reglas, los líderes enseñan a los más jóvenes las tradiciones y la lengua y cuentan con un grupo de danza  que ha representado el corregimiento de Santa Elena en presentaciones municipales y departamentales. Lass actividades culturales de los embera-chamí se desarrollan en una construcción de guadua que llaman el tambo, un punto de encuentro distinto a la caseta comunal utilizada por  el resto de los lugareños. Cada vereda de Santa Elena cuenta con su Junta de Acción comunal y bajo la orientación de las juntas surgen proyectos y se concretan las aspiraciones de las comunidades veredales.

LA EDUCACIÓN EN EL CORREGIMIENTO

En el año de 1940 funcionó la escuela alternada en Santa Elena dirigida  por la señora Rosario Romero  y  en tiempo reciente en la vereda de Villa Rica se impartió educación primaria hasta los grados seis y siete. En  el año de 1992 se funda la Institución Educativa Santa Elena, como una entidad satélite  del Instituto San Andrés; fue una iniciativa personal del alcalde Mario Ibarra Arias  que dio sus primeros frutos en 1998 con la graduación de los primeros bachilleres del corregimiento. Dagoberto Castro Portocarrero fue el primer profesor del colegio Santa Elena  que a partir de  2002, como entidad educativa autónoma del Colegio San Andrés, de la cabecera municipal, marca el arranque cultural del corregimiento.

 TIEMPOS DIFÍCILES


La región de Santa Elena ha sido cruelmente  castigada por la violencia. En los  años cincuenta del siglo pasado los “pájaros”,  o asesinos  que venían de Guática y Anserma asolaron  el caserío; en respuesta a sus atropellos se conformaron grupos  que bajo el comando de Medardo Trejos, alias” Capitán Venganza”, con distinta bandera política  siguieron ensangrentando las veredas quinchieñas..

En territorio de Santa Elena se libró el famoso combate en  “El Corozo”, donde se enfrentaron las bandas quinchieñas con los “pajaros”  venidos del Occidente caldense .

En los años sesenta del siglo pasado el frente Oscar William  Calvo del  EPL reclutó, asesinó e hizo imposible la vida de los habitantes de Santa Elena por donde merodearon  los antisociales que seguían tras “Iván”  y  “Leyton, quienes perecieron el primero en manos de sus compinches y el segundo por las balas del Estado.

La existencia de Santa Elena no ha transcurrido en un lecho de rosas. Esta comunidad mayoritariamente indígena, pese a su pobreza, poco a poco ha ido buscando un rumbo en su destino.

Santa Elena es un territorio de leyendas, donde en tiempos lejanos florecieron los pueblos de la sal de los Anserma, y en cuyo territorio  se levanta imponente la mole del cerro Opirama. Cuentan que en la base de ese  cerro vivían confinados  los tamaracas, o genios del mal; cuando salían de las profundidades de la tierra se convertían en huracanes, en la peste o en mangas de langosta que asolaban la tierra hasta que el Dios Xixaraca bajaba del cerro Batero y tras lucha colosal los recluía bajo el cerro Opirama.

 






[1] Datos tomados de la docente Yuliet María Ramos Montoya-  Institución Educativa Santa Elena.







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domingo, 28 de mayo de 2017

EL DULCE SABOR DE LA PANELA




Alfredo Cardona Tobón*










En el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, se veía  en los ranchos campesinos más humildes, un trapiche rudimentario compuesto por dos palos verticales y una especie de manija que denominaban “amansayernos” y utilizaban para  moler la caña y obtener el guarapo.
En ese entonces en las pequeñas parcelas se levantaban cuadros de caña para alimentar el caballejo y obtener la melaza para endulzar los jugos y la mazamorra. Los labriegos más pudientes, por su parte, sembraban parcelas de “cañauzales” y las beneficiaban en trapiches de masas movidos por una bestia.
En las “moliendas” se pasó del autoconsumo  a pequeñas empresas de panela que surtían los  mercados pueblerinos. Vino el café, llegó la electricidad y hubo dinero para instalar ruedas Pelton y motores; aparecieron, entonces, las grandes “estancias” cañeras y Colombia se convirtió en el segundo productor mundial de panela y en el primer consumidor per cápita del dulce alimento.
AL OLOR DE LA PANELA
El paisa tiene en sus genes el olor de la panela; en los recuerdos atávicos están las pailas de cobre, el melao, el atizador, los blanquiados, las yucas cocidas en la melaza hirviente y  para muchos están vivas las imágenes de los  teteros de aguapanela, los trozos de dulce con abeja incluida, el  raspao,  las  rascas con tapetusa, las mulas con  angarilla  y la sensual  piquiña de las pelusas de caña.
Así mismo la panela está incrustada en la historia nacional: acompañó a los lanceros de Sácama y Guasdualito  en los esteros llaneros; al aguardiente de panela se le mezcló pólvora  para entrar con valor al combate,  los atados de panela fueron parte de la ración de las tropas  y uno de los botines más preciados en las guerras civiles del siglo XIX,  y con panela se atenuaron  las hambres de generaciones y generaciones de  colombianos pobres.
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LAS CONDICIONES DE LA PANELA
La caña es un cultivo originario de la Nueva Guinea que prospera en la tierra cálida. La panela que es uno de los productos principales de la caña y la calidad depende de la variedad del cultivo y del grado de maduración de los cañaduzales. La textura va desde tonos claros hasta tonos oscuros, ello depende de la edad del cultivo, de la acidez y de otros factores asociados al proceso como el batido, la cal adicionada, el tiempo de almacenamiento y la humedad del medio ambiente. La verdadera panela se obtiene de la caña panelera, pero en los llamados “derretideros” se funde el azúcar y se agregan químicos que dan una falsa panela,   muy bonita por el color, pero sin minerales ni nutrientes
 En el proceso de la caña nada se pierde: el bagazo sirve de combustible, la cachaza que flota sobre el guarapo se utiliza para engordar los cerdos, la ceniza es abono, los cogollos se pican a las mulas y con las mieles se fabrica la panela, el aguardiente, los alfandoques y el azúcar.
El calcio y los cationes de la panela previenen las caries, y, además, la panela posee un valor energético sin par, pues  tiene sacarosa,  fructuosa y glucosa junto con elementos proteínicos. Por varios siglos la panela fue un artículo circunscrito a la mesa de los pobres. Pero una día “Cochise” Rodríguez y demás escarabajos colombianos la pasearon en bicicleta por las carreteras europeas y la panela empezó a ser  redescubierta  por el  Viejo Mundo y  alcanzó categoría entre nosotros.  Ahora tenemos Reinado Nacional de la Panela en Villeta, fiestas de la panela por todo el panorama colombiano y en tiendas y supermercados la vemos en todas las formas: en bloques,  rayada, granulada, en polvo, mezclada con cacao  y en lujosas presentaciones se exporta a varios mercados del mundo.
En Colombia el pueblo raso creció con aguapanela, se deleitó con las panelitas  y  la natilla de panela de la abuela y sus delicias fueron las  melcochas, el claro con dulce macho, la limonada, el sirope y las colaciones. La gastronomía se ha enriquecido con la panela; a las  preparaciones tradicionales se suman el pernil de navidad, el arroz con panela, los arequipes, los frijoles rojos y más de 500 recetas que tienen como ingrediente el dulce elemento traído por los canarios.
Colombia es el segundo productor de panela en el mundo y el primer consumidor con 25.5 kilogramos de panela al año por cada habitante. Otros países la producen en menor cantidad con nombres diferentes: se llama raspadura en las Islas Canarias, en Bolivia la denominan empanizao, chancaca en Brasil y papelón en Venezuela.
En el Eje Cafetero de nuestro país el cultivo de la caña constituye el segundo reglón agrícola; es la  base de la economía de numerosos  municipios, entre los cuales  sobresalen Quinchía con su excelente panela y Supía, donde existe una cooperativa que agrupa a los pequeños y medianos productores y  cuenta con un moderno centro de investigación del producto.
LA PANELA DE CADA DÍA
¿Quién no ha espantado el frio con aguapanela caliente y quesito montañero? ¿Quién no chupó colaciones con su primer amor? ¿Quién no tomó aguardiente de caña en una fonda, oyendo bambucos de Luis Carlos González y Enrique Figueroa?
 Si no espantó el frio, ni probó  una colación mordisqueada por la noviecita, ni se emborrachó con guaro  mientras oía  “muele sediento el trapiche el corazón de la caña como se masca la vida el sueño azul de las almas.”, definitivamente pasó por esta tierra paisa sin tocarla.
En ese triste caso aliste un viaje al Alto de Letras a tomar aguapanela con queso; lleve colaciones del Alto del Obispo a su dama,   tómese una media de aguardiente en una fonda bambuquera de cualquier pueblito del Quindío y para rematar, ya que Dios es paisa según los antioqueños,  al rezar el padrenuestro no pida el pan sino la aguapanela de cada día, que fue lo que nunca faltó en las humildes mesas de los abuelos y bisabuelos.
 
 
 
 



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lunes, 22 de mayo de 2017

GUIA DE VIAJE AL CERRO BATERO


- POR DONDE NI LOS GATOS PUEDEN  BAJAR-
Tomado  de un artículo de Luis Javier Caicedo- Editor  de www.albicentenario. com.   complementado con notas de Alfredo Cardona T-


                                                 Batero visto desde El Tabor
 
Los viajeros que cubren las rutas Cali- Medellín o Pereira-Medellín por la antigua carretera Troncal de Occidente entre La Virginia- Anserma-Riosucio y Supía, se asombran con la belleza de los cerros que adornan el sinuoso y grato recorrido, especialmente con la imponente majestad de un cerro coronado por una roca porfírica que se levanta en el sector de El Tabor, kilométro delante de  la entrada a Quinchia y antes del tramo de descenso a Riosucio.
Infortunadamente no hay siquiera una placa que lo  identifique y menos aún una guía que  indique como llegar hasta él ,  cuando ese cerro  denominado Batero y llamado Carambá por los nativos, debiera ser un lugar reconocido por su belleza y por la historia que  lo envuelve  desde tiempos inmemoriales.
En  la zona media del río Cauca son muchos los cerros emblemáticos con nombres ancestrales como Ingrumá, Sinifaná, Picará, Opiramá, Gobia, Gamonrrá  y otros con nombres impuestos por los colonos caucanos y antioqueños, entre los cuales están el Carbunco, Buenos Aires, los farallones de La  Pintada, Plateado, Cerro Tuza, Arcón y Campanario; pero entre todos ellos  se destaca el Batero por su imponencia y lo que representa para las comunidades que viven en sus alrededores.
Algunos tienen carácter sagrado, pues en ellos habitaron dioses y demonios y eran escenario de rituales y peregrinaciones. Los conquistadores españoles llamaron Anserma la región del Batero y los cronistas consignaron las diferencias paisajísticas  de esos cerros tutelares.  Juan Vadillo se enfrentó con el cacique Chiricha en las faldas del Batero  donde  encontró una fortaleza con guaduas rematadas por cráneos humanos donde el aire silbaba al pasar por las orbitas descarnadas.

                                                   Batero visto desde El Higo


Cieza de León  habló de los rituales en Opirama y Batero y realzó su importancia ritual y estratégica:  …”  muerto un  Señor hacen en los cerros altos las sepulturas muy hondas y después que han hecho grandes hoyos meten adentro  al difunto,  envuelto en muchas mantas, las más ricas que tienen,  y en una parte ponen sus armas y en otra mucha comida y grandes cántaros de vino(chicha)  y sus plumajes y joyas de oro,  y a los pies echan algunas mujeres vivas, las mas hermosas y queridas suyas,  teniendo por cierto  que luego ha de tornar para vivir y aprovecharse de lo que en ella llevan… un peñol fuerte hay en este pueblo ( el Batero o Carambá)  donde en tiempo de guerra se guarecen”.
Ese peñol defensivo nunca perdió su valor militar, tanto que en la guerra civil de 1877 se libró en las faldas del Batero un importante combate entre las fuerzas liberales del Estado del Cauca y las tropas conservadoras de Antioquia, que allanó el avance liberal hacia Manizales. En  1879  otra escaramuza entre los liberales independientes y los liberales radicales de la provincia de Marmato ensangrentó al Batero y en la violencia política de mitad del siglo XX, el cerro con cabeza de águila fue teatro de operaciones del celebre “Capitán Venganza” y posteriormente las veredas aledañas sirvieron de guarida a los antisociales con banderas del ELP y de las FARC.
En  el cerro Batero  las tribus ansermas rendían culto a Xixaraca y a la mole granítica solamente tenían acceso  los chamanes, como lo relató en el siglo XVII fray Pedro Simón, quien como los demás frailes y doctrineros  señaló como si fuera el diablo al Dios de los nativos:
“Cerca de Anserma al oriente hay un encumbrado  cerro ( Opirama)  donde se subían los del pueblo de Umbra a ampararse en tiempo de sus guerras y se les aparecía el demonio los días  de sus borracheras que las hacían allí… junto al pueblo de Pirama (Opirama),  a dos leguas al oriente deste que dijimos  de Porsa ( Pirza)  hay otro más encumbrado que llaman Buenavista (Carambá o Batero) donde también se  les aparece el demonio solo a los jeques,  por ser este  un gran santuario adonde solo ellos suben por ser la subida escabrosísima  y  de peña tajada, por escalera de guadua, por donde gatos aún no pueden bajar  y debe ser  que el diablo tiene las escaleras y les da mano para despeñar sus almas a lo más alto de los infiernos.  Lo que también  intenta cuando algunas veces en tiempo de hambre les arroja frisoles y otras raíces desde lo más alto para que aficionándoles con una obra buena le estén sujetos y obedientes para infinitos males..”
Las leyendas conservadas por ancianos nativos de Quinchía hablan también  de la diosa Michua, que acompañaba a Xixaraca, el Dios del Batero;  era una deidad guerrera que convertía las aguas en sangre y los bejucos en culebreas, lanzando rayos contra los enemigos de los pueblos ansermas.





El cerro Batero se yergue imponente en terrenos de los resguardos indígenas de Pirsa- Escopetera y  de Carambá en jurisdicción de Riosucio y Quinchía.  En tiempos de Rojas Pinilla, los seguidores del general enarbolaron la bandera de la ANAPO en lo más alto del cerro;  al finalizar el siglo pasado  don Juan de Dios Trejos y sus hijos levantaron una enorme cruz en una pequeña explanada en la cúspide del Batero y construyeron unas escaleras metálicas por donde suben los  osados vecinos con arriesgados párrocos a celebrar  la misa  en fechas especiales.
                                                  Accesos al cerro Batero
El cerro Batero está en el corregimiento de ese nombre del municipio de Quinchía y se llega a su base desde esa cabecera municipal, desde el corregimiento de Bonafont en Riosucio . Tambien  desde el sito del Tabor sobre la carretera troncal de Occidente se puede ir hasta el Batero, al igual que partiendo del corregimiento de Irra por la carretera de Mápura, pero estas  dos últimas vías son solo aptas para camperos.
                                                    Subida al cerro Batero
Las mejores vistas del Batero se logran  desde la vereda El Higo y desde El Tabor. Esta magnifica mole, que tanto significa para los quinchieños se admira  desde numerosas veredas  elevadas situadas en el  margen derecho del río Cauca. Es así como el picacho que emerge de la zona caliente se empieza a ver desde Pácora hasta Neira y en algunas partes de Anserma y de Guática
 
Fuentes de consulta
SALDARRIAGA Escobar Gregorio- Trascripción de la relación del viaje de Joan de  Vadillo entre San Sebastián de Urabá  Cali-1539- Boletín de Antropología Universidad de Antioquia- Medellín  Vol 26.  No. 43- 2012-pag 42-65
CIEZA DE LEÓN  Pedro-  Crónicas del Perú- Cap XVI- Biblioteca Ayacucho- Caracas
CARDONA Tobón Alfredo- Combate del Cerro Batero- http://historiayregion.blogspot.com 2012
CARDONA Tobón Alfredo- Por tierras de Xixaraca- http:// historiayregion.blogspot.com 2013
Cardona Tobón Alfredo- Quinchía Mestizo- Fondo editorial Risaralda- 1989- Pereira
 

martes, 16 de mayo de 2017

EL VIRREY QUE NO PUDO GOBERNAR


Alfredo Cardona Tobón*

 

Champán- grabado de Julio Greñas



Ell once de junio de 1782, Don Juan de Torrezar Díaz Pimienta recibió la extremaunción y al sonar las campanadas de las doce del día   entregó el alma al Creador, dentro una gris habitación donde se filtraban los murmullos de la servidumbre y el cortante frío bogotano.

Cuatro días antes, el nuevo virrey había llegado a la capital granadina tras un recorrido de 45 jornadas, desafiando los bancos de arena, los meandros torrentosos del río Magdalena y los pésimos caminos que llevaban al altiplano. Durante ocho años don Juan desempeñó la gobernación de Cartagena con lujo de competencia: abrió vías, fundó a Montería, a Lorica, a San Bernardo del Viento, a San Pelayo y decenas de pueblos sabaneros a la vez que establecía en  el puerto caribeño  el colegio de San Carlos de Borromeo, una luz de la Ilustración en un mundo entre tinieblas.

Don Juan de Torrezar Díaz y Pimienta luchó como Brigadier en los ejércitos del rey de España y alcanzó la dignidad de Caballero de la Orden de Carlos III.  Al renunciar el virrey Miguel Antonio Flores agobiado por los achaques y las intrigas, Don Juan Díaz Pimienta, como acostumbraba firmar, lo remplazó en el cargo el 31 de marzo de 1782.

El flamante virrey  emprendió viaje a Santa Fe cuando aún se oían los gritos de la revolución comunera. Lo acompañaba su joven y bella esposa, un hijo de dos años y escasa comitiva. Los cronistas anotan que no llevaba tropa alguna para inspirar confianza en los ariscos granadinos aterrados con las sentencias crueles que apagaron la vida de Galán, de Berbeo y otros compañeros. Era un hombre sencillo y austero que para no afectar el erario costeó el viaje a la capital con dinero de su propio bolsillo.

Cuentan las crónicas que desde la muerte del virrey hasta la sepultura en el convento de las Teresas en Bogotá, se disparó un cañonazo cada cuarto de hora en señal de duelo y cuatro caballos con crespones negros transportaron el ataúd. Tres salvas de artillería precedieron su sepultura y  no hubo más pompa ni boato en las ceremonias fúnebres porque así lo dispuso el virrey antes de morir.

EL ÚLTIMO VIAJE DEL VIRREY

La virreina María Ignacia de Salas empezó a sentir molestias desde el momento que embarcó en el champán de 12.5 metros de eslora; estaba embarazada y su situación se hizo cada vez más incómoda con  el vaivén de la embarcación, el calor y los bichos. Al atardecer del primer día la comitiva llegó a la Bodega de Mahates y alumbrados con antorchas y en medio del júbilo popular recorrieron el barrizal que los llevaba al caserío; al día siguiente los viajeros madrugaron y repasaron el camino para reanudar el viaje por el río Magdalena.

La segunda noche los sorprendió en Tenerife; aquí el Ayuntamiento se presentó en pleno, disfrazado con pelucas y casacas andrajosas y  se bailó al son de dos violines y un arpa. .Después el champán atracó en Mompox, donde el virrey llegó al templo bajo palio y se le trató en forma tal que el valetudinario representante del rey y su indispuesta consorte se sintieron como en Cartagena.

A lo largo de todo el recorrido los ribereños se agolpaban para ver pasar el champán impulsado por doce bogas, ornado con la bandera española y con el piso recubierto de cueros de res. En Tacamucho un grupo de milicianos coloniales saludaron al virrey con armas de palo y en Tamalameque lo recibieron tres curas con el Santísimo. Hasta allí el viaje transcurrió normalmente  pese a las incomodidades, pero al  llegar a la desembocadura del río La Miel, donde por siglos vegetó la población negra de Buenavista, doña María Ignacia sintió los dolores del parto y en esa soledad desamparada nació un hijo que no sobrevivió y hubo que sepultar  en las playas palúdicas del rio Magdalena.

Al mes de salir de Cartagena el Virrey y sus acompañantes llegaron al puerto de Honda; allí los esperaba el arzobispo Caballero y Góngora con numerosos santafereños; . Descansaron   nueve días y luego tomaron el camino hacia Santa Fe: el virrey a caballo y su esposa en un palanquín con cargueros que se turnaban en el recorrido.

 En Guaduas el alcalde se presentó con las jóvenes del pueblo, dos violines, un arpa y una guitarra y se armó un animado baile; pero don Juan Díaz Pimienta no estaba para fiestas, porque desde Honda empezó a hincharse y a sentir un malestar general. Al llegar al altiplano empeoró la salud de  Díaz Pimienta; en Facatativá “sintió morirse de fatiga” durante una noche terrible. De ahí en adelante el antiguo Brigadier de los ejércitos reales empezó el camino acelerado hacia la muerte.

A las cuatro de la tarde del siete de junio de 1792 Díaz Pimienta llegó a Santa Fe tan postrado y débil que hubo que llevarlo cargado a la cama. La multitud se agolpó a la entrada del Palacio para indagar por el moribundo y por la virreina que no llegaba pues los quebrantos de salud la retrasaron en el recorrido

En forma inmediata los funcionarios llamaron a fray José Celestino Mutis quien por sus conocimientos y experiencia era el único que podía salvar al virrey, pero el galeno por toda providencia llamó a un sacerdote para que administrarán la extremaunción al virrey.

Días después falleció Díaz Pimienta, las campanas de las iglesias repicaron  y la adusta Santa Fe de  Bogotá se unió en una sola oración;  el alto dignatario dejó  este mundo sin un pariente, sin un doliente que lo acompañara en sus  últimos momentos, echando pus por las “cuatro vías”.

 Doña María Ignacia y su pequeño hijo llegaron al otro día del deceso, les prestaron muy poca atención pues todos estaban ocupados maquinando la sucesión, incluyendo al arzobispo Caballero y Góngora, quien por razones que se ignoran, guardaba un sobre sin abrir, donde el rey, desde cinco años atrás, lo nombraba virrey interino en caso de faltar el titular.

 Se habló de envenenamiento y de amores de doña María Ignacia con el arzobispo: era el entretenimiento en la Santa Fe chismosa, gris y pacata de la Colonia. Nada se comprobó y don Juan de Torrezar Díaz y Pimienta  quedó inscrito en la historia no tanto  por los cuarenta pueblos que fundó en la costa , sino por su cortísimo período de gobierno virreinal.