jueves, 18 de agosto de 2016

LOS HIJOS DE SIMONA DUQUE


Autor: José María Bravo



Quiero anotar algo sobre sus hijos, característico de la cultura de aquellas épocas. Incorporados como soldados a las filas republicanas, supieron cumplir con su deber y lo hicieron como valientes hijos de doña Simona Duque, la ilustre heroína. Pero sus últimos días no fueron los mejores. Manuel fue el primero de esos soldados que murió por salvar la Patria, en Cartagena, en donde fue enterrado.

Francisco fue herido gravemente en Ovejas. Recibió un balazo en la parte superior de la columna vertebral y el proyectil permaneció allí 35 años, hasta que se lo extrajo el doctor Ulpiano Urrea. Tullido, murió en la miseria y abandonado.

Andrés, cayó prisionero en la Cuchilla del Tambo, el 29 de junio de 1816 y se salvó del cadalso pero tuvo que sufrir las mayores penalidades en el campamento español. Estuvo en el ejército patriota hasta el año de 1817, cuando regresaron derrotados a Marinilla. Murió anciano, ciego, en la miseria y olvidado de sus compatriotas.

El 9 de diciembre de 1879, el doctor Abraham Moreno escuchaba de sus labios su propia historia, y Andrés dejó escapar de su pecho un lúgubre silencio, dos lágrimas muy tristes rodaron de sus ojos y así se quejó:

¡Quién me hubiera dicho hace 55 años que ese hermoso sol que alumbró el campo inmortal de Ayacucho habría de eclipsarse para siempre a mis ojos; y quién le hubiera dicho a mi santa madre que un día su hijo no tendría ni un jergón para cubrir su cuerpo, ni un pedazo de pan para calmar su hambre!

Salvador participó en la lucha desde 1813 a la edad de 10 años. Fue coronel, brilló en las campañas de Antioquia, fue uno de los compañeros de Córdoba en la batalla de Chorros Blancos contra el Coronel Tolrá, y en el Bajo Magdalena. Estuvo en los sitios de Cartagena (1821) y Santa Marta (1823). Murió de avanzada edad.

Antonio María fue el héroe del combate de Tenerife, en donde obtuvo una distinción en pleno combate. Fue herido el 25 de julio de 1820 y a causa de éstas heridas, perdió sus manos.

Quedó inválido.

Juan Nepomuceno fue el héroe de Chorros Blancos, luchó en Pichincha el 7 de abril de 1822, en el Puente de Guaitara, en Yacuanquer y en Pasto. Murió anciano.

José María, el menor de todos los hermanos, no fue presentado a Córdoba por su madre por hallarse enfermo, pero más tarde partió a la guerra. Obtuvo el grado de Teniente. Estuvo en la Cuchilla del Tambo, en donde fue derrotado.

Se unió luego a las tropas del General Sucre, con quien participó en batallas.

La única hermana de estos héroes fue doña María Antonia, quien fue esposa del señor Benedicto Velásquez. Sus descendientes han honrado su abolengo.


BIOGRAFÍA


Simona Duque nació en la villa de Marinilla en el oriente antioqueño el 30 de marzo de 1773, en un hogar de costumbres patriarcales, formado por don Andrés Duque Giraldo, hacendado de la región, y doña Ana María Rincón Giraldo. Fue una matrona de costumbres tradicionales, como correspondía a su linaje familiar.

Se casó cuando tenía 14 años con José Antonio Alzate Cardona, y como antioqueña de pura cepa, tuvo ocho hijos, siete varones, trabajadores, de armas tomar y convencidos patriotas: Andrés, Francisco, Salvador, Antonio María, Manuel, José María, Juan Nepomuceno, y una mujer, María Antonia, que perpetuó las virtudes de su sangre y las tradiciones de su raza.

Su humilde vivienda, en Marinilla, sirvió de morada a importantes personajes y guerreros de paso y desde allí se repartía la correspondencia a los pueblos del oriente antioqueño. Marinilla era una población muy pequeña, en 1825 tenía 6.050 habitantes.

Relata don Abraham Moreno: veíamos cuando éramos niños a doña Simona cultivando con sus propias manos el huerto de su casa, situada en la salida de Marinilla para el Santuario. Vestía modestamente saya de fula azul, camisa blanca, y encima una camisa tetunjana, ceñida a la cintura, cando estaba en el trabajo.

El despertar de los sueños de libertad y pertenencia que se produjo con la lucha por la independencia, en las primeras décadas del siglo XIX, tocó las puertas de la casa de doña Simona.

La matrona antioqueña había quedado viuda en 1801, y por aquellos días su familia dependía por completo de ella y del trabajo de sus hijos mayores.

Esta mujer patriota, decidió entregar su más preciado tesoro, sus hijos Andrés, Francisco y Salvador, al coronel José María Gutiérrez de Caviedes en 1813, quien con un grupo de voluntarios, entre ellos el joven José María Córdoba, invadió la provincia de Popayán, pero los contratiempos deshicieron la expedición, y fue fusilado su jefe. Los Alzate Duque regresaron a Marinilla derrotados, pero no vencidos, era el año de 1817.

Allí se dieron a la tarea de entrenar a sus hermanos menores: Antonio María, Manuel, José María y Juan Nepomuceno, de modo que cuando el coronel Córdoba fue a liberar la provincia nativa, los hijos de doña Simona estaban listos para la lucha.

Relata el historiador Armando Gómez Latorre: Córdoba tenía su cuartel general en Rionegro.

Una mañana su edecán lo despertó anunciándole una inesperada visita: era la viuda doña Simona Duque de Alzate. Y este es el diálogo que inmortalizó su nombre: ¿En qué puedo servirle mi señora? dijo el jefe militar de Antioquia- Vengo, señor, a traer mis joyas para contribuir por mi parte a salvar la patria. Doy a usted las gracias en nombre de la República y acepto su generosa oferta, porque como sabrá usted, aún quedan enemigos en el territorio y es preciso exterminarlos. Con ese fin he traído, coronel, lo que tengo. ¿Y que será, señora, su ofrenda tan espontánea y tan oportuna? Son cinco de mis hijos, contestó la señora; y como a punto llamase a los que estaban allí cerca, se presentaron cinco jóvenes altos, bien constituidos, morenos y de arrogante figura.

El futuro vencedor en Chorros Blancos no cabía en su sorpresa, cuando ve a aquella anciana señora traer generosamente para la Patria su único tesoro que eran sus hijos.

Doña Simona grabó aquel día su nombre en las páginas sagradas del libro de la gloria.

Conmovido Córdoba, que no comprendía como a su edad podría una viuda desprenderse de sus únicos apoyos, le peguntó: Señora, ¿y que deja usted para atender a su subsistencia? Todavía sé y puedo trabajar, contestó llena de arrogancia doña Simona.

En la historia quedó grabada la ruta de los marinillos enrolados en el Regimiento de Granaderos. En pocos días, Córdoba, del Corral, Benedicto González, Braulio Henao, entre otros, con 500 soldados, salían de Rionegro en persecución de Tolrá, y se cubrían de laureles en Chorros Blancos, Majagual, Tenerife, Cartagena, y más allá, en Pichincha, Junín y Ayacucho.

El rasgo de patriotismo de doña Simona fue comunicado por Córdoba al Vice-presidente Santander y éste dictó un decreto del cual se destaca este aparte: …A la ciudadana Simona Duque se le suministrarán del Tesoro Público de la provincia de Antioquia diez y seis pesos íntegros al mes durante su vida. Publíquese en la Gaceta este extraordinario rasgo de amor a la Patria, para satisfacción de la que lo ha manifestado y para ejemplo de los demás individuos de la República. La heroína no aceptó la pensión por considerar que ésta hacia falta a la patria mientras no estuviese completamente libre, y así lo manifestó al general Santander.

No quiso aceptar esa recompensa mientras pudiera trabajar y valerse por sí misma, cultivaba el huerto de su casa. Más adelante, a instancias del presbítero Gabriel María Gómez, aceptó la pensión.

Doña Simona Murió en Marinilla el 17 de enero de 1858 a la edad de 85 años. En su lecho de muerte le preguntó su hijo Salvador que órdenes tenía que dejarle en caso de que muriese, y con voz moribunda, aunque clara, le dijo: Que mis hijos sirvan a la Patria cada vez que los necesite.´

 

sábado, 13 de agosto de 2016

BATALLA DEL PANTANO DE VARGAS


CORONEL: ¡SALVE USTED LA PATRIA!

Alfonso Plazas



Corría el año de 1819. Nueve años después del grito de independencia. Se desarrollaba con toda su fiereza la Campaña Libertadora de la Nueva Granada.

Las tropas de Simón Bolívar habían cruzado los Andes por el lugar más difícil, y por esa misma circunstancia habían sorprendido a los españoles. Mal cuidado el Trincherón de Paya, en lo alto del páramo, y pobremente guarnecidas las poblaciones de Gámeza y Tópaga para impedir el acceso al altiplano, permitieron sendos triunfos de los libertadores que luego de sufrir el envenenamiento de algunos de sus hombres en Sogamoso, lograron establecerse en la Hacienda de Bonza, jurisdicción de Duitama.

Contaban con puesto de mando organizado y corrales disponibles para remontar una caballería inexistente, pues que solo unas pocas mulas habían sobrevivido la travesía y los combates, estaban a pie. Los hermanos Niño, propietarios de muchas cabalgaduras, pues ese era su negocio, ofrecieron hasta doscientos potros cerreros por la causa libertadora, los cuales, aceptados por el libertador, no tardaron en llegar. Entonces el vecindario del mayorazgo de Surba y Bonza se convirtió en el escenario de un impresionante jaripeo, en el cual los soldados llaneros habilidosos jinetes domeñaban a sus cabalgaduras, bajo la vigilancia de su jefe el teniente coronel Ramón Nonato Pérez.

Algún soldado que no pudo con su montura, fue increpado por Pérez, bravo llanero Triniteño quien le pidió la bestia, para demostrarle cómo era que se le dominaba. Pero le fue mal, el caballo lo descargó contra unas piedras, dejándolo inconsciente. Nunca recuperó el conocimiento y habría de morir un par de meses después.

Le sucedía en el mando Juan José Rondón. Llanero venezolano dicen muchos. Granadino de Soatá, Boyacá, dicen otros. Un hombre de pocas palabras, inteligente pero tímido, los lanceros lo respetaban por su valentía y su habilidad con la lanza. Era capitán. Bolívar lo ascendió a Teniente Coronel ese mismo día, para reemplazar al desventurado Nonato Pérez, en el manejo de la caballería patriota.

Un par de días después, el 25 de julio de 1819, en plena batalla del Pantano de los Vargas, Bolívar no lo había empleado en el combate. No le inspiraba confianza y sus llaneros apenas manejaban sus nuevas cabalgaduras. De modo que cuando al finalizar la tarde se realizó el Consejo de Guerra, para determinar la conducta a seguir, después de horas de lucha, de centenares de muertos y heridos en los cerros de “la guerra” y “el cangrejo”, y frente a la aparición a lo lejos de la caballería real, lujosamente enjaezada, tropas frescas y bien armadas, Bolívar le expresó a su Estado Mayor:

“-Se nos vino la caballería y se perdió la batalla…”

 

No se imaginaban los generales patriotas que se venía el momento glorioso. El improvisado teniente coronel Juan José Rondón, se atrevió a hablar y les dijo con mucha modestia:

“-Mi general, ni yo ni mis hombres hemos combatido.”

 

El Libertador lo miró con sorpresa y algo de desprecio. Su frase hoy recitada con entusiasmo, en realidad era irónica. Salía de los labios de quien había luchado todo el día con sus más avezados batallones y no lo había logrado:

“- Coronel, salve usted la patria.”

Imagina uno el pensamiento del libertador en ese momento: (“Este llanerito que está pensando, si hemos luchado con nuestros mejores soldados, y hasta el comandante inglés se debate entre la vida y la muerte. Si hemos perdido centenares de soldados en tantas horas de terrible enfrentamiento... ahora va a creer que él va a salvar esta grave situación…pero dejémoslo a ver con que sale…)

Rondón no esperó una segunda orden, y empezó a llamar a los comandantes:

“Infante, Carvajal, Gutiérrez, los que sean valientes síganme…”

Solo algunos oficiales y suboficiales reaccionaron. En total 14, cuyos nombres los recoge la historia y aparecen esculpidos en bronce en el lugar de la batalla, obra del maestro Rodrigo Arenas Betancourt. No había tiempo de planear, la caballería española ya estaba encima; al galope tendido, montados a pelo y manejando los potros tan solo con sencillas riendas, este puñado de valientes partió en dos la formación de la caballería española, blandiendo las lanzas en golpes mortales que no daban lugar a reaccionar a los jinetes peninsulares.

Los 200 soldados llaneros, que no salían de su asombro, siguieron a casi cien metros de distancia a sus comandantes que se batían como fieras. De modo que un minuto más tarde cuando alcanzaron el lugar de la confrontación doblegaron a los españoles en forma contundente e incontrolable. El toque de retirada no se hizo esperar en las tropas de Barreiro. La lujosa caballería peninsular derrotada y diezmada abandonó el campo de combate, al galope.

Bolívar bautizó el 25 de julio con el nombre del “día de San Rondón”. Y cada año recordó esa fecha. 

 

domingo, 7 de agosto de 2016

ANSERMA Y EL MÉDICO ALBERTO CAMARGO FONSECA


CONFERENCIA DE   Eliecer Zapata Bonilla
                                               Calle principal de Anserma, Caldas


Cuando ha transcurrido largo tiempo desde el día de la partida hacia lejanas tierras del doctor Alberto Camargo Fonseca,  y más de dos años de su muerte en Norteamérica. Anserma, debe, por gratitud, volver la vista atrás para analizar quien fue ese personajes que llenó el ámbito de la comarca, con su personalidad, su inteligencia y su capacidad de servicio, pues que se sepa, hasta el presente las gentes mencionan al doctor Camargo como un benefactor de la comunidad ansermita, pero de su vida y de su obra se sabe muy poco, y nada está dispuesto en la ciudad a guardar su memoria, esa misma que es orgullo de todos, pues su inteligencia superior tocó más de una generación, y más  de un empeño se realizó gracias al dinamismo y la influencia de este hombre hecho para la ciencia y el servicio.

 Al llegar la ciudad a los 450 años de fundación,  no debe dejar de lado a quienes llegaron en cualquier día a sentar su planta en esta tierra,  y a ejercer, por voluntad propia, un magisterio del que el ganador fue toda la comunidad. Es el caso del doctor Camargo Fonseca,  quien revistió todos los atributos del hombre de bien, del amigo sin tacha, del ciudadano servidor del pueblo, del científico dedicado al bien humanitario, y del dirigente ejecutor  de serios proyectos y programas. A una personalidad de múltiples facetas como la de este médico, se le debe recordar para poder al hacer el balance de los logros de la comunidad en los 450años, saber cuánto han aportado los foráneos, esos que sin raíces de clase alguna en el medio, entregaron su vida y su obra en pos de la total civilización de una raza digna  cada vez más de mejores posibilidades.

Con una formación europea, miembro de una familia ilustre, de esas que en Boyacá y Cundinamarca, hablan de ancestros aún, y tienen en verdad pergaminos, el doctor Camargo, bien pudo ejercer su profesión en la capital de la república destacándose como un verdadero científico. Este galeno nació en Paipa, Boyacá, en 1898, en una familia tradicional, y de perspectivas históricas, pues entre sus parientes en la ascendencia, está el expresidente Sergio Camargo,  y entre los actuales, y en calidad de primo, el expresidente Alberto Lleras Camargo, pues el padre del doctor Camargo era hermano de la madre del expresidente Alberto Lleras Camargo  lo que nos está mostrando una línea donde la inteligencia ha sido una constante,  y una consagración al  servicio de la patria, pues al leer la vida y obra  del expresidente Sergio Camargo,  se entera uno de las calidades humanas de este patricio, benefactor de la república,  y para nadie es un secreto que Alberto Lleras Camargo ha sido una de nuestras glorias universales, por su clara inteligencia, y por sus servicios no solo a la república sino al continente entero.

Alberto Camargo Fonseca hizo sus estudios primarios en Tunja,  y fue estudiante honorario del colegio de Boyacá y posteriormente del Mayor del Rosario de Bogotá, donde obtuvo su bachillerato.  Terminados sus estudios secundarios viajó a Europa, radicándose en España,  donde en Madrid cursó  estudios de medicina, obteniendo su grado  de médico en el año de 1923, siendo, como lo era en su época, firmado su diploma por el rey Alfonso XIII. Pero no concluyó  aquí su sed de saber. Diplomado en la ciencia de Hipócrates, viajó a Francia,  y en Paris realiza su especialización. Quedaba Camargo capacitado en las mejores universidades del mundo de sus días, para llegar adonde quisiera a ejercer con lujo su profesión, esa que amó por siempre sin mirar más que en el servicio convirtiéndolo en un apostolado del que millares de ansermeños recibieron los más positivos frutos.

El doctor Camargo llegó a Anserma por 1926, y por espacio de 43 años, hizo su vida silenciosa en esta ciudad, donde se sabe, a los ricos poco cobraba y a los pobres nada les cobraba obsequiándoles además los medicamentos. Peno no solo esta actuación engrandecía su figura, eral el médico de todos, el profesional que salía a cualquier hora de la noche, sim importarle las distancias a salvar  a un congénere, sin preguntar de que recursos disponían para pagarle sus honorarios.  Sin condición alguna asistía a dolientes de Viterbo y Guática a quienes curaba son precisión científica.  Llegó a tal el conocimiento del estado de los enfermos, que temían muchos el diagnóstico del doctor Camargo, pues cuando decía este se alivia no fallaba en su apreciación, pero al contrario, cuando ponía término de horas o días a un pacientes para morir, también acertaba, y todos sabemos  que la muerte aterra al sujeto activo de ella y a sus seres queridos.

Camargo Fonseca fue un apóstol de la caridad, el samaritano caritativo de las horas aciagas de la violencia, pues sin importarle en lo más mínimo el color político  del herido de turno, lo recogía personalmente, arriesgando su vida  entre las balas y la oscuridad, para llevarlo hasta el hospital y darle la curación del caso. De ellos fueron beneficiarios conservadores y liberales, sin descontar que Camargo fue durante toda su vida un liberal doctrinario, que asistió al Concejo municipal de Anserma en forma ininterrumpida por  unos veinte años,  habiendo llegado por su partido a la Asamblea departamental de Caldas, donde logró gestiones valiosas  para la salud en todo el departamento.  A él  debe, igualmente, Anserma la fundación de la Cruz Roja, como entidad de servicio imparcial, pues él vivió la Europa de la postguerra,  y supo por su inteligencia disciplina como fueron las dos  confrontaciones mundiales, tenía el más abierto espíritu para la causa de la solidaridad.

Con esta reseña biográfica queremos rendir homenaje a quien hizo por Anserma más de lo que le fue dado. Esta apreciación queda refrendada en la forma como los ansermeños de hoy, mencionan su nombre con el mismo respeto con que los ansermeños de ayer estimaron el galeno. Para salvar su memoria es bueno exaltar en  el mármol el nombre del científico que sin ambición de ningún género, entregó subida a un pueblo al que no sabemos por qué llegó. Queda por investigarse con más profundidad el resto de una biografía que está hilada a la de este pueblo por más de cuarenta años, cuando salió para Estados Unidos donde murió hace un poco más de dos años.

miércoles, 3 de agosto de 2016

RICARDO GAITÁN OBESO


Alfredo Cardona Tobón



Dos hombres de la entraña popular  con el apellido Gaitán  llevaron en tiempos pasados las rojas banderas del liberalismo:  Uno fue Jorge Eliecer Gaitán Ayala  y el otro  Ricardo  Gaitán Obeso, el primero asesinado el nuevo de abril de 1948  en la carrera séptima de Bogotá y el segundo envenenado en prisión el 13 de abril de 1886 en una infame mazmorra panameña.

Fueron líderes cuya memoria  debía quedar  grabada en el corazón de los colombianos que han  ido tras las bandereas de la justicia y la libertad.  El nombre de Jorge Eliecer lo vemos inmortalizado en bronces y pedestales, pero  el vergonzoso olvido que es la misma ingratitud ha cubierto el recuerdo de Gaitán Obeso, cuyo nombre recuerdan los pereiranos en  un bello sitio  del corregimiento de La Florida.

Ricardo Gaitán Obeso nació en Ambalema el 27 de  mayo de 1851. Traía la chispa militar  de su abuelo que fue subteniente del Batallón Rifles, la de su padre Alejandro, general del batallón Guardia Colombiana  y llevaba en su venas la rebeldía de su  abuela  Carmen Rodríguez, una de las valientes mujeres que junto con Carbonell y demás chisperos movieron al pueblo bogotano en el memorable 20 de julio de 1810  .

En la sangrienta batalla de los Llanos de Garrapata en el Tolima, Gaitán Obeso alcanzó el grado de general; su temple y valor relucieron en un campo abonado el 20 de noviembre de 1876 por la sangre de la juventud bogotana. El liberalismo triunfa en la guerra de 1876 y sube al poder el general Julián Trujillo que allana el camino a Rafael Núñez; los caucanos invaden al Estado conservador de Antioquia y cuatro años más tarde, cuando  está en peligro el control liberal de Antioquia,  vemos a Ricardo Gaitán Obeso al lado del poeta Jorge Isaacs  al frente de una rebelión  contra el presidente del Estado de Antioquia, Pedro Restrepo.

Desde entonces estos  dos combatientes liberales presentían la traición de  Nuñez y sentían amenazadas las conquistas hechas con dolor y sangre.  Jorge Isaacs dijo, refiriéndose a Gaitán Obeso: “le estimamos en cuanto vale- y mucho- para la causa liberal. Denodado, inflexible, perspicaz, culto y apuesto,  bien estuvo y estará siempre en sus manos la bandera de los lidiadores de  la República.”

 

 El 29 de diciembre  de 1885 la alta cúpula de los radicales liberales declara la guerra al gobierno de Núñez, que abiertamente empieza a gobernar con los conservadores. Es entonces cuando el general Ricardo Gaitán Obeso se dirige a Puerto Berrío y consigue que el gobierno del Estado Federal de Antioquia se sume a la causa liberal radical. La guerra envuelve todo el territorio de Colombia con  irrestañables desgracias para el partido liberal.

 El general Ricardo Gaitán Obeso, se levantó en Cundinamarca contra el gobierno de Núñez  y   avanza por el río Magdalena para adueñarse de  Barranquilla sin disparar un tiro  mediante una audaz e inteligente estratagema. Viene luego el sitio a Cartagena  y la dolorosa batalla de la Humareda en aguas del río Magdalena donde el  liberalismo pierde valiosos  generales, todo el parque y se resquebraja su moral combatiente

Al conocerse la  noticia  del descalabro liberal en la Humareda, el presidente Núñez sale al balcón del palacio presidencial en Bogotá y dijo: “ La Constitución  de Rionegro ha dejado de existir sus páginas manchadas  han sido quemadas entre las llamas de la Humareda”.

 Tras un mes de vacilaciones, de hambre y de enfermedades el diezmado  ejército liberal libera a todos los prisioneros y sigue navegando rio arriba. Al llegar a Calamar se  divide: el general Camargo marcha  con los suyos hacia Bucaramanga y Gaitán  Obeso  con las tropas costeñas continúa en el río Magdalena.

 El 26 de agosto de 1885 se firma el tratado de El Salado que pone fin a una guerra, que como dice Felipe Pérez fue un momento de afán y de locura  que agostó lo mejor  de una generación liberal. Pasado el conflicto  los agentes del gobierno apresaron a los generales José Francisco Acevedo y a  Ricardo Gaitán Obeso cuando vagaban hambrientos por las selvas del Carare y los llevaron al panóptico de Bogotá.

  Aunque no había justificación ni motivo para hacerlo, Rafael Núñez temeroso de una nueva revuelta vio en Gaitán Obeso al caudillo de mayor prestigio en las filas liberales y decidió eliminarlo. Dio la orden de seguirle un consejo de guerra y  ordenó su fusilamiento, recalcando a final de  tal orden: “ pero inmediatamente, sabe…?”.

El 10 de octubre de 1885 nombran los vocales del consejo y todos presienten que va a ser condenado a muerte; tres días dura el juicio;   tanto a Gaitán como a Acevedo se les condena a prisión en las tenebrosas bóvedas de Cartagena, que son peores  que el propio cadalso.

Engrillado y odiosamente vigilado por cancerberos brutales y transitando  por caminos y climas mortales llevan a Gaitán Obeso a Cartagena y después a Panamá en donde muere súbitamente en su celda el 12 de abril de 1886. El partido liberal y los espíritus libres de América signaron a Núñez como autor intelectual de esa muerte que parece fue por envenenamiento.

 Para que Núñez pudiera acogotar y atar al liberalismo tenía que acabar con el más heroico de los caudillos liberales . Gaitán Obeso debía desaparecer y lo ultimaron  los seguidores retrógrados de Rafael Núñez, Hubo que esperar a un Benjamín Herrera y a un Rafael Uribe Uribe para volver a levantar la cabeza y luchar por la libertad y los derechos ciudadanos.

sábado, 30 de julio de 2016

EN LOS VIEJOS TIEMPOS DE APÍA- RISARALDA


JOSÉ JESÚS URIBE Y EL CURA AGUSTÍN CORRALES

Alfredo Cardona Tobón



En la guerra de los Mil Días las tropas gobiernistas apresaron a José Jesús Uribe Chavarriaga  en el caserío de Marmato y  a rastras lo llevaron amarrado hasta Cartago. Al recuperar la libertad y curado de sustos y moretones José Jesús se radicó en Ansermaviejo donde sus trovas irreverentes y anticlericales le valieron la fama de masón y ateo.

El parentesco con el general Rafael Uribe Uribe le sirvió para conseguir el puesto de Administrador de Rentas y Licores en el municipio de Apía, adonde se trasladó con el tiple y su esposa Efigenia Botero y una muda de ropa, porque nada más había conseguido en su vida errabunda y bohemia.

Por esas calendas oficiaba de cura el sacerdote Agustín Corrales, hombre ilustrado, activo servidor de la iglesia, buen administrador, godo a carta cabal pero terca, puntillosa, intransigente y soberbia.

El día de Corpus de 1912 José Jesús departía con algunos amigos en la calle principal de la localidad con el acompañamiento anisado de algunos aguardientes  cuando los sorprendió la solemne procesión con el Altísimo, estandartes y el murmullo de mil viejas rezanderas. Precisamente frente a su mesa sobre el amplio andén de la casa de Don Ruperto Alzate, el padre Corrales hizo un alto para impartir la bendición. La feligresía en pleno se hincó  sobre el duro empedrado menos José Jesús, que permaneció de pie, no por irrespeto sino por una lesión en la rodilla que le impedía ponerse de hinojos ante su Majestad Santísima.

LOS ANTECEDENTES PESAN

La fama que traía José Jesús Uribe y los chismes de algunos parroquianos mal intencionados bastaron   para que el cura Corrales montara en sacra ira y en el sitio e ipso facto excomulgara al Administrador de Rentas por su irreligiosidad e irrespeto por las cosas santas.

Lo triste del caso fue que Uribe Chavarriaga pese al liberalismo y su aparente indiferencia por los asuntos de la iglesia, era una persona creyente, con escapulario de la Virgen del Carmen, Rosario diario en la casa y comunión por cuaresma. Por eso la excomunión le cayó como una patada en el hígado. Ni la pérdida de una mina de oro y de una finca  durante la guerra, ni la marcha del único hijo a tierras lejanas, entristecieron tanto al Pelón Uribe como la medida injusta del padre Corrales, que a partir de entonces se le vio triste, alejado y flaco.

Una tarde de verano sin una nube en el cielo, un ave desconocida  revoloteó sobre la plaza de Apía, Uribe salió de la oficina y siguió con atención las acrobacias del extraño pájaro. De repente el alcatraz,  nativo de las costas chocoanas y perdido entre las serranías, se encumbró y en picada cayò muerte a los pies de José Jesús.

Hubo un gran revuelo en el pueblo, todos comentaban el peregrino acontecimiento y las Hijas de María y las Esclavas del Corazón de Jesús , al igual que las Adoratrices del Santísimo Sacramento  tomaron el hecho extraordinario como una señal de perdón divino. Ese mismo día el cura Corrales atendiendo el clamor de la feligresía levantó la excomunión del Pelòn en solemne ceremonia

LAS ARBITRARIEDADES DEL CURA

No todos los anatemizados  por Corrales tuvieron la suerte del “ alcatranazo”  que redimió a J-J Uribe. En la Semana Santa de 1916 Luis Saldarriaga cometió la torpeza de dejar abierto el negocio al paso de la Procesión de Ramos, ello bastó para que el sacerdote lo insultara desde el púlpito y lo amenazara con convertirlo en espíritu de nitro si osaba hacer lo mismo el miércoles santo.

Apía se dividió, unos apoyaron al cura  y otros, cansados de las arbitrariedades del levita azuzaron y carearon Saldarriaga para que abriera el negocio a ver si el cura era capaz de hacérselo cerrar.

La situación enfrentó al pueblo, a medida que pasaron las horas se fue tornado gravísima pues los bandos se armaron y  se estaba fraguando una verdadera guerra entre godos sectarios y godos progresistas. Las autoridades intervinieron y en solución inteligentísima, propia del rey Salomón,  aconsejaron un viaje pastoral al corregimiento de Viterbo. El  periódico “ Pendón Rojo” de la vecina población de Santuario satirizó la salida inusual del párroco, afirmando que Saldarriaga había  ganado la partida y que había mostrado tener pantalones, al contrario de  Juan de Dios Agudelo y de Daniel Toro y de otros vecinos  que abandonaron la población por presión de Corrales.

EL PODER CLERICAL

El control que ejerció el cura Corrales en el municipio de Apía es una muestra del poderío de la iglesia en las mentes y actividades de sus parroquianos en èpocas pasadas. Había que consultar a los presbíteros para nombrar alcaldes, rectores de colegio y funcionarios  públicos; algunos dictadorzuelos con sotana decidían quien vivía y quien tenía que emigrar en ciertas localidades.

La arbitrariedades del párroco de Apia motivaron la salida del médico Ricardo Eastman y la reacción de ochenta notables de Apía, que firmaron un extenso memorial quejándose de las inicuas medidas del levita.

En 1935  las autoridades eclesiásticas trasladaron al párroco Corrales a la iglesia de la Valvanera en Pereira. Su conducta parece anecdótica en los tiempos actuales, pero su comportamiento fue nefasto para Apía, pues enfrentó a los vecinos y lo más grave de todo fue que incitó a la violencia, abonando inconscientemente la dolorosa hecatombe que ensangrentó  a Apia y a los pueblos vecinos en la nefasta época de mitad de siglo XX.

 

viernes, 29 de julio de 2016

VICTORIANO LORENZO TROYA




TRAICIÓN Y FUSILAMIENTO

Alfredo Cardona Tobón



Este guerrillero liberal  fue un  caudillo popular que luchó contra la clase dominante panameña que en tiempos de Colombia y  en los tiempos actuales ha velado más por sus intereses que por el bienestar de los istmeños.

En la guerra de los Mil Días los liberales ocuparon el 22 de julio de 1900 la colina de Perri´ Hill a una milla del Puente de Calidonia, una de las entradas a la ciudad de Panamá reforzada por el gobierno conservador con láminas de acero,  rieles y parapetos de piedra y alambre.

Con los batallones Iturralde y Colunje cedidos de mala gana por el comandante panameño Belisario Torres a los atacantes  liberales iba Victoriano Lorenzo Troya. Los oficiales advirtieron  sobre las graves dificultades que entrañaba llegar a la ciudad por ese puente, pero la torpeza castrense y la estrategia suicida de los liberales sellaron la masacre de los liberales, que caían ola tras ola pasando por encima de los cadáveres. Allí quedó inmolada la flor de la juventud caucana y panameña en un asalto sin sentido que marcó  la primera campaña revolucionaria en el istmo.

Después de la derrota liberal  en el Puente de Calidonia, Victoriano Lorenzo continuó luchando contra las tropas del gobierno conservador desde su  cuartel en la Negrita ( Coclé) , desde  donde  atacó las tropas enemigas.

Con los generales  Manuel Antonio Noriega y  Manuel Patiño, Victoriano  Lorenzo realizó acciones conjuntas en la zona de Penonomé; en julio de 1901 se apoderó de la población de Santa Fe y en octubre de este año, en alianza con las tropas de Belisario Porras  venció a los conservadores en Puerto Gago.

En tanto que los conservadores triunfaban en el resto de Colombia, en Panamá el general Tomás Herrera adelantaba la segunda campaña en  Panamá con  huestes caucanas apoyadas por las guerrillas del Istmo.

Los liberales triunfaron en Aguadulce y la balanza se equilibró en una guerra en tablas que no parecía tener fin. Fue un conflicto  estancado y sin vencedores. Por eso los máximos dirigentes liberales conscientes de la ambición norteamericana y su interés por el canal y ante el malestar creciente de los panameños  que sufrían una guerra orquestada en el continente,  prefirieron dejar las armas y firmar la paz de Wisconsin el 21 de noviembre de  1902.

 El ejército liberal con siete mil efectivos  se desmovilizó, pero en la Séptima División que dirigía Lorenzo en San Carlos hubo un conato de insubordinación, pues no todos estaban de acuerdo con la rendición.

Intereses de clase  e intereses políticos se conjugaron para acusar  a Victoriano Lorenzo del alzamiento; se le  conduce en barco hasta Panamá  y el  25 de diciembre de  1902 se le detiene para levantarle un expediente en abierta violación a los términos del Tratado de Paz de Wisconsin, que reconocía  “ amplia amnistía y completa garantía para las personas y bienes de los comprometidos con la actual revolución. Cancelación o anulación  inmediata de todos los juicios o responsabilidades políticas.¨

El trece de mayo  de 1903 llegó a Panamá el general Pedro Sicard Briceño, con la orden de ejecutar a Victoriano Lorenzo bajo la acusación  de la comisión de robos y asesinaros durante la guerra de los Mil Días; el instigador era Esteban Huertas, quien orquestó  pruebas contra el caudillo popular y fue juez y parte pues al ser nombrado  Presidente del Consejo de Guerra que juzgó al caudillo panameño.

Se repitió la historia de almirante Padilla, que por negro, por pobre y por contar con el apoyo del pueblo, se le escogió como chivo expiatorio en los procesos contra los conjurados contra Bolívar, pese a que era totalmente inocente de los cargos que se le formularon.

De los siete testigos convocados, cinco apenas lo conocían y no eran testigos de los delitos atribuidos a Victoriano Lorenzo;  los otros dos no le atribuyeron ningún crimen. Ante tal situación  se decidió juzgarlo en Consejo de Guerra. A la una de la tarde  del 14 de  mayo de  1903 se inició el juicio y al otro día  se dictó su sentencia de muerte.

El 15 de mayo de 1903 el sacerdote Bernardino de la Concepción de la orden de los Agustinos Recoletos, confesó al “Cholo guerrillero”, lo abrazó y le puso un crucifijo en el pecho. Dicen que al salir de las mazmorras, vestido de un modesto  traje de dril caminó hasta el patíbulo custodiado ´por un grupo de soldados listos a apretar el gatillo si osaba escapar o rebelarse al fusilamiento.

El  ambiente era de dolor y temor, la muchedumbre recordaba la consigna del coronel Sotomayor en octubre de 1900  de “Cholo preso, cholo ejecutado”.

Victoriano fue un chivo expiatorio, fue una señal de los “godos” del interior y del istmo, para dejar en claro que habían triunfado y ese era el destino de quienes pretendieran levantarse de nuevo contra el régimen.  Al igual que con el almirante Prudencio Padilla, fue un hombre humilde, un hombre del pueblo la victima  escogida.

Unos tablones clavados a la carrera fueron el paredón y en vez de ejecutarlo de pie lo sentaron amarrado en un taburete; en ese trono de la muerte  le vendaron los ojos mientras  los verdugos alistaban los fusiles; la muchedumbre apesadumbrada observaba el cruel espectáculo;  Victoriano gritó: “ A todos los perdono, yo muero como murió Jesucristo”.

El pelotón levantó los fusiles  buscando el corazón de la víctima. Se escuchó la primera descarga, resonó un grito y el plomo asesinó hizo volar el alma del combatiente valeroso cuyo delito solo fue amar la libertad y el honor de su gente.

Su sangre empapó el suelo panameño, la gente se dispersó y como si fuera cualquier cosa los homicidas tiraron el cuerpo de Victoriano Lorenzo en una inmunda carreta y lo pasearon por la calle principal de la ciudad de Panamá.

 

 

lunes, 25 de julio de 2016

EN EL VIEJO RIOSUCIO

UNA RIÑA INOLVIDABLE




Alfredo Cardona Tobón*


Con base en una conversación y los” Apuntes” de don Rafael  Vinasco Trejos es posible rescatar una de las imágenes de la comunidad riosuceña: carnavalera, gallera, con un verso a flor de labios y una guitarra en la mano.



Aquí va la historia :


En las ferias de 1936   unos galleros de Andes,  cuna ilustre del Indio Uribe, al ver el coraje del  “Cusumbo” concertaron un encuentro  del gallo riosuceño con el mejor gallo  de su pueblo, en lo que han considerado la riña más espectacular de todos los tiempos. No era para menos: el invencible “Cusumbo” llevaba ganadas  quince peleas consecutivas y el misterioso retador andino era un supergallo con fama en  todo el suroeste antioqueño.


“Cusumbo” era el orgullo de la “Perla del Ingrumá” y  tan temido que ningún gallero del pueblo ni de los municipios vecinos se atrevía  a  enfrentar sus gallos con el invencible animal. “Cusumbo” estaba bajo el cuidado de Don Leopoldo Gómez   en su casa de La Cuchilla; lo mantenía con granos de maíz  contados y el agua medida para que no fuera a criar grasa, le daba vigor  con una mezcla de queso, tuétano de huesos de res y panela  y para no malgastar sus energías  evitaba que “Cusumbo” fuera a “pisar” a las gallinas que pasaban delante coqueteando y cacareándole.


Se fijó una fecha para el encuentro  y  al acercarse el día, los andinos viajaron a lomo de mula  en cuatro  jornadas con largos descansos para  no estropear su gallo; al llegar a Riosucio en soberbias mulas,  los  forasteros dieron una vuelta por el pueblo para que los vieran y al final subieron la pequeña cuesta que llevaba al Oro para dejar a su campeón  en poder de un cuidador  de confianza.


Desde las tempranas horas de la fecha señalada, los paisas, con grandes carrieles y sombreros aguadeños, se concentraron en  la trastienda  de   “La Sacristía”  donde afinaron los ánimos con aguardiente.


- Siéntense y nos acompañan-  le dijeron a don Jesús María Ramírez y a don Gilberto Trejos, dos riosuceños comisionados por los galleros locales.


- Gracias señores- respondieron- Otro días será- los hemos venido buscando para preguntarles por el monto de la apuesta-


; “El que quieran ustedes”- fue la respuesta sobrada de los visitantes.


Don Jesús y don Gilberto apuraron un  trago y se despidieron  con el afán de reunir suficiente dinero para apostarle al “Cusumbo”.  Don Habacuc Trejos, el magnate de la época, no puso un solo peso, tampoco  lo hicieron  “Los Carachas”,   Chucho Londoño ni Elilbardo Vinasco, ni Gabriel Villada y don Mesías Pinzón. Es decir, los de plata se corrieron  dando la espalda al “Cusumbo”.


Para no quedar mal, los galleros del común  sostuvieron el cañazo: pidieron anticipo  de sus jornales, empeñaron  las herramientas, los aritos de las niñas, las argollas de matrimonio y a las prenderías de don Luis Bolívar y don Luis García fueron a parar los pañolones de  Purita Trejos y la amplia “cómoda” de Zoilita Calvo.


Pese a tan ingentes esfuerzos, la suma reunida  pareció baja a los andinos quienes contrariados dijeron que por esa apuesta ni siquiera iban a mostrar su gallo. Sin embargo por diligencias de  don Manuelito Trejos Pineda, los andinos resolvieron correr su gallo en consideración a Riosucio y porque era una bobada perder tan largo viaje.


 Al acercarse la hora, las familias de los galleros riosuceños prendieron velas de cebo a la Virgen de La Candelaria, poniendo su fe en el Altísimo y en las espuelas y el pico del  aguerrido Cusumbo.


Desde que se casó la riña no se hablaba de otra cosa en el pueblo. A las once de la mañana se  empezó a llenar la gallera, los tendidos tambaleaban,  los pies sin zapatos de los Zamora y los Becerra  bañaban el piso de sudor, mientras Pachito Palomino se frotaba la palma de las manos. Faltando diez minutos para la una de la tarde llegaron los andinos con su gallo. Era un animal ‘requemao’ con mirada asesina y pico curvo como el de un gallinazo;  “Cusumbo” aleteó  y lo recibió con un sonoro desafío. De inmediato los cuidadores empezaron a arreglar los animales: los riosuceños a un lado del ruedo y los visitantes en el otro lado, miraban con recelo, cautelosos, sin dejar arrimar a los curiosos.


Al fin soltaron los gallos y empezó la más  feroz pelea que se hubiera visto en la vieja gallera riosuceña. “El Cusumbo” inició el combate con espectaculares y largas tiradas de pata que hicieron  retroceder al andino que se repuso de inmediato  y repelió con fuerte acometida; revolotearon, se emparejaron, se picotearon y clavaron sus espuelas como lanzas de fuego.


 Los galleros inquietos, anhelantes, delirantes, con ojo avizor, seguían hasta el mínimo movimiento de los animales. Pequeñas fuentes carmesí empezaron a brotar de las heridas, los ojos de los gallos parecían despedir chispas y en los picos resplandecía el acerado color de la muerte.


Ante la angustia de los forasteros “Cusumbo” acorraló a su enemigo y trató de ajustarle el golpe final, pero resbaló en un pedrusco dando campo al andino  para arremeter con  inusitada fiereza. En ese momento las apuestas que favorecían al “Cusumbo” cambiaron a favor del andino. La lucha continuó sin dar cuartel, como  héroes que luchaban por el honor y la vida.


En uno de los revuelos “El Cusumbo” rodó sobre la arena del ruedo con la cabeza desgarrada por un picotazo mientras en la agonía traspasaba al rival con un espolonazo. El andino cayó también, las alas de los dos  se entreveraron  y sobre un revuelto charco de sangre, se esfumó la vida de ambos gallos.


 El juez dictó sentencia a favor del andino que fue el último en caer al enrojecido piso. Don Noé Cadavid levantó con dolor a su “Cusumbo” y  un forastero cubrió al andino con su poncho. La Plazuela sirvió de tumba a los bravos contendores cuya valentía  sirvió de abono a un guayacán cuyas flores amarillas tomaron el brillo de las plumas del Cusumbo y el andino.


Los paisas retornaron a su pueblo con un hijo del Cusumbo; los riosuceños  guardaron el recuerdo de una riña extraordinaria y en las prenderías del pueblo quedaron las joyas  y los pañolones de seda.