martes, 17 de julio de 2018

EN LOS DOMINIOS DEL SARGENTO GARCÍA

 

Alfredo Cardona Tobón
 

En  1958  Hernán Quintero Rengifo vivía en el caserío de Arauca a orillas del rio Cauca. Trabajaba en lo que resultara: a veces en las haciendas de la región desmalezando potreros o en fincas cafeteras en tiempo de cosecha y de traviesa.

Por ese entonces la situación era delicada en esa zona; continuamente bajaban cadáveres por el río y nadie los recogía, eran desconocidos destrozados, difíciles de identificar que constituían una pesada carga para el  municipio de Palestina por su transporte a la cabecera, los ataúdes para sepultarlos y el papeleo en las labores   judiciales. Por esas razones dejaban que flotaran rio abajo, sin una plegaria, con dos o tres gallinazos encima disputándose el cadáver.

El 19 de marzo, tres días después de las elecciones presidenciales, Hernán Quintero metió unos chiros en el maletín, esperó el tren, compró un tiquete de tercera clase y kilómetros adelante se bajó en  la estación  “Tapias”, donde  esperaba  conseguir  trabajo para salir de la peladez que lo tenía  asolado.

En “Tapias” no había nada que hacer, entonces  cruzó el puente y en Irra le informaron  que en las fincas de la cordillera estaban  contratando peones para tumbar rastrojo y sembrar maíz.

El gobierno de Caldas había abierto una trocha que comunicaba a Bonafont con Irra y por allí circulaba, cuando el tiempo lo permitía,  el bus escalera de don Luis Angel Cardona. El día estaba seco y soleado, así que pudo tomar el vehículo que lo llevaría hasta la vereda de  Mápura, donde seguiría por un camino hasta el caserío de Naranjal, en territorio quinchieño.

Después de pagar los cincuenta centavos del pasaje, Quintero acomodó el maletín con los chiros y con él al hombro  empezó a trepar por el camino que serpenteaba entre el monte cerrado. Después de una hora de camino, llegó a la finca “La Frontera”, donde lo recibió una señora muy formal y de buen parecer que le preguntó  para donde iba y qué estaba haciendo por esos lados.

- Vengo en busca de trabajo- le respondió Hernán.

Ella sin vacilar le ofreció seis pesos diarios libres de alimentación, para que cogiera café pues se estaba cayendo y no había quien lo recogiera. Después de cerrar el trato  la señora le ofreció una taza de  chicha de maíz y  cuando Hernán empezaba a saborearla apareció un grupo  como de treinta soldados. Al mando de ellos iba un militar con charreteras, botas de campaña, machete al cinto, un fusil y una canana que el cruzaba el pecho. Era un hombre de unos treinta años, rubio y una nube en un ojo  al que le decían Sargento García.

Los uniformados requisaron a Quintero y le quitaron los veinticinco pesos que llevaba junto con una menuda y una candela Romson; fue entonces cuando la víctima se dio cuenta que no estaba en manos de la autoridad sino de un grupo de bandidos.

Para circular por la zona se necesitaba un salvoconducto que expedía  el directorio liberal de Quinchía, Clemente Taborda, inspector de  Bonafont o el directorio oficialista liberal de Pereira; eran los documentos  aceptados por el “Capitán Venganza” y por el “Sargento García” sin los cuales no se podía viajar por una  vasta región  del occidente del Viejo Caldas.

_”Se me hace muy raro que usted esté por aquí- le dijo el sargento García a Hernán Quintero; me figuro que es un espía de los godos o de los chulos, amárrenlo- ordenó a su compinche el   “Cabo Bonilla”, alias el “Diablo- y me lo vigilan hasta que veamos qué hacer con esta chucha.”

A las doce del día la columna bandolera subió con su prisionero a Naranjal, entraron al caserío donde la única ley era el sargento Héctor García, cruzaron por un lote enmalezado con pretensión de plaza, en una tienda cuatro antisociales dieron parte a su jefe, continuaron  por el camino de salida a Quinchía y encerraron a  Quintero  a una pieza inmunda  donde  lo aseguraron con una cadena a un grueso palo empotrado en la  entrada.

Con los veinticinco  pesos que le robaron al prisionero los cuadrilleros compraron cerveza en la tienda. “Sirva cantinero- decían – sirva trago para animarnos. Ya tenemos “briola” para mañana, pues hace como dos días que no matamos a nadie”..

Dos días estuvo encerrado Quintero en el cuchitril sin probar bocado de alimento ni una gota de agua. Al tercer día alguien abrió la puerta del calabozo y el sol dio de lleno en la cara de Hernán Quintero.

- Saquen ese manteco y pónganlo a cortar leña, fue la orden del sargento García. El  antisocial afeitado y con traje limpio esperaba la llegada de gente de Quinchía; era costumbre organizar festivales para recoger fondos, se degustaban los tamales y otros alimentos autóctono, bailaban  y  se tomaba trago con las muchachas  que venían del casco urbano para “ parrandear” con los bandidos. No eran mujeres licenciosas, a Naranjal iban las amigas de los cuadrilleros y también hijas de dirigentes locales, empleadas del municipio   y reinas del carbón que sin estar presionadas por alguien apoyaban a quienes consideraban defensores del “ gran partido liberal”.

Quintero, macilento y demacrado avivó las llamas del asado y se reveló como un  excelente cocinero; jamás la tropa irregular había probado un sancocho tan exquisito, así que pasó de prisionero a cocinero y se  convirtió en uno de los hombres de confianza del Sargento García hasta que el 20 de mayo de 1959  cayó en una redada de las  tropas combinadas del ejército y la policía.

Hernán Quintero jamás se volvió a mentar. Su rastro se perdió dentro de los muros de la cárcel La Blanca de Manizales donde aseguran lo mataron de hambre.

domingo, 15 de julio de 2018

PEDRO BRINCOS Y EL CAPITÁN VENGANZA


Alfredo Cardona Tobón
 
 

Roberto Gonzalez Prieto, alias Pedro Brincos,  fue uno de los más conocidos actores de la generación de la violencia política de mitad del siglo XX. Nació en el corregimiento de Tierradentro, en Líbano, Tolima, el  8 de mayo de 1921; prestó servicio militar en el Batallón Ayacucho de Manizales y a partir de 1949 se convirtió en un vengador de la matanzas de campesinos perseguidos por su filiación liberal durante el gobierno de Ospina Pérez.

Pedro Brincos organizó células militares y políticas en el Tolima, en Cundinamarca, en Antioquia y el occidente del Viejo Caldas; viajó a Cuba  y a su regresó buscó contactos con grupos guerrilleros para tomarse el poder por las armas.

En este artículo se muestra la relación entre “El Capitán Venganza”, jefe de las bandas quinchieñas y “Pedro Brincos”, instigador comunista de las guerrillas.

 

En junio de 1953 las autoridades detuvieron en Ibagué a Pedro Brincos. Desde la cárcel denunció la  persecución  de los medios escritos conservadores, que según afirmaba, impedían  su inclusión en los  programas de rehabilitación del gobierno mientras sus enemigos quemaban  sus propiedades, robaban  los semovientes, destruían las cosechas de sus fincas y asesinaban a tres hermanos y a la familia de uno de ellos.

En 1957  Roberto González Prieto, alias Pedro Brincos, sale de la cárcel y se traslada al Quindío donde establece contacto con Libardo Mora Toro ,un  famoso exatleta, abogado de la Universidad Libre, con quien trata de organizar un grupo de inspiración gaitanista partidario de la lucha armada por la toma del poder.

Meses después  Pedro Brincos se desplaza al occidente del Viejo Caldas haciéndose pasar por el hacendado Julio Calle. Con esa identidad,González Prieto se hace pasar como un ferviente defensor de la paz y consigue el apoyo del brigadier general Luis Ernesto Ordoñez Castillo, director del Servicio de Inteligencia SIC y miembro de la Junta Militar de Gobierno.

En junio y julio de 1957, don Julio reúne centenares de campesinos en los  alrededores  de Quinchía, Supía, Riosucio, Irra y Marmato y con la excusa de la pacificación  organiza un centro de adiestramiento político- militar en Quinchía que constituye la base de las futuras bandas de autodefensa que harán frente a los  los ataques de los “Pajaros”, o sea de los asesinos patrocinados o protegidos por el régimen de Ospina Pérez.

Para sostener sus cuadrillas, Pedro Brincos,  establece un sistema de cuotas  mensuales que se pagan  bajo amenaza de muerte. Se convocan concentraciones en  las  veredas quinchieñas de La cumbre, Palogrande, Zúmera, Santa Elena, El Cerro, Pilas, Zamora y Cañaveral. En tales concentraciones se incita a la  revuelta y al desplazamiento de quienes no apoyaran al MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO LIBERAL- MRL- 

El 30 de agosto de 1957 Pedro Brincos  junto con el abogado Libardo Mora y Graciela Quintero, La Aviadora, organizan una  reunión en la vereda  Llanadas adonde concurrieron ochocientos campesinos, el alcalde, varios concejales y la dirigencia local; allí  se acordó el rechazo a los pactos políticos de las oligarquías liberales y la necesidad  de recolectar dinero para adquirir armas y municiones.

LA ORGANIZACIÓN BANDOLERA

En 1957 se reunieron en el caserío de Naranjal “Pedro Brincos”,  Querubín Durán, Héctor García, alias el “Sargento García”  y Benjamín Durán Hernández, alias “Capitán Águila” para tratar asuntos relacionados con las cuadrillas. Al hacerse evidente la enemistad del Sargento García y de Pedro Brincos, éste se retira y deja al mando de su  gente a  Merardo Trejos, llamado “Capitán Venganza”.

“Venganza” se acoge a la amnistía ofrecida por el Frente Nacional  mientras el “Sargento García se opone a cualquier arreglo con el gobierno. Esto radicaliza las diferencias entre los jefes bandoleros que termina con el asesinato del Sargento García  a manos de la banda de Venganza y el retiro de Pedro Brincos hacia el  Urabá antioqueño.

Sin embargo “Venganza” continúa delinquiendo pese al supuesto sometimiento al gobierno de Lleras Camargo y  establece tributos de $1 semanal por cada hombre y $0.50 por las mujeres. Asesinan a quienes no cubran el tributo y para que los dejen trabajar los maestros y demás funcionarios oficiales tienen que pagar una fuerte cuota. El dinero recaudado se emplea en la compra de medicamentos, armas y municiones que despachan desde la ciudad de Pereira.

“Venganza” nombra los miembros del directorio municipal liberal, designa los concejales, aprueba los inspectores y maestros y cogobierna con el alcalde, los recibos de pago se expiden con sellos del directorio liberal oficialista, al igual que los salvoconductos que exige Venganza para transitar libremente por Quinchía, Bonafont y algunas zonas de Guática y Anserma.  Para los conservadores  Quinchía es un Estado Bandolero y  para sus habitantes es la  República independiente de Venganza.

Merardo Trejos , o “Capitán Venganza, tenía sus  propias cárceles y administraba la justicia a su amaño: él  dirimía pleitos, resolvía conflictos y contaba con un  sistema de ascensos. El ingreso al grupo  de antisociales  estaba condicionado a una serie de rituales como la  siguiente expresión de  lealtad: “Juro por Dios y por el partido Liberal que no traicionaré a mis compañeros y ayudaré en todas las formas a mi alcance para que los conservadores desaparezcan de la región”.

Los grupos bandoleros contaban con reclutadores,  estafetas, espías  y con especialistas en varios frentes: unos fabricaban armas hechizas y otros las reparaban; unos se encargaban de la logística y algunos recaudaban los impuestos. Se tenían  sastres que confeccionaban las prendas militares de acuerdo  con los grados que iban  desde soldado raso hasta el  capitán y también había  escribientes y tinterillos encargados de la redacción de documentos y comunicados de prensa.

Los hombres de “Venganza”  se reunían para cometer sus fechorías y cuando  no estaban en “servicio” se mimetizaban entre la peonada rural. En sus concentraciones era  común el consumo de licor y de marihuana  y obnubilados por esas sustancias cometieron aberrantes actos de crueldad.

EL TRATADO DE PAZ

En la finca “Poleal” de propiedad del padre de Venganza,” Pedro Brincos” y los doctores Samuel Llano, Secretario de Obras de Caldas, y Eduardo Correa Uribe, Jefe liberal de Caldas, firmaron con el ” Capitán Venganza” un Tratado de Paz .

Pese a ello “ Venganza” siguió cobrando sus  “impuestos” y administrando justicia por su propia mano. Con los asesinatos de  alias  “El Ovejo” y del comerciante Fabio Arango, el ejército retomó la ofensiva  y continuó  la  campaña de aniquilamiento de las cuadrillas quinchieñas.

La ofensiva del Ejército y las campañas de desarrollo social adelantadas por el gobierno, fueron aislando al “Capitán Venganza” a tal punto que a  finales de abril de 1959  el otrora poderoso bandido envió el siguiente mensaje al Comité de Paz,  donde trataba de justificar sus acciones:

“Primero- No  me presento personalmente porque en buena hora firmé un compromiso de paz  el que he cumplido y cumpliré en la mejor forma que sea posible.

Segundo- Las acciones de los ciudadanos interesados  en tergiversar mis buenos deseos de pacificación y convivencia me obligan a poner muy en claro, y para conocimiento de ustedes, que he tratado por todos los medios de evitar ciertos desórdenes que no estoy dispuesto a patrocinar ni a tolerar.

Tercero- Soy sabedor que en repetidas ocasiones se cometen actos como robos y otros similares en regiones donde, precisamente,  no se escuchan mis llamados a la paz y a la concordia.

Cuarto- En ningún momento he violado el tratado de paz, por lo tant5o no hay razón para que se me formulen cargos de  los que no soy responsable, ya que de antemano estaré dispuesto a colaborar con el actual gobierno, dignamente representado por el doctor Alberto Lleras Camargo.  Desde el mismo momento en que firmé el tratado de paz estoy dispuesto a ayudarle al gobierno en la tarea pacificadora, único anhelo de nuestra región.

Quinto- Ruego a la Honorable Comisión de Paz intervenir inmediatamente para que los señores corresponsales de los municipios limítrofes cesen en su tarea nefanda y tendenciosa de deformaciones en contra  de nuestro pueblo, or el solo delito de no ser adictos a su misma ideología política.

Sexto-Que el señor director del periódico La Patria se abstenga de publicar informaciones que no sean enviadas  por corresponsales de este municipio, ignorando, además, por qué se violan las leyes de prensa, publicando informaciones que carecen de verdad y fundamento con el solo fin de desmoralizar a  nuestro pueblo.

Séptimo- Los ciudadanos de Quinchía son perseguidos y amenazados en los pueblos vecinos, lo que trae por consecuencia la enemistad creando así un clima de continua zozobra entre nuestras gentes.

Octavo- Al respecto de las funciones pacificadoras en que ustedes se encuentran empeñados, podría decir que garantías ofrecen a nuestros copartidarios de los municipios de Mistrató, Anserma, Belén de Umbría, Guática, Santuario, Apía, Balboa y Riosucio, porque es realmente alarmante el éxodo de familias que en numero de trescientas han entrado al municipio.

Noveno- Pueden ustedes levantar una estadística de las muertes violentas en este municipio durante los últimos diez meses, los que les comprobará que la mayoría de los muertos han sido de personas liberales.

En esta exposición que he querido darles para su digno conocimiento y oportuno consejo, ratificándoles que mi más vivo deseo es la pacificación total de la región.

De ustedes atentamente

Venganza”

 

Ante las exageraciones montados por algunos medios de comunicación de la región  se debe tener cuidado extremo al exponer los sucesos que tienen relación con “Venganza”. Es cierto que fue un bandido, pero sin él hubiera desaparecido la comunidad campesina de Quinchía, rodeada de “ pajaros” y  oportunistas que ambicionaban las tierras, el carbón, las salinas y el oro del municipio.

En el libro “Quinchía Mestizo” y en esta publicación se trata de dar una visión imparcial para que sea el lector quien saque las conclusiones pertinentes.

 

FIN DE UN PROCESO

 

El 5 de junio de 1961 una patrulla del Batallón Ayacucho  dio de baja al “Capitán Venganza” en la vereda de Buenavista en Quinchía y se recrudeció la ola punitiva contra la comunidad quinchieña. Centenares de campesinos acusados de apoyar a “Venganza”  fueron encadenados y enviados en volquetas a Manizales, donde permanecieron presos durante varios meses sin que hubiera pruebas que los vincularan a los hechos delictivos.

Johel Trejos y  Manuel Henao consiguieron abogados para que los defendieran y pasajes de regreso a su tierra cuando los soltaban sin recursos en la carretera que  conducía al corregimiento de Arauca.

En cuanto a Pedro Brincos, el 15 de septiembre de 1963 integrantes del Batallón Colombia acabaron con su vida en la vereda La Isla en jurisdicción de Lérida.

Así terminaron el bandolero  que se opuso a un Estado y el bandido que pretendió  encausar las montoneras desbordadas  y sin esperanza en ese Estado corrupto y débil que fue instrumento de persecución y violencia contra una gran parte de la población que no seguía sus doctrinas.

 

 

miércoles, 11 de julio de 2018

EL ALCALDE JUAN BAUTISTA MONTOYA Y LOS LOTES OCIOSOS DE MANIZALES

 

Alfredo Cardona Tobón
 
 

En la historia urbana de Manizales vale la pena recordar un documento del legajo 136, correspondiente al  año 1863 del Archivo  municipal; por ese entonces el ala radical del liberalismo  gobernaba  el Estado de Antioquia y  tras la entrada triunfal del general Tomás Cipriano de Mosquera a Manizales, el 16 de octubre de 1862, numerosos emigrados del Cauca  se establecieron en la nueva fundación.

En los años anteriores el gobierno local había cedido lotes a las  familias  provenientes de las provincias de Antioquia para que levantaran  sus viviendas. Con ello se buscaba impulsar el crecimiento de la población  y fortalecer la economía manizaleña, pero  no todos edificaron y se dio el caso de potreros en medio del caserío, conformados por los lotes cedidos a los inmigrantes.

En  vista de lo anterior el gobierno liberal   quiso rectificar esa situación que perjudicaba el desarrollo de la localidad fronteriza  y de  paso incrementar el número de copartidarios venidos del Cauca; se trató de una redistribución de la tierra urbana que infortunadamente no pudo hacerse, pues en 1864 la Revolución  de los Restauradores devolvió el poder a los conservadores quedando los lotes en manos de los acaparadores y malográndose el intento del alcalde Juan Bautista Montoya.

Pese a lo sucedido, es  interesante conocer esta parte trunca  de la historia local y divulgar el intento de los radicales de ocupar la   tierra urbana ociosa que frenaba el desarrollo urbano de Manizales.

El documento mencionado dice:

 “ El alcalde de Manizales, en uso del deber que le impone el artículo 50 de la ley de 14 de diciembre de  1856 sobre policía en general y teniendo en consideración:

1°- Que la Sociedad González Salazar y Cía y el gobierno cedieron a favor de los pobladores de este distrito una porción de terrenos destinados para el área de la población.

2°- Que el Cabildo parroquial de este distrito por acuerdo de 23 de marzo de 1857 declaró de la propiedad del distrito y para el uso común de los vecinos dicha área de población con cuarenta cuadras en circunferencia tomando por base cada lado de la plaza pública en su respectivo cuadro por cada lado.

3° Que el artículo del mencionado acuerdo dispone que  “ los solares del área de población no tendrán otra aplicación que es para edificar y debajo de ningún  pretexto  se le podrá  entregar a  vecino alguno solar que no sea con aquella aplicación, y si algún vecino después  que el entregare solar  lo destinase para otro uso, el alcalde lo entregara al que lo denunciare con el objeto de edificarlo.

4°- Que los artículos 14 y 20 del mencionado acuerdo disponen que el solar que se entregue a un individuo debe de edificarlo dentro de seis meses, quedando insuficiente la entrega de ningún valor y efecto si no lleva aquel requisito, perdiendo el derecho al solar aún cuando esté destacado o cercado de madera; y que los solares escuetos sin edificar se declaran vacantes desde dicho acuerdo.

5°- Que frecuentemente concurren del centro del Estado vecino multitud de familias laboriosas con el fin de domiciliarse y fijar residencia, la mayor parte de ellas pobres sin medios para comprar una propiedad de terreno  en que edificar, siendo este un inconveniente para desistir de su propósito de emigrar a otros puntos, perdiendo por este medio  su ingreso al Distrito de Manizales , si se atiende a que el aumento de brazos e industria le hace crecer en riqueza y prosperidad.

6°- Que multitud  de propietarios han encerrado cada cual en mangas, grandes porciones de terreno  del destinado para los pobladores ya por vía de compra, ya vía de gracia y donación  y la mayor parte sin  ser edificados ni cercados, cada solar en simetría, estimándose esto como una irregularidad ( y contravención al mencionado acuerdo, que debe  considerarse como ley del distrito).

DECRETO:

ARTÍCULO 1- Todo individuo que se considere dueño de un solar o solares sin edificar, presentará  a  la oficina de la alcaldía, dentro de ocho días el certificado de la entrega o titulo de propiedad que acredite su dominio y traslación.

ARTÍCULO 2- No embargante lo dispuesto en el artículo anterior, el que compruebe el derecho de traslación o propiedad está en el deber de principiar a edificar dentro del término de dos meses una habitación en cada solar, debiendo perfeccionar el edificio  según sus facultades dentro de seis meses contados de la publicación de este decreto, quedando sujeto a la pérdida del solar si no cumple tales condiciones.

ARTÍCULO 3- Los individuos vecinos que dentro del citado término de ocho días no  comprobaren  con títulos de propiedad el derecho con que se considera el solar o solares que posean sin haber sido edificados, se considerarán  sin ningún derecho a ellos y el alcalde procederá  a  adjudicarlos al primero que los solicite con tal que no haya obtenido esta gracia.

Ningún individuo tiene derecho a edificar un solar sin que la autoridad no le haya hecho formal entrega, pues de lo contrario quedará sujeto a las penas que la ley señala a los que usan o atacan la propiedad ajena.

Dado en Manizales  dos de agosto de 1863.

El alcalde Juan Bautista Montoya                El Secretario Eduardo Espinosa.”

En esa época aunque Manizales tenía una dinámica que le daba ventaja sobre las otras poblaciones del sur de Antioquia, no dejaba de ser un sitio de paso, pues de allí partían los colonizadores del norte del Cauca y norte del Tolima. De ahí el afán de los gobernantes en retener esa población flotante que llegaba y salía con las recuas y surtía las peonadas que abrían las grandes haciendas.

Vale anotar que  paralelo al interés oficial en el crecimiento urbano, estaba el interés personal de una clase dominante, que no solo retuvo las mejores tierras rurales, sino los lotes que pretendían entregarse a la gente sin techo. Esta es una parte de la historia que aún no hemos descobijado

 

 

domingo, 8 de julio de 2018

UN CAPITULO DE LA HISTORIA MILITAR DE ANSERMA


 PONCIANO TABORDA EN LA GUERRA DE 1885

Alfredo Cardona Tobón
 

Ponciano Taborda fue uno de los extraños   personajes que moldearon la  historia de Ansermaviejo  en las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX: Fue testaferro de los negociantes de tierras, rematador de las tierras de los tabuyos, jefe de los conservadores del caserío, administrador del Resguardo indígena y en las guerras civiles  se le distinguió como Comandante Militar de una extensa zona del norte caucano.

Nada se ha escrito sobre las componendas de Ponciano Taborda para conseguir a bajos precios las tierras de los indígenas  o apropiarse de vastos globos baldíos; tampoco sobre sus  negocios como apoderado legal de los resguardos de Tabuyo y Tachiguí y menos de su actuación en las guerras de 1885, de 1895 y en la de los Mil Días.  Se ignora dónde nació y dónde murió, se sabe que fue  herido en el combate de La Pradera en el año 1900 y  también que tuvo graves problemas con los colonos de San Joaquín cuando fue corregidor de Anserma.

No parece que Taborda  hubiera acumulado riquezas  pues buscó  una pensión del  gobierno por una incapacidad producto de la herida; pero  tuvo  gran poder político como  veterano que luchó con valor por su partido  e hizo frente a las guerrillas  que infestaron la zona rural de Anserma.

LA GUERRA DE 1885

En 1880  los conservadores y el ala independiente del liberalismo llevaron a Rafael Núñez a la presidencia de la Nación  y con su triunfo los conservadores recuperaron el manejo de la cosa pública tras largos años de proscripción en el gobierno. Para frenar la beligerancia de los estados federales controlados por el radicalismo liberal, Núñez prohibió la importación de armas y para contrarrestar la oposición compró adhesiones a cambio de gabelas e igualmente sobornó a  políticos y militares  con recursos del erario.

Ante ese estado de cosas, el radicalismo liberal  cerró filas para atajar un segundo mandato del “Regenerador”; pero por disensiones internas del liberalismo, Núñez retornó a la presidencia en 1883. Es entonces, cuando la joven generación radical, acalorada y camorrera,  quiere tomar con las armas lo que perdió  en las urnas  en una guerra donde las fuerzas eran tan desiguales que a ojos vistas era un suicidio infalible.

El gobierno de Núñez derrota a los radicales en Antioquia, en las provincias del sur y en el Valle del Cauca, mientras el coronel Rafael Reyes, al servicio del gobierno, habilita un pontón carbonero  para transportar las tropas que toman el istmo de Panamá en tanto que en el río Magdalena se consuma la derrota radical en la batalla de La Humareda.

EN EL NORTE DEL ESTADO DEL CAUCA

La guerra también llegó al norte del Cauca. El 21 de enero de 1885  una fuerza nuñista conformada por riosuceños y ansermeños bajo las órdenes de Ponciano Taborda y del coronel Manuel Salvador Orozco, hermano de Pedro Orozco, hicieron frente en el sitio de ”Partidas” a una fuerza radical comandada por el coronel León Hernández. Los nuñistas corrieron con la peor suerte: murió Manuel Salvador Orozco, hirieron a Ponciano Taborda y también a los riosuceños Rubén e Israel Santacoloma.  Ansermaviejo quedó en manos de los rebeldes mientras el coronel Rafael Uribe Uribe se descolgaba por Santa Bárbara, triunfaba en Quiebralomo  y fijaba rumbo hacia Ansermaviejo;  su intención  era  unirse a las fuerzas de León Hernández para continuar  hacia el Valle del Cauca. Con la derrota de los radicales de Manizales en el combate de  Cartago, los planes de Uribe se frustraron, pues los dirigentes liberales de Antioquia, al considerar  inútil la continuación de la  lucha se sometieron al gobierno de Núñez.

Sin embargo,  pese a los descalabros radicales por todo el país, en la zona de Ansermaviejo continuaron los combates entre los rebeldes y las fuerzas gobiernistas comandadas por Ponciano Taborda cuya campaña se conoce  gracias a los  informes aparecidos en el “Registro Oficial del Estado del Cauca”.

 LA CAMPAÑA DE PONCIANO TABORDA

A las tres de la mañana del 2 de julio de ese año, Ponciano Taborda con una fuerza de 25 hombres salió de Ansermaviejo y con sigilo se dirigió a los pasos del río Cauca conocidos como  “El Charco” y “Arauca”, con el fin de impedir el paso de una columna rebelde que venía derrotada desde Jericó.

Al llegar  al sitio de “La Margarita” una avanzada gobiernista capturó  a dos rebeldes con dos fusiles Remington, una escopeta y abundante pertrecho. Se buscó al enemigo por trochas y caminos sin encontrar rastros de los fugitivos. Al caer la tarde, los gobiernistas regresaron a Ansermaviejo y allí les  informaron que los radicales de “Arenales”, hoy Belén de Umbría,  se  habían levantado en armas contra el gobierno.

Como a las seis de la tarde del día siguiente el corregidor de  Guática  avisó  que los rebeldes de Arenales, bajo el comando de Anastasio Vélez, estaban en el caserío de Arrayanal, hoy Mistrató, y se disponían a atacar la aldea de Ansermaviejo, amenazada igualmente por una  guerrilla que operaba en la zona de Quinchía.

A paso forzado los ansermeños se dirigieron  a Arrayanal a combatir a los rebeldes. Llegaron a la media noche. El  tiroteo es intenso, caen dos enemigos, pero ante la superioridad de la gente de Arenales,  Ponciano Taborda  se retira  estratégicamente para esperar el refuerzo de 35 hombres, dispuestos  a vencer o morir según expresó Taborda en un informe enviado a la comandancia general de Buga.

En el Alto de Yarumal  se concentraron  los ansermeños para preparar un nuevo ataque en medio de las sombras de la noche. No será fácil el asalto, pues en Arrayanal están atrincherados cincuenta radicales de Arenales  y  un grupo de voluntarios de Apía bajo las órdenes de Pedro Jiménez, un hombre famoso por su valor y  el manejo del machete.

 Taborda y sus hombres avanzan con cautela. Uno de sus capitanes penetra al rancherío por el costado izquierdo mientras otro capitán con  el resto de la fuerza sigue por la derecha con el objetivo de  encerrar al enemigo. Los rebeldes abren fuego y la columna de  Ponciano Taborda responde causando varias bajas. Los radicales,  acosados por dos  frentes, se retiran hacia el monte y toman  el camino a Quebradaseca donde desde días antes  han instalado un campamento.

Ponciano Taborda inicia la  persecución y con  las precauciones debidas va tras  los pasos de los derrotados. En Quebradaseca lo están esperando. El corneta toca a la carga y los ansermeños se lanzan como un solo hombre sobre los enemigos que son incapaces de frenar el asalto: unos huyen, otros caen traspasados por la bayoneta o acribillados por las balas.  El comandante liberal  Anastasio Vélez hace frente a los atacantes; dispara su Remington y al fallarle el arma desenfunda el machete y lucha hasta que le tronchan la vida a filo de peinilla. En el campo quedan tendidos nueve radicales y el campamento queda a merced de los nuñistas.

Sin descansar un minuto, los vencedores se reagrupan en  Arrayanal y siguen tras los fugitivos;  capturan a Pablo Cobo,  uno de los jefes rebeldes y a Jesús Ocampo, miembro de la Junta Repartidora de Compartos en Apía, junto con Manuel Morales, posta y espía del enemigo

Así termina un capítulo de la vida de Ponciano Taborda, cuyas hazañas se repiten el 7 de enero de 1900 en el sitio de La Pradera. Pero ese es otro tema en la historia militar  de Anserma.

 

miércoles, 4 de julio de 2018

LAS TIENDAS DEL VECINDARIO


Alfredo Cardona Tobón
 
Don Libardo Flórez Montoya guardaba entre sus recuerdos la historia de las tiendas de abarrotes de Aguadas, no muy diferentes a las de Marsella, Samaná o Supía... Según don Libardo esos establecimientos no solamente eran empresas tradicionales  sino “el paño de lágrimas”  del pueblo llano cuando no había dinero para comprar lo mínimo del diario yantar.

La infraestructura de las tiendas era simplísima: un mostrador, unos anaqueles de tablas, una escalera para subir y bajar los artículos, un “almud, “una pucha” y una “cuartilla” para medir los granos, la balanza para el pesaje y el taburete de vaqueta donde el tendero  se recostaba contra el marco de la entrada mientras esperaba la clientela.

A la tienda iba el muchachito o la encargada de la cocina con una libreta donde se anotaban las cuentas:  “Manda a decir mi mamá- o la señora-   que le fie un atado de panela y se lo apunte que el lunes pasa a pagarle”  y don Bonifacio empacaba el artículo en un pedazo de periódico, anotaba el valor en la libreta y hacía lo mismo en  su cuaderno de fiados.

Podrían llenarse libros con los apuntes de los  viejos tenderos. Un día llegó un  preguntón a la tienda “El puntillazo” de don Pedro Marín, en el sector de La Bodega, en Balboa “ ¿ don Pedro , usted tiene huevos de pato?- No mijo, le respondió , tan solo una artritis que me está matando”. Otro de los perros de la vereda le dijo en otra ocasión :” ¿ Oiga don Pedro y usted para que tiene un garrote colgando de esa viga?- “ Es para cobrar las cuentas sin dolor”- fue la respuesta.

Algunas de esas beneméritas instituciones  con venta de aguardiente tapetusa, agujas, hilos, sombreros y bayetas fueron  el principio de grandes cadenas de  almacenes de cadena y de supermercados modernos.  Don Libardo Flórez afirma que ”La 14” se inició  con la tienda “La Casa Roja” en Aguadas, y Almacenes LEY ( de Luis Eduardo Yepez)  empezó en Arma, funcionó en San José de Risaralda y finalmente  se instaló en Barranquilla, donde la empresa se hizo conocer a nivel nacional.

Las tiendas de provincia contaban con  literatura propia. Hubo frases y avisos exclusivos en las vitrinas y paredes de esos negocios.  “ El centavo menos” de “Machuca”, ubicada a la salida de Belalcázar, tenía una  leyenda con gruesos caracteres que decía: “El que fía salió a cobrar” y en el muro de enfrento otra que rezaba: “El que fiaba se murió, ni saludos les dejó”.  Era clásica la frase “ Hoy no fío, mañana tampoco”  y el cuadro donde figuraba un señor mofletudo, rozagante, con la frase “Vendió al contado” y al lado un individuo cadavérico y  amarillo con el letrero “ Este vendió al fiado”. También era común  el letrero  “Si vino  a fiar, media vuelta, carrera mar”.

Pese a los perentorios avisos contra el fiado, las tiendas de vecindad  del siglo pasado atendían las funciones de los bancos modernos con sus tarjetas de crédito o de  las grandes áreas comerciales con tarjetas de consumo. En ellas se surtía el campesinado y el pueblo en general  con pagos que cubrían cuando llegaba la cosecha, se vendían los productos de la finca, se sacaba el novillo gordo a la feria o el Estado cubría el dinero de la nómina.

Las tiendas adquirían la fisonomía de sus dueños y se identificaban con ellos. Juan de Dios Giraldo, por ejemplo,  tenía un negocio en La Habana, Aguadas, y no se despegaba de la guitarra; era pues una tienda con música que desgranaba pasillos y bambucos desde que abría en la mañana hasta el cierre con la luz del crepúsculo. “Perucho”, en Santa Ana, Guática,  madrugaba los lunes para preparar el sirope con canela  para los enguayabados; dicen quienes lo conocieron que cuando alguien solicitaba un aguardiente, Perucho decía,” que sean dos los que sirvo, porque  yo también tomo”.

En la Avenida El Ciprés de Riosucio,  el caratejo Aurelio tenia una tienda mixta, es decir de abarrotes y de cacharros. Fueron famosos los apuntes que don Rafael Vinasco recuperó  e hicieron inmortal el “chuzo” de ese matachín parrandero. “Véndame una pucha de leche le solicitó algún día Margarita Largo . “No mija, le contestó el caratejo, se dice litro de leche y aquí  no hay más leche que la que toma el gato”. En otra ocasión la misma Margarita le pidió prestados dos pesos para quitarse de encima a Leopoldo Aricapa. “Nada se gana vecina- le reviró el caratejo- porque se baja Leopoldo y enseguida me le subo yo”.

Las tiendas de antaño eran tan fieles a las marcas como lo eran sus clientes. Ese raro maridaje que ha desaparecido con la profusión de ofertas y la batalla inmisericorde por las ventas; en el ramo de las gaseosas los laureles eran para la “Calmarina”; si se solicitaba chocolate, por derechas se despachaba “Luker” o “Cruz”; el café llevaba la marca de “La Bastilla” o  “Sello Rojo”; “Maizena” no tenía rival, las pastas eran “La Muñeca”; para complementar la nutrición de los niños no faltaba la Kola Granulada JGB y la Emulsión de Scott, la “Alucema” era parte del tocador y la leche en polvo importada siempre era “Nestlé”.

En la era de los caminos, es decir cuando no había carreteras,  los panaderos iban de tienda en tienda con enormes canastos a cuestas o a lomo de mula; en los pueblos se producían los refrescos y la cerveza, las fábricas de jabón y las de velas daban trabajo a los vecinos;  en vez de plásticos se usaban  costales de fique y rollos de cabuya; se envolvía en hojas de bihao evitando la profusión de bolsas que atentan contra el planeta; los numerosos periódicos de provincia, una vez leídos, se convertían en papel higiénico. Las tiendas como el resto de su mundo  funcionaban  a ritmo lento: abrían a las ocho, cerraban a las doce; después de la siesta de medio día reabrían el portón hasta las seis de la tarde con el toque del Angelus, entonces  todos se iban a casita a rezar el rosario y  a comer fríjoles con garra con   remate de  mazamorra y dulce macho.

lunes, 2 de julio de 2018

LA HUELGA DE LOS ARRIEROS DEL NORTE


Alfredo Cardona Tobón-
 

Al avanzar el siglo XX los arrieros atendían el transporte de café desde los centros de acopio hacia las estaciones de los cables a Mariquita y del norte caldense como también a las  estaciones ferroviarias de la Troncal de Occidente y a las del pequeño tren que comunicaba algunas veredas de Aguadas con La Pintada

A fines de marzo de 1938 los fletes por carga de café eran de $1.60 entre Salamina y Pácora y de $2.20 de Salamina hasta Aguadas; como los fletes  no compensaban el arduo trabajo de las recuas y boyadas, más de cincuenta arrieros de esas localidades bloquearon el camino al norte de  Caldas para obligar a la American Coffe a negociar nuevas tarifas.

El domingo tres de abril de 1938  el cronista “Mauricio” en su columna del periódico “La Patria” de Manizales  publicó un artículo  sobre los arrieros, las mulas y los bueyes  y el papel de unos y otros en el sonado paro. “ Con motivo de la huelga de los arrieros de Salamina, Pácora y Aguadas- escribe “Mauricio”- la mula y el buey han obtenido un gran descanso. Alguien que entiende su lenguaje, agrega el escritor, los oyó lamentarse bajo el sol canicular que tuesta las cigarras y seca quebradas y arroyuelos y esto fue lo que escuchó:

-En cuanto a mí dijo el buey-  la huelga me viene como un regalo de los dioses-

-Tengo mis mataduras- agregó la mula- y mientras dure el paro sanaran mis heridas y viviré a mis anchas-

Un caballejo, una de esas jacas que piden definitivo descanso escuchaba atentamente a sus compañeros de desgracias y peladuras y golpeando el anca con la cola, asentía complacido  mientras saboreaba un apetitoso bocado  de yaraguá en medio del inesperado descanso.

Mientras  las acémilas descansaban, los arrieros se preparaban, como muchos años después lo hicieron los camioneros, para paralizar el transporte y obligar a gobierno y empresarios a oir sus  demandas. Desde los ventanucos del camino los viandantes  vieron pasar  a caporales y sangreros sin las recuas; torvos, revolucionarios, machete al cinto y sombrero a la “pedrada”; como estampas  de Rendón, aquel costumbrista que se inmortalizó con el trazo de sus lápices.

 ¡Huelga de arrieros! Nunca se había visto tal cosa. Los caminos eran  culebras de paz aferradas al espinazo de las montaña donde el silencio solamente se quebraba con el acezar de las mulas y el resoplido de los bueyes y a veces con el chasquido matrero de un machete asesino o las dianas de las montoneras en marcha durante las guerras civiles.

La huelga de los arrieros del norte caldense no  podía durar mucho; eso lo sabían los empresarios de la Coffe, pues ningún hombre es más inquieto ni movedizo que un arriero; los caminos  engendran  en su naturaleza el afán de andar, su reloj es el gallo y el alba sirve de lámpara para cargar la recua y desmantelar la tolda alumbrada por los primeros rayos de sol.  Como se había previsto la huelga no dio tiempo para curar las mataduras  de la mula ni alcanzó para dar un respiro al agobiante cansancio de los bueyes. Poco subieron los fletes y la rebeldía de jáquimas y enjalmas apenas fue flor de un día.

El levantamiento de los arrieros norteños contra la explotación capitalista fue la despedida, el canto del cisne agonizante ante el inminente dominio del motor de explosión. Pronto las llantas borraron las huellas de los cascos y los pitos apagaron  el sonido de los cachos en las duras pendientes.

La fracasada huelga de los arrieros de Salamina y de Pácora no fue el único movimiento inconformista que retuvo en los potreros y las pesebreras  a las recuas y boyadas, pues a fines del siglo XIX también se presentó una huelga en la vía que llevaba al Magdalena y hubo  otro paro, este sí con fintas de machete, por las lomas tatameñas de Santuario.

Con la apertura de las carreteras fue imposible competir con los camiones, las escaleras y los yipoes. La enorme diferencia en los costos de transporte liquidó la arriería, con los tambos, las fondas, el parrandaje, el tiple y la  fonda caminera. El reino fue de los choferes, en tanto aquellos arrieros Maya, Ängel, Ossa.. de rancia estirpe, figura gallarda y verraquera en el cuerpo, tuvieron sin remedio que ceder su  espacio a los recién llegados, mientras cobijados por las ruanas veían pasar a los  advenedizos entre pitos y nubes de polvo.

En una vereda situada en el rincón  más remoto del municipio de Aguadas, aún vemos  la estampa del arriero con sus mulas o sus bueyes. En ese sector conocido por los norteños como las “putas Encimadas” el viento frio riza los montes eriazos y en la  última  fonda, una  de esas con taburetes de cuero, mostrador de tablas y alguna ventera prieta, se oyen trovas del  mundo de los cronistas viejos:

“En aquel alto muy alto

Gritaron unos arrieros:

Y si vuelve a gritar

¡Mamita me voy con ellos¡

La ventera sencilla, con cachetes  de la tierra fría, suspira y  mira de soslayo al tiplero. En los ojos redondos de los bueyes de Las Encimadas se estacionan los paisajes y en el corazon de la doncella galopa la copla y retumba el eco de los arrieros que pasan con los ojos redondos, con los ojos quietos  que estacionan los paisajes de Las Encimadas. Mucho más abajo, en La Mermita y Caciquillo, los camiones pasan raudos dibujando ilusiones en las muchachas cerriles enamoradas de la velocidad y del olor a la gasolina. Son mundos diferentes  que trazan la parábola del espejismo, uno de ellos rimando con la ciudad y el otro con los recuerdos.

 

 

 

domingo, 1 de julio de 2018

DON ALEJANDRO URIBE BOTERO EN SANTUARIO- RISARALDA

 

Alfredo Cardona Tobón

-Don Alejandro Uribe Botero fue un dirigente santuareño que alcanzó la dignidad de Senador de la República, cargo que no ocupó dejando el espacio a Camilo Mejía Duque.

Fue un líder político y un gestor cultural, también un liberal radical que defendió sus ideas con la pluma y con las armas.

Se le conoció como “ El senador descalzo” pues, jamás usó zapatos. De pie en tierra asistió al concejo, adelantó campañas y  llevó a Santuario por las sendas del progreso. Fundó periódicos, impulsó el primer colegio de educación secundaria de la región y cruzó correspondencia con personajes importantes de Colombia y América.

La violencia política de mitad del siglo pasado lo desterró a la ciudad de Ibarra, en Ecuador, donde continuó denunciando las atrocidades del régimen de Ospina Pérez contra el liberalismo colombiano.

Murió en Cali y el Senado en pleno, al igual que los altos cuadros de su partido lamentaron su partida.

 En el siguiente artículo don  Alejandro hace un resumen  muy limitado  de su vida:

MI VIDA POLÍTICA-

Alejandro Uribe Botero-

 

Nací en Marmato, hoy Caldas, en 1879. Desde que tuve uso de razón me afilié al radicalismo liberal. Fueron mis maestros en este sentido, Rojas Garrido, Arrieta, el Indio Uribe.  Como el primero había dicho en un discurso pronunciado en Rionegro,  cuando la Convención de 1863, que “ el que es católico no puede ser republicano”, yo no lo había sido un solo momento de mi vida.

Cuando cumplí dieciséis años, en 1895 y hubo una guerrita, me tocó presenciar el primer asesinato político. La Víctima fue Antonio María Calderón, hombre honorable e inofensivo.  El agresor fue el general Luis Angel Ochoa, el primero liberal y el otro conservador. Ocurrió este crimen en Anserma , Caldas, en plena calle Real y al medio día, en una tiendecita que yo tenía. El motivo?-  El mismo de estos últimos diez años.  Ese día sufrí yo el primer carcelazo por política y me hicieron dormir la noche en un cuarto oscuro y sin ventilación.  El general Ponciano Taborda dio  la orden de prisión.  Al día siguiente me pusieron en libertad.

En 1899 estalló la guerra llamada de los Mil Días. Me encontraba en Riosucio. El mismo 18 de octubre, fecha de la turbación del orden público en esa ciudad, en las horas de la noche, salí para Bonafont con los jefes liberales Tomás María Medina Penagos, Fernando Celada y David Cataño. Trabajábamos  en una mina de aluvión y esa misma noche fue una comisión a apresarnos, pera ya estábamos a salvo.  Todo el tiempo de esa revolución la pasé, o en las guerrillas o en la cárcel o huyendo. Como yo tenía buena letra me nombraron secretario, habiéndolo sido, primero de don Emiliano García, primer jefe, después lo fui del general Manuel S. Ospina.  El cargo que me dieron todos fue el de capitán ayudante de Campo y en las pocas batallas donde me tocó actuar, el arma que me dieron fue un descalzador y una baqueta. Por este motivo no me tocó disparar un solo tiro y por lo mismo, no tengo a mi cargo ni un solo muerto, ni herido alguno.

La terminación de la revuelta me tocó en Santuario, Caldas,  y en medio del despecho por la pérdida, viajé al Chocó en busca de oro de minas y a varios lugares a guaquear.  En todo eso fracasé.  En difíciles circunstancias económicas estaba, cuando encontré al protector, el señor don Eladio Cortés B. quien me recogió y me organizó a trabajar, por cierto con buen éxito.

En 1905, el 4 de noviembre, me casé y dí con una compañera abnegada, hacendosa y de hogar y ella fue el gran auxiliar de mis trabajos toda mi vida.  Desde ese mismo año hice parte del Comité Liberal del corregimiento y en 1907, cuando Santuario fue erigido en municipio, seguí con  el mismo cargo hasta 1949, año en el cual  tuve que salir huyendo con mi familia, para salvarnos de la violencia implantada por el clericalismo.

También fui miembro de juntas patrióticas y de beneficencia  y otros cargos sin sueldo, a pesar de que me hicieron altos,  honrosos  e inmerecidos nombramientos y fue elegido para altos puestos. Nunca cobré sueldo, ni cobré cuenta algunas a los tesoros de la nación.