sábado, 2 de junio de 2018

EL OBISPO MIGUEL ÁNGEL BUILES Y SUS VIRTUDES HEROICAS



Alfredo Cardona Tobón
 

Donmatías es un pequeño pueblo al norte del Valle de Aburrá con un riachuelo  que lo atraviesa arrastrando pequeños trozos de sulfuro de hierro, que de lejos parecen pepitas de oro. En su clima maduran frutos de tierra fría y lozanas muchachas de tez blanca y mejillas sonrosadas que hacen honor a la  llamada “raza antioqueña”

Además de  sus pandequesos y los derivados de la leche, Donmatías   se distingue  por ser uno de los más grandes viveros de sacerdotes, monjas y misioneros de Antioquia y la cuna  de  Miguel  Ángel Builes, un  obispo  distinguido como siervo de Dios y aspirante a la beatificación, gracias al cabildeo de sus  coterráneos en El Vaticano y a  la labor incansable de las hermanas de la Congregación de las Teresitas, atentas a  la menor manifestación milagrera de Builes.

La exaltación  de monseñor Builes ha creado indignación en varios sectores colombianos que recuerdan tiempos amargos de la historia  y a San Ezequiel  Moreno, otro obispo  atizador de la violencia y de la persecución contra el liberalismo colombiano al que calificó de ateo y comunista, de perverso y pecaminoso.

El  obispo Builes inyectó odio a la comunidad antioqueña  y fue enorme el dolor  que llevó  fray Ezequiel Moreno a las tierras del sur. Los dos obispos, el uno paisa y el segundo español, murieron sin reparar los daños causados: Builes murió en  Medellín y Moreno en un convento  de su tierra natal, donde ni el cáncer  que lo afligió en sus últimos años logró morigerar su temperamento.

En 1930 el dirigente liberal Olaya Herrera ocupó la presidencia de la República y el obispo Builes asumió facultades que  nadie le había conferido al pretender que la cúpula eclesiástica lo acompañara en la campaña  contra la república liberal  que tornaron violenta los llamados “curas guapos” de Santanderes, Boyacá y Occidente del Viejo Caldas.

UNA INFAUSTA RECORDACIÓN

En 1949 los “pájaros” y la policía “chulavita” desplazaron  a centenares de familias del occidente caldense. Muchas viajaron a Cali, otras a Pereira o Medellín  y Roberto Patiño, un honorable ciudadano oriundo de Donmatías,  aunque afiliado al conservatismo, creyó más prudente salir de Quinchía y trasladarse a su tranquilo  pueblo natal,  donde afilió su   bus escalera a Transportes Ochoa para hacer recorridos a Yarumal y Santa Rosa de Osos.

Roberto Patiño  con su familia, el suegro y un  sobrino político se instalaron en Donmatías en una amplia casa con pesebrera, huerto con papayuelas y cerca de piñuela, situada a la vera de una calle recubierta con huesos que enterraban como si fueran piedras. Era un lugar idílico hasta entonces. Pero todo empezó a cambiar un domingo a fines de  1949. Ese día de mercado empezaron a oírse desde el altoparlante de la iglesia, numerosas  arengas contra los comunistas y los presuntos aliados  liberales, señalándolos de descreídos, enemigos de Cristo, bandidos, perniciosos y dañinos para el resto de la comunidad

Los sacerdotes de la diócesis de Santa Rosa de Osos replicaban las consignas de monseñor Builes contra unos ciudadanos que nada tenían que ver con Rusia y el  materialismo moscovita y cuyo único pecado era no votar por las listas de Laureano Gómez.

Fue un largo día... De los  denuestos se pasó a las pedreas y  a los ataques físicos; dos  viviendas cercanas a la casa ocupada por Roberto Patiño  sufrieron los embates de la turba fanática  mientras Roberto y los suyos esperaban lo peor, pues ya se había corrido el rumor de que venían de una zona infestada por el flagelo rojo.
Fue tal el pánico de Roberto Patiño en Donmatías  que trasteó de nuevo los corotos y en una madrugada repasó el camino y regresó a Quinchía, donde tenía amigos y la chusma azul que controlaba por ese entonces el pueblo lo contaba entre los copartifarios.

LAS ACTIVIDADES DE BUILES

El obispo de Santa Rosa de Osos se entrometió en casi todos los aspectos de la vida colombiana: “Gobernantes de mi patria abrid los ojos- tronaba en uno de sus discursos- ¿Cómo es que olvidáis dictar  leyes que rechacen al moscovita ateo  que mancha con su planta inmunda nuestro suelo?. ¡Soldados de mi patria! ¿Para qué  recibisteis la bandera tricolor y jurasteis defenderla, si ahora la arrojáis por tierra para que la pise el ruso infame?. Ya suenan los clarines al combate. Vuestra misión es defender la patria. ¡Atrás el extranjero¡. ¡Viva Colombia!.”

Dos meses después del nueve de abril de 1948 y la muerte del caudillo Jorge Eliecer Gaitán, el obispo Builes incitó al aniquilamiento, al menos moral, de los liberales. Para Builes, el dirigente conservador Laureano Gómez, uno de los mayores impulsores de la violencia política,  era el personaje providencial enviado por Dios para salvar a Colombia.

Miguel Ángel Builes no solamente  se fue contra los opositores políticos sino contra los carnavales,  los paseos de las mujeres solas, el cine, las novelas y  la radio y se opuso a los reinados de belleza considerados por el alto jerarca católico  como nuevo pábulo de las pasiones más vergonzosas. El Obispo  condenó el baile y se fue lanza en ristre contra la autonomía universitaria y escuelas normales establecidas por el gobierno.

En su celo apostólico Miguel Ángel Builes estableció dos nuevos pecados femeninos en  su diócesis: la utilización de los pantalones y montar a caballo a “lo hombre”, con el agravante que solo él y ninguno otro sacerdote podía absolverlos.

Se abona a monseñor Builes su labor incansable a favor de la iglesia católica: fundó cuatro comunidades religiosas, creó 23 parroquias, construyó edificios, dio vida al Seminario de Misiones  y levantó  la Basílica menor de Nuestra Señora de la Misericordia. Fue amado por muchos y detestado por otros; fue admirado por los feligreses conservadores y odiado por los  liberales.

 Tras 43 años de servicio, monseñor Miguel Ángel Builes murió en Medellín  el 29 de abril de 1971  a la edad de 80 años.

viernes, 1 de junio de 2018

LAS HISTORIAS DE PEREIRA


CONFERENCIA  EN TERTULIA DE LA ASOCIACION DE ENFERMERAS

Alfredo Cardona Tobón



Ciento cincuenta años son un soplo en la vida de una comunidad y por la brevedad, su historia debiera estar libre de interpretaciones brumosas o deformadas por el paso de los años. Sin embargo,  al repasar los sucesos acaecidos vemos que  en la corta vida de Pereira se han distorsionado hechos trascendentales, se han omitido otros sucesos  y se han magnificado algunos personajes

Por lo anterior es necesario revisar otras visiones, reconocer otros valores y recordar al pueblo llano que se desterró de las páginas de la  historia pereirana.

Lo escrito sobre Pereira ha girado fundamentalmente alrededor de unas pocas  familias,  es clasista y urbana; apenas en las últimas décadas nos hemos aventurado a  recorrer otras sendas  y a fijarnos en otros actores.

En la celebración  del Sesquicentenario  de la ciudad, el periódico “La Tarde” publicó una lujosa revista editada con el título de “Al recio empuje de los Titanes”. En esta obra se vislumbran varios temas que invitan a revisar el material publicado hasta ahora por diversos autores.

“¿Fundación o conformación? Es un interrogante presentado por Sebastián Martínez Botero.  ¿El sacerdote Remigio Antonio Cañarte fundó a Pereira, o ayudó a su conformación o simplemente fue el invitado de una comunidad que llevaba su propia inercia? -

Cuando vino el padre Cañarte a oficiar una misa en el nuevo templo, lo hizo por petición de los colonos. No fue la primera misa en este territorio, tampoco este levita promovió la construcción de la capilla y no fundó la Villa de Robledo, pues ésta era una aldea cuando llegó el padre Cañarte y sus dirigentes estaban buscando que se erigiera en distrito municipal.

Los cartagüeños adjudicaron el esfuerzo de los colonos al padre Cañarte y dejaron a un lado el esfuerzo de los pobladores, que desde la época de Cartagoviejo, estaban dando fuerza a una nueva comunidad. Poco sabemos de las Juntas de Vecinos de la Villa de Robledo y se ha convertido en heroína a Guadalupe Zapata, una humilde mujer que entre las decenas de mujeres cabeza de familia de la aldea no tuvo ningún liderazgo ni figuración y no fue, ciertamente un modelo a seguir, pues se le dio un lote rural y otro urbano que dilapidó o perdió, pues años más tarde estaba solicitando que le dieran otro lote en el poblado.

En  otro artículo  se  resalta el llamado Camino del Privilegio  abierto por Félix de la Abadía. Esta vía unió el sur de Antioquia con el norte del Cauca, conectó a Cartago con Villamaría y empujó el progreso de Pereira y Manizales.

La obra de Félix de la Abadía con sus puentes y sus tambos se constituyó en una de las principales vías de Arriería de la Colombia de finales del siglo XIX. Fue en su tiempo una realización similar a la llamada Autopista del Café. Sin ella Pereira y Manizales no hubieran tenido el impulso que las convirtió en ciudades importantes.  Pero es poco lo que se ha escrito sobre el Camino del Privilegio y su papel en el desarrollo de varias comunidades.

Otro hito insuficientemente tratado, que marca rumbos en la historia de Pereira es el establecido por el barrio Cuba, por “Cuba Madre”, considerado como una ciudad dentro de la misma capital risaraldense por su dinámica, sus líderes y con un potencial que sitúa a su gente  como la segunda comunidad dentro del Departamento.

Cuba empezó como una solución transitoria al grave problema habitacional de miles de desplazados por la violencia política de mitad del siglo pasado. Un  Comité cívico  impulsado por la socióloga María Piters empezó a sesionar el dos de julio de 1961 y con el apoyo de la comunidad holandesa y de la administración municipal impulsó  la construcción de vías de acceso y la extensión de la red eléctrica. Siguiendo la tradición  pereirana se multiplicaron los convites, el espíritu cívico fue en aumento y el barrio Cuba empezó a transformarse.

Gran parte del progreso de Cuba de Fray Arturo Calle Restrepo, el primer cura de la parroquia. Este franciscano realizó el milagro  de integrar una comunidad conformada por exilados liberales de la primera ola de la violencia con los conservadores desplazados por los bandoleros que asolaron los campos del occidente caldense y del Quindío.  El sacerdote borró  las fronteras del odio que los separaban y con  60 jóvenes pertenecientes a notables familias y congregados en los scout desarrolló una eficiente labor social que elevó la autoestima de los habitantes del barrio.

Fray Arturo fundó la Cooperativa de Ahorro y Crédito, La Junta de Acción comunal, la tropa scout,  la Juventud franciscana, un dispensario médico y el Instituto Obrero con miras a establecer una universidad.

Con el liderazgo del padre Calle y el apoyo del político Camilo Mejía Duque  los vecinos de Cuba transformaron una  barriada sin agua, sin alcantarillado ni servicios esenciales en una moderna concentración que hoy cuenta con zonas comerciales, con bancos, con colegios, una universidad, buen transporte y tiene dirigentes que definen en gran parte los destinos de la ciudad y del departamento.

La caña de azúcar, el café, la ganadería, la arriería fueron la base de la economía de Pereira y los reglones que impulsaron el comercio y las industrias locales. Los grandes capitales surgieron como resultado del negocio de tierras y de la producción agropecuaria del Municipio. Pese al papel protagónico de la zona rural  poco se ha tenido en cuenta al estudiar los fenómenos de poblamiento y desarrollo pereirano.

Apenas ahora se está trabajando con la Historia Rural de Pereira y  se está divulgando la cultura, las realizaciones y los valores de los corregimientos y veredas.

La Pereira Rural  es  un  mosaico donde figuran todas las manifestaciones colombianas. Se puede asegurar que cada corregimiento tiene identidad propia y se asimila a determinada sección del país de acuerdo con sus raíces, los pobladores y el rumbo que le han fijado sus líderes.

Arabia, por ejemplo, podría ser un pequeño municipio quindiano por el café, las costumbres, la arquitectura  y hasta por los actores que fijaron su rumbo.

La Florida podrías ser una parte del norte caldense por la topografía, el clima  y la historia de su poblamiento.

Puerto Caldas y Caimalito nos muestran dos comunidades humildes, obreras o labriegas que a orillas del río Cauca han luchado por un pedazo de tierra y una oportunidad para su gente.

En Cerritos vemos cómo al lado de quienes todo lo tienen viven miles de compatriotas que carecen hasta de la esperanza.

En Tribunas- Córcega se combina lo rural con lo urbano y al igual que en Altagracia va creciendo la ciudad y encogiéndose el campo.

En La Palmilla, Morelia y Combia los vecinos tienen un pie en Pereira y otro en el campo. Allí los raizales se ven constreñidos por una sociedad de consumo que infesta y contamina.

Adentrarse  por  las carreteras terciarias de Pereira, recorrer sus trochas a pie o a caballo, parar en una fonda o descansar en el corredor de una casa campesina es adentrarse en un mundo mágico. Pereira es más lindo en su campo pleno de verdor que en sus avenidas ruidosas. Cada vereda tiene su personaje y líderes comprometidos cuya labor no se ve en los recortes de prensa y poco se advierte en los estudios que adelantan historiadores, antropólogos y sociólogos.

Perdura la medicina tradicional con sus yuyos curativos; todo cuento campesino llega con su moraleja que refuerza la solidaridad y  demás valores que permitieron sobrevivir en medio de la selva.

La mayor parte de los estudiosos de lo nuestro le apuntaron a la ciudad. Allí están los escritos de Hugo Ángel, Ricardo Sánchez, Jaime Jaramillo, Lisímaco Salazar, Hernando Uribe, Emilio Gutiérrez, Jaime Montoya...  en la actualidad otros como Víctor Zuluaga, John Jairo Correa, Sebastián Martínez y los graduados en la Maestría de Historia de la UTP están trabajando con las comunidades anónimas y con la gente del campo.

En tiempos pasados existió un divorcio entre Pereira y los municipios de la banda izquierda del rio Cauca, hasta la aparición del puente Bernardo Arango, la carretera troncal de Occidente y la fusión de las corrientes pobladoras paisas   en la zona pereirana.

Al hablar de Pereira es necesario recordar que fue por mucho tiempo la “Capital Cívica” de Colombia y famosas las gestas cívicas para construir su aeropuerto, financiar al “Bolivar Desnudo”, levantar la “Catedral de guadua” del barrio Cuba, construir el estadio, apoyar equipos en las vueltas a Colombia en bicicleta.

Pereira ha sido tierra donde Luis Tejada afiló su pluma, María Cano desafió las bayonetas oficiales y generaciones de verdaderos patriotas   sostuvieron el espíritu de libertad.

Primero fueron los colonos antioqueños en busca de un pedazo de tierra donde asentar a los suyos fue la época de los paisas oriundos del sur de Antioquia; luego llegaron los paisas desplazados por la violencia que  avanzaron por la banda izquierda del rio Cauca y fortalecieron la zona rural de Pereira y ahora están llegando  emigrantes provenientes del Chocó y del  Tolima, gente del Valle del Cauca, emberas y afrodescendientes.

Todos ellos traen una historia que se integra a la nuestra. Ahí está la gran responsabilidad pereirana, porque de no integrarlos a Pereira, como se hizo en épocas pasadas, tendremos grupos refractarios a quienes no les preocupará la ciudad y no sabrán como amarla.

La  historia abarca todos los ámbitos y la nutren muchísimas fuentes. Es , pues la historia menuda la que  conforma la gran historia.  Cada institución, todo grupo puede aportar a ello. Se tiene la historia de la medicina, la historia política, los servicios públicos, la caficultura,  las universidades….

Sería un gran aporte que una institución como la  que generosamente me invitó a esta charla plasmara en un libro la historia de la enfermería, que viene desde la época precolombina hasta nuestros días y que ha ayudado a salvar vidas en la paz y en los conflictos, en la tranquilidad del hogar y en las tragedias colectivas..

Pereira  mayo 31 de 2018.

 

 

 

 

jueves, 24 de mayo de 2018

TULIO TOBÓN VARGAS


 
UN PAISA  MUY ALENTADO

 
                                     Foto cortesía de Guillermo Aníbal Gartner

Alfredo  Cardona Tobón

En un amanecer de 1930 el canto de los gallos anunció  el nuevo día mientras tenues rayos de luz se filtraban por la puerta de un rancho en la vereda Sauzaguá, situada en el occidente del Viejo Caldas.

El vuelo de un búho hasta un frondoso aguacate despertó a Esterjulia, quien abrió los ojos,  se desperezó, alisó la bata que le sirvió de piyama y cortó el último ronquido de  su esposo Pedronel. Esterjulia quitó la tranca de la cocina y prendió la leña del fogón que empezó a escupir borbotones de  humo blanco por la improvisada chimenea de barro cocido, en tanto Titán y Nerón se agazapaban buscando el calor del fuego, dando término a las carreras nocturnas tras las chuchas y a sus molestos ladridos a la luna.

Esterjulia  puso  la cayana sobre las brasas y en una laja  grande y cóncava molió  el maíz para las arepas  mientras el  olor dulzón de la aguapanela anunciaba el frugal desayuno. Jacinta, la hija de seis años, se levantó medio dormida,  mojó la cara con el agua que caía por  una lata de guadua y se dirigió al corral con la aguamasa para el marrano;  Maruja,  la hija mayor de los Guapacha Ladino, preparó una olleta de café , untó la arepa con manteca y  empezó a lavar la ropa sucia que a falta de jabón desmugraba con  espuma de frutillo y pepas de Caramanta.

Una falda roja, los cucos, un brassier y la blusa de flores que le regaló don Tulio Tobón después de llevarla a la trastienda del negocio, constituían  el guardarropa dominguero de Maruja; iba descalza como el resto de los comuneros indígenas, era una  “patiancha”, como los llamaban los paisas,  pues sin el obstáculo de los zapatos sus dedos   se explayaban  libremente sobre el suelo.

Después del  desayuno  la mamá ordenó  las camas, que eran horquetas clavadas en el piso con largueros de guadua, sobre los cuales había un  tendido de esterilla cubierto por esteras fabricadas con cogollos de cañabrava y por los costales que empleaban como cobijas.

 Pedronel salió hacia el corte a las siete de la mañana y regresó al rancho  con el sol sobre su cabeza; traía desocupado el  calabazo de chicha y cargaba en una jíquera un gurre aterrado  manando sangre por una oreja; los perros brincaban jubilosos alrededor del infeliz prisionero en espera de  la ración sustanciosa, que, por ese día,  llenaría sus esqueléticas figuras

Sobre un mesón rústico Esterjulia y Maruja sirvieron  el sancocho con morro, donde nadaban trozos de obambo y flotaban unos plátanos en medio de un mar de grasa de calambombo, rematando el almuerzo con un tazón de mazamorra endulzada con  melaza de caña.

A medio día no había siesta ni reposo, con el último trago de sobremesa  Pedronel regresaba al corte a volear azadón o machete hasta que  el sol se escondía tras el cerro Gobia señalando la hora de la comida que indefectiblemente se componía de fríjoles con ahuyama o cidra, a veces acompañado por tajadas de plátano maduro y un tazón de claro con un pedazo de dulce macho. Nada de limones pues aguaban la sangre, ni guayabas porque a esas frutas les  faltaba un grado para ser veneno;  de vez en cuando complementaban la dieta alimenticia con animales de monte como guaguas, guatines o tatabras o con huevos de cascara verdosa de unas gallinitas criollas que se mantenían con cucarrones y lombrices.

 Con dieciocho años de edad  Maruja estaba embarazada.  Mamá Esterjulia sospechaba que  detrás de esa gordura estaba  don Tulio Tobón, el dueño de la tierrita que cultivaban.  ¡ Que le vamos a hacer¡ - pensaba Esterjulia por sus adentros- don Tulio era el patrón y en resumidas cuentas- cavilaba la vieja- era mejor tener un nieto clarito que otro indiecito tuntuniento.

En honor a la verdad la castidad no estaba en la lista de los valores de la parcialidad indígena; era común el “amañe” y las misias  no tenían inconveniente  en entregar sus hijas a los patrones para “ que  mejoraran la raza”, eso explicaba el “blanqueamiento” de la parcialidad por obra y gracia de varios garañones paisas dueños de  tierras y de los mejores negocios del pueblo. En familias campesinas no había empacho en decir ese niño es del doctor Eastman o esa niña es de Miguel Angel Restrepo. Contaba Lalo Salazar  que en una ocasión vio  un monito de ojos claros en una familia nativa; le pareció extraño y preguntó  de quien era la criatura.  “! Ese muchachito lo tuvo mi mujer  con don Tulio Tobón!”,  fue la respuesta del orgulloso padre putativo.

Es difícil calificar la conducta de don Tulio Tobón y otros paisas que se enquistaron  en las parcialidades indígenas.En el caso de don Tulio no se trataba de un seductor o un violador de nativas: era un reproductor, como el burro de raza del padre Jaramillo o el gallo fino de don Bonifacio Trejos. “Pateperro” calculó la descendencia de don Tulio en  75  niños; don Emilio Betancur, que  sabía lo que decía, pues era su cuñado ,  elevaba la cuenta  agregando  los retoños de unas fámulas y la única hija legítima  del  alentado multiplicador antioqueño.

A don Tulio, como a los toros, no le importaba la suerte de sus retoños;   fue su  padre, Germán Tobón,  quien en una  u otra forma reconoció a esos nietos:  después de la misa dominical de las nueve de la mañana don Germán se sentaba en una banca del parque con una bolsita llena de monedas de dos y cinco centavos. No tardaban en acercarse niños y niñas  de  diversos colores y tamaños que lo saludaban sin atreverse a llamarlo abuelo. Los pequeñines recibían un cariño o una frase amable y se retiraban sonrientes  a gastar la “ración” que les había dado el viejito.

 

 

 

 

 

martes, 22 de mayo de 2018

CÉSAR, OTTO Y LA PALABRA


 
Alfredo Cardona Tobón


                                                        Riosuceña en Carnaval
 

“Bendigo al Sumo Hacedor

que quiso hacerme cristiano,

músico, godo, caucano

y  antioqueño y  entrador”
                       

                                               Doctor Otto Morales Benítez
 

Este verso de  Gonzalo Vidal, un caucano autor de la música del himno antioqueño, podría aplicarse a los mestizos riosuceños cuyo explosivo coctel genético ha creado esos raros especímenes  del Ingrumá, capaces de santificar al diablo, bendecir el guarapo y dar sabor picante  al departamento de Caldas  que sin ellos sería una prolongación sosa de Caramanta o Abejorral.

Cuando Teófilo Cataño se inventó un Carnaval de la Bruja en Quinchía no se imaginó  que ese suceso daría pie para que los riosuceños inventaran un Carnaval presidido por el Diablo en el vecino Riosucio; tampoco imaginó César Valencia Trejos  en el año 1984, que una tertulia aguardentera con los aguadeños de  “Imágenes y Sueños”  y una parranda en “Leño Verde”, serían el germen del “Encuentro de la Palabra”, donde la provincia entabló batalla por su identidad y sus valores.

Atrás quedó la escuela de los jilgueros sin mensaje de los grecocaldenses  y demás  plañideros de  añoranzas ajenas, para dar paso a la voz de generaciones  llanas, comprometidas con la realidad y sus propios sueños.

A partir de entonces se han vivido decenas de “Encuentros de la Palabra”, son decenas de milagros en medio de la cicatería oficial y el desdén de la dirigencia departamental. En estos años Riosucio ha reunido lo más granado del pensamiento colombiano gracias a la fe y al tesón de su gente y ha consolidado un proyecto cultural que lo identifica en el concierto nacional..

Entre los artífices de los  “Encuentros de la Palabra” se destaca  César Valencia Trejos. Este riosuceño de profesión vio las primeras luces en la vereda “Ojo de Agua” y desde que estaba chiquito, como dicen sus biógrafos, ha estado inmerso en todo lo que beneficie a su pueblo  sin pensar en puestos ni dinero, del que parece divorciado o alérgico.

Inquieto de nacimiento ensayó estudios en  Bogotá y Medellín y siguiendo la herencia  de los culebreros y los trotamundos de su familia, César se ha enfrentado a los más disímiles oficios: locutor, periodista, animador en un colegio de monjas, cafetero, veterinario, empresario, matachín,  desenrroscador de culebras, pintor de arreboles y calibrador de truenos…

Aunque es godo y rezandero, Cesar Valencia entronizó a Otto Morales Benitez en las entretelas de los  “Encuentros de la Palabras” en vez del Corazón de Jesús.Y allí se quedó su paisano con sus carcajadas  impartiendo bendiciones  y trazando caminos  a quienes  en una u otra forma, modesta o ilustremente, trabajamos por el engrandecimiento de la provincia  colombiana.

Durante su fecunda existencia Otto Morales  estuvo presente en cuerpo o espíritu en los  “Encuentros de la Palabra” y los seguirá presidiendo aunque se haya apagado su risa franca  y no esté al lado de su millón de amigos. La trascendencia cultural de los “Encuentros de la Palabra” es innegable en el Viejo Caldas:  han desencadenado una serie de acontecimientos notables en la provincia  como los “Encuentros con la Historia”, festivales culturales, centros de estudios, la Academia Caldense de Historia y la Cátedra Otto Morales Benítez de la Universidad del Área Andina en Pereira.

LAS HUELLAS DE OTTO

Otto dejó testimonio de su obra en decenas de libros, en artículos de prensa, en las generaciones que lo precedieron. Fue el faro de la que llamó “La generación de las identidades” cuya labor se extiende hasta nuestros días en la poesía, la literatura  y la historia de la región. Otto Morales Benítez no le temió a los esbirros  de las tiranías como ocurrió en el Paraguay donde  no pudieron silenciarlo las  amenazas de la gente de Stroessner y  tampoco en Colombia, donde su voz se levantó en tiempos de Mariano Ospina y Laureano Gómez para exigir el  respeto a la vida en esos ominosos regímenes, donde la vida de los liberales valía  menos que la de un mísero perro callejero.

En el año  1947 los liberales organizaron una manifestación en Salamina, Caldas. Otto era el abanderado en la multitudinaria marcha. Ante un aguacero de piedras sus copartidarios  se guarecieron en los zaguanes de las casas del marco de la plaza y cerraron las puertas; Otto iba de lado a lado de la enorme plaza con el pendón rojo buscando un refugio que lo salvara del salvajismo de los atacantes, pero sin deshacerse  del estandarte que era el blanco principal de los violentos.   

Muy jovencito, Otto organizó las brigadas rojas en su pueblo y alineó en sus filas a los caciques pirsas de Bonafont y de Moreta. Los quinchieños cerraron filas alrededor del tribuno oscuro que se identificaba con los Guapacha y los Ladino, con los  Tapasco y los Largo.

                                                A la derecha  César Valencia Trejos

El paso de los años podrían diluir la esencia del aldeano que   se enfrentó a los “pájaros” de mitad del siglo  pasado al denunciar sus crímenes  en los flagelados municipios del occidente del Viejo Caldas. En sus crónicas “Campos desiertos y cementerios repletos” denunció los atropellos del régimen dejando la relación de los asesinatos y de los desplazamientos forzados. Infortunadamente todos ellos quedaron en la impunidad y en su tiempo ni la iglesia insensible, ni la sociedad, ni nadie, se condolió de la monstruosidad de los hechos.

Llegará el día que se reconozca el valor de Otto Morales. Cuando  se oxiden los incensario,  se acabe el monopolio de quienes se creen sobrinos del Papa  y bajen de sus pedestales a los paladines de la  aristocracia criolla, quizás se funda un busto en honor al caldense que no  fue presidente de  Colombia  al negarse a los condicionamientos de los barones electorales. Llegará, entonces, el reconocimiento  a ese “patiancho” riosuceño que brilló con luz propia  en los escenarios americanos y cuyas risotadas no se han perdido sen los pliegues graníticos del Ingrumá  y El Batero.

 

 

 

lunes, 14 de mayo de 2018

IGNACIO TORRES GIRALDO EN PEREIRA


Alfredo Cardona Tobón

 
  Martín Torres, oriundo de Rionegro y uno de los  primeros pobladores de Neira se radicó en Pereira en 1876, donde su  hijo Ignacio  casó con una  hija de don  Felipe Giraldo.
El matrimonio Torres Giraldo se  trasladó al villorrio de Circasia, en el distrito de Filandia, donde el 5 de mayo de 1893 nació un niño al que bautizaron  Ignacio, al igual que su padre.

Por razones de su trabajo en construcción y agrimensura, don Ignacio padre,  junto con su familia  se radicaron en Montenegro y Sevilla. Por tal circunstancia el niño Ignacio Torres Giraldo  no estuvo en ninguna escuela y la educación que adquirió  en la infancia fue  la que  pudieron darle sus mayores

 Siendo adolescente Ignacio Torres Giraldo  llegó  a Pereira donde se aficionó a la lectura con los  libros que alquilaba don Clotario Sánchez. En 1911  el joven Ignacio entró como aprendiz de sastrería  al taller de don Germán Uribe Zuleta, profesión que  le brindó un medio de subsistencia. Inmerso en el mundo obrero,  Ignacio asistió a las reuniones de obreros y artesanos y  en forma autodidacta empezó su  formación periodística y a destacarse como escritor de buena pluma, ardoroso orador y político perspicaz , hasta consagrarse  como el más reconocido líder nacional  en las luchas  reivindicatorias de la clase popular en la primera mitad del siglo XX.

En 1908   Pereira era una plaza fuerte del radicalismo liberal,  abierta a muchas situaciones de cambio. Por eso, la clase dirigente, para sacudirse de la coyunda clerical, quiso fundar un establecimiento de enseñanza primaria con algunos cursos de bachillerato y proyección  para ir abriendo niveles superiores. Se quería un colegio  independiente  que se abriera  a las distintas clases sociales, concediendo becas a niños y jóvenes pobres. Para tal fin se reunieron 94 personas pudientes , obligándose cada una de ellas a sufragar los gastos de dos alumnos. Una vez firmado  el compromiso se trajo un rector y varios profesores de Medellín. Como rector se contrató a  Benjamín Tejada Córdoba, intelectual  y notable formador de juventudes  quien llegó a Pereira con su esposa doña Isabel Cano Márquez, hermana de María Cano,  y con sus hijos María y Luis Tejada Cano.

 Al colegio se vincularon el doctor Juan B. Gutiérrez  e Ignacio Torres Giraldo, quien  gozaba de amplia aceptación en los medios intelectuales pese a su juventud y su formación autodidacta.. Con el colegio en marcha, el rector  Benjamín Tejada  y el doctor Gutiérrez  fundaron un periódico   con clara orientación pedagógica, a cuya redacción  se sumó Ignacio  Torres Giraldo.

En 1913 Ignacio Torres mueve a la clase obrera con publicaciones que incitan al pueblo a  reclamar sus derechos, en 1914  colabora con la campaña del doctor  Gutiérrez por una curul a la Cámara de Representantes a nombre del partido liberal, y en 1915 hace parte  del círculo literario” La Gironda” con su periódico  “Glóbulo Rojo” . Pronto el circulo literario del colegio Murillo Toro se convirtió en un centro político dentro del cual se abrió paso una corriente de izquierda que el rector  denominó “ala jacobina”, pues basaba sus planteamientos en la ilustración francesa del silgo XVIII.

El 15 de octubre de 1916, segundo aniversario  del asesinato del general  Uribe, Ignacio Torres fundó su propio periódico con el nombre de “El Martillo” con orientación izquierdista. Junto con Jesús Antonio Cardona Tascón,  Ignacio Torres impulsó  al grupo de jóvenes revolucionarios que se  conoció  con el nombre de “Los ravacholes”.En manifestaciones públicas  los rebeldes   chocan con las autoridades y quedan tras las rejas en Pereira y Manizales donde los encarcelan para  que “corrigieran su forma de pensar”.

En “El Martillo”  Ignacio Torres se opuso a que el hospital San Jorge pasara a manos  de las Hermanas de la Caridad. En hojas volantes  se opuso, también, a la reglamentación de la Sociedad de Mejoras Públicas que establecía las retretas de gala, a las cuales no podrían asistir personas descalzas o de ruana y dispuso, igualmente, que los jueves a las cinco de la tarde serían las tertulias populares, ignorando que era hora de trabajo del pueblo raso que solo tenía los domingos para distraerse.

Para torpedear las medidas dispuestas por la Sociedad de Mejoras Púbicas, Torres Giraldo convocó  a obreros, mendigos, trabajadoras domésticas, gente pobre y  a la masa en general a tomarse el parque de La Libertad en una de las retretas de gala de los domingos, lo  que sucedió al presentarse una tumultuosa manifestación que hizo derogar lo dispuesto por la Sociedad de Mejoras Públicas.

LA OBRA DE TORRES

Lo de la apertura libertaria de Pereira ha sido más vitrina que realidad. Al principio del siglo XX  la clase dominante que continúa  manejando  los destinos de la ciudad hostilizó a Ignacio Torres Giraldo quien se vio obligado a suspender  “El Martillo”  y tuvo que   emigrar hacia tierras del Cauca donde prosiguió su labor en defensa de los más humildes.

Como los partidos políticos aprovechaban la fuerza popular para eternizar en el poder a sus dirigentes, Ignacio Torres  consideró necesaria la consolidación de un partido socialista. En sus campañas  Torres visitó a Pereira en varias oportunidades, en  1927 llegó a la ciudad con  María Cano; una gran concurrencia los recibió en la planicie que después ocupó el parque Olaya Herrera, donde Lisímaco Salazar los presentó con un fogoso discurso.  Al dia siguiente el jefe de la policía desalojó la plaza de La Libertad y malogró  la gran manifestación acallando las voces de  María Cano, Torres Giraldo,  Julio Restrepo Toro y Célimo García..

Según afirma  don Emilio Gutiérrez, en Pereira se formó el pensamiento  social y político de Ignacio Torres Giraldo, quien indudablemente fue uno de los lideres más notables de la izquierda colombiana.

 Ignacio Torres murió en Cali el 5 de noviembre de 1968. Sus  ideas permearon por mucho tiempo el pensamiento popular  de Pereira,  una ciudad cuya gente ha tenido que luchar contra una clase que la ha dividido entre  los blancos y los negros, no por el color y la raza sino por  el  reparto desigual de las oportunidades.

lunes, 7 de mayo de 2018

EL MAESTRO OTTO MORALES BENITEZ Y SU RIOSUCIO DEL ALMA -I-


 

Por: César Valencia Trejos

 

“Vengo de una provincia colombiana. Nací en Riosucio de Caldas. Allí me formé. Tengo el sello de la marca de comunitaria y democrática unanimidad que allí nos congrega. Y no quiero que nadie me confunda. Mi identidad no está en los papeles  civiles que me entrega el Estado para avanzar por mi patria y por el mundo, sino en el sello de autenticidad de mi gente”

                                                               Otto Morales Benítez

 
 

       

 



                  Narrar, precisar, establecer crítica literaria o historiografíar sobre la Obra y Vida del humanista, es quizá replicar lo que un número considerable de escritores, investigadores y estudiosos han esbozado sobre este “Maestro de Maestros”: el que enseña a los que enseñan, como lo enunciara el ex presidente Belisario Betancur, al titular su Conferencia en la Academia de la Lengua, en homenaje al doctor Otto al cumplir 90 años de edad.
 

 
            El Colegio Máximo de las Academias, en el año 2011 postuló al Maestro Otto al Premio Príncipe de Asturias, en el área de las artes y las letras y su presidente de la Academia de la Lengua, Jaime Posada argumentó: “Su legado es tan extenso que podría ser postulado en varias categorías de este importante galardón, nos pareció la categoría más cercana a su gran aporte”


 

LA INTELIGENCIA SOBRE OTTO
 

            Multitud de rigurosos estudios se han plasmado sobre el pensamiento de uno de los más eruditos colombianos. Sobre el particular se han conocido 20 libros y probablemente en el futuro aparecerán otros. Se distinguió por ser uno de los ensayistas más fecundos, reveladores y rigurosos sobre los distintos asuntos de la nacionalidad colombiana.

            Enumerar acerca de los logros políticos, académicos, de sus 138 libros y de 41 sin editar, en la modalidad de ensayo, los prólogos a cientos de libros de escritores, de las cátedras, premios y becas que llevan su nombre; de los homenajes que en el Continente Indoamericano- como él subrayaba a América Latina- y los que en la nación, en diversas regiones le tributaron, es un prolongado compendio.

            Se aproximaron más de dos centenares de escritores y periodistas para comentar su Obra, citemos ligeramente los títulos y autores de algunos libros editados por estudiosos:

Fernando Ayala Poveda: Otto Morales Benítez: la palabra indoamericana; el historiador y crítico panameño Carlos Alberto Mendoza, publicó dos libros: Trayectoria evolutiva del liberalismo y posición de Otto Morales Benítez y el estudio: El Mestizaje e Indoamérica: el mensaje de Otto Morales Benítez. El profesor mexicano Leopoldo Zea, dedicó su libro: América como Autodescubrimiento”, entre otros, al doctor Otto;  el caldense Javier Ocampo López, autor de más de un centenar de libros, escribió su obra: Otto Morales Benítez: sus ideas y la crisis nacional y dedicó al doctor Otto su libro: Historia de la cultura hispanoamericana siglo XX.

El lingüista Óscar Piedrahita González publica: Tesis de Otto Morales Benítez: memorias del mestizaje, un libro esencial en el Continente; el profesor universitario Ricardo Sánchez Ángel divulgó: El demonio del ensayo en la obra de Otto Morales Benítez; Luis Carlos Adames dio a la publicidad el tratado: Otto: el periodista que negoció la paz; el historiador nacido en Apía, Risaralda, Albeiro Valencia Llano publica: Otto Morales Benítez: de la región a la nación y al continente.

            Asimismo, Vicente Landínez Castro, oriundo de Villa de Leiva, nos sorprendió con su libro: Miradas y aproximaciones a la obra múltiple de Otto Morales Benítez. Por su parte el historiador, ensayista y político santandereano Antonio Cacua Prada, anunció 10 libros inéditos sobre las reflexiones del doctor Otto.

            En ensayos y artículos en prensa y revistas especializadas el compendio es enorme, Carlos Arboleda González, oriundo de Risaralda-Caldas, escribió: La majestad de la palabra en la obra de Otto Morales Benítez, texto que hace parte de la Colección Cátedra Otto Morales Benítez, bajo el título Humanismo ejercicio dinámico del pensamiento que promueve la Fundación Universitaria del Área Andina con sede en Pereira.

            Guionista de la cultura caldense, es otro ensayo dedicado al fogoso orador Otto, publicado por el supieño Jorge Eliecer Zapata, en donde subraya “la preocupación por los asuntos regionales y nacionales y su asomo a toda Latinoámerica como una unidad comunitaria que debe unir sus fuerzas para salvar la identidad”.

 CENTRO PARA EL ESTUDIO DE LA OBRA


            En Bogotá, desde agosto de 2001, sus dos hijos Olympo y Adela, fundaron el Centro para el estudio de la Obra de Otto Morales Benítez, en una antigua casona del barrio La Soledad, con el fin, como lo expresó la Antropóloga Adela Morales de Look: “Mi hermano Olympo y yo hemos decidido establecer este Centro, con el afán de interpretar lo que muchas personas han venido manifestando de diversas formas, acerca de la necesidad de estudiar una obra tan prolífica y que aporta muchos planteamientos importantes para el conocimiento y entendimiento de nuestra realidad nacional, social, económica y política”. Es decir, allí tenemos el almendro de la investigación sobre la Obra y Vida del doctor Otto. Valdría la pena replicar esta enseñanza, con un proyecto que avivemos las gentes de Riosucio, liderado por sus administraciones y  dirigentes, alrededor de  la casa donde nació el doctor Otto, cuya fachada fuera remodelada por el ingeniero y arquitecto belga Agustín Gooavaerts, reconocido en Medellín por sus edificaciones arquitectónicas. A propósito, hemos abandonado varias construcciones donde deberíamos disfrutar de museos y revelar el valor que encierran nacionalmente los riosuceños entre otros, en un recuento incompleto, además, del doctor Otto, Danilo Cruz Vélez, Enrique Alejandro Becerra Franco, Julián Cock Bayer, Silvio Fernando Trejos Bueno, Jorge Gärtner de la Cuesta, Rómulo Cuesta, Octaviano Vanegas, Ariel Escobar Llanos, Helbecio Palomino Salas, los artistas Buenaventura y Ángel María Palomino, Manuel Antonio Cataño, los periodistas y militares hermanos Díaz Morkum, los vates Andrés Mercado Vallejo, José Trejos, Enrique Palomino Pacheco y Carlos Héctor Trejos Reyes, los compositores de música popular Antonio Posada Correa e Israel Motato y tantos que nos han dado presencia y nos han enaltecido.

            El empresario manizaleño Eduardo Arango Restrepo, le dijo en un acto académico en Manizales: “Otto, deja de publicar, a ver si te alcanzamos tus lectores” y como siempre, el auditorio se llenó de la sin igual carcajada, que acabó con la solemnidad de un acto de trascendencia regional que allí se llevaba a cabo. Esto para ratificar que detenernos en sus realizaciones es extenso.
 

DEVOCIÓN POR RIOSUCIO  Y SUS COTERRÁNEOS      

             Este inventario es apenas un breve registro de lo que se ha publicado y exaltado sobre el doctor Otto. En consecuencia, los invito para que nos detengamos en lo que el autor escribió con pasión y generosidad sobre nuestro pueblo, palabras que se escuchan en el Continente y que han hecho conocer el Carnaval, el Encuentro de la Palabra, nuestras expresiones, costumbres y algunos artistas y escritores de este terruño.



            Vicente Pérez Silva escribió en la introducción del libro: Iconografía y fragmentos de prosas de Otto Morales Benítez publicado por la Fundación Universidad Central, en el año de 1995: “Hijo de su provincia a la que ama entrañablemente, no concibe la vida sino en función de la tierra de su origen. Una vida ajustada a los sueños de su infancia y a los preceptos que dimanan del Ingrumá: el cerro centinela  de una hermandad progresista  y solidaria. Las facetas míticas y las picardías del Diablo de Riosucio, también poblaron su temprana imaginación de mágicos resplandores”.

            Repetidamente lo acompañó su indeclinable querencia por su terruño, podríamos afirmar que no había intervención o publicación que no referenciara a Riosucio, se sentía orgulloso que lo identificaran con todos nosotros y nuestras expresiones culturales y mentales. En charlas informales con los más importantes personajes de la vida nacional o departamental o con seres elementales, siempre exaltaba a Riosucio y relataba con admirable gracia episodios y anécdotas de célebres mujeres y hombres de esta comarca. Así mismo, quienes han iniciado el análisis de su obra, coinciden en resaltar su espíritu de “provinciano cosmopolita”.

            En su tratado Raíces Humanas nos trae una manifiesta síntesis de su origen: “Del minero heredamos un cierto júbilo permanente. Del labrador tomamos una vocación por las acciones colectivas, por los aspectos de la comunidad. Y ese espíritu cívico, que se enciende cuando se trata de declarar nuestro amor a Riosucio. Y de esta amalgama, y de la desconfianza primigenia y recíproca, nos queda el palique buido, la maliciosa interpretación de los hechos que conduce a un apunte sagaz, que concluye en una sonrisa que ilumina la picardía de la conversación. Del brillo y abundancia de las fiestas, nos ha llegado la pasión por la música y el diálogo que es proverbial en todo hijo de este sitio. Todavía hay tragos regionales, como el “guarapo”, que nosotros levantamos como símbolo  de lo que nos ha dejado una raza de labradores. Su nombre congrega en pasión jubilosa a todo aquel que allí nació, a aquel que de paso por haber vivido con nosotros, supo gustar de los dones y zumos de nuestra bebida regional….”. Y en otro aparte de este texto, señaló: “Todos nos sentimos atados entrañablemente, por un vigor hondo, que nace de una identidad en nuestro destino. Riosucio adquiere una dimensión propia, en la cual se manifiesta el sentido colectivo que preside cada uno de sus hechos”.

            En el libro de Diálogos, resultado de una extensa entrevista publicada en 270 páginas: Interrogantes sobre la identidad cultural colombiana, el antioqueño Augusto Escobar Mesa, en una de sus respuestas él doctor Otto recuerda en varias oportunidades a sus coterráneos: “Mi generación del colegio tenía unos rasgos comunes con nuestra identidad riosuceña que nos permite identificarnos fácilmente. Manejaba una inteligencia chispeante, alegre, con cierta tendencia a la burla, pero sin quejumbres matreras, eran gentes con aptitud para la especulación mental  para enfrentar los teoremas y los silogismos, para reclinarse sobre el microscopio o mirar por un teodolito las soluciones que apremia la civilización…No era la actitud de una generación, era la herencia que habíamos recogido en los hogares, en la esquina del diálogo, en la socarrona manera de juzgar el mundo que tiene el riosuceño”.

Y más adelante agrega: “También cuentan los que vinieron de fuera a nutrir nuestra comunidad con sus conocimientos, con su trabajo con sus experiencias de toda índole. Cuando nacimos como Municipio, los sabios franceses Boussingault y Roulin estuvieron aquí y dejaron enseñanzas, ejemplos. A ellos se les recibió con esplendor porque el oro permitía lujos y derroches en los vinos y en los manjares. Y así ocurrió con todo viajero  que por aquí transitó. Ellos trajeron, entonces, voces de otros mundos, mensajes de nuevas experiencias y, especialmente, los escritores, los poetas, los expertos en finanzas u hombres que llegaban a compartir la guerra o el gobierno; en este lugar tuvieron su asiento. Fuimos afortunados porque muchos venían doblados de poetas, ello explica -fuera de la natural predisposición colectiva de mis paisanos- el gran ímpetu  intelectual  que nos golpea y continúa incitando con sus antenas de brillo y de luz a la juventud de mi tierra”.

            En una lectura en la sesión solemne de la Sociedad Geográfica de Colombia, en agosto de 1998, que tituló La geografía como factor de integración, expresó: “Existía una profesora, Purificación Calvo de Vanegas expertísima en sabidurías pedagógicas…ella designaba a Marta, la más bella, para representar nuestro calificado Departamento: el Gran Caldas y luego continuando en la pesquisa de los rostros y cuerpos más armoniosos, aparecían sus límites: el Tolima que era Marina; el Valle, Nohemí; Antioquia Doloritas. Éstas iban rodeando a Marta. Así quedaba la lección infalible, la que no se olvidaría…”.

            En otro fragmento de esta leyenda puntualizó: “En nuestro Colegio de Varones, don Genaro Bueno Cock llegaba a la hora de clase con pausados y cautelosos desplazamientos. Eran suaves y finas sus maneras de gran señor. Desplegaba sobre el tablero un mapa de Colombia y principiaba a leer los versos que mencionaban los milagros de las montañas, ríos, llanos, ciudades y pueblos remotos. Teníamos que aprenderlos de memoria. Luego, los recitábamos con ímpetu, señalando dónde comenzaba la Sierra Nevada de Santa Marta y cómo había unas regiones extensísimas en el Huila y que eran gloria de nuestros ancestros: San Agustín. Nos hacía entender, entre soneto y elegía, al Chocó con sus lluvias y relámpagos; la Guajira desértica que vigilaba, desde el Cabo de la Vela, el destino nacional. Descendíamos por entre versos pareados hasta la Amazonía, la Orinoquía y el misterio de las selvas de gloriosos follajes”.

            Continuando esta indagación de textos, en una lectura en la clausura de estudios de bachilleres de la Institución Nacional Los Fundadores, que designó como Mi Colegio de Riosucio: Apuntes  para la biografía de una generación de provincia, una disquisición de elogio al plantel, profesores y a sus condiscípulos se refirió en los siguientes términos: “Porque este es “mi Colegio”. De aquí no me dejo despojar. Pasé años esenciales de mi vida –los mejores de los sueños- entre su recinto. Claro está que en otro sitio, con muros más pobres, con aulas casi menesterosas, sin espacios para movernos en las horas de descanso. Desconocíamos los campos de deporte. No había lugares de esparcimiento para nuestro ímpetu juvenil. Los servicios mínimos de aseo, apenas se presentían. La luz entraba, por las ventanas modestísimas, llena de una  timidez que no le permitía irrumpir con su explosión de  luminosidad.

            El moho, un verde inquietante que invadía rincones y algunos trechos de los corredores y paredes, nos hacían compañía. Los asientos eran rudimentarios, muy primitiva su elaboración. Las escalas para ascender al único piso utilizable, traqueaban con nuestros pasos. Sus tablas se arqueaban con humildad y daban, con recato, quejidos que denunciaban la proximidad de su derrumbamiento”.

            En Líneas culturales del Gran Caldas un compendio que exalta y rescata valores humanos e intelectuales de estos departamentos, declara su afecto por su primigenia tierra: “No puedo pensar la vida sino en función de la tierra de mi origen. A la cual además, como labriego y ganadero, he dedicado tantas horas de unción a sus preceptos telúricos. Con la ventaja que es uno de los privilegios que resguardan mis desplazamientos: ajusté mi vida a lo que soñé desde la infancia: que fueran evidentes las concordancias entre lo que pensaba o lo que predicaba o realizaba… El mío es la infancia; lo que armó y cruzó mi adolescencia…”.

            El doctor Otto Morales Benítez inauguró en la Universidad Autónoma de Manizales, la Cátedra Caldense, un vibrante y excelso reencuentro con la región, que los dirigentes abandonaron por su avaricia y espíritu centralista, esta exposición fue publicada por el Banco Central Hipotecario en 1984. Es en este libro cimero un examen riguroso de Caldas, en donde cita en repetidas ocasiones a otros autores que fundaron el destino de nuestro Municipio. Allí se puede esclarecer qué dijo Purificación Calvo de Vanegas acerca de nuestra historia; en este tratado se citan los escritos de los  científicos franceses Juan B. Boussingault y Francisco Deseado  Roulin, quienes vivieron en Riosucio y sus páginas son otra muestra de la importancia que tuvo nuestra comunidad. 

            En este trabajo como en otros de sus escritos, recalcó lo esbozado por el pensador Rafael Uribe Uribe, en el Congreso de 1896, de quien reclama la creación del Departamento de Caldas y se enorgullece que propusiera que la capital de nuestro Departamento fuera Pereira, Riosucio o Manizales. Se regocija procurando supremacía a nuestro pueblo como una población de gran jerarquía económica, política, social y cultural. Este libro como constante de su producción literaria, es un emblema de incitación permanente para que estudiemos lo nuestro con más sentido de pertenencia y de identidad local y regional como afluentes de la historia nacional. Como constante del doctor Otto pensando en su tierra de origen, esta Cátedra Caldense es otra muestra auténtica de su fervor por su patria chica.

            Publicó Memorias del Mestizaje en el año de 1984, una Antología de temas relacionados con nuestro Continente, cuestión en la cual profundizó y fundó su teoría general del mestizaje. Él afirmó en sus investigaciones que se había nutrido de Riosucio: “Porque allá lo indígena, lo negro, las colonizaciones, los extranjeros atraídos por la abundancia minera, se fueron amalgamando y han constituido uno de los núcleos étnicos con más opulencia en sus expresiones”.

En este libro publicó Declaración de amor al Diablo del Carnaval, una de las páginas admirables sobre el Carnaval. Conjuntamente con la Colonia de riosuceños residentes en Bogotá y el Encuentro de la Palabra divulgaron: Facetas míticas del Carnaval de Riosucio, y posteriormente el autor escribió un discurso donde incluye los anteriores dos ensayos y agrega uno nuevo: Alabanzas del diablo y su Carnaval que consta de XII Capítulos en donde analiza y hace referencias universales del Diablo en las distintas épocas y sociedades. Este ensayo lo dedica a rendir un Homenaje al artista popular Gonzalo Díaz Ladino, quien ha elaborado 11 efigies del Diablo, el Viacrucis de la Iglesia de La Candelaria y plasmado cientos de carteles promoviendo el cine y pinturas de personajes nativos.

            Detenerse en la interpretación de lo escrito, es un ejercicio intelectual que importaría que las nuevas generaciones y los estudiosos lo afrontaran y procuráramos otorgar mayor altivez a los raizales.