jueves, 11 de enero de 2018

FRAY EZEQUIEL MORENO EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS



Simón Chaux.

 
                                                              Fray Ezequiel Moreno

El  primero de diciembre de 1899  el presidente San Clemente expidió un decreto ordenando una contribución  para sostener la guerra que se libraba contra los liberales colombianos. Al departamento del Cauca se le fijó una cuota de $150.000.

Pese a la alta cuota solicitada, el Obispo de Pasto, Ezequiel Moreno, escribió al presidente para que aumentara la contribución,  argumentando que  al Cauca podían llegar auxilios del presidente ecuatoriano Eloy Alfaro para fortalecer a los revolucionarios.

Como Sanclemente no obró de acuerdo con el obispo, éste puso a disposición  de los jefes militares de la región las arcas del tesoro de la diócesis. Personalmente recogió las contribuciones para comprar armamento y  dotar  los batallones conservadores. Alentó con sus prédicas a los reclutas del gobierno  que se preparaban para el combate y siguiendo la costumbre colonial española instó al Cabildo de Pasto a declarar como gobernadora de la ciudad y patrona de los regimientos gobiernistas a la Virgen de Las Mercedes, imagen venerada en Pasto desde el siglo XVII.

“ La guerra actual- decía-  se hace no tanto al gobierno de la república cuanto a la religión de Jesucristo y por eso se presentan  en grupo  numerosos cristianos  pidiendo armas, y dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre en defensa de la religión.”

Los descalabros liberales no atemperaron el ardor belicista  del Obispo que impulsaba una cruzada para doblegar todas las manifestaciones guerreristas o de paz de los liberales.

En la Cuaresma de 1900 habló sobre los efectos benéficos de la guerra y  la conveniencia de persistir en la misma. “Dios- explicaba en una pastoral-  nada hace ni puede hacer sin proponerse un fin  en lo que haga. El fin que tiene Dios en la permisión  de la actual guerra es castigarnos, pero  ¿ es ese un fin único y último?-

Nadie ignora lo que es el liberalismo  y lo que busca, criado y fiel servidor   de la masonería, hace guerra a Dios, a su iglesia y  a todo lo bueno  por medio de una prensa impía y soez,  dictando leyes ateas que sanciona el error y el vicio.

Si el liberalismo, pues,  hace guerra a Dios,  deber de todo católico  es luchar a medida de sus fuerzas.”

La virgen  de Las Mercedes de Pasto
 
Todo lo contrario a fray Ezequiel Moreno hacía monseñor Bernardo Herrera, arzobispo de Bogotá,  que llamaba a la concordia entre hermanos.

Ezequiel Moreno ayudó a formar el Batallón de Cívicos con enemigos del presidente  ecuatoriano Eloy Alfaro y condenó todo tipo  de entendimiento  con los liberales. Años más tarde, terminada la guerra con el triunfo conservador, el Obispo de origen español cayó en la más  profunda pesadumbre cuando en el gobierno de Rafael Reyes se empezó a devolverles sus derechos, lo que le llevó a contestar un destemplado  mensaje al mandatario Reyes. Las autoridades eclesiásticas le instaron  a ir a Bogotá  a ofrecer disculpas al presidente, lo que hizo contra su voluntad, pues creía que Reyes le estaba entregando el gobierno a los enemigos de la iglesia.

Al fin el belicoso obispo, se retiró  a Monteagudo en Navarra España, donde prosiguió sus deberes pastorales hasta que un cáncer acabó con su vida.

Ezequiel Moreno dejó como testamento las condenas a los actos de Concordia y paz del gobierno de Reyes.  En cumplimiento de su última voluntad, expresada por escrito, ordenó que en su epitafio se colocara la siguiente inscripción: “ El liberalismo es pecado.”

Fray Ezequiel, ahora elevado a los altares de la iglesia católica hizo creer a sus fieles que haciendo la guerra se glorificaba a Dios.

jueves, 4 de enero de 2018

VIADUCTO PEREIRA DOSQUEBRADAS

 

NUESTRO GRAN PUENTECITO

 

Texto: Camilo Alzate

Fotografías: Victor Galeano y Camilo Alzate

 


La primera vez que se habló en serio de un gran puente que comunicara las ciudades de Pereira y Dosquebradas fue en 1979 con el Plan Maestro de Mendoza y Olarte, el par de expertos que trazaron para Pereira una serie de recomendaciones en materia de ordenamiento territorial.

 

Gustavo Restrepo, flaco, canoso y arrugado por los años, brincó las barandas protectoras del Viaducto César Gaviria Trujillo con intención de saltar. El puente, que comunica a las ciudades de Pereira y Dosquebradas, se eleva sobre el valle aluvial del río Otún y alcanza una altura de 54 metros en su punto más alto, desde arriba la ciudad parece un pesebre navideño y los buses avanzan muy pequeños abajo. Ese día de junio de 2012, cuando los policías lo atraparon arriesgando sus propias vidas al borde del vacío, Restrepo vestía una camisa azul clara desteñida, zapatos del charol más ordinario y unos pantalones que le quedaban juagados en la cintura. Daba el aspecto de ser un desamparado y derrotado por la vida. Se dijo que tenía 51 años pero parecía de setenta. Se dijo que era la cuarta vez que intentaba arrojarse del puente ese año. Unos aseguraron que lo hacía por una pena de amor. Por problemas económicos, dijeron otros.

 

A raíz de aquello los obreros hicieron una huelga que paralizó los trabajos algunos días. El consorcio brasilero que lideraba el proyecto no asumió la responsabilidad por las arbitrariedades cometidas: muchos trabajadores no estaban afiliados a la seguridad social, ni contaban con implementos de seguridad.

 

La primera vez que se habló en serio de un gran puente que comunicara las ciudades de Pereira y Dosquebradas fue en 1979 con el Plan Maestro de Mendoza y Olarte, el par de expertos que trazaron para Pereira una serie de recomendaciones en materia de ordenamiento territorial. Allí se planteaba la necesidad de solucionar el problema del tráfico entre ambas ciudades con un viaducto que, sin bajar hasta el río Otún, desatrancara la única vía de acceso al municipio de Dosquebradas, una carretera angosta pegada a la ladera del río y famosa por sus atascos. Buena parte del tráfico con el norte del país debía pasar por esta vía que colapsaba durante horas cada tarde con los vehículos que iban o volvían de Dosquebradas.

Ni políticos ni constructores le pusieron mucha atención al asunto y la propuesta quedó sepultada en la última página del documento de Mendoza y Olarte. Pero Augusto Ramírez Barrera, un ingeniero pereirano formado en Massachusetts, con bastante experiencia en consultoría y diseño de grandes obras civiles, empezó a obsesionarse con la idea, tanto que la defendió ante la asamblea anual de la Cámara de Constructores, de la cual era presidente. Hubo quien creyera que estaba chiflado de remate, ¿un puente de seiscientos metros y seis carriles con la altura de un edificio de 30 pisos? Era una locura. Sin embargo, Augusto Ramírez movió influencias, habló con entidades financieras, sacó plata de su bolsillo y gestionó dineros con Integral, la firma de Medellín para la cual trabajaba, porque se le había metido en la cabeza que él iba a levantar los primeros diseños de esa construcción.

Ramírez Barrera puso obreros a cavar junto al río para calcular el tamaño y la profundidad de los pilotes que tendrían que sostener el puente; mandó gente a contar carros de ida y vuelta durante quince días, todo el día, a toda hora, y así pudo calcular el comportamiento del tráfico entre las dos ciudades; analizó los planos con el fin de diseñar un trazado que conectara justo el centro de ambos núcleos urbanos según su conformación, y finalmente, con todos los datos construyó una maqueta del puente que fue presentada en 1984 con un nombre demasiado obvio, demasiado sencillo: “Proyecto de comunicación vial Pereira – Dosquebradas”. En caso de que algún desquiciado se animara a construirlo, costaba nada más que 36 millones de dólares de la época.

—Una vez —recuerda el ingeniero Augusto— me encontré a un amigo, Francisco Polanco, que mantenía preguntando por el proyecto. “Vea hombre Pachito” —le dije— “esto en Europa es un puentecito. Un puentecito pichurrio”. Pues Polanco tuvo ocasión de ir a Italia y bajó por la Autostrada del Sole, de Milán a Napoles. Son kilómetros y kilómetros de túneles y viaductos. Cuando llegó a Pereira lo primero que hizo fue aparecer en mi oficina y me dijo: “¡Negro, usted tiene más razón que un putas, eso es un puentecito!”.

 

Era tal la insistencia de Ramírez Barrera que el columnista Luis García Quiroga lo bautizó en la prensa “el loquito del viaducto”.

§§§

En Pereira muchos conocieron el final de Bertha Alicia Vargas, la muchacha del barrio Kennedy que arrojó a sus dos hijas pequeñas desde el Viaducto, para luego saltar ella, a las ocho de la noche del 14 de enero de 2003. Parece que había discutido minutos antes con su esposo.

No habían transcurrido tres semanas de la inauguración del puente en noviembre de 1997 cuando saltó el primer suicida: un mendigo hundido en las drogas, al que siguieron el centenar y medio de personas que han saltado a lo largo de las últimas dos décadas. Pronto el viaducto se convirtió en el gran símbolo del suicidio y superó en estadísticas al Salto del Tequendama. Por años se discutió sobre la importancia de vallar los exteriores de la estructura para impedir que la gente se tirara, lo que al fin se hizo en desmedro de la belleza del diseño, como si el problema fuera el puente mismo y no el coctel de circunstancias que azotaron al eje cafetero aquellos años: la caída de los precios del café junto con la quiebra del sector de la construcción desataron una crisis económica sin precedentes, con tasas de desempleo que superaban los dos dígitos. Las ilusiones de miles de familias naufragaron, fue la época de los créditos del UPAC y de la gente que perdía sus casas por hipotecas obscenas, fue la época en que más de cien mil colombianos emigraron a España, muchos de ellos desde la región cafetera, fue la época de la bancarrota de las fábricas de confecciones que hasta entonces jalonaban la economía de Dosquebradas, un sector empresarial arruinado por las reformas de apertura económica que impuso César Gaviria Trujillo durante su mandato. César no solo fue el primer y por ahora único Presidente nacido en Pereira, sino que además trajo el neoliberalismo a Colombia con su conocido eslogan: “Bienvenidos al futuro”. El futuro había llegado y era un salto al vacío.

Cualquiera conoce las historias de jovencitas enfermas de enamoramiento, o de drogadictos, o de viejos desesperados, o de amas de casa atormentadas que se han arrojado de lo más alto del puente, con las deudas al cuello, agobiados por el desempleo, con el despecho a flor de piel. Cualquiera conoce la historia del lustrabotas que se empapó en gasolina y se prendió fuego antes de saltar. La del policía que mientras caía se pegó un tiro con su arma de dotación, una pistola nueve milímetros Sig Sauer que fue a dar al río y los pandilleros del barrio San Judas nunca pudieron encontrar. La de una muchachita del barrio Nacederos cuyo cuerpo se estrelló contra el pavimento del parque debajo de la primera columna del puente, y a pesar de quedar reventada por dentro y por fuera, agonizó durante una semana en una sala de cuidados intensivos. La del hombre que sacaron del Otún con la mitad de los huesos rotos, todavía respirando, que falleció días después. La del tipo que cayó y aterrizó encima de un guadual, el único sobreviviente del viaducto, quien duró varios años para jactarse de su suerte y administrar un pequeño bar en la carrera cuarta, pero luego un cáncer de estómago lo mató en menos de un mes. Ironías de la vida, o de la muerte, o del futuro.

 

—Quedaban colgados como en unas lianas y chocaban contra unas vigas de acero —dice el doctor Salazar Estrada—. Eso fue desastroso. Malos los arneses, malos los cascos

—Con esa maqueta me recorrí Manizales, Chinchiná, Armenia, Cartago—, explica hoy Ramírez Barrera. La estuvimos exhibiendo en un almacén de la carrera octava. También llevé el proyecto al congreso de ingeniería que tuvo lugar en Manizales en octubre de 1986.

El primer diseño del viaducto era muy parecido al que se construyó luego en los años noventa: los accesos quedaron prácticamente idénticos a como los había pensado Ramírez Barrera, la ubicación del puente era exacta a la que tiene actualmente, igual que la longitud total de seiscientos cuatro metros. Lo que cambió con relación al diseño de Ramírez Barrera fue la estructura de soporte, pues se construyó un puente atirantado sobre dos pilones centrales con una combinación de acero y concreto hidráulico. La primera propuesta contemplaba un puente de voladizos sucesivos, lo que en jerga de ingenieros significa que cada nuevo tramo de la estructura se soporta en el tramo anterior, por lo tanto, aquel diseño no contemplaba los enormes pilones de 96 y 105 metros de altura en forma de rombo y con cables de acero, por los cuales se distingue el viaducto hoy en día.

A casi todo el mundo le parecía una obra quimérica, desproporcionada, irrealizable. Era tal la insistencia de Ramírez Barrera que el columnista Luis García Quiroga lo bautizó en la prensa “el loquito del viaducto”. Ramírez anduvo con su maqueta, sus planos y sus papeles bajo el brazo por ministerios y oficinas públicas durante dieciséis años, pero no lograba que la idea cuajara. Llevó la maqueta a Bogotá en su avión privado, que él mismo piloteaba, sin convencer a nadie. Un día, en una presentación del proyecto en la Gobernación del Risaralda, el poderoso empresario y político pereirano Juan Guillermo Ángel se paró ante el público y le lanzó estas palabras, mitad en broma, mitad en serio:

—Faraón hijueputa, ¿cómo se te ocurre meter un puente de esos en Pereira?

El doctor Alberto Salazar Estrada, un abogado manizaleño célebre por demandar al Estado en casos de víctimas de accidentes, matanzas paramilitares o falsos positivos, se despertaba todos los días a las dos o tres de la mañana para escuchar esos programas de radio que dan las primeras noticias de la jornada. Su experiencia le había enseñado que así se enteraba más pronto de esos casos por los cuales demandaba a la nación y que luego ganaba en los tribunales con indemnizaciones millonarias. Por la radio escuchó que la tarde del 2 de mayo de 1996 un grave accidente había sucedido en las obras del viaducto. Salazar supo de inmediato que era un caso para él. Supo también que lo ganaría con facilidad.

 

Salazar llevó ocho casos de trabajadores que resultaron muertos o lesionados durante la construcción, el abogado Benjamín Herrera llevó otros tantos.

—Todas esas demandas fueron falladas favorables a los trabajadores —afirma el abogado—. El Instituto Nacional de Vías, que es el ente estatal responsable del proyecto, fue la entidad demandada y pagó la totalidad de las indemnizaciones de los fallecidos y lesionados. A todos les pagaron.

Salazar llevó ocho casos de trabajadores que resultaron muertos o lesionados durante la construcción, el abogado Benjamín Herrera llevó otros tantos. El primer muerto del viaducto fue un obrero que estaba sacando rocas de la enorme excavación donde se iba a fundir uno de los pilones. Una de las piedras despeñadas arrastró la polea que cayó encima del operario aplastándolo. Luego sucedió el terrible accidente con uno de los ascensores que subían los obreros hasta la construcción: el aparato se desplomó con una docena de trabajadores que terminaron destripados adentro, algunos muertos o lesionados de gravedad. Después, un brazo del derry que transportaba las vigas de acero por medio de cables se vino encima de un obrero golpeándolo hasta morir. El doctor Estrada recuerda que las pruebas esgrimidas en el proceso tuvieron que ver con que los obreros no tenían los elementos necesarios para su protección:

—La altura de la construcción fue enorme, y no pusieron mallas protectoras como se hace en otros países.

 

Cualquiera conoce las historias de jovencitas enfermas de enamoramiento, o de drogadictos, o de viejos desesperados, o de amas de casa atormentadas que se han arrojado de lo más alto del puente, con las deudas al cuello, agobiados por el desempleo, con el despecho a flor de piel.

Los ingenieros comentan que en este tipo de proyectos civiles hay calculado siempre un número de muertos y por eso se contempla de antemano un presupuesto para indemnizaciones. Desde el surgimiento de las mismas pirámides de Egipto, incluso antes, las grandes construcciones se levantan con sudor y sangre.

A raíz de aquello los obreros hicieron una huelga que paralizó los trabajos algunos días. El consorcio brasilero que lideraba el proyecto no asumió la responsabilidad por las arbitrariedades cometidas: muchos trabajadores no estaban afiliados a la seguridad social, ni contaban con implementos de seguridad. Laurent Tiradentes, ingeniero jefe, culpabilizó de ello a los subcontratistas colombianos encargados de los diversos frentes de la obra.

—Quedaban colgados como en unas lianas y chocaban contra unas vigas de acero —dice el doctor Salazar Estrada—. Eso fue desastroso. Malos los arneses, malos los cascos.

 

En su primera visita oficial a Pereira Gaviria aprovechó para inaugurar las instalaciones de una nueva plaza de mercado en las afueras de la ciudad, entonces soltó la noticia: se iba a construir el famoso puente para desatascar los trancones entre Pereira y Dosquebradas.

Según la leyenda, uno de esos muertos quedó sepultado en una de las columnas de concreto del puente, pues resbaló mientras hacían el vaciado y sus compañeros no pudieron sacarlo. En Pereira ese cuento lo puede escuchar uno en un salón de billares o mientras viaja en taxi, la gente lo repite cambiando detalles, agregando circunstancias. A veces el muerto está sepultado en el pilón al lado de Dosquebradas, en otras versiones del cuento aparece en Pereira. A veces se relata que la pequeña puerta que tiene una de las columnas conduce hacia su tumba, otros dicen que el muerto realmente cayó al hueco de cimentación de uno de los primeros soportes. Y aunque técnicamente es imposible que una columna de tales magnitudes se sostenga en pie con un defecto semejante en su estructura, muchos siguen creyendo que uno de los pilones del viaducto guarda un cadáver sin nombre aprisionado en sus entrañas

—Se posesiona el Presidente César Gaviria en agosto de 1990 y la primera orden que le da al Ministro de Transporte Juan Fernando Gaviria es que se va a construir el viaducto entre Pereira y Dosquebradas.

Eso asegura, tal vez con un poco de exageración, el ingeniero José de la Cruz Velásquez, quien tenía un alto cargo en el Ministerio de Transporte en Pereira cuando iniciaron los trámites del proyecto. En su primera visita oficial a Pereira Gaviria aprovechó para inaugurar las instalaciones de una nueva plaza de mercado en las afueras de la ciudad, entonces soltó la noticia: se iba a construir el famoso puente para desatascar los trancones entre Pereira y Dosquebradas. A don Augusto Ramírez Barrera, “el loquito del viaducto”, se le aguaron los ojos mientras escuchaba la alocución del Presidente desde el público.

La cosa no se hubiera llevado a cabo sin el interés de César, quien impulsó la construcción para dejar, según palabras de sus allegados, una gran obra con la cual sería recordado por siempre en su tierra. El Presidente movió sus fichas en el Congreso de la República para que se modificara una legislación que impedía destinar recursos financieros a la construcción. Como los faraones y sus pirámides, el gran puentecito fue bautizado con el nombre del único pereirano que ha llegado a la Casa de Nariño y en lo más alto de los pilones el logotipo del Instituto Nacional de Vías conserva el aspecto de un misterioso jeroglífico.

Muchos años después quedé asombrado cuando comencé a descubrir afiches, réplicas y posters del viaducto en los lugares más remotos e insospechados del país: en una finca campesina de Nariño, en un restaurante barato de la galería de Valledupar, en un mercado de las pulgas de Bogotá, en un almacén de artesanías en San Agustín, en un terminal de transportes de La Guajira, en una buseta de Medellín. Algunas veces la gente lo adornaba con luces navideñas, o lo enmarcaba junto a los infaltables cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, como si fuera un nuevo Dios de la modernidad y el progreso.

 

El proyecto costó 20 millones de dólares, se hizo con dineros de la nación y un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo.

El proyecto costó 20 millones de dólares, se hizo con dineros de la nación y un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo. Los tirantes de acero que sostienen el puente  los fabricaron en España y los probaron en Francia en laboratorios especializados, hasta donde viajó el ingeniero José de la Cruz Velásquez para acompañar los experimentos. Las vigas eran de tecnología belga y fueron fabricadas por la Metalúrgica Van Dam de Venezuela. Las uniones de neopreno que conectan al tramo atirantado con los empalmes se importaron de Alemania. El concreto se vaciaba desde las doce de la noche hasta la madrugada para lograr condiciones óptimas de temperatura en el secado. La construcción inició en octubre de 1994 y el puente fue inaugurado el 21 de noviembre de 1997, una mole de dos mil ochocientas toneladas de cemento y metal, que le quedaba inmensa a esta ciudad donde todavía muchas casas eran de bahareque y tejas de barro.

Pereira tenía en aquellos años dos calles anchas a las que llamábamos “avenidas” con demasiada pompa, también algunos edificios altos, pero seguía conservando ese aire pueblerino y parroquial de toda la vida. El viaducto fue la primera de las grandes obras que transformaron la urbe hasta convertirla en una ciudad moderna. Luego vendría la renovación urbana de la galería, la llegada de los grandes centros comerciales, la creación de un sistema de trasporte masivo, la integración vial con otros municipios cercanos y los ensanches y la expansión de la ciudad, mientras se derribaban por miles esos ranchos viejos de los que hablan los bambucos. El viaducto se levantaba con su todopoderosa omnipotencia para tutelar y supervisar esa demolición permanente, que es la manifestación más clara de un fenómeno económico: “Hemos dejado atrás querellas y animosidades y avanzamos en integrar nuestros mercados desde Alaska hasta la Patagonia”, dijo César Gaviria en noviembre de 1997, cuando inauguró el puente.

Esa semana los periódicos juraron que nuestro gran puentecito era el tercero más grande del mundo en su género, después de los de Tampa y Normandía. Añadieron que se pondría una placa conmemorativa a los trabajadores fallecidos durante su construcción, con estas palabras:

Transeúnte que por aquí te vas, detén tus pasos y quédate un rato a meditar que, para realizar este inmenso puente entre 1994-1997, inmolaron su preciosa vida los trabajadores: John Fredy Acosta, Héctor Daniel Morales, Gilberto Molina Álvarez, César Augusto García, John Jairo Valencia, Héctor Iván López Ramírez. Reza por ellos y que nadie los olvide. Pereira, noviembre 19 de 1997.

La placa jamás se puso.

 

La historia del inmarcesible suicida con pantalón ancho es también la de aquel futuro ruinoso que nos llegó, pero envejeció al borde del puente sin atreverse a saltar, con la decepción de saber que al frente no hay nada, solo el vacío

 

Gustavo Restrepo, flaco, canoso y arrugado por los años, brincó las barandas protectoras del Viaducto César Gaviria Trujillo con intención de saltar. Esa tarde de octubre de 2015, cuando los policías lo volvieron a atrapar, llevaba una camisa blanca manchada, un pantalón café y sus eternos zapatos de charol ordinario, pero ahora tenía junto a él una botella de aguardiente barato. Se dijo que era vendedor de frutas en la carrera octava. Se dijo que con este ya acumulaba diecisiete intentos fallidos de suicidio desde el puente, un record difícil de vencer. Se dijo que siempre hacía el amague, nunca se arrojaba, porque entre sus intenciones no estaba morir, sino que lo internaran en el Hospital Mental, donde se había enamorado de una de las enfermas desde la primera o la segunda vez que lo llevaron. La historia del inmarcesible suicida con pantalón ancho es también la de aquel futuro ruinoso que nos llegó, pero envejeció al borde del puente sin atreverse a saltar, con la decepción de saber que al frente no hay nada, solo el vacío.



 

 






martes, 2 de enero de 2018

EL PODER DE LA DECENCIA



Alfredo Cardona Tobón

 


Al empezar el año 2018 muchas inquietudes nos hacen reflexionar sobre el futuro inmediato de nuestra Patria, los retos de la implantación de los acuerdos de paz y el relevo de la presidencia de la república.

Aún se ven personas que se oponen a un arreglo negociado con los grupos insurgentes;  uno imagina que son personas que nunca sintieron la angustia de oir a media noche los ladridos de los perros anunciando la presencia de gente desconocida en una finca dejada de la mano de Dios y del Estado, o gente que no sintió los aguijones del hambre y el frio que atormentan a tantos desplazados o no han perdido un hijo, un hermano, un pariente  a manos de guerrilleros  y de soldados.

Qué sabe la Paloma Valencia, o Uribe Vélez o cualquiera de esos personajes resguardados por la fuerza pública, o protegidos en sus alcázares citadinos,  del dolor de las víctimas que no dudan en brindar perdón y olvido  con tal de reanudar sus vidas libres de las amenazas de los violentos?

- En todas las épocas y en todos los rincones del mundo las guerras terminan en un escritorio y en todas ellas ha habido amnistías  y perdones. Al finalizar un conflicto el asunto no es cobrar venganza sino reconocer el mal y tener el valor de confesar las faltas con el propósito de no volver a cometerlas. El perdón es un principio cristiano y no se por qué no se reconoce cuando a voces nos identificamos como cristianos.

Hace pocas horas terminé de leer el libro “El Poder de la Decencia” de Sergio Fajardo. Recomiendo  a quienes estén hastiados de ofensas y diatribas y estén hastiados de la clase  que ha gobernado a Colombia, que lean este libro de 195 páginas, escrito en forma coloquial y fluida, donde un colombiano de clase media, como usted o como yo,  propone ideas distintas a las tan trilladas por los políticos de todos los colores y pelambres.

En “ El Poder de la Decencia” , Sergio Fajardo muestra como un paisa perteneciente a una  familia tradicional de sólidos principios éticos, se ha convertido en una opción de cambio en esta sociedad permeada por la corrupción, el crimen, el dejar hacer y el egoísmo.

Las propuestas de Fajardo no son utópicas, piensa como pensamos millones de colombianos que inexplicablemente seguimos eligiendo  a los incapaces que nos gobiernan y permitiendo la inequidad que abruma a esta sociedad que parece no conmoverse con tanto asesinato, el hambre de nuestros niños, el dolor de los huérfanos, la miseria de gran parte de nuestra población. Fajardo, como tantos de nosotros,  no acepta que el fin justifique los medios,  que el poder sea para enriquecerse, que el voto se considere una mercancía y  que  las oportunidades sean el derecho exclusivo de unos pocos.

Fajardo ha mostrado que sus ideas se pueden convertir en realidad como se vio cuando fue alcalde de  Medellín y  gobernador de  Antioquia. En sus mandatos dio prelación a la educación de calidad  con programas innovadores  y mostró  que se  puede agrietar y tumbar el muro de la desigualdad que impide el desarrollo de las comunidades  desfavorecidas. Fajardo no hace parte de los clanes del poder ni es parte de las camarillas que reparten el botín del Estado; es un hombre pulcro y decente que no promete puestos ni adjudica contratos en pago de coimas. Es un hombre  cuyas banderas son la honestidad y la trasparencia y considera que la belleza y la comodidad pueden ir de la mano con las soluciones populares como se vio al establecer modernas bibliotecas, parques, colegios y centros comunitarios en los barrios pobres de Medellín y en las poblaciones antioqueñas.

Estamos acostumbrados a las campañas de desprestigio: calumnien, calumnien que algo queda de la calumnia, decía Laureano Gómez y Alzate Avendaño  pregonaba que para conseguir el poder todos los medios se permitían, hasta los más innobles. Es lo mismo que  piensan los actuales políticos que se resisten a cambiar el viejo estilo. En las campañas de Sergio Fajardo no vemos ofensas ni descalificaciones, vemos solo propuestas e ideas. Siendo alcalde y gobernador, Fajardo no hizo componendas con el Concejo o con la Asamblea a cambio de su apoyo y rechaza la  “mermelada” que corrompe y tapa los desfalcos y demás robos.

Para conseguir votos se  habla de atajar la corrupción y poner en cintura a los “padres de la Patria” con sus prebendas, sus mañas, su descaro y la  falta de compromiso con el pueblo. Llegó César Gaviria y acabó con la industria nacional al dar paso al libre mercado cuando no estábamos preparados, vino Pastrana y se fortaleció la violencia, luego Uribe con la plutocracia y su carga de odio y ahora Santos con el reinado de bogotanos alejados del resto de Colombia y cuyo mérito es la vinculación con los clanes de parásitos que han vivido del estado y figurado como próceres de la Patria.
                                   Sergio Fajardo, Claudia López, Jorge Robledo

Fajardo es un académico a quien el pueblo lo acercó al mundo real; tiene  la ventaja  de que no siente que el mundo está en deuda con él y siente que su misión es liderar un compromiso de cambio. No adora al becerro de oro, no pertenece a los clanes del poder, es un hombre de hogar que le apuesta a la  educación, a la pedagogía por la paz, a la tolerancia y la solidaridad, al campo de la mano con la tecnología.

Fajardo acaba de  construir una coalición con Claudia López, del partido Alianza Verde, y con Jorge Robledo, del Polo Democrático, reúne asi tres tendencias positivas. Es  hora de cambiar de tercio y llevar al Palacio de la Carrera a una nueva clase dirigente, con propuestas frescas, con amor a la  patria. Es hora de arrojar a las tinieblas a quienes como lapas han vivido del sudor del pueblo.

viernes, 22 de diciembre de 2017

JOSÉ MARÍA MELO Y LA GRAN COLOMBIA




Alfredo Cardona Tobón



No todos los sectores de la opinión venezolana estuvieron de acuerdo con la desmembración de la Gran Colombia y en los años posteriores a tal hecho algunos dirigentes de la Nueva Granada y de Venezuela intentaron la reintegración, pues consideraban que el sueño de Bolívar de una patria grande estaba por encima de las ambiciones de los caudillos militares o de la torpeza de los políticos que buscaban el poder.

Aunque el general José Tadeo Monágas se pronunció al principio contra la integración de la Gran Colombia, el 15 de enero de 1831 levantó el estandarte de la rebelión para proclamr el restablecimiento de la gran patria bolivariana en las provincias orientales de Cumaná, Barcelona, Margarita y en los cantones de Rico Chico, Chaguaramos, Caucagua y otros puntos de Caracas. El intento de Monagas fracasó pero persistió el anhelo de un sector venezolano de reconstituir en forma federal la Colombia soñada por el Libertador Simón Bolívar. En ese ambiente de tensión llegó al país vecino el general José María Melo, quien como consecuencia de su apoyo al alzamiento contra el gobierno de Joaquín Mosquera, fue excluído de las filas militares y obligado a abandonar su patria.

El general Melo, veterano de las guerras del sur, héroe de Junín, Ayacucho y Tarqui, fue un seguidor incondicional de Bolívar y defensor de las prerrogativas ganadas por quienes lucharon por la libertad de América. Por eso se vinculó a los círculos bolivarianos de Venezuela y apoyó a quienes defendían la integridad de la Gran Colombia.

Monágas aceptó la amnistía y las propuestas de Paez pero el coronel Cayetano Gabante continuó la lucha contra la oligarquía entronizada por el general llanero y contra quienes querían enlodar la memoria del Libertador Bolívar. El 7 de marzo de 1833 el coronel Cayetano Gabante se levantó en armas en la población de Tucupido, proclamando la reconstitución de la Gran Colombia. Las tropas de Gabante tomaron la localidad de Chaguaramas en el Unare pero fueron derrotadas en abril de 1833 en el sitio de La Iguana, Guárico, donde lo redujeron a prisión. Pocos meses después Gabante escapó de sus captores y continuó la lucha en el oriente venezolano hasta que su propia gente, para congraciarse con Páez, lo asesinó en la población de El Sombrero.

 Mientras en Venezuela se veía inmersa en un mar de confusiones, el general José María Melo se movía entre los círculos militares del país vecino merced a los contactos de su concuñado Rafael Urdaneta , después del fracaso de la llamada rebelión de las Reformas, promovida por Monágas, pusieron preso al general Melo y en el Consejo de Gobierno del presidente Paez se pidió la pena de muerte para el general colombiano. Las pruebas no fueron contundentes y por ello lo liberaron, sin embargo el general Melo continuo complotando y en 1835, siendo presidente de Venezuela José María Vargas, se ve implicado de nuevo en el alzamiento del coronel Francisco M. Farias, quien proclamó la reintegración de Venezuela a la Gran Colombia y abogó por varias reformas a la Constitución como la instauración del federalismo, respeto al fuero militar, instauración del catolicismo como religión oficial y la reivindicación del nombre de Simón Bolívar.

Catorce jefes rebeldes, entre los cuales se contaban varios granadinos, derrocaron al presidente Vargas y lo embarcaron en calidad de prisionero a la isla de Santo Thomas en el Caribe . la lucha contra los alzados en armas continúo liderada por Paez, pero asediados y en desventaja los rebeldes capitularon en 1836 y cayeron prisioneros del enemigo. Los vencedores expulsaron al coronel Farias y a otros dirigentes rebeldes, pero cuando dos años más tarde Farias regresó a e Venezuela por la Serranía de Perijá lo capturaron y el 18 de junio de 1838 lo fusilaron en Maracaibo.

Los partidarios de Paez sindicaron al general Melo como auxiliar del nuevo alzamiento y solicitaron nuevamente la pena de muerte para el general colombiano. Por segunda vez  Melo se salva de perecer en el cadalso y nuevamente sale desterrado. Se dirige a la isla de Santo Thomás y deambula por el Caribe, dejando en Caracas a su esposa y sus dos hijos en manos de parientes. La situación económica de Melo es muy limitada, ha sido un hombre de cuartel que nunca buscó el enriquecimiento personal ni se amangualó con quienes hicieron del erario su bolsa personal.

El veterano militar deja las Antillas y se dirige a Europa. Viajó por España y Francia donde se gestaban profundos cambios sociales que sacudieron su mentalidad y sus principios, acercándole al pueblo y a los problemas que agobiaban a las clases más desfavorecidas de su Colombia. Con la ayuda de viejos amigos Melo ingresa a la Academia Militar de Sajonia, que por ese entonces va a la vanguardia de las ciencias de combate y donde la disciplina es el reflejo de la cultura espartana de los alemanes. Es entonces cuando se convierte en una gran organizador, que aunque no sobresalió por sus dotes estratégicas, le permitió consolidar fuerzas de combate casi de la nada, como sucedió en Colombia, en Centro América y Mexico, donde luchó contra las oligarquías y los privilegios de los más poderosos.

José María Melo es uno de los grandes marginados en la historia oficial de Colombia; han querido hacerlio aparecer como un sargentón ignorante o como un dictador cuando tomó las riendas de la presidencia para proteger a los más humildes. Luchó  por la independencia de Suramérica,  combatió la manguala combinada de la oligarquia colombiana; peleó en el Perú hasta reducir el último bastión realista; fue leal a Bolivar y a su patria enmarcada en la unión grancolombiana y despues de enfrentarse a fuerzas oscuras en centroamérica ofrendó su vida en defensa de los valores democráticos mejicanos.

 

sábado, 16 de diciembre de 2017

BAUDILIO MONTOYA- EL RAPSODA QUINDIANO

 

Por Carlos Alberto Villegas Uribe

  Talla  en madera- maestro  Cartujias-1966
 

El domingo por la tarde

llegando a Pueblotapao

cayó en Mitad del Camino

José Dolores Naranjo.

 

Sus padres, partícipes de esa epopeya de la esperanza que se denominó la colonización antioqueña, partieron con él desde Rionegro, cuando tenía cuatro años de vida y se radicaron en Calarcá, un incipiente caserío del antiguo Caldas, hoy convertida en la segunda ciudad del departamento del Quindío, a la cual siempre consideró como su tierra natal.


Talla en madera del Maestro Cartujias (1966)


Allí creció bajo la sombra protectora de robles, cafetos y guaduales, se hizo maestro de escuela y empezó a cultivar la poesía como condición vital de su existencia. En 1938 recoge en su primer libro: Lotos, los poemas que ya se conocían en el ámbito literario regional, en los tradicionales juegos florales y en la naciente radio regional. Posteriormente aparecerían Canciones al Viento (1945), Cenizas (1949), Niebla (1953), Antes de la Noche (1955) y Murales del Recuerdo, que constituyen la totalidad de su corpus poético editado. Quedan algunos versos manuscritos, con correcciones del poeta, en poder de su familia que esperan ser publicados aún.

 

Con ancho lote de angustia

y bajo un cielo de invierno

va el corazón avanzando

camino de Montenegro

Yo no se que es lo que siente

Pero le duele un recuerdo.

 

Luego de beberse todos los paisajes y de contar líricamente las historias, las angustias, alegrías y tristezas de los hombres y mujeres de su comarca quindiana, falleció en Calarcá el 27 de septiembre de 1965. Como homenaje póstumo, el Comité Departamental de Cafeteros del Quindío, editó una antología de su obra poética con el título: Baudilio Montoya: Rapsoda del Quindío. Con este nombre se quiso identificar el carácter social que caracteriza la voz de Baudilio Montoya. Una obra que en el sentir del escritor Lino Gil Jaramillo (1972): Transustanció en sus canciones las inquietudes sentimentales de la gente del agro y la aldea, de los campos y los caminos, por los cuales anduvo de pueblo, en pueblo y de mesón en mesón cantando y soñando, viviendo y muriendo, como los rapsodas antiguos o los trovadores medievales.

 

Ah, caminos de mi tierra

caminos hoy sin amparo

caminos ayer tan buenos

pero ahora tan amargos

caminos por los que viví

y por los que ahora estoy llorando

Y donde tantos caerán

al comenzar el ocaso

como cayó sin saberlo

José Dolores Naranjo

 

En Rapsodia del Quindío, el escritor y periodista Héctor Ocampo Marín afirma que la poesía de Baudilio Montoya es de corte romántica, concebida con notable dignidad; interpreta con sincero dramatismo la angustia del pueblo, los sentimientos de su gente, calidad que le da prestancia y prolonga la vigencia de esta poesía sencilla y trémula, pero autentica y honrada. Comprendida desde la perspectiva de la escuela romántica, trascendida por los poetas capitalinos de su tiempo, el crítico Jaime Mejía Duque vindica la producción poética de Baudilio Montoya: Con ostensible coherencia estética y moral siguió siendo romántico y braceando como tal por entre los desajustes y las fisuras de una modernidad que definía ya las avanzadas literarias de América Latina. Aseveración que permite validar y releer desde el contexto la obra producida por un autodidacto, que nació, creció y expresó sus vivencias en una Colombia que aún no iniciaba su transito definitivo de lo rural a lo urbano. No aparecen en la obra de Baudilio Montoya - no podrían aparecer sin sonar a impostación, a falsedad, a producción libresca, a ampulosa retórica - las angustias del hombre urbano, citadino, pero si una concepción metafísica que le permite acariciar desde la realidad vegetal que lo circunda una relación profunda con el cosmos.

 

Dame un árbol amada, cuando muera

que me acompañe en mi reposo eterno.

Un sauce fiel que se levante grave

señalando la paz de mi silencio.


(…)
Por su tronco, tatuado por los años,

todo cicatrizado por el tiempo

ascenderá mi espíritu anheloso

a contemplar la inmensidad del cielo.

 

El poeta y crítico literario Carlos Alberto Castrillón, autor de la antología poética: Quindío Vive en su Poesía (2000), señala respecto a la indagación metafísica de los versos de Baudilio: El solar es el espacio de sus versos, el ámbito de los recuerdos que alegran el dolor, el lugar de la cotidianidad. Es el sol, el campesino con su carreta, la mujer en su diaria labor, las estrellas que apenas se asoman y el crepúsculo como una 'opulenta catedral en llamas'. Pero es también el atardecer, no sólo como el último aliento cromático de sol, sino como la puerta de entrada a los misterios nocturnos. Es el árbol que crece con la savia de los muertos, y desde el cual el alma puede asomarse de nuevo al mundo. Son las cosas en las que se hace perenne la memoria de los muertos. Es la intuición metafísica que ve la armonía del cosmos que se repite en la flor y en la semilla. Sin duda alguna su condición de poeta social, en el doble sentido de la palabra: aquel que participa de la vida cotidiana de un grupo humano, y aquel que da sentido a su obra denunciando atropellos y tropelías de los poderosos, es la que ha hecho perdurar su legado literario en el corazón de sus coterráneos sobre la obra de otros poetas, considerados por los académicos, de mayor proyección nacional. En su comentario sobre el Baudilio, Carlos Castrillón agrega: El magnetismo natural de su persona y la presencia en su obra del sentir conjunto de un pueblo, lo convirtieron en el poeta más popular entre nosotros. Ningún poeta quindiano ha sido tan conocido, admirado y leído, ni sus versos aprendidos por todos como los de Baudilio Montoya.


En el capítulo Poemas de la Gleba, del Rapsoda del Quindío, la voz de Baudilio se alza con su arsenal poético para denunciar el engaño social del mito navideño, se apoya en versos menores que reiteran la nadería de la costurera frente a quienes se lucran de su trabajo y recurre al soneto para realizar en un apunte rápido, que tiene el encanto de los bocetos, la inicua existencia del perro proletario condenado a la limpieza social, símbolo absoluto del desarraigo y la miseria. En Poema Negro, acude al barroquismo para pintar el fausto al que no será invitado el hijo de algún lejano y oculto sacrificio. El poema Guardián participa en su esencia de ese sentimiento cuando expresa la tristeza de la pérdida de uno de sus perros por culpa de un magnate engreído por el triste poder de su dinero. Y falta en la antología la inclusión de un poema que señala la farsa social de una religión que tiene como mandato la caridad, un poema dedicado a Pacheco El Carbonero, cuyos hijos no tuvieron suficiente dinero para pagar a los clérigos venales los gastos de su entierro.




Baudilio clama por su tierra, por su paisaje, por su gente, por una violencia secular que se ensaña con el más pobre, con ese José Dolores Naranjo, que también fue símbolo nacional en la caricatografía política de Hernando Turriago, Chapete, y de Hernán Merino, en un periodo de la historia colombiana que parece duplicarse en la actualidad con ese horror de los espejos que lamenta Borges. Un tiempo detenido en la barbarie que permite al poeta perpetuar su voz para reclamar hoy por sus pescadores, por sus carboneros, por sus costureras, por los miles y miles de desplazados, campesinos sencillos, sencillos como su campo, de esos que cantan y siembran y que rezan el rosario y a ninguno le hacen mal, porque detestan el daño, hombres buenos que no saben qué vientos los han arrancado de sus parcelas.


Hoy cien años después de su nacimiento regresa la voz del poeta para gritar de nuevo la premonición que ahora nos alcanza:

 

Pero será mañana. Ciego el mundo,

tras vivo paroxismo,

rodará en encendido cataclismo

al vórtice profundo

que ensancha la justicia que demora,

y en el medroso grito de la hora,

confundiendo mezquinos privilegios,

con hórridos afanes

dirá alegre sus bárbaros arpegios

un loco torbellino de huracanes.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

EN LA VIEJA PEREIRA- EL MONSTRUO DE LA CALLE 20


EL MONSTRUO  DE LA CALLE 20*

Alfredo Cardona Tobón


Una crónica incluída en las “Remenbranzas”  de don Diego Avellaneda  Díaz, tiene como escenario el Pereira de los años treinta del siglo pasado, con los agentes viajeros, el  Hotel Savoy como su centro de operaciones y  las  inolvidables  retretas en el Lago Uribe Uribe. Era la época del Conde Drákula, de Frankeistein, de los hombres lobos, de las invasiones marcianas, de las apariciones del diablo y de las  ánimas del purgatorio vagando por estos andurriales en busca de  almas pias que las sacaran de las llamas.

Siguiendo la  tradición del capitán Asnoraldo Avellaneda,  su hijo don Diego Avellaneda publicó  en el “Diario de Otún”  una serie de artículos sobre personajes y  acontecimientos  locales; en uno de ellos se refiere a la aparición de un “monstruo”  en la calle 20  con carrera 12, que por varios días mantuvo en vilo a la comunidad pereirana.

La presencia del espanto  en  la cueva de un barranco no se regía por horario ni calendario, aunque, como afirma don Diego, el  monstruo prefería las horas de los gatos, es decir cuando la  tarde se oscurecía y entre tonos grises se iba convirtiendo en noche.

Por ese entonces una lámpara solitaria alumbraba el sitio ocupado por el ser de ultratumba; su débil luz se perdía entre las tinieblas que arropaban la calle desierta por donde  solo cruzaban quienes buscaban el camino hacia las veredas de Mundo Nuevo y unas casas de mala muerte del barrio Mejía Robledo.

Apenas se regó la bola de la aparición del “monstruo”, los  especialistas en  fantasmas y duendes,  armados con escapularios y botellas de  agua bendita, montaron guardia para enfrentarlo y mandarlo de regreso a los profundos infiernos; animados por unos cuantos tragos de aguardiente esperaron pacientemente que el ser de ultratumba se manifestara, se dejara ver, diera indicios de su presencia  o dejara  alguna huella en la cueva. Pero perdieron el tiempo. Sin embargo  no  faltó quien dijera que había visto al espanto, sentido el olor del azufre o escuchado  los ayes lastimeros de un  alma en pena.

Todo podía suceder en esos tiempos en que Clara Bow se gozaba a John Wayne y  a su equipo de fútbol, era famoso Boris Karloff, actor de las películas de terror  y la gente creía a pie juntillas que gigantescos simios semejantes a King Kong  vivian en las selvas de Indonesia.

En la época de la aparición del “monstruo”,  don Diego  era un muchacho de  pantalones cortos, impresionado, como todos los pereiranos, con el espanto de la calle 20.  Por  eso una noche llena de cocuyos y del canto de los grillos, el pelao Avellaneda se unió a una partida de gente adulta y osadamente se descolgó con  dirección a los dominios del averno.

Como había sucedido con otros cazadores de fantasmas  el “monstruo” no se presentó, pero cuenta uno de los compañeros de don Diego que los pelos se le erizaron al acercarse a la cueva. Aunque no se toparon con el espanto ni escucharon sus doloridos lamentos, los intrépidos aventureros no perdieron el viaje, pues pudieron vanagloriarse de haber desafiado el peligro, ante una comunidad que veía a Lucifer en todas la bocacalles.

La noticia del espanto  atrajo   guaqueros de Santuario, un brujo de Marsella, pitonisos y milagreros de Manizales y Armenia; en  fin, llegó gente de todas partes, unos en busca del tesoro del “monstruo” y los más para enterarse de primera mano de un  suceso con ribetes  tan espeluznantes que nada tenía que envidiar a las obras escalofriantes,  que por esas calendas estaban en boga en los estudios de Hollywood.

El monstruo de la calle 20 con carrera 12,  mantuvo en vilo a Pereira durante varias semanas, hasta que se debeló el misterio, fue entonces cuando la  hilaridad remplazó al susto, los vecinos volvieron a transitar por la zona vedada y  se calmaron los nervios de quienes  echaron  mano a  tizanas y bebidas de valeriana ante el temor  de toparse con el  “monstruo”   cuando en las noches extendían la mano para  coger la bacinilla que estaba bajo su cama.

¿ Qué  sucedió,  entonces?.

Resulta que en ese tiempo don  Emilio Vélez administraba el Teatro Caldas; al estilo gringo quiso promocionar una película de suspenso y terror  que se presentaría en Pereira después de su estreno en Manizales. Para ello  recurrió a Jonás, el portero del teatro, y lo  vistió  como el  “monstruo” de las carteleras.  Jonás era un negro grandote, de voz carrasposa y aguardentera  y caminado de gorila bravo;era el hombre perfecto para el caso. Así, pues, a la salida de la película nocturna, Jonás posesionado de su papel terrorífico  asustó a la gente que bajaba por la veinte,  en tanto don Emilio y sus amigos hacían correr la bola de un espanto por los lados de la bomba de gasolina que fundó don Enrique Millán Rubio en la calle 20,  carrera 12 esquina.

En esa  época de pereiranos gocetas , abiertos a todas las novedades, la presencia de  un “monstruo”   a pocas cuadras de la catedral sirvió para que se casaran apuestas y se animara el palique en los cafés de la plaza de Bolívar. Dice el cronista que personas  de todos los estratos, de lustrabotas hasta comerciantes   bajaban  en busca del espanto desde la Trilladora Eléctrica de Café ( donde existió  el Teatro Nápoles) y de  la legendaria agencia de alquiler de bicicletas de don Urbano Montes.

 Era como la ida al circo; esta vez no para ver los payasos ni a  los maromeros sino para sentir  al  “monstruo ” que nadie volvió a ver, pues  Jonás después de su debut, no osó  presentarse en público ya que supo de  buena fuente que dos gañanes alebrestados estaban “atisbando” al presunto ser de los infiernos, armados con escopetas de fisto y cañón recortado.
*Tomado de una crónica de Diego Avellaneda-