domingo, 18 de septiembre de 2016

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS VOTOS




Alfredo Cardona Tobón
                                                   Calle de Quinchía  


Las división conservadora  de Guillermo Valencia, padre,  y de Alfredo Vásquez Cobo  a raíz  de las señales equívocas de la iglesia católica que al principio respaldó un candidato y luego respladó al otro, dio como resultado  el triunfo del candidato liberal en  las elecciones del 9 de febrero de 1930 .

El gobierno de Olaya Herrera tuvo la  oposición de los llamados  “curas guapos” que atizaron la violencia partidista en   Boyacá y los Santanderes , agudizada por la crisis económica en Estados Unidos que repercutió en todo el mundo, incluyendo en la frágil estructura colombiana.

En medio de mil dificultades de la naciente “República Liberal”, en febrero de 1931 se celebraron las elecciones para cuerpos colegiados dentro de una tensa atmósfera política.  Por ese entonces, Emilio Latorre desempeñaba la gobernación del departamento de Caldas, donde empezaba a tomar forma la tenebrosa Violencia Politica que llenó de sangre este  departamento.

Tres días después de las elecciones los liberales celebraron el triunfo en Mocatán ( hoy Belén de Umbría)  y a los vivas de los unos y los abajos de los otros se armó la gresca entre liberales y conservadores  con escaramuzas que se prolongaron hasta mayo de 1931 con el saldo de varios muertos y numerosos heridos.

En  Quinchía  desempeñaba la alcaldía Marco Antonio Montoya, un coronel revolucionario de la Guerra de los Mil Díaz sin las mínimas  aptitudes para ejercer cargo alguno y por lo tanto  a merced de otros más preparados que en realidad manejaron  el municipio.

LAS ELECCIONES DE 1931

El primero de febrero de 1931, día de las elecciones, apareció  un sol radiante, sin una nube que alterara el azul del cielo. Era como una señal de otro triunfo del conservatismo caldense. En  las veredas de Quinchía los campesinos se agruparon bajo las banderas de sus capitanes. Rojas eran sus banderas y rojos turquí  los pañuelos rabodegallo que anudaban a sus gargantas.

A la seis de la mañana Froilán Cárdenas y Crisanto Alvarez  hicieron estallar dos tacos de dinamita en las laderas del Cerro Puntelanza, era la señal para iniciar la marcha desde Santa Elena, desde Encenillal y Opiramá. El sonido de los cachos resonó por Cantamonos y Murrapal, se extendió por Yarumal y Corozal y columnas compactas de campesinos iniciaron la marcha hacia el casco urbano.

Ceferino Rios convocó a los vecinos de Batero y Moreta, Rafael Gironza marchó con los suyos desde el Higo mientras Rogelio Vinasco con la gente de Sausaguá se unía a los liberales de Mápura y Eusebio Arce comandaba el nutrido grupo que esperaba la gente de Buenavista y Quinchiaviejo en la parte alta de Callelarga.

Lisandro Garcés hizo estallar otros dos tacos de dinamita en la loma de Guerrero y otras columnas que  avanzaban desde Florencia y Aguasclaras apuraron el paso animadas por los vivas, el sonido de los cachos y los tragos de aguardiente tapetusa.

Los pocos conservadores de Quinchía se acercaron a las urnas apenas empezaron los comicios y una vez depositaron su voto se recogieron en sus viviendas antes de la llegada de los bloques compactos de los campesinos liberales. Los dirigentes  conservadores Benjamín Vásquez y Alfonso Moreno  acompañaron a depositar el voto  a los pocos labriegos mofletudos de las zonas frías de La Ceiba, El Tabor y Barroblanco . Eran unos valientes, unos “godos calzonudos”, como los llamó Emilio Betancourth, al atreverse a bajar al pueblo  a sufragar en medio de la alborotada marejada roja.

Pese a la algarabía nada trágico ocurría en las elecciones quinchieñas, fuera de las vivas, los abajos y el manejo amañado de las urnas. Esa tarde al terminar el conteo de los votos la victoria liberal se repetía en Quinchía. No era raro, pues eso sucedía desde tiempos inmemoriales porque las parcialidades a más de anticlericales conservaban vivo el espíritu del radicalismo liberal.

Fue una victoria esperada, pero con cifras tan elevadas, que esta vez fue evidente el robo descarado en las urnas.. Sufragaron  2185 liberales y solo 232 conservadores. Como las estadísticas registraban un potencial electoral de  3821 votantes en el municipio, las cifras indicaban que para  alcanzar la cifra de 3417  habrían tenido que votar hasta los niños.

El 30 de abril de 1931 el Tribunal de lo Contencioso Administrativo de Manizales declaró nulas las elecciones del municipio de Quinchía y también las del municipio de Risaralda,  donde también se anularon las elecciones al descubrir otra multiplicación de los votos.


                                           Panorámica de Risaralda- Caldas-

En esas elecciones el fraude fue general. Se repetía el dicho de quien escruta elige, principio con el cual se sostuvo el radicalismo liberal durante décadas.  Las cifras arrojaron  54.472 votos liberales y 48.519 conservadores; eso era imposible en un departamento como Caldas, donde siempre habían triunfado los conservadores.

 

 

 

 

 

 

viernes, 9 de septiembre de 2016

LA VIRGEN DE LA POBREZA


Alfredo Cardona Tobón. *

 

                                             Virgen de la Pobreza de Cartago



En el año 1602 graves sucesos sacudieron  a Cartago, una ciudad fundada por Jorge Robledo entre los ríos Otún y Consota; los nativos  conspiraban contra los  españole motivados por el espíritu de Nobsacadas, una deidad indígena, que según cuentan, hablaba por boca de un ídolo, animando a los americanos a sacudir el yugo invasor y borrar de la faz de la tierra al Dios cristiano, a los animales traídos de ultramar y a todo aquello que representara la civilización  europea.

 

Los misioneros establecidos en el Quindío vivían con tal angustia, que, según narra Fray Pedro Simón, cargaban permanentemente una escopeta y aún en misa la tenían cargada y arrimada cerca del altar.

 

El 24 de junio de 1603 el Cabildo de Cartago se lamentaba del cerco impuesto a la ciudad por las tribus de los pijaos  y los putimaes, que impedía el cultivo de las tierras y el trabajo de los  aterrorizados indígenas de las encomiendas. Al sobresalto de los  nativos hostiles  se sumaba la erupción del volcán del Tolima cuyas fumarolas parecían lenguas infernales en la oscuridad de la noche que esparcían  cenizas candentes que arruinaban bosques y pastos.

 

 Además, para colmo de males, se agregaba el paulatino empobrecimiento de los filones y de las arenas donde yanaconas, esclavos y  mazamorreros extraían el oro.Los cristianos rogaban a su Dios por un milagro que les diera fortaleza ante tantas adversidades.

 

Cuenta la leyenda que por ese entonces vivía en el convento de San Antonio de Cartago una india  quimbaya que atendía a los monjes, aseaba la iglesia y lavaba  los ornamentos religiosos. Todas las mañanas  María Ramos se dirigía al río cercano con los manteles, las albas, las estolas para lavarlos con uno frutos conocidos por los naturales que los dejaban tan blancos como la nieve que en días despejados se contemplaba en los picos del Cumanday.

Cuentan que al  ndio pijao llamado Juan Guabio le desagradaba el fervor sumiso de María Ramos y por ello decidió asesinarla en una de sus tantas idas al río Otún; pero siempre que se acercaba y la acechaba desde los matorrales, la presencia de una señora blanca, con porte imponente,  que parecía no desamparar a la india, impedía la consumación del delito.

 

Una mañana de 1608  María Ramos  llevó   una manta hecha jirones que se utilizaba para limpiar los candeleros, al lavarla y extenderla descubrió en el retazo deshilachado algo parecido a la imagen de La Virgen; asombrada ante tal hecho la mujer corrió a mostrar el portento al  Padre Guardián del Convento.

 

Cuando extendió la manta ésta se fue resanando de las grandes y muchas desgarraduras, hasta que apareció la imagen bella y armoniosa que hoy admiramos en el moderno Cartago del río de La Vieja.

 

En el año de 1690 Fray Tomás Sierra divulgó  el suceso milagroso; cuarenta años después el provincial  franciscano Fray Dionisio del Camino, reunió el testimonio de quince testigos del caso extraordinario que confirmaron la  existencia de Juan Guabio, que en una de las entradas de Martín Bueno a territorio hostil lo puso preso y en cautiverio se  convirtió en un cristiano fiel  aliado de los vecinos de Cartago.
                                            Virgen de la Pobreza de Pereira

 

El historiador Juan Friede dice que no existió María Ramos sino la devota encomendera De Coche y Soitama  que velaba con solícita piedad los intereses del  Convento y en cuyas  manos  la arruinada manta se convirtió en un portento. Otros autores dicen que no hubo presión de los nativos y las noticias de rebeliones contra los españoles fueron mentiras inventadas para poder trasladar a Cartago al sitio de Las Sabanas.

 

Los vecinos de la vieja ciudad poco a poco se trasladaron a orillas del rio La Vieja y al final trastearon las campanas y los ornamentos junto con la imagen de la Virgen de La Pobreza que actualmente se venera en el templo de San Francisco de la ciudad de Cartago.
Al fundarse la Villa de Robledo en el sitio donde Jorge Robledo fundó la primera población de Cartago, las damas dela aldea lideradas por doña Bárbara Robledo Vélez encargaron una copia de la Virgen de La Pobreza al pintos  Joaquín Jaime Santibáñez, que es la que acompaña a los pereiranos.


Algunos no creen en el milagro de la restauración de la pintura y dicen que es obra de un pintor anónimo; no importa si fue un hecho prodigioso o no lo fue; las dos imágenes, una original y otra copiada son   y una luz de esperanza y un rayo de sol en estos tiempos de tinieblas.
El pueblo necesita en que creer y a cartagüeños y pereiranos no les cae mal sentir la presencia de la Madre de Jesucristo en estas tierras.

 

 

 

domingo, 4 de septiembre de 2016

DON LIBARDO FLOREZ Y AGUADAS Y SU CLASE OBRERA


Alfredo Cardona Tobón*


El  insigne institutor  Libardo Flórez fue  uno de los creadores de las Fiestas del Pasillo;  se desempeñó como rector de  varios colegios en el Viejo Caldas y trabajó algunos años en la  Secretaría de Educación del Departamento.

En Julio de 1997 la Cámara de Representantes distinguió a don Libardo con la  Orden de La democracia, como testimonio de gratitud para un personaje que modeló muchas generaciones y las llevó por los caminos de la virtud y del trabajo.

 Dondequiera que estuvo,  don Libardo llevó consigo a su pueblo natal, tierra grata que le confió todos sus secretos. En el  vasto trabajo literario de don Libardo, se refleja  el pueblo raso de la “Ciudad de las Brumas”  cuya esencia quedó sintetizada en “Crónicas de Aguadas”.

Revisando viejos papeles encontré  una página inédita  carcomida por el tiempo y las polillas que alguna vez me confió don Libardo. Sólo quedaban unos fragmentos que armé como un crucigrama, respetando la esencia del escrito sobre los artesanos de Aguadas.

Dice así este  artículo basado en las memorias de don Libardo Flórez:

De regreso a las Fiestas del Pasillo, en la pendiente adornada con piedras colocadas como puntos suspensivos, se escuchaba quedamente el eco de Luisito, el sastre, cuando tatareaba “El coro de los martillos”:  ¡Oh… ¡Oh! Desde que surgió la luz/ vamos entre el dolor/ tras un florido amor…”

En el estrecho cuchitril que servía de taller, el “Viejo” alumbraba  la imagen descolorida de  San Cayetano con la esperanza de un trabajo   o al menos el pago de cuentas atrasadas de unos clientes  de Las Encimadas y Caciquillo para poder comprar arroz y panela y ahuyentar las hambres atrasadas.

Calle abajo de la sastrería de Luisito estaba la  fragua del  “Cabezón”, donde doblaba el hierro al rojo vivo para dar forma a las herraduras y  los recatones, mientras refrescaba el gaznate  con aguardiente amarillo y calmaba a punta de trago el dolor de  los juanetes y los callos.

 En la calle de salida al corregimiento de Arma tenía su  lugar de trabajo el Maestro Gildo, un carpintero “ateo y comunista”, con una cachucha que hacía juego con el lápiz que  llevaba sobre la oreja. Gildo era  un intelectual de su oficio para quien los arquitectos modernos, por ahorrar dinero, no tenían en cuenta los ángulos y las alturas en las construcciones  y de ahí la cantidad de borrachitos desnucados en los  hogares y de matronas destortilladas en las escaleras.

Cura y carpintero no rimaban, pero   acosado por la necesidad  el párroco contrató a Gildo para un trabajo en el templo. Un día el sacerdote, conociendo la vena del carpintero, le preguntó con sorna: “Don Gildo, sabe por qué  a los aguacates los llaman curas?-

“Por dañinos señor cura”- contestó Gildo, que   impertérrito continuó  echando serrucho.

Cuenta don Libardo Flórez que por lo general los artesanos  alumbraban las imágenes de su devoción  y empapelaban sus talleres con figuras de mujeres desnudas. Según  Misael Llano,  zapatero remendón,  en esa forma   lograban la bendición del Altísimo con los cuadros de  los santos y ahuyentaban con los cuadros obscenos al sacristán, a las cantarilleras y demás pedigüeñas de oficio.

En la funeraria de Jesús Ramírez, alias el ”Chulo”, los trabajadores dormían la siesta en los ataúdes, en tanto que Don Isidro, el ebanista, trabajaba sentado a causa de la artritis y sus operarios, al igual que en la funeraria, en los días de pago  dormían la rasca en los sillones y muebles en construcción..

 “El Garrapatero” enseñó a su hijo el oficio de la zapatería. Al  terminar de prestar el  servicio militar, el retoño  se quedó en Manizales. El progenitor lo llamó para que le ayudara  en el taller;  a los pocos días el “Garrapatero” recibió el siguiente telegrama:  “Hambre allá con neblina punto hambre acá con divisa punto mejor me quedo en Manizales”.

Don Julio  Henao alternaba su oficio de guarnecedor con la política. Para atender a clientes y seguidores puso tres bancas, una forrada en cuero para los clientes, la del electorado recubierta en  lona y la tercera embadurnada en barro destinada a los vecinos chismosos que le hacían perder el tiempo.

Para incentivar sus negocios, los peluqueros   fiaban el trabajo y encimaban pintadito con pandequeso. Don Libardo recuerda que todos ellos guardaban congolos en un frasco de alcohol para inflar los carrillos de los viejitos sin dientes. Anota que en el gremio sobresalía don Bonifacio en cuya peluquería lucía un aviso que decía : “Puede rajar del cura pero no me hable de política”.

¡Tiempos aquellos los de Aguadas!, cuando  los   tiples  fabricados por Zamora  terminaban  la puentezuela con  enroscados que imitaban el bozo  de Salvador Dalí. Las ruanas de don Ignacio tenían solapas y las botas de José Arango  tenían carramplones para sacar chispas en las calles empedradas.

En la década de los años treinta alguien ofreció unos pesos a  quien se atreviera a clavar una puntilla en la lápida del último suicida, por cada campanada al filo de la media noche del viernes santo.  Un  personaje enigmático que no creía en espantos y aparecidos aceptó el reto, saltó la tapia del antiguo cementerio y en la última campanada clavó sin darse cuenta el borde de su ruana en el ataúd del suicida. Al retirarse creyó que lo estaban agarrando y lleno de pavor corrió  sin que nadie pudiera alcanzarlo para pagar la apuesta convenida.

Hubo otra situación que pudo enlutar  al gremio de los matarifes: Un día Gonzalo Duque mató de un tremendo martillazo a una marrana ladrona  perteneciente a Carlos Toro quien lleno de furia  se armó de un machete de dos filos y desafió a Gonzalo que le hizo frente con cuchillo patecabra.

 Al encontrarse para la pelea, Carlos se vio en desventaja y entonces dijo al  contrincante: “Dejemos las cosas así; otro  día que ocurra algo parecido, ponga mucho cuidado porque mi marranita pudo quedar loca o boba con ese golpe. ! Y eso sí no se lo  hubiera perdonado!”


 

sábado, 3 de septiembre de 2016

HITOS EN LA HISTORIA PEREIRANA



CONFERENCIA DEL DOCTOR ASDRÚABAL GARCÍA EN SESION SOLEMNE DE LA ACADEMIA PEREIRANA DE HISTORIA- AGOSTO 30 DE 2016-



                             Miembros de la Academia Pereirana de Historia

El desarrollo de Pereira  ha tenido como base las vías de comunicación, la agricultura y el comercio; la conjunción de esos factores convirtieron la aldea en una ciudad capital   que creció no solamente por el  empuje de su gente sino también por el  influjo del resto de la comarca, cuyos recursos materiales y humanos han fluido permanentemente  hacia la Perla del Otún.

 

 A principios del siglo XX, Pereira estaba por debajo de Aguadas, Salamina, Riosucio y Pensilvania. Pero esas comunidades no fueron cruce de caminos, ni en su zona rural hubo empresarios y tampoco fueron centros comerciales; por eso se estancaron  mientras Pereira duplicaba, centuplicaba su población, y se convertía en el conglomerado más importante del llamadol Eje Cafetero.

 

El milagro pereirano empezó a fines del siglo XIX con el Camino del Privilegio construido por Félix de la Abadía y se hizo realidad palpable con la navegación por el río Cauca,  con  el ferrocarril y   las carreteras.  El Camino del Privilegio fue el detonante del desarrollo: con esa vía Pereira se conectó con la frontera antioqueña, aprovechó el flujo de maíz cacao, cerdos, vacunos, mulas, oro, armas y mercancías y acercó a los  inmigrantes paisas y caucanos que desbrozaron la selva para convertirla en fundos productivos.

 

 En  1870 Pereira contaba con 623 habitantes, en 1905  con 9.000 vecinos, en 1918  sumaba 24.570 personas y actualmente alberga   más de 500.000  vecinos; este es un indicativo del crecimiento acelerado  de la capital del departamento de Risaralda.

 

Al igual que el  Camino del Privilegio  el  ferrocarril  marcó un hito en la historia de la  ciudad; a partir de entonces los cafeteros pereiranos pudieron despachar  el grano por Buenaventura sin los enormes costos de la arriería y pudieron llegar a  los mercados de Estados Unidos y de Europa.  El tren abrió de par en par las puertas del progreso y a partir de 1921 inclinó la balanza del poder económico regional a favor de Pereira .Indudablemente las líneas ferroviarias fueron la columna vertebral de nuestra economía, a  ellas confluyeron los caminos y  se proyectaron las carreteras y sobre rieles empezó la industrialización pereirana.

 

En los primeros tiempos, visionarios hombres de acción como los Marulanda y los Mejía Robledo y la admirable   Sociedad de Mejoras Públicas  clavaron la rosa de los vientos en esta  localidad fundada por un puñado de labriegos que aunque poco sabían de letras no ignoraban que  los caminos son las arterias vitales de los pueblos. Unos y otros impulsaron la construcción de  trochas, caminos y carreteras y comunicaron a Pereira con  Marsella,  Santa Rosa, Cartago  y Armenia  convirtiendo la ciudad en  el principal eje vial de la comarca..

 

Al Camino del Privilegio y al ferrocarril  se suma una  realización que marcó el destino venturoso de la  Capital Cívica de Colombia: fue el puente  Bernardo Arango sobre el rio Cauca a la altura de La Virginia, fue  una obra que dejó atrás la parroquia. El  puente Bernardo Arango conectó a Pereira con  la troncal de Occidente y la enlazó con Antioquia y posteriormente con la costa Atlántica.  Con este puente se volcó el comercio de una vasta zona  dominada por Manizales, las recuas que cruzaban el puente del Pintado  se convirtieron en  camiones que  hacían chirriar las  estructuras del Bernardo Arango en su paso hacia Pereira.

 

Se podría decir que el Puente Bernardo Arango  fecundó el embrión del departamento de Risaralda, pues fortificó los lazos de la antigua capital de la provincia de Robledo con las poblaciones de la vieja provincia caucana de Marmato que vieron en esta ciudad la hermana mayor, en su forcejeo con las castas absolutistas entronizadas en Manizales.

 

 

El tren había  desplazado los vapores que surcaron el río Cauca. Frente a la casona de Portobelo no volvió a pitar el barco “Mercedes”  ni se oyeron los gritos de los bogas negros que recalaban en los puertos de  La Fresneda y en Carmen de Dosquebradas, todo ello se cambió por los pitazos de los trenes que corrían paralelos al Cauca o se aferraban a las lomas empinadas que llevaban a la capital de Caldas. Pero al tren, infortunada y prematuramente, le llegó la hora final; no por su desempeño sino por los criterios chatos de algunos dirigentes locales.

 

Casi de la noche a la mañana se arruinó el esfuerzo de dos generaciones, los trenes sucumbieron ante el interés de las trasnacionales petroleras y de los fabricantes de camiones  representados en el alto gobierno por Virgilio Barco, entonces Ministro de Obras del gobierno de Lleras Restrepo..

 

 Con el correr del tiempo el  hecho  “heróico” de los levantadores de rieles,  se ve  como uno de los grandes errores del parroquialismo local. Al  impedir el tráfico ferroviario se privó a la zona rural pereirana de un transporte barato que hizo posible el desarrollo  de varios corregimientos donde se cultivaba café, se producía panela y crecían extensos maizales. Fue un error enorme hoy puesto en evidencia por el Megabus, que al igual que el tren recorre las calles de Pereira y en forma alguna está frenado  su desarrollo. Con la eliminación del tren se  perdió una alternativa  de transporte hacia Buenaventura y Medellín y  lo que pudo ser la base del transporte masivo  de la futura conurbanización que se va extendiendo entre Cartago y Manizales.

 

Así como los ingleses han caído en cuenta del garrafal error de salir de la Unión Europea, la alta dirigencia pereirana muy pronto se retractó de tan tremenda equivocación  y se unió a una comisión de Manizales y Armenia que pedía la reconexión  ferroviaria, pero  nada se pudo hacer pues  Virgilio Barco y sus socios  sin negarse dieron toda la larga posible a la reconexión hasta que los nuestros desistieron de puro cansancio.

 

Pero aún hay más. La incuria y la ceguera de los planificadores localesfue tanta que cuando el derrumbe de Chirapotó, en límites con Antioquia, barrió la carrilera,  nadie movió un dedo para recuperar la via y nos quedamos sin un medio de transporte que ahora medio se  trata de restablecer.

 

 

Luis Jaramillo Walker enseñó a los pereiranos a cultivar, trillar y exportar el café. En el  año de 1912   siete trilladoras procesaban el grano de exportación y a la sombra de los cafetales se enriquecieron productores y exportadores, crecieron  las artesanías, las fábricas de ropa popular o  ropaza, los servicios públicos  y se monetizó la economía local. Al contrario de la mayoría de los municipios colonizados por los antioqueños, en Pereira primaron los fundos extensos; fueron los Castro, Marulanda, Ángel, Walker quienes en los extensas haciendas crearon riqueza y acumuladores de recursos que se invirtieron en Pereira.

 

Las pequeñas propiedades de economía de subsistencia  se limitaron a los repartos de baldíos de la Nación y a los lotes donados por Guillermo Pereira Gamba. En Pereira las s selvas se convirtieron en maizales, después en potreros y al fin  se  transformaron en cafetales y cañaduzales que ocuparon a miles de campesinos. Al finalizar el siglo XX Pereira fue el primer productor de café de Colombia y la vereda de Combia la más cafetera a nivel nacional.

 

La producción en grande de maíz y caña junto con  el café fue la  clave en el desarrollo económico de Pereira, que hasta muy avanzado el siglo XX  se distinguió por ser la despensa agrícola del centro occidente colombiano.

 

Las vías y la agricultura  sustentaron la primera fase de la industrialización  de esta zona, que en sus mejores tiempos contó con empresas tan importantes como Molinera Caldas, Kimberly, Bicicletas El Balín, La Rosa, Paños Omnes, Hilos Cadena, Plásticos Zenher,  Industrias la Macarena, Calzado Confort, Vidriera Caldas.

De la mano de Gustavo de La Pava y otros industriales locales apareció la manufactura  a domicilio,  se  modernizaron los procesos artesanales para dar paso a  Valher, Gales, Camisas Charles, Cerchez, La Garantía, Jarcano, Don Félix  que surtieron el  mercado colombiano.

 

Alfonso Jaramillo, Santiago Londoño, Oscar Vélez Marulanda, entre otros, dinamizan la ciudad  y  el Plan Vallejo  con la maquila  presentan un vano esplendor que se oscurece cuando no hay más pedidos del extranjero y los pereiranos no cuentan con el mercado nacional, arrebatado por los productores de Cali, Bucaramanga y Medellín.. A esa ingrata coyuntura se suman los altos costos de la energía eléctrica de la CHEC, para que la prometedora industria local empiece a declinar.

 

. El principal proveedor de mulas y reses de la región, con ferias, hoteles y vías concentra el comercio  de la región;  en la crisis de 1930 muchos miran hacia Pereira con  esperanza, es cuando  se acelera el desplazamiento rural y en Pereira empiezan a formarse barrios en la zona urbana y caseríos en los campos.

 

 En la época de la República Liberal, entre 1930 y 1946, se  larva la violencia política en Apía y en Belén de Umbría y los los desplazados buscan el  alar acogedor  de Pereira. Cuando el conservatismo toma el poder en el año de 1946,  la violencia en el centro occidente colombiano toma ribetes de espanto; miles y miles de  refugiados del  Occidente y norte del Viejo Caldas,  del Norte del Tolima y del Norte del Valle colman las calles y los caminos de Pereira. Los recién llegados conforman el barrio Cuba y otros barrios a orillas de los ríos  Otún y Consota; en esa dolorosa época solo se puede pensar un  remediar un poco la miseria de  esos  compatriotas  liberales y conservadores que  sufren en Pereira.

 

Entonces aparece el segundo milagro pereirano, porque pese a todo la  ciudad  encuentra un rumbo y crece en medio de las adversidades: las zonas de miseria se convierten en barrios con futuro, el aeropuerto de Matecaña conecta a Pereira con el mundo, las carreteras destapadas se transforman  en  dobles calzadas que llevan a  Manizales, Armenia y Cartago,  aparecen las universidades y los grandes centros comerciales.

 

Más de dos  millones de compradores del Ärea Metropolitana y de los municipios aledaños viajan continuamente a Pereira, es una población que  llega a los   pequeños almacenes,a las ferreterías, las  tiendas y las grandes superficies comerciales. Su afluencia ha convertido la ciudad  en un gran almacén donde compiten empresas nacionales y trasnacionales como  Makro,  Unicentro,  Alkosto, Pereira Plaza, Jumbo,  La Arboleda…




                                         Doctor Asdrúbal García


Pereira como toda comunidad adolescente  está llena de inquietudes e interrogantes: El balance es positivo, pero no se pueden olvidar sus graves problemas. Al cumplir oficialmente  los 151 años vemos una ciudad fragmentada social y físicamente,  con barrios aislados sin conexión clara entre los diversos sectores;  el tráfico ha rebasado la movilidad urbana;  los servicios públicos, sobre todo el agua, están en buena parte en poder de empresas particulares; la corrupción se reparte entre la administración y la empresa privada; la industria decrece y como un imán Pereira continúa atrayendo  miles de personas en busca de oportunidades  con la falsa premisa de  que Pereira lo tiene todo.

 

Sin embargo esos aspectos negativos no deben opacar otros que nos deben llenar  de alegría :  Hoy Pereira tiene la mayor concentración universitaria de la región, contamos con la Universidad Tecnológica, la Libre,  la Católica Popular, Antonio Nariño, Fundación Universitaria del Area Andina, la Cooperativa,  la Autónoma de las Américas, EAFIT, Santo Tomás, ESAP, Uniminuto, Unitecnica. Estas  instituciones de calidad  refuerzan el sector de servicios y lo acercan a una realidad, que marcará nuevas huellas cuando la misma dinámica futurista cree más trabajo y permita que nuestros jóvenes se queden en la ciudad.

 

A lo anterior debemos sumar el incremento del turismo y  la conciencia ecológica que permitirá la conservación de un paisaje que ha sido declarado Patrimonio de la humanidad. Indudablemente habrá que luchar por el renacimiento de civismo, la solidaridad ciudadana y la trasparencia  en lo público y privado. Entonces tendremos la Pereira que soñaron los labriegos de pie al suelo  que dieron vida a la Villa de Robledo y los actuales habitantes de esta ciudad moderna y progresista..

jueves, 18 de agosto de 2016

LOS HIJOS DE SIMONA DUQUE


Autor: José María Bravo



Quiero anotar algo sobre sus hijos, característico de la cultura de aquellas épocas. Incorporados como soldados a las filas republicanas, supieron cumplir con su deber y lo hicieron como valientes hijos de doña Simona Duque, la ilustre heroína. Pero sus últimos días no fueron los mejores. Manuel fue el primero de esos soldados que murió por salvar la Patria, en Cartagena, en donde fue enterrado.

Francisco fue herido gravemente en Ovejas. Recibió un balazo en la parte superior de la columna vertebral y el proyectil permaneció allí 35 años, hasta que se lo extrajo el doctor Ulpiano Urrea. Tullido, murió en la miseria y abandonado.

Andrés, cayó prisionero en la Cuchilla del Tambo, el 29 de junio de 1816 y se salvó del cadalso pero tuvo que sufrir las mayores penalidades en el campamento español. Estuvo en el ejército patriota hasta el año de 1817, cuando regresaron derrotados a Marinilla. Murió anciano, ciego, en la miseria y olvidado de sus compatriotas.

El 9 de diciembre de 1879, el doctor Abraham Moreno escuchaba de sus labios su propia historia, y Andrés dejó escapar de su pecho un lúgubre silencio, dos lágrimas muy tristes rodaron de sus ojos y así se quejó:

¡Quién me hubiera dicho hace 55 años que ese hermoso sol que alumbró el campo inmortal de Ayacucho habría de eclipsarse para siempre a mis ojos; y quién le hubiera dicho a mi santa madre que un día su hijo no tendría ni un jergón para cubrir su cuerpo, ni un pedazo de pan para calmar su hambre!

Salvador participó en la lucha desde 1813 a la edad de 10 años. Fue coronel, brilló en las campañas de Antioquia, fue uno de los compañeros de Córdoba en la batalla de Chorros Blancos contra el Coronel Tolrá, y en el Bajo Magdalena. Estuvo en los sitios de Cartagena (1821) y Santa Marta (1823). Murió de avanzada edad.

Antonio María fue el héroe del combate de Tenerife, en donde obtuvo una distinción en pleno combate. Fue herido el 25 de julio de 1820 y a causa de éstas heridas, perdió sus manos.

Quedó inválido.

Juan Nepomuceno fue el héroe de Chorros Blancos, luchó en Pichincha el 7 de abril de 1822, en el Puente de Guaitara, en Yacuanquer y en Pasto. Murió anciano.

José María, el menor de todos los hermanos, no fue presentado a Córdoba por su madre por hallarse enfermo, pero más tarde partió a la guerra. Obtuvo el grado de Teniente. Estuvo en la Cuchilla del Tambo, en donde fue derrotado.

Se unió luego a las tropas del General Sucre, con quien participó en batallas.

La única hermana de estos héroes fue doña María Antonia, quien fue esposa del señor Benedicto Velásquez. Sus descendientes han honrado su abolengo.


BIOGRAFÍA


Simona Duque nació en la villa de Marinilla en el oriente antioqueño el 30 de marzo de 1773, en un hogar de costumbres patriarcales, formado por don Andrés Duque Giraldo, hacendado de la región, y doña Ana María Rincón Giraldo. Fue una matrona de costumbres tradicionales, como correspondía a su linaje familiar.

Se casó cuando tenía 14 años con José Antonio Alzate Cardona, y como antioqueña de pura cepa, tuvo ocho hijos, siete varones, trabajadores, de armas tomar y convencidos patriotas: Andrés, Francisco, Salvador, Antonio María, Manuel, José María, Juan Nepomuceno, y una mujer, María Antonia, que perpetuó las virtudes de su sangre y las tradiciones de su raza.

Su humilde vivienda, en Marinilla, sirvió de morada a importantes personajes y guerreros de paso y desde allí se repartía la correspondencia a los pueblos del oriente antioqueño. Marinilla era una población muy pequeña, en 1825 tenía 6.050 habitantes.

Relata don Abraham Moreno: veíamos cuando éramos niños a doña Simona cultivando con sus propias manos el huerto de su casa, situada en la salida de Marinilla para el Santuario. Vestía modestamente saya de fula azul, camisa blanca, y encima una camisa tetunjana, ceñida a la cintura, cando estaba en el trabajo.

El despertar de los sueños de libertad y pertenencia que se produjo con la lucha por la independencia, en las primeras décadas del siglo XIX, tocó las puertas de la casa de doña Simona.

La matrona antioqueña había quedado viuda en 1801, y por aquellos días su familia dependía por completo de ella y del trabajo de sus hijos mayores.

Esta mujer patriota, decidió entregar su más preciado tesoro, sus hijos Andrés, Francisco y Salvador, al coronel José María Gutiérrez de Caviedes en 1813, quien con un grupo de voluntarios, entre ellos el joven José María Córdoba, invadió la provincia de Popayán, pero los contratiempos deshicieron la expedición, y fue fusilado su jefe. Los Alzate Duque regresaron a Marinilla derrotados, pero no vencidos, era el año de 1817.

Allí se dieron a la tarea de entrenar a sus hermanos menores: Antonio María, Manuel, José María y Juan Nepomuceno, de modo que cuando el coronel Córdoba fue a liberar la provincia nativa, los hijos de doña Simona estaban listos para la lucha.

Relata el historiador Armando Gómez Latorre: Córdoba tenía su cuartel general en Rionegro.

Una mañana su edecán lo despertó anunciándole una inesperada visita: era la viuda doña Simona Duque de Alzate. Y este es el diálogo que inmortalizó su nombre: ¿En qué puedo servirle mi señora? dijo el jefe militar de Antioquia- Vengo, señor, a traer mis joyas para contribuir por mi parte a salvar la patria. Doy a usted las gracias en nombre de la República y acepto su generosa oferta, porque como sabrá usted, aún quedan enemigos en el territorio y es preciso exterminarlos. Con ese fin he traído, coronel, lo que tengo. ¿Y que será, señora, su ofrenda tan espontánea y tan oportuna? Son cinco de mis hijos, contestó la señora; y como a punto llamase a los que estaban allí cerca, se presentaron cinco jóvenes altos, bien constituidos, morenos y de arrogante figura.

El futuro vencedor en Chorros Blancos no cabía en su sorpresa, cuando ve a aquella anciana señora traer generosamente para la Patria su único tesoro que eran sus hijos.

Doña Simona grabó aquel día su nombre en las páginas sagradas del libro de la gloria.

Conmovido Córdoba, que no comprendía como a su edad podría una viuda desprenderse de sus únicos apoyos, le peguntó: Señora, ¿y que deja usted para atender a su subsistencia? Todavía sé y puedo trabajar, contestó llena de arrogancia doña Simona.

En la historia quedó grabada la ruta de los marinillos enrolados en el Regimiento de Granaderos. En pocos días, Córdoba, del Corral, Benedicto González, Braulio Henao, entre otros, con 500 soldados, salían de Rionegro en persecución de Tolrá, y se cubrían de laureles en Chorros Blancos, Majagual, Tenerife, Cartagena, y más allá, en Pichincha, Junín y Ayacucho.

El rasgo de patriotismo de doña Simona fue comunicado por Córdoba al Vice-presidente Santander y éste dictó un decreto del cual se destaca este aparte: …A la ciudadana Simona Duque se le suministrarán del Tesoro Público de la provincia de Antioquia diez y seis pesos íntegros al mes durante su vida. Publíquese en la Gaceta este extraordinario rasgo de amor a la Patria, para satisfacción de la que lo ha manifestado y para ejemplo de los demás individuos de la República. La heroína no aceptó la pensión por considerar que ésta hacia falta a la patria mientras no estuviese completamente libre, y así lo manifestó al general Santander.

No quiso aceptar esa recompensa mientras pudiera trabajar y valerse por sí misma, cultivaba el huerto de su casa. Más adelante, a instancias del presbítero Gabriel María Gómez, aceptó la pensión.

Doña Simona Murió en Marinilla el 17 de enero de 1858 a la edad de 85 años. En su lecho de muerte le preguntó su hijo Salvador que órdenes tenía que dejarle en caso de que muriese, y con voz moribunda, aunque clara, le dijo: Que mis hijos sirvan a la Patria cada vez que los necesite.´

 

sábado, 13 de agosto de 2016

BATALLA DEL PANTANO DE VARGAS


CORONEL: ¡SALVE USTED LA PATRIA!

Alfonso Plazas



Corría el año de 1819. Nueve años después del grito de independencia. Se desarrollaba con toda su fiereza la Campaña Libertadora de la Nueva Granada.

Las tropas de Simón Bolívar habían cruzado los Andes por el lugar más difícil, y por esa misma circunstancia habían sorprendido a los españoles. Mal cuidado el Trincherón de Paya, en lo alto del páramo, y pobremente guarnecidas las poblaciones de Gámeza y Tópaga para impedir el acceso al altiplano, permitieron sendos triunfos de los libertadores que luego de sufrir el envenenamiento de algunos de sus hombres en Sogamoso, lograron establecerse en la Hacienda de Bonza, jurisdicción de Duitama.

Contaban con puesto de mando organizado y corrales disponibles para remontar una caballería inexistente, pues que solo unas pocas mulas habían sobrevivido la travesía y los combates, estaban a pie. Los hermanos Niño, propietarios de muchas cabalgaduras, pues ese era su negocio, ofrecieron hasta doscientos potros cerreros por la causa libertadora, los cuales, aceptados por el libertador, no tardaron en llegar. Entonces el vecindario del mayorazgo de Surba y Bonza se convirtió en el escenario de un impresionante jaripeo, en el cual los soldados llaneros habilidosos jinetes domeñaban a sus cabalgaduras, bajo la vigilancia de su jefe el teniente coronel Ramón Nonato Pérez.

Algún soldado que no pudo con su montura, fue increpado por Pérez, bravo llanero Triniteño quien le pidió la bestia, para demostrarle cómo era que se le dominaba. Pero le fue mal, el caballo lo descargó contra unas piedras, dejándolo inconsciente. Nunca recuperó el conocimiento y habría de morir un par de meses después.

Le sucedía en el mando Juan José Rondón. Llanero venezolano dicen muchos. Granadino de Soatá, Boyacá, dicen otros. Un hombre de pocas palabras, inteligente pero tímido, los lanceros lo respetaban por su valentía y su habilidad con la lanza. Era capitán. Bolívar lo ascendió a Teniente Coronel ese mismo día, para reemplazar al desventurado Nonato Pérez, en el manejo de la caballería patriota.

Un par de días después, el 25 de julio de 1819, en plena batalla del Pantano de los Vargas, Bolívar no lo había empleado en el combate. No le inspiraba confianza y sus llaneros apenas manejaban sus nuevas cabalgaduras. De modo que cuando al finalizar la tarde se realizó el Consejo de Guerra, para determinar la conducta a seguir, después de horas de lucha, de centenares de muertos y heridos en los cerros de “la guerra” y “el cangrejo”, y frente a la aparición a lo lejos de la caballería real, lujosamente enjaezada, tropas frescas y bien armadas, Bolívar le expresó a su Estado Mayor:

“-Se nos vino la caballería y se perdió la batalla…”

 

No se imaginaban los generales patriotas que se venía el momento glorioso. El improvisado teniente coronel Juan José Rondón, se atrevió a hablar y les dijo con mucha modestia:

“-Mi general, ni yo ni mis hombres hemos combatido.”

 

El Libertador lo miró con sorpresa y algo de desprecio. Su frase hoy recitada con entusiasmo, en realidad era irónica. Salía de los labios de quien había luchado todo el día con sus más avezados batallones y no lo había logrado:

“- Coronel, salve usted la patria.”

Imagina uno el pensamiento del libertador en ese momento: (“Este llanerito que está pensando, si hemos luchado con nuestros mejores soldados, y hasta el comandante inglés se debate entre la vida y la muerte. Si hemos perdido centenares de soldados en tantas horas de terrible enfrentamiento... ahora va a creer que él va a salvar esta grave situación…pero dejémoslo a ver con que sale…)

Rondón no esperó una segunda orden, y empezó a llamar a los comandantes:

“Infante, Carvajal, Gutiérrez, los que sean valientes síganme…”

Solo algunos oficiales y suboficiales reaccionaron. En total 14, cuyos nombres los recoge la historia y aparecen esculpidos en bronce en el lugar de la batalla, obra del maestro Rodrigo Arenas Betancourt. No había tiempo de planear, la caballería española ya estaba encima; al galope tendido, montados a pelo y manejando los potros tan solo con sencillas riendas, este puñado de valientes partió en dos la formación de la caballería española, blandiendo las lanzas en golpes mortales que no daban lugar a reaccionar a los jinetes peninsulares.

Los 200 soldados llaneros, que no salían de su asombro, siguieron a casi cien metros de distancia a sus comandantes que se batían como fieras. De modo que un minuto más tarde cuando alcanzaron el lugar de la confrontación doblegaron a los españoles en forma contundente e incontrolable. El toque de retirada no se hizo esperar en las tropas de Barreiro. La lujosa caballería peninsular derrotada y diezmada abandonó el campo de combate, al galope.

Bolívar bautizó el 25 de julio con el nombre del “día de San Rondón”. Y cada año recordó esa fecha.