miércoles, 7 de diciembre de 2016

VEREDA EL CONTENTO EN PEREIRA


Alfredo Cardona Tobón
                                                             Bernardo Loiza
   
Ignoro si a los vecinos de “El Contento” se les llama  contentos , contenteños o contentunos  y si en verdad su comunidad  se ajusta al nombre de la vereda, lo que parece ser así  al ver el caserío con sus casas pintadas, una excelente escuela, bonita capilla, la Estación de Gasolina con restaurante y minimercado, colegio de bachillerato muy cerca, buen transporte y vía pavimentada.

El Contento está a diez kilómetros de Pereira sobre la carretera que lleva al municipio de Alcalá. El poblado compuesto por unas cuarenta casas, es una franja larga  entre la carretera  y la quebrada Piedras Negras con los cultivos de Buenos Aires por un lado y la hacienda Asturias por el otro.

El Contento nació al lado de las fincas cafeteras que  dieron trabajo a los vecinos, hoy es simplemente una aldea  dormitorio, pues el trabajo hay que buscarlo en Pereira, ya que la ganadería y los frutales utilizan muy poca mano de obra.

 Bernardo Loaiza llegó al lugar cuando apenas había cuatro casas y la fonda de” El Contento”  cuyo propietario era Foción Tamayo y estaba ubicada donde hoy está la “Tienda y Peluquería Ruby”. Era el año de 1948  y según testimonio de los viejos habitantes en esas casas vivían  Pio Pineda, Alberto Mendoza, Marcos Marín y  Francisca Valencia.

La fonda El Contento era un parador de arriería; allí llegaban las recuas provenientes de las veredas vecinas con el café con destino a la Estación la Selva, donde el tren recogía el grano con destino a las trilladoras de Pereira y Cartago.

 Francisca Valencia tenía un extenso lote que fraccionó y vendió para que allí levantaran sus casas la familia Gómez, Emilio Britto, la familia Espinosa, Jesús Pérez, Manuel Patiño y Alberto Quezada;

Bernardo Loaiza recuerda que su  padrastro Rómulo Vásquez  salió de Córdova, Quindío, y se instaló provisionalmente con su familia en  la casa contigua a la capilla,  que servía  de alojamiento  al sacerdote que regularmente prestaba la atención espiritual a los vecinos. Era la época de las grandes fincas cafeteras como “Asturias” de Diego Trujillo,  La Esmeralda” de Caridad Trujillo, “Buenos Aires” de Jorge Hernán Restrepo, “La Isla”, “ El Diamante” y “Santa Rita”.

Bernardo no asistió a la escuela, sus salones de clase fueron los surcos y los cartones los refrendó la Universidad de la Vida; cogió café desde pequeñito, aprendió a ordeñar y no hubo quien lo siguiera desmatoneando  los potreros.

En  los domingos y días de fiesta un vecino  apodado  “El Zarco” instalaba un altoparlante en el atrio de la capilla. El volumen era tanto que la música  se oía hasta el corregimiento de Cerritos. Para recoger dinero se  organizaban festivales gastronómicos. Todos a su medida colaboraban con las  obras de El Contento : Doña Teresa Restrepo cedió el lote  para la escuela, Doña Cruz Restrepo, propietaria de un tejar, donó materiales de construcción y se consiguió el apoyo de Oscar Vélez  Marulanda, llamado “El Plumón” por los pereiranos, para iluminar la vía central del caserío
                                                    Vista del Contento

  IMÁGENES DEL PASADO

En los álbumes fotográficos de  doña Noira de Loiza está el pasado de El Contento, es el registro de la historia de una comunidad que progresa pese a las limitaciones, en ese álbum se aprecia la primera capilla con la cruz que se incrustó en el atrio al caer aparatosamente en el terremoto de 1979 y  se ven las fotos de  los estragos causados por el represamiento de la  quebrada Piedras Negras en el  invierno de 1977 .

En el pasado de El Contento sobresalen algunos líderes cuyas huellas siguen frescas en la memoria colectiva como Oscar Fernández, primer presidente de la Junta de Acción Comunal; la educadora Adiela Santa, formadora de varias generaciones recientemente fallecida; el sacerdote Gabriel Arango, Eleuterio Tabima y Clemencia Giraldo, fundadora de una Cooperativa que por muchos años sirvió a los vecinos.

 

martes, 6 de diciembre de 2016

JOEL OVIDIO TREJOS BOTERO


Alfredo Cardona Tobón



Nació en Quinchía el 11 de agosto de 1922 en una familia de ancestros caucanos por el apellido paterno  y  raíces antioqueñas por el lado materno. Sus padres Joel Trejos y Efigenia Botero constituyeron  la primera pareja de la sociedad quinchieña en atreverse a contraer matrimonio civil en  franco desafío al sectarismo y dictadura clerical del párroco Juan Herrera, quien en represalia prohibió bajo anatema cualquier relación de los fieles con la pareja recién casada.

Joel, padre, construyó la primera vivienda con alcantarillado de tubos de barro en Quinchía, el primero en instalar una vitrola en la casa y el segundo en tener un radio en el pueblo; en ese hogar que acogió al gobernador Gutiérrez en su visita a Quinchía y al ingeniero Kilpatrick en sus investigaciones mineras, creció Joel Ovidio Trejos Botero. En medio de ideas modernas y liberales, forjó su carácter, que sirvió de faro en los duros momentos que vivió su gente.

Joel Ovidio cursó los estudios primarios en la escuela urbana y dos años de  bachillerato en el colegio San Agustín del padre Marco Antonio Tobón; ese fue todo su bagaje académico, lo que no fue impedimento para desempeñarse lujosamente en varios escenarios de la política, de la administración y de la empresa privada, pues era un autodidacta disciplinado  interesado en todos los aspectos culturales.

                           

En el año de 1942 el liberalismo quinchieño se dividió en dos grupos antagónicos: el uno denominado “La Rosca” y liderado por Melquisedec Gómez y por Mario Gartner; el otro conocido como “ Los Ruanetas”, orientado  por Lisandro y por Francisco Garcés. El primero era el de los “estudiados” del pueblo, el segundo  con militancia netamente popular.

Fue entonces cuando Joel Ovidio, con apenas  veintiun años de edad,  se apartó de las dos corrientes para conformar un  Comité Juvenil  que le consiguió votos para llegar al Concejo Municipal, a la Secretaría de la Directiva Liberal y a la tesorería de esa entidad partidista.

En   el año  de 1946 la división del liberalismo llevó al conservatismo al poder y en el  occidente caldense se desató una dantesca violencia política  que envolvió a Quinchía en 1948

Por ese entonces Joel Ovidio regentaba una farmacia en Quinchía. El domingo  28 de marzo de ese año el dirigente conservador Gilberto Alzate Avendaño se reunió con  sus simpatizantes en la casa de Ramón Gómez y en medio de vivas y abajos se caldeó la situación en el pueblo; en esa circunstancias el alcalde el alcalde solicitó  refuerzos policiales a las poblaciones vecinas y al llegar la noche entró un bus escalera lleno de uniformados y civiles disparando a diestra y siniestra.

Al filo de la media noche Quinchía velaba cinco cadáveres; los  antisociales cortaron las líneas telefónicas y ante la eminencia de otra matanza, Joel Ovidio Trejos acompañado de Sigifredo Trejos Botero y de Eduardo Cataño Trejos salieron de la localidad y por trochas y cañadas  llegaron a Riosucio donde tomaron un vehículo  hacia Manizales para exponer en la capital caldense la gravedad de los hechos. El gobernador Castor Jaramillo Arrubla no los atendió pero sí el  coronel Gustavo Sierra Ochoa, comandante del Batallón Ayacucho, que de inmediato  envió treinta soldados a proteger a los quinchieños de los “pájaros”  y los bandidos que los amenazaban.

Al año de esta primera  incursión asesina, Joel invitó al Directorio Nacional del liberalismo  a rendir homenaje a las víctimas. La plana mayor del liberalismo viajó hasta Quinchía, el doctor Alberto Mendoza Hoyos, director departamental del partido, inició las ceremonia con un vibrante discurso y cerró  el acto  el doctor Carlos Lleras Restrepo. Fue  un acto multitudinario, toda la ciudadanía se volcó a recibir los dirigentes y la plaza central  y a las calles aledañas se cubrieron con banderas rojas.

LA CONVENCIÓN  LIBERAL DE 1949

A mediados de 1949 se reunió en Manizales una Convención liberal para conformar las  listas a los cuerpos colegiados. Hasta entonces los quinchieños, pese a su caudal electoral, habían respaldado los candidatos riosuceños. Esta vez, sin embargo,  Emilio Chica con Joel Trejos, Luis Ángel Cardona y varios dirigentes campesinos llegaron  pisando fuerte: se hospedaron en el mejor hotel, en vez del hotelito que les tenían reservado en las galerías y ofreciendo Whisky y trago fino oyeron propuestas.

Esta vez Carlos Henao obtuvo un reglón principal, que declinó a favor de Joel Trejos y este a nombre de Emilio Chica, quien en los comicios fue elegido por abrumadora votación.

 A fines de 1949 las poblaciones liberales de  Arauca, Supía, Marmato y Santuario quedaron  bajo la férula de los antisociales conservadores; solo faltaba Quinchía en el Occidente caldense y desgraciadamente  también le llegó su turno: bandidos de Anserma, Guática, Risaralda y Belalcázar atacaron el pueblo el primer domingo de noviembre y centenares de familias tuvieron que abandonar casas, fincas y negocios  para salvar sus vidas.

 El 12 de octubre Joel Ovidio dejó su familia en Riosucio y salió exilado  hacia Manizales donde Otto Morales Benítez lo ubicó en un modesto puesto en la Contraloría departamental; a los tres años de estar en la capital caldense lo nombraron administrador de la empresa “ IDERNA”  y estando allí los miembros del directorio liberal de Caldas lo eligieron su secretario, puesto que desempeñó desde 1959 y 1962,  pasando  a ser miembro del Directorio departamental  entre 1959 y  1962.

LA CARRERA POLÍTICA

Joel Trejos militó en las filas oficialistas del partido liberal al lado de don Alejandro Uribe, de Ramón Vargas,  Carlos Styles y Camilo Mejía Duque. Por su carisma y capacidad  en  1965 fue presidente de la Asamblea de Caldas y en los años siguientes  se desempeñó como primer suplente a la Cámara de Representantes.

En 1963 siendo presidente Lleras Restrepo, Joel viajó a Bogotá a informar al primer mandatario sobre la delicada situación de orden público en el Occidente caldense y sobre las gestiones de entrega del llamado “Sargento García”, tenebroso delincuente que azotaba los campos de Quinchía.

A Joel le tocaron los años más siniestros de la violencia partidista; en ese entonces  las autoridades de Caldas capturaron numerosos campesinos quinchieños por la simple sospecha de pertenecer a las bandas del “Capitán Venganza”. Nadie defendió a esa gente humilde, casi siempre inocente y víctima de las circunstancias.  Joel Ovidio Trejos y Carlos Henao se convirtieron en los ángeles guardianes que acudían al despacho del Auditor de Guerra para abogar por ellos, lograr su libertad y conseguir recursos para que regresaran a sus parcelas.

En la segregación caldense Joel apoyó a Manizales en su lucha por la unidad caldense y pagó por ser uno de los paladines de la  integración departamental, por ello al  separarse Risaralda,  las directivas pereiranas lo hicieron a un lado marginándole  de la actividad política.

Joel Trejos buscó en todas las formas la paz, no solo en Quinchía sino en todo el sufrido occidente del Viejo Caldas, como mensajero de la concordia, en los programas de rehabilitación y en la ayuda a las víctimas. Batalló sin descanso por la educación en Quinchía. Desde la Asamblea apoyó la labor de los misioneros españoles  consiguiendo auxilios para el colegio San Andrés y demás instituciones  académicas del pueblo

. En el campo empresarial, Joel  figuró como miembro de las Juntas Directivas de importantes  entidades oficiales y particulares, ocupó la presidencia de la Junta Directiva de los Panificadores de Colombia y desde esa posición  impulsó el estudio y el aprovechamiento del Sagú a fin de establecer su cultivo en las zonas deprimidas de Caldas.

Con  recursos obtenidos por Joel Trejos se adelantó la carretera Quinchía- Irra y en este puerto sobre el río Cauca Joel proyectó la construcción de un plan de vivienda al estilo de Guatavita, que se frustró con la segregación caldense.

Celoso de su libertad luchó contra la tiranía de Laureano Gómez y de Rojas Pinilla; fue alcalde cívico en la Segunda Feria del Carbón de Quinchía, obtuvo numerosas becas para sus paisanos en las universidades oficiales, sin desmayo estuvo al frente de las causas nobles de la provincia y ya ancianito y muy enfermo, rodeado por los suyos,  entregó su alma al Creador el  30 de mayo de 2015 en la ciudad de Manizales. Por su trayectoria, por sus realizaciones, por su amor al terruño, Joel Ovidio Trejos Botero es uno de los personajes cimeros en la historia de Quinchía.

 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

VEREDA LA ESTRELLA- PEREIRA


Alfredo Cardona Tobón




La Estrella es un caserío adosado a una fonda y a una inspección de policía. Cuando se llega al sitio, el visitante solo ve una decena de casas, pero al internarse por una callecita estrecha o por los vericuetos que comunican las viviendas, se encuentra con una aldea dinámica de  42 casas colgadas de una loma como si fuera  un pesebre.

 

Uno de los primeros habitantes  de La Estrella fue Reiner Antonio Moreno,  un riosuceño que en  el año de  1960 llegó a  esta zona a coger café. Trabajó primero en la hacienda “Gavilanes” y  después en “La Isla”, cuando  Alberto Ocampo era su propietario.  Como era malito para coger café, el patrón lo nombró jefe de cuadrilla con la misión de señalar los surcos, ver que  la gente recogiera el  café maduro y el grano que se caía de los canastos y de los palos

En esas estaba  Reiner Antonio cuando conoció a  Marlene, la hija menor de Luis Orrego, un campesino trabajador  que tenía su vivienda cerca de la Fonda La Estrella, en el punto denominado “El Realejo”. Como Reiner era de buenas costumbres, trabajador  y honrado  no hubo impedimento para que aspirara a la mano y todo el resto de la agraciada muchacha, con quien contrajo nupcias por la iglesia católica con la complacencia de parientes y amigos..

Mientras Reiner Antonio laboraba juicioso en las fincas cercanas, Marlene lavaba ropa y cogía café en las cosecha. Hacían un buen equipo, tan bueno que reunieron prontamente unos ahorros y con ellos  compraron un lote  cerca de la casa de su suegro Luis Orrego y construyeron allí su vivienda.

Reiner Antonio Moreno  es la Biblia de La Estrella, se las conoce todas, sabe el nombre de  los vecinos y  cuando llegaron al caserío; tiene en su memoria la historia del pueblito, al igual que  las cuitas y afanes de la comunidad. Es un hombre  franco y bueno, conocido por la gente de la Estrella como uno de sus más distinguidos patriarcas.

                       

LAS MEMORIAS DE REINER ANTONIO MORENO


Con la colaboración de la secretaria de la corregiduría nos acercamos  a Reiner Antonio, uno de esos graduados en la Universidad de la vida, sin cartones ni estudios académicos pero con la cultura y el conocimiento que da la experiencia, el trabajo y una larga existencia.

La casa de Reiner Antonio es amplia y hermosa, con vista  de  gran parte de este caserío que  desde el balcón parece  un reguero de construcciones tiradas al azar sobre la ladera.

Con memoria prodigiosa Reiner  nos cuenta el  pasado de La Estrella,  una historia sin grandes hazañas ni hechos portentosos, simplemente el devenir llano de  un  pueblo simple cuya gente  buscó un terrón de suelo para instalar su familia.

Deleitándonos con un café hecho en aguapanela, con la compañía grata de Edith Angélica y  de Oscar Jaramillo oímos el siguiente relato resumido de un riosuceño que encontró en La Estrella su segunda  patria chica:

En el año de  1960 en el sitio llamado  “El Realejo”, en la carretera que comunica a Pereira con Alcalá,  se ubicaba  una inspección de policía  sobre un lote que aprovechaban los uniformados para levantar semilleros de café. A un lado estaba una fonda , al  frente la finca “La Estrella” y por los demás costados se extendía la  hacienda “Asturias”.

 Las fondas siempre fueron el embrión de las fundaciones y  también lo fue la Fonda de La Estrella  en cuya vecindad empezaron  a aposentarse algunos trabajadores de las fincas vecinas. Luis Orrego, Nelson Idárraga, Pedro Isaza, Alberto Isaza  construyeron las primeras viviendas  cerca de la fonda y atrás de la inspección de policía .Los alrededores estaban llenos de cultivos de café y caña panelera y haciendas como “El Rubí”, “El Diamante” y “Asturias” ocupaban centenares de trabajadores que  vivían en ranchos aferrados al borde de los caminos cercanos.

                               

Fue entonces cuando “El Plumón”, Oscar Vélez Marulanda, logró que el municipio fraccionara la parcela del “Realengo” para que algunos campesinos sin tierra   construyeran allí sus viviendas mediante un proyecto desarrollado por  autoconstrucción en forma tal que los vecinos aportaban la mano de obra y el municipio y” El Plumón”  facilitaban  los materiales

 Al frente de la comunidad estaban  Alberto Quesada, Adalcio  Dávila,  Argemiro Valencia y Duván Idárraga, con esos líderes empezó una labor titánica en un lote empinado, de poco terreno, agua de aljibe y muchos interesados. La topografía no permitió abrir calles ni hacer trazados de parques, la gente se acomodó como pudo y el caserío se  fue llenando de  escalas y pasadizos con una sola  vía estrecha  que  reptaba por la mitad del pequeño poblado.

 

                            Trabajando muchas veces hasta medianoche tomaron forma las viviendas, se pavimentaron  los senderos, se abrieron brechas para el acueducto y el alcantarillado y siempre con el apoyo de “El Plumón” los vecinos  levantaron los postes de energía eléctrica y tuvieron luz en los senderos y en las casas..

Actualmente “La Estrella”  alberga la corregiduría de  La Estrella- La Palmilla, cuenta con una fonda, dos  discotecas, el acueducto  Cestillal- El Diamante, colegios y escuelas y buen transporte hacia Pereira.

Al contrario de otras zonas deprimidas  de Pereira, En La Estrella, pese a su pobreza,  se ve una comunidad con deseos de progreso, activa, que no se deja apabullar por nada. Al perderse las fuentes de trabajo que  ofreció en otros tiempos la caficultura, “La Estrella” se convirtió en otro caserío dormitorio, pues la ganadería y los cultivos de frutales necesitan muy poca mano de obra.  No hay industrias y el turismo es insignificante, por ello los vecinos tienen que desplazarse a la ciudad a buscar trabajo.

 “La Estrella” es una conjunción de lo urbano con lo rural, con una cultura que cada vez se aleja más de las fuentes campesinas que fijaron sus raíces pero recuerda agradecida a sus líderes entre los cuales se han destacado  Adalcio Dávila, Reiner Antonio Moreno, Duván Idárraga y Alberto Quesada.

La Estrella  es una comunidad de paz sin recuerdos ingratos, salvo la calamidad del  chicunguña que afectó recientemente a casi todos los pobladores;  hace muy poco tiempo el  chicuncuña  postró en la cama a casi todo el caserío; Reiner Antonio Moreno recuerda, que como en un sanatorio,  solo se veían enfermos  apoyados en bastones por  las tortuosas escaleras de la vecindad.

 

 

sábado, 26 de noviembre de 2016

UN VIAJE ACCIDENTADO


CUENTO DE NAVIDAD

Alfredo Cardona Tobón*

 


Había una vez una rubia, zarca y voluminosa dama a quien Dios le asignó el papel de tía, encimándole bondad y  la capacidad de contar historias donde era imposible separar la realidad de la ficción.

Ella decía haber visto volar las   brujas desde las rocas de  Palocabildo hasta el poblado de Bolombolo,   en Cañafístula conoció al Judío Errante, en Amalfi  la asustó la Patasola y en  el cañón del Cauca observó cómo el  tenebroso  “Calzones” se convertía en un perro de monte para escapar de los policía.

Doña Inés hablaba del desmantelamiento del caserío de La Libertad, de los emberas empujados en camiones para botarlos en cualquier camino desierto de la costa del Atlántica, del  primer almacén LEY en San José de Risaralda,  de un curita liberal de Pueblo Rico que rechazó el obispado de Manizales y de otro levita en San Antonio que puso a llorar la imagen de la Virgen con la pócima de un brujo riosuceño.

Entre tantas narraciones fabulosas estaba la del fallido viaje  de la lancha “ La Aurora”  en la Navidad de  1944:

El suceso   publicado por un diario de Cali empieza el   veinticuatro de diciembre   en las orillas del mar Pacífico, sin una nube en el cielo y el  horizonte lleno de gaviotas y pelícanos.  El destino era la playa de Ladrilleros donde se celebraría el nacimiento del Niño Jesús.

Según datos de la  Capitanía de  Buenaventura,  zarparon del puerto el capitán, un ayudante y diez pasajeros entre quienes iba doña Inés, su hermano, la cuñada, un sobrino de cinco años y una bebita de brazos

Las olas estaban tranquilas, una suave brisa jugaba con la bandera de la embarcación, el capitán negro agitaba su gorra blanca despidiéndose de alguien en el muelle y la felicidad embargaba a los pasajeros que por primera vez se internaban en la inmensidad del océano.

Todos recordaban esos detalles al igual que la navegación tranquila por la bahía, excepto doña  Inés, que además  habló del ataque de  los tiburones,  el encuentro con una ballena y de los remolinos que casi hicieron naufragar el barco.

Según informó  el ayudante del capitán  el  viaje transcurrió de maravilla hasta la mitad del recorrido; entonces sucedió lo peor: el motor dejó de funcionar y el” Aurora” quedó al garete en medio del océano. . ¡Terrible¡- ¡Terrible¡- dijo un paisa pecoso que iba en el paseo,  fue un momento muy trágico- agrega-.  Mientras el  capitán intentaba arreglar el daño las mujeres empezaron a llorar, los hombres se pusieron pálidos del miedo y doña Inés  sacó un rosario de un bolso y empezó a desgranar  avemarías, letanías, padrenuestros y la oración del Santo Exehomo para asistir a los moribundos.

El  paisa pecoso  continuó informando al periodista que escribió el artículo: Las horas pasaron, llegó el mediodía y la tarde,   el motor no arrancaba ni se veía otro barco en el curvado horizonte; el desespero fue creciendo, las sombras también y el mareo y la sed eran agobiantes.

Por fin, al caer la noche “Papá Dios”   oyó el clamor de doña Inés y demás pasajeros de “La Aurora”  y en medio de risas y de vivas al capitán, el motor  empezó a gorgotear  y en gloriosa explosión  dio rienda suelta a su potencia; infortunadamente la alegría duró poco, porque estaban perdidos en medio del inmenso  mar, en manos de una tripulación inexperta  que nada sabía de estrellas ni  de brújulas.

Doña Inés volvió a sacar el rosario y se reforzaron los rezos. De  pronto, en la lejanía, vieron titilar una luz   y hacia ese faro de  esperanza y salvación el capitán enrumbó la lancha.

El   resplandor fue creciendo  a medida que  se internaban en un laberinto de  manglares; tras un  rodeo llegaron a una playa con una gran hoguera que iluminaba una decena de ranchos.  Como era Navidad, la fiesta retumbaba con el   sonido de tambores y  marimbas, las velas alumbraban los frentes de las chozas de los pescadores  y las llamas perfilaban las siluetas de los bailarines cuyas sombras se proyectaban en los troncos de las palmeras.

Los recién llegados salieron de la oscuridad como si  fueran fantasmas. El asombro  petrificó a los pescadores: por un instante pararon los tambores y las marimbas mientras  doña  Inés avanzaba de rodillas hasta un tosco pesebre con los reyes magos hechos con cocos,  San  José y la Virgen recortados en cartulina y un Niño Dios desteñido. La matrona zarca, rubia y voluminosa iba  bañada en lágrimas agradeciendo el  milagro  de haber llegado a salvo a ese lugar desconocido.

No fue fácil conciliar las varias versiones del accidentado viaje: el  capitán no recordaba la fila de cocodrilos que, según doña Inés,  tuvieron que enfrentar para llegar a la playa y  nadie se acordó del recibimiento  apoteósico de los pescadores; sin embargo nadie olvida el sueño plácido  al lado del pesebre sin  que importara el viento ni el ruido de la parranda y  los  paqueticos de galletas que el Niño  Dios les llevó de aguinaldo,  sin que fuera obstáculo el mar ni la lejanía de ese rancherío perdido.

Ya ancianita, perdida en el tempo y el espacio, doña Inés contaba la historia de los duendes de Titiribí y de las guacas de Santuario, convencida que el enfermero moreno que la atendía era el capitán de ” La Aurora”, enamorado de su porte  gentil y de  sus ojos garzos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

LAS DOS ÚBEDA EN LA HISTORIA DE ANSERMAVIEJO


Alfredo Cardona Tobón



Un  día del año  1570  pisó tierra ansermeña un rústico vecino  con  oro y la ambición de un título. Para ello acudió a Andrés Valdivia, un leguleyo experto en tramoyas que lo envolvió en sus redes. Andrés Valdivia viajó a España por cuenta del incauto cliente y tras un año de intrigas en la Corte madrileña y en las dependencias  del Consejo de  Indias de Sevilla, regresó a Anserma con  el nombramiento de gobernador, no para su representado, sino  a nombre suyo, a nombre de Andrés Valdivia, traicionando a quien había puesto en él  su buena fe.

En 1572 el Consejo de Indias entregó a Valdivia una gobernación entre los ríos Cauca y Magdalena, sin fundaciones, con indios levantiscos y sin linderos definidos. Para ocupar tal gobernación Andrés  Valdivia  se las ingenió para interesar a 46 compatriotas que con veinte esclavos africanos y 500 indios cruzaron el río Cauca, tumbaron selva en la margen oriental y levantaron un rancherío  que llamaron Úbeda en memoria de la ciudad natal del conquistador de Anserma Jorge Robledo.

LA ÚBEDA ESPAÑOLA

Hay dos  Úbeda en nuestra historia: la  española y la ansermeña. Por ello al referirnos a la Úbeda  ansermeña por fuerza tenemos que hablar de la española.

En la actualidad Úbeda (en España) es un municipio de 402 kilómetros cuadrados con 36.025 habitantes que sobresale en  la Comunidad Autónoma de Andalucía por ser Patrimonio Cultural de la Humanidad, debido a la calidad y buena conservación de sus numerosos edificios renacentistas. Úbeda es un centro comercial con numerosa población flotante, cuenta con varias universidades y es notable por sus olivares y la producción de aceite de Oliva.

En cuanto a  su fundación existen varias versiones: El Génesis de la Biblia registra  a Tubal Caín, hijo de Lamech y de Zillah,  a quien la leyenda lo identifica  como padre de los forjadores del bronce y del hierro y fundador  de Úbeda; si nos atenemos a la arqueología los primeros asentamientos  se remontan a la edad de cobre  hace más de seis mil años, lo que hace a esta población española como la más antigua de la Europa Occidental.

Los vándalos destruyeron la ciudad  y   los cartagineses y los romanos la dominaron durante largo tiempo.  En el año 781  d. C, con el nombre de Secura, la antigua Úbeda  quedó bajo el imperio de los árabes  que la fortificaron  y  defendieron contra los ataques cristianos.

En 1212 Úbeda era una ciudad cosmopolita de población mayoritariamente musulmana, con importantes minorías judías y cátaras  procedentes de Languedoc en el mediodía francés.

Los cátaros  o albigenses afirmaban una dualidad creadora entre Dios y Satanás, predicaban la salvación del alma mediante el ascetismo y pregonaban el estricto rechazo al mundo material, percibido por ellos como obra demoníaca.

La herejía de los cátaros chocó contra la iglesia y en 1208 el Papa Inocencio III enfiló baterías y organizó una cruzada para reducirlos y destruirlos “por todos los medios que Dios inspirara”.

Para redimir a los cátaros de sus pecados se acudió al asesinato y a la violación y después de la batalla de Úbeda, acontecida en el año 1212, la población  quedó en manos de los  Caballeros Templarios que acogieron la ciudad como parte de su vasallaje hasta que en 1312 perdieron la influencia en España y Úbeda quedó bajo el control castellano.

En 1500  la población de Úbeda,  con influencia musulmana, estaba en su máximo esplendor; en ese año nació Jorge Robledo en esa localidad andaluza en el seno de una familia noble pero pobre, por lo cual  solamente tenía como horizonte servir en la milicia bajo las banderas de la monarquía.

Seis años atrás los reyes católicos habían estado en Úbeda; a Jorge Robledo le contaron  que la reina Isabel había pernoctado en el convento de Santa Clara, le describieron los estandartes y las tropas reales y soñó con la gloria, con campos lejanos, con fama y fortuna.

Robledo se preparó para el combate en las guerras de Italia  sirvió como capitán y como soldado se alistó en las campañas de la conquista de México y Guatemala y posteriormente bajo las órdenes de  Belalcázar que lo distinguió como uno de sus lugartenientes.

EL FINAL DE LA ÚBEDA ANSERMEÑA

La Úbeda ansermeña, bautizada así en honor  a Robledo, a orillas del río Cauca, fue un mero espejismo, una pesadilla en medio de un territorio malsano y enemigo.  Por allí ya  no quedaba oro que robar ni tributos para cobrar. Así, en medio del calor y de los zancudos, el carácter de Andrés Valdivia se agrió  cada vez más hasta convertirlo en un dictadorzuelo odiado por todos los que lo rodeaban.

Por lo anterior, el 16 de octubre  de 1576 en plena temporada de lluvias, los  ruidos de los grillos velaban el sueño  de los vecinos de Úbeda, de pronto una algarabía se confundió con el  aullido de los perros de monte y una turba coaligada de esclavos negros y  de nativos irrumpió en el poblado. Ardieron los ranchos, las pavesas  encendidas se perdieron entre el follaje de la selva, la sangre española empapó los senderos enlodados y la Úbeda americana desapareció para siempre.

domingo, 20 de noviembre de 2016

TRISTE FINAL DE LA BIBLIOTECA DE UMBERTO SENEGAL




El escritor calarqueño Humberto Senegal figuraba en su comienzo literario, en los años 70, cuando lo conocí, como Humberto Jaramillo Restrepo, su nombre de pila.

Por: Gustavo Páez Escobar
Gustavo Páez Escobar
                                                    Umberto  Senegal

 

Desde 1974 eliminó la h, y pasó a ser Umberto Senegal. Extraño cambio, ya que la nueva grafía estaría bien para Italia, pero no para Colombia. No obstante, supuse que con dicho acto le rendía un homenaje a Umberto Eco.

Pero la historia es otra, y voy a contarla. La he sabido por él mismo, a raíz de un artículo que escribí hace poco sobre el escritor italiano con motivo de su muerte. “Se trata de una historia ácida, un poco amarga”, me dice.

Mi amigo quindiano es hijo de Humberto Jaramillo Ángel, ilustre escritor de la región. Lustros después, decidió suprimir los apellidos y utilizar el seudónimo de Senegal. Pasaba, pues, a llamarse Humberto Senegal (con h). Y luego, Umberto Senegal (sin h). Con este seudónimo ha publicado cerca de 20 libros. Me imagino que realizó esta metamorfosis para adquirir su propia identidad como escritor, ya que la semejanza de su nombre con el de su padre se prestaba para confusión.

En 1996, Senegal se separó de su primera esposa, Gloria Inés, quien, al quedar inconforme con esa decisión, amenazó con quemar la biblioteca y ocasionarle otros daños si no regresaba al hogar. Su biblioteca estaba integrada a la de su padre, en Calarcá, y este había fallecido en 1996. Eran cerca de 20.000 volúmenes.

Pasaron dos años sin que Gloria Inés cumpliera su amenaza, y Senegal supuso que el caso se quedaba así. No pasó a recoger ese material literario, creyendo que ella lo iba a respetar. Por otra parte, ella se mantenía en la tónica de no devolverlo. De pronto, el escritor se enteró de que Gloria Inés había quemado gran parte de su obra inédita (crónicas, poesía, haiku, ensayos, una monografía sobre el cacique Calarcá, correspondencia y otras cosas). De este modo, desaparecía buena parte de su obra de juventud.

La biblioteca se desmembró cuando la exesposa comenzó a vender y regalar los libros de ambos escritores. Desde antes, Mercedes, la mujer que vivía con Jaramillo Ángel, trasladaba a su casa en Armenia libros con dedicatoria que consideraba importantes, con la intención de sacar de ellos algún provecho económico. Aliadas las dos mujeres en el mismo propósito devastador, al paso de los días la famosa biblioteca Skyros (bautizada así por el escritor fallecido) quedó reducida a la nada.

“Fue una masacre bibliográfica”, dice Senegal. Desaparecieron valiosas ediciones acumuladas a lo largo de muchos años, y de aquel tesoro solo se salvó el recuerdo. No creo que fueran muchos los libros que ellas lograron vender –a precio mínimo, claro está–, y es fácil pensar que la gran mayoría de los 20.000 volúmenes fueron regalados, quemados o tirados a la basura.

Cuesta trabajo admitir que las mujeres de estos connotados escritores pudieran cometer una acción tan vil, tan soterrada y tan demencial. ¿Por qué lo hicieron? La de Senegal, ya lo sabemos, por un acto de venganza. La de Jaramillo Ángel, que en los últimos años estuvo muy cerca de él en su actividad cultural, tal vez porque los libros se le habían convertido en una carga y no sabía qué hacer con ellos para disponer del espacio.

Salta otra pregunta: ¿Y por qué no donaron la valiosa colección bibliográfica a una universidad, una biblioteca pública u otro centro de cultura, donde prestaría gran provecho para la comunidad? He aquí un ejemplo demoledor del triste final que pueden tener los libros de los escritores.

Habla Umberto Senegal: “Ante el insensato y reprochable acto, mi simbólica decisión fue borrar la h de mi nombre. Borrar, con tal letra inicial, ese oscuro e ingrato pasado. Iniciar un nuevo ciclo literario con el nombre de Umberto. La h se lleva todo lo ingrato. Al fin y al cabo no tenía sonido. Es decir, no quería que la quema de mis libros tuviera repercusiones sentimentales o de cualquier índole en mi vida. Cuantos libros nacieron luego de aquella quema, vienen sin la h. Una nueva época de mi vida, sin resentimientos, con aquello convertido en anécdota cruel. Este Umberto fue el que renació de mis libros perdidos”.

La máquina del escritor

En 1980, a Humberto Jaramillo Ángel le robaron en Calarcá, de la misma casa biblioteca Skyros que rescata esta crónica, su vieja máquina de escribir. Esta, al igual que los libros extinguidos, no tenía precio material, pero sí inmenso valor sentimental en el alma del propietario. ¿Quién iba a dar algo por una máquina vieja?

Yo, que conocí de cerca la honda pena que Jaramillo Ángel sufría por este hecho también demencial, escribí la nota titulada La máquina del escritor (El Espectador, 19-V-1980). En ella había escrito la mayoría de sus libros, lo mismo que los frecuentes artículos de La Patria que hizo famosos con el seudónimo de Juan Ramón Segovia.

Era de las personas más eruditas en el país sobre la obra de los clásicos españoles, y sobre ellos dejó sesudos ensayos en libros, revistas y periódicos. De tanto conocerlos, se mantenía en diálogo constante con Azorín, Unamuno, Baroja, Juan Ramón, Cervantes… Este material, que dejó como legado espiritual para su hijo y su tierra, y que era el testimonio de toda una vida dedicada al estudio y la creación, quedó destruido en manos de las dos mujeres pirómanas.

Sobre la máquina hurtada, yo decía en aquella nota de hace 36 años:

“Era, más que una máquina, un heraldo. Tal era el temperamento de esta noble herramienta de trabajo que desapareció, en la noche oscura, sin dejar rastro, y no por infidelidad, sino por ajena bribonada. No era una máquina cualquiera. Era el brazo derecho de Humberto Jaramillo Ángel, el escritor y el poeta.

“Para qué decir que era también su diosa protectora. La consentía como a la niña de sus ojos. La máquina del escritor ha muerto. Murió en manos sacrílegas. La máquina del escritor –de Humberto o de cualquier artista– va pegada a su propio estilo. Se anida en su alma, y con esto se dice todo. Cuando se cambia de máquina es como si se cambiara de piel. Me contó la noticia con pena. Seguirá escribiendo, sin duda. Y sabrá que algo ha muerto en él”.

Por fortuna, a Jaramillo Ángel no le tocó sufrir la pena y el desconcierto que afligieron a su hijo Senegal y lo llevaron a suprimir la h que lo ligaba al pasado, para resurgir a la vida literaria mediante un acto que él llama de “psicomagia”. ¿Qué sentiría hoy Jaramillo Ángel si supiera que su biblioteca fue reducida a cenizas?

escritor@gustavopaezescobar.com
 

viernes, 18 de noviembre de 2016

LA VEREDA EL AGUACATE EN PEREIRA




Alfredo Cardona Tobón




Es una vereda con un centro poblado de 24 casas donde a falta de una capilla los vecinos cuentan con una  discoteca. El  caserío de  “ El Aguacate” está a la vera de la carretera que comunica a Pereira con Alcalá, en un  callejón  que se descuelga desde un alto hasta  la portada de una hacienda..

La principal edificación  de “El Aguacate” es la discoteca  “Fuente Azul” de Mario Pescador, un riosuceño afincado en la zona desde mediados del siglo pasado, quien con esfuerzo y sacrificios  levantó ese negocio  que se extiende a una tienda y a su casa de habitación, ocupando la  quinta parte del caserío.

                                

El Aguacate es  un conjunto  de casas de una y dos plantas pintadas de diferentes colores,  unas humildes y otras que no deslucirían en un barrio exclusivo de Pereira. Las edificaciones se levantan a un lado del callejón, limitado al frente por los potreros de la hacienda “Los Arreboles” dedicada al engorde de ganado.

Como otros núcleos poblacionales del corregimiento Estrella- La Palmilla,  la pequeña localidad de El Aguacate es un dormitorio de personas que antes trabajaron en  las fincas de la región y hoy, con sus hijos y sus nietos,  laboran en Pereira.

La historia de “El Aguacate”  es reciente  y  está estrechamente ligada a la  familia Quesada Toro.

 Cuenta Jaime Quesada  que en el año de  1958  llegó su padre Alberto a trabajar en la carretera; dice que por ese entonces vivía en ese punto  Agripina Toro , considerada por todos como la pionera del caserío. Doña Agripina se alegró mucho  con la llegada de su yerno Alberto, su hija Lucila y los tres nietos, a quienes generosamente cedió una parte de su extenso  lote para que  construyeran allí su vivienda.

          

Esa fue la segunda casa levantada en  “El Aguacate”, ese fue el  embrión del caserío que se consolidó como tal  cuando en los años sesenta del siglo pasado el administrador de la finca “La Selva”, Eduardo Rivillas, compró un lote que colindaba con doña Agripina, lo fraccionó y lo vendió a trabajadores de las fincas vecinas

Entre los primeros  pobladores, además de los Quesada, se recuerda  a Francisco Valencia, a Luis Alzate, a Pio Pineda y León Cardona. Entre todos los vecinos  fue  notable  la presencia de Alberto Quesada  en los destinos de “El Aguacate”:   María Consuelo Quesada Toro habla de su padre Alberto  con orgullo y no es para menos pues en las veredas aledañas  se le recuerda con gratitud y cariño, ya que ese  líder con el apoyo de  Oscar Vélez Marulanda llevó el alumbrado público al corregimiento, consiguió auxilios para viviendas, la instalación de los teléfonos y fue uno de los promotores del acueducto Cestillal- El Diamante.


LOS RECUERDOS DE LOS QUESADA

Jaime Quesada Toro llegó a El Aguacate cuando tenía apenas cinco años de edad; de esos lejanos tiempos recuerda la hacienda “La Isla” de Andrés Mejía con sus extensos cultivos de café y caña y la enorme finca “La Selva” de café, caña y ganado de leche perteneciente a Omar Trujillo.

En la mente de Jaime quedaron grabados indeleblemente los yipes que levantaban  nubes de polvo en la carretera destapada y  una chiva que realizaba dos viajes al día a las galerías de Pereira.

La familia Restrepo, propietaria de la hacienda “Buenos Aires” cedió el lote para la escuela  y en ella estudió Jaime con una maestra de nombre Elvira, no recuerda el apellido, pero era muy querida por todos. Un día enseñaba a los muchachitos y otro día enseñaba a las niñas en una sola aula, en una casita de guadua con corredores y chambranas de chonto.

Después de terminar la educación primaria Jaime Quesada salió a trabajar y a recorrer mundo; aprendió a manejar maquinaria agrícola y  llegó hasta las bananeras de Urabá donde luego de muchos años de ausencia, la violencia desatada en esa zona antioqueña lo hizo regresar  al grato alar de” El Aguacate”.-

Para María consuelo Quesada Toro son indelebles los recuerdos  de Adiela  Santa Serna, una meritoria educadora que formó durante 54 años la niñez de El Contento y El Aguacate y dejó plasmado el paso de varias generaciones de niños en un mural de la escuela Buenos Aires, que fue  tapado con pintura por un arbitrario rector de la Institución Educativa de la Palmilla.

 


                                              Alberto Quesada y familia


Al igual que su padre, María Consuelo es una persona empeñada con el trabajo comunitario y con el bienestar de su gente. Al  morir Alberto Quesada a la edad de 96 años,  María Consuelo recogió sus banderas y continuó luchando por la vereda.

 Consuelo  no olvida las  fiestas del corregimiento; dice que en ellas El Aguacate “tiraba la casa por la ventana”, pero que a raíz de un hecho lamentable se suspendieron y ahora trata de revivirlas con el apoyo de los vecinos.

El Aguacate es una vereda tranquila donde el tiempo pasa sin que se sienta; no ha habido guapos ni peleadores, ni hay aparecidos o espantos, tampoco, por fortuna, los ha tocado la violencia que como plaga exterminadora ha llenado de luto a Colombia

Quizás el  único hecho extraordinario en “El Aguacate”  fue el hallazgo  de una guaca en  una de las pequeñas quebradas  de la vereda que no quedó en manos de la descubridora sino de un cura avivato que se aprovechó de la ingenuidad de la parroquiana.

Esta es la historia resumida del valioso hallazgo:

Un día Aleida Quesada estaba lavando ropa y al levantar  una piedra de la quebrada  vio  que  en la oquedad de otra piedra brillaban tres muñecos de oro  de unos quince centímetros cada uno. Con cuidado los desenterró y los llevó a su casa, pero como temía que se los robaran los llevó al sacerdote que oficiaba en el Contento hasta averiguar  donde  podría venderlos.

Al regresar a reclamar su tesoro, el sacerdote no estaba y no lo volvió a ver por los contornos. En su ingenuidad no acudió a la curia ni le contó lo sucedido a nadie y así perdió esa fortuna.  A los muchos años  conoció el paradero del levita  que impunemente estaba disfrutando de una riqueza ajena, pero ya nada podía hacerse, así que Aleida siguió lavando la ropa en la quebrad, con la esperanza de ver otros muñecos de oro bajos las piedras..