viernes, 24 de febrero de 2017

CATALINA ERAUSO: LA MONJA ALFÉREZ


Alfredo Cardona Tobón*

 


Alta, andrógina, con mínimos pechos, voz grave y una vida errabunda, Catalina Erauso y Pérez y Galarraga fue un personaje violento del siglo XVI, que continúa siendo fuente de inspiración en el cine y en la literatura.

Catalina nació en 1585 en San Sebastián, Guipúzcoa, España, en el hogar de un militar distinguido. Eran tiempos de caballeros, piratas musulmanes, monasterios y leyendas. La vida de esta mujer con arrestos varoniles corrió tormentosa entre conventos y campos de batalla, en medio de aventuras lésbicas, duelos, muertos, el mar, mesones de mala muerte y mansiones señoriales. Nunca usó su nombre de pila, pues en sus correrías por Europa y América figuró como Pedro de Oribe, Alonso Díaz, Antonio Erauso y Francisco de Loyola.

A los cuatro años de edad los padres de Catalina la internaron en un convento dominico junto con sus hermanas, a fin de educarlas según los criterios católicos, en labores propias de su sexo para que al llegar a la edad de matrimonio fueran desposadas como “Dios manda”. Pero la vida monástica y el hogar no serían el destino de la jovencita que consiguió ropa de hombre, se cortó el cabello y a los quince años de edad escapó del convento para empezar una existencia errabunda.

Catalina anduvo de pueblo en pueblo trabajando como paje de grandes señores; una reyerta la llevó a la cárcel y tras un mes entre rejas dirigió sus pasos al puerto de San Lucar de Barrameda, donde el lunes Santo de 1603 se embarcó con rumbo a América.

En Punta de Aragua, Venezuela, recibió el bautismo de fuego en un combate contra una nave pirata holandesa. En un buque de un pariente, que no la reconoció con su traje masculino, Catalina llegó a Cartagena y luego a Nombre de Dios, en las costas caribeñas, donde asesinó al capitán del barco, se robó 500 pesos y huyó hacia el Perú como ayudante de Juan Urquiza.  Una tempestad hizo naufragar la nave cerca del puerto de Manta, y milagrosamente Catalina se salvó con su amo, quien la nombró administradora de una vasta estancia, donde además de recibir dinero y vivienda tenía tres esclavos a su servicio. Otra pelea la llevó a la cárcel de donde salió gracias a los oficios de Urquiza y del Obispo que intervino haciéndole prometer que se casaría con una tía del sujeto a quien había cortado la cara

 Para evitar el matrimonio que haría evidente su condición de mujer, Catalina huyó a Trujillo, donde la encarcelaron tras una riña y volvió a recobrar la libertad con el auxilio de Urquiza. Siempre entre líos y embrollos siguió a Lima recomendada por su protector, pero perdió el empleo al ser descubierta andando entre las piernas de una cuñada del amo Así que sin oficio, ni dinero y con un prontuario delictivo, Catalina se alistó a las órdenes del capitán Gonzalo Rodríguez y marchó con la tropa colonial a combatir a los aguerridos indígenas mapuches.

 

LAS HAZAÑAS MILITARES

En 1609 las fuerzas de los caciques Ainavilu, Anagnamen, Pelantaru y Longoñongo vencieron  en campo abierto a los españoles, usando las armas de hierro y las  cotas de malla que arrebataron en otros combates y con escuadrones de caballería tan disciplinados  y valientes que envidiarían los hispanos en sus luchas en Europa. En este combate en Puren, pereció el capitán, y Catalina valiente, osada y con desprecio total por la vida tomó el mando y resistió las cargas de los mapuches. Por ello recibió el grado de Alférez, aunque merecía el de capitán, perjudicada, tal vez, por su prontuario violento y la crueldad extrema que mostró ante los enemigos.

En Chile, Miguel de Erauso se desempeñaba como Secretario del gobernador; una noche en un mesón hubo un altercado por un motivo trivial y Catalina en medio de las sombras mató a Miguel, a quien posteriormente identificó como uno de sus hermanos. Por los servicios en la guerra araucana no fue condenada a muerte, pero se le desterró a Paicabé y luego se le trasladó a Concepción donde este personaje violento, con sexo de mujer pero con arrestos y apetito de hombre, asesinó al auditor general del puerto.

Esta vez no había quién pudiera salvarla del cadalso y para conservar la vida, Catalina cruzó los Andes con destino al virreinato del Rio de La Plata, atravesando alturas desiertas, llenas de nieve y barridas por los vientos.  Un lugareño la recogió agonizante en medio de la escarcha y la llevó a Tucumán, donde Catalina enamoró y prometió matrimonio a la hija de la viuda india que lo acogió durante su convalecencia, en tanto que al mismo tiempo seducía a la hija de un canónigo.

Cuando recobró la salud, Catalina tomó rumbo a Potosí con el dinero y las joyas de la hija del canónigo y se alistó nuevamente en las filas de las tropas coloniales, participando en la matanza de Chuncos, donde asesinaron vilmente a niños, hombres y mujeres mapuches.

En el año 1623 al verse herida y sola, Catalina confió al Obispo de Guamanga su condición de mujer.  Unas matronas atestiguaron que sí lo era y además estaba virgen. El alto prelado perdonó sus excesos, la vistió de monja y la internó en un convento; era algo así como encerrar un gato en la alacena o poner al diablo a fabricar las hostias.

Las aventuras de Catalina llegaron a oídos del rey Felipe IV que le concedió una pensión y a los del Papa Urbano VIII, quien le otorgó la facultad de seguir usando ropas masculinas y nombre de varón. Pero la existencia llana y tranquila no estaba en la mente de este guerrero confinado en el cuerpo de una mujer; así que la monja alférez se embarcó hacia Cartagena de Indias y de allí pasó a la Nueva España donde estableció un negocio de arriería entre México y Veracruz.

En México se pierden las últimas huellas de Catalina cuya memoria mitad verdad y mitad leyenda, además de ser soldado, traficó con ganado, se asiló en las iglesias, escapó al patíbulo, enamoró mujeres casadas y pervirtió doncellas, fue monja, ladrona, asesina y encontró protectores sin conocer varón.

Vida extraña y turbulenta, antítesis de todo lo que podría esperarse de una tierna niña educada en un convento.

 

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL ESPIRITU Y LA CANCION


MONSEÑOR RIGOBERTO CORREDOR Y EL CANTANTE JHONY RIVERA



Alfredo Cardona Tobón

 


En la vida de los pueblos aparecen personajes que marcan su destino y señalan un norte a las comunidades. Por las calles del naciente caserío corrió el inquieto chiquillo que habría de dejar huella en el Obispado de Buenaventura y es pastor de la diócesis de Pereira, por otro parte por el lado del sentimiento, por toda América Latina se escucha la música de Jhony Rivera, un cantautor que supo interpretar el sentimiento del pueblo. Son dos personajes de Arabia que se entrelazaron con la historia del corregimiento:

 

 

Monseñor Rigoberto Corredor Bermúdez nació en el Corregimiento de Arabia el 5 de Agosto de 1948; realizó sus estudios en el Seminario Menor de Pereira y en el Seminario Mayor de Manizales. Fue ordenado sacerdote el 18 de noviembre de 1973 y obtuvo el doctorado en Misionología en la Pontificia Universidad Urbaniana en Roma.

El 26 de marzo de 1988 se le consagró como Obispo Titular de Rusgunie y Auxiliar de la Diócesis de Pereira;  el 30  de noviembre de 1996  se le consagró  Obispo  de la Diócesis de Buenaventura, y el 19 de diciembre de 2003 asumió como Obispo de la Diócesis de Garzón y el 15 de julio de 2011 el Papa Benedicto XVI nombró a Monseñor Rigoberto Corredor como el quinto Obispo de la Diócesis de Pereira.

Monseñor Rigoberto Corredor es de esos jerarcas de fibra recia , justos pero templados, expertos en superar dificultades y riesgos; no es el eclesiástico seráfico y melifluo que alcanzó la dignidad de Obispo agitando incensarios; tiene alma de campesino curtido que desempeñó el modesto y pobre curato de Purembará en medio de indios resabiados; que aguantó  la soledad y la pobreza en un pueblo agónico como San Antonio del Chamí y cuando a fuerza de méritos se desempeñó como Obispo de Buenaventura, a orillas del Pacífico, no se amilanó viviendo en medio de la violencia dando esperanza y fe a esa feligresía dejada por la mano de Dios y olvidada por el Estado.

En una entrevista preguntaron a Monseñor como veía a Pereira. Monseñor respondió sin eufemismos que no le vea norte; que le dolía el desorden interno, los problemas de movilidad y la ausencia de líderes que se comprometieran verdaderamente con la comunidad.

Si en sus manos estuviera, Monseñor sería un simple misionero, pues lo es de corazón porque tiene alma de labriego, de esos que siembran y hacen barbechos y abonan la tierra con el sudor de su frente para ver florecerla y cosechar los frutos.

Monseñor Corredor nació campesino en un pueblito como Arabia que comulga todas las mañanas y reza el rosario al caer la tarde sobre los cafetales.

En la historia del corregimiento de Arabia quedará escrito con letras doradas el nombre de su vicario cooperador del año 1973 y obispo de la diócesis de Pereira en 2011, de un hombre que lucha por esa feligresía bautizada pero sin identidad con su fe, de un prelado, que como el Papa Francisco está echando del templo a los escribas  y fariseos.

LA ENTREVISTA CON EL SEÑOR OBISPO

Quise preguntarlo a Monseñor Rigoberto Corredor por los recuerdos de su infancia, por ese pueblito de Arabia testigo de los juegos infantiles, de su inclinación temprana por las cosas del espíritu.

Con cierto temor llegué a su oficina, pensando que me encontraría con uno de esos prelados pomposos llenos de ceremonias pero me encontré con uno de esos personajes que la Providencia hizo para derribar montañas y fundar pueblos y hoy los crea para guiarnos por los intrincados laberintos de la vida moderna.

Monseñor Rigoberto Corredor viene de cepa fina, de ancestros santandereanos y antioqueños; su abuelo paterno fue del municipio de Jesús María y su abuela nada màs y nada menos que de Salamina, la ciudad luz de los paisas..

Su papá Ismael siguió las huellas del abuelo: fue labriego, negociante y rebuscador del peso. En el corregimiento de La India en Filandria montó una finca cafetera y en el corregimiento de Arabia, al otro lado del Barbas, se estableció con su familia.

Monseñor Rigoberto fue el octavo entre doce hijos y al contrario de sus hermanos que se entretenían con cometas y trompos, jugando futbol en la plaza del pueblo y cazando tórtolas en los alrededores, el futuro sacerdote prefería leer los periódicos que le llegaban a don Ismael, oír las aventuras de Sandokán en la radio y ayudar en la iglesia como acólito.

Arabia era, como lo es ahora,  un lugar tranquilo donde todos eran amigos ,era la aldea de los Martínez, los Acuña, los Mejía…. Don Ismael era el líder conservador, laureanista por más señas, y don Froilán Arredondo era el jefe liberal.

En la escuela de la pequeña población, Rigoberto Corredor cursó los últimos años de educación primaria, y allí en la escuela fue donde  el director Mario Alzate Mejía vio en el vástago de don Ismael un alumno que no estaba para el surco, o para una tienda o el negocio de la familia, vio en el muchachito un escogido del Señor con vocación para el altar, como lo vio igualmente el párroco Francisco María Areiza y lo aceptó gustosa la mamá y de muy buen grado don Ismael, que como conservador doctrinario era amigo de curas   y de monjas.

Por lo tanto el niño dejó con pesar sus amigos de “perrunchadas” y entró al Seminario.

En vacaciones el seminarista regresaba a su casa en Arabia, y en casa de don Ismael había que trabajar y trabajar muy duro. Atendía el negocio de carnicería en semana y había que sacrificar varios marranos. “Aunque usted es seminarista- le dijo un día- usted se va a traer helecho como los demás”-   y el joven Rigoberto cargó los pesados atados y ayudó en lo que fuera como los demás hermanos.

Esa vida sencilla y simple, la bondad de los corazones, la solidaridad de la gente, el respeto, el tesón y la constancia marcaron la vida del futuro sacerdote y del Obispo cuya palabra ha sido un bálsamo y su ejemplo una esperanza.

Como todos los que tienen sangre santandareana con genes de  panches guerreros, los hermanos Corredor aprendieron desde niños a disparar escopeta y a manejar un revolver, es una necesidad en el campo y más en tiempos pasados en los cuales se cernía sobre Arabia la amenaza de los bandidos que infestaban los campos cercanos. El único que no quiso tomar en sus manos una arma de fuego fue el seminarista, y no porque les tuviera miedo, sino porque vio en ellas un instrumento de muerte.

¿Cómo ve a sus querida Arabia?- pregunté a Monseñor.

Veo más pobreza y más necesidades que antes. En otros tiempos los campesinos tenía su tierra, así fuera un corralito que les diera la comida; pero los minifundistas vendieron y ahora son campesinos sin tierra y creo que ni campesinos porque muchos de ellos duermen en Arabia y al amanecer viajan a Pereira a buscar la comidita, al rebusque, a defenderse como pueden.

¿Y sus recuerdos de niño, de Charco negro, de la pesca de sabaletas y capitanes?

Me parece que el rio Barbas se angostó y las aguas perdieron su alegría.-

Será porque nos estamos poniendo viejos.-osé decirle al Señor Obispo-

-Quizás, porque los años tienen la facultad de acortar los corredores y achicar las inmensas casas de la niñez.


JHONNY RIVERA.










Jhony nació en Pereira y se educó, junto con sus padres, en el campo. Se fue para Bogotá, a los 18 años, a estudiar y a buscar suerte, pero no terminó su carrera de ingeniería civil. Poco después, su novia se vino de Pereira y conformaron una familia.

 
Jhonny montó una carpintería y el negocio comenzó a marchar. Pero por esas cosas de la vida, fue engañado por su compañera. Volvió a su querida Pereira, a su vereda, al corregimiento de Arabia, a buscar consuelo para su dolor y su amargura en compañía de sus padres y sus seres queridos con los que compartió su infancia en la vereda de Pérez, región que recuerda con mucho cariño, pues allí en las labores propias del campo, al lado de su padre, hizo amigos que perduran en su corazón.
 
Su vena artística se notó desde muy temprana edad por la facilidad que mostraba para componer coplas y poesías con las que animaba las reuniones familiares. Entre serruchos y garlopas un amor desgraciado tocó la puerta sensible de Jhony y la decepción lo llevó a componer su primera canción “ El dolor de la partida” que lo impulsó en el mundo de la música, donde ha triunfado gracias a su talento, dedicación, persistencia y calidad humana.
A partir de entonces Jhony empezó a escribir y a cantarle a las tristezas que   herían el corazón. Pronto se dio cuenta que tenía gran capacidad para componer y cantar; así que apoyado por su carisma y la humildad que lo caracteriza encontró una oportunidad en las emisoras de Pereira que sirvieron de catapulta para su carrera.
Jhony ha hecho decenas de giras internacionales por América y Europa, es el número uno de la música popular en España, ilustró la portada de la Revista Latina de Francia, cuenta con reportajes en Billboard, la revista hispana más importante de España, ha sido nominado durante cinco años consecutivos a los Premios de Nuestra Tierra y ha obtenido la distinción del Mejor intérprete popular.
¡ Quien de las nuevas generaciones no ha tomado aguardiente oyendo una canción de Jhony Rivera? – Es un autor sintonizado con el alma popular, con el desamor, el despecho, la traga, con los amores imposibles, con el latido del corazón enamorado.
Jhony y monseñor Corredor son los orgullos de Arabia. Con Olmedo Ramírez y demás componentes del Comité Cívico estos personajes luchan por el progreso y el desarrollo de la comunidad.
 
 
A Jhony no lo ha mareado  la fama…. Sigue recorriendo los caminos que conoció en su niñez llevando el mensaje de fortaleza y optimismo a sus viejos amigos y a todos aquellos que aferrados a esas lomas llenas de café hacen grande a Pereira y a la patria colombiana.

miércoles, 15 de febrero de 2017

GILBERTO CANO Y EUNICE TREJOS-


Alfredo Cardona Tobón



 


Gilberto y Eunice, unidos por el amor y sus ideas, marcaron rumbos a los quinchieños en la segunda mitad del siglo XX. Fueron dos líderes populares, que en una de las peores épocas de la región se acercaron a las comunidades del antiguo Guacuma para darles una mano y servirles de enlace con los poderes centrales del departamento de  Caldas y luego  con los de Risaralda.

 

Fueron los padres de Gilberto Cano, el señor Luis y la señora Clementina Bolívar y de Doña Eunice, Don AntonioTrejos y doña Purificación Taborda; el  señor Luis Cano, era hermano de la señora Herminia Cano, una dama de grata memoria que cada año por la época de navidad celebraba con gran regocijo la más concurrida Nochebuena. En su casa ubicada en el alto de “Callelarga”, hoy barrio Ricaurte, se reunían los vecinos a compartir la deliciosa natilla y los ricos buñuelos que se servían en una jornada maratónica que remataba con la entrega de una hermosa estampa del niño Jesús.

 

Igualmente, doña Herminia organizaba uno de los pasos del Viacrucis que empezaba frente a su casa en la Semana Santa; por ese tiempo la tranquila Callelarga, autopista de las vacas de ordeño y las recuas que llegaban al pueblo, cobraba importancia al convertirse en “La Calle de la Amargura” el viernes de la muerte del Señor y en “La Calle de la Resurrección” al revivir Glorioso en la mañana del último domingo de la magna semana..

 

En ese ambiente religioso y festivo, se forjó el liderazgo de Gilberto, mientras crecía su romance con Eunice, una espigada y bonita trigueña que vivía en el mismo sector. Los años pasaron y el noviazgo de tiernos escueleros cristalizó en un hogar lleno de amor, solidaridad y respeto.

 

A finales de los cincuenta Gilberto Cano inicia su carrera política al lado del gran caudillo liberal Camilo Mejía Duque. “Cachaco” y su esposa Eunice  coordinan los eventos partidistas, sus voces llenan las calles quinchieñas y poco a poco, en llave poderosa reforzada por el carácter de hierro de Eunice, el matrimonio consolida su poder electoral  en las veredas de Quinchía azotadas por las bandas criminales del  ” Capitán Venganza”.

 

Casi todos los notables del pueblo se han ido para salvar sus vidas durante la violencia de mitad del siglo pasado. El campo está libre para quien tenga la garra de liderar un pueblo lleno de desventuras y Gilberto asume el reto. Llega primero al Concejo Municipal, como un edil inquieto, disciplinado, lleno de aspiraciones, que aspira servir a su gente; luego ocupa la Tesorería municipal donde administra la pobreza de un municipio con exiguos recursos económicos e infinitas necesidades.

 

Por su carisma y su comunión con la gente, Gilberto no tarda en ser nombrado alcalde y con Eunice que aconseja y le cuida la espalda enfrenta una de las peores épocas en la historia de la comarca. El 25 de enero de 1958 renuncia a la alcaldía: era imposible gobernar en esos momentos. Pero Gilberto no se retira del campo y fuera de la administración sigue luchando por Quinchía en la Asamblea de Caldas adonde llegó como diputado en la año de de 1962-

 

 

Doña Eunice atiende a William y Gloria, los primeros retoños del matrimonio y pese a sus labores como madre y esposa tiene tiempo para afilar su garra política y convertirse en una dirigente con más carisma y poder que su propio marido.  Es una mujer de vibrantes discurso, con ambición y relaciones públicas. En los albores del departamento de Risaralda, bajo las banderas de Camilo Mejía llega  Eunice a la Asamblea. Ya es una líder regional, aguerrida, enérgica que lucha por la ampliación y pavimentación de la carretera a La Ceiba, promueve la Defensa Civil, consigue dotaciones para el Cuerpo de Bomberos y apoya al colegio Millán Rubio de Irra.

 

Los hijos Jhon  Jairo, Carlos Alberto, Fredy, Fernando, Aviezer y María Elena, son reflejos de un hogar donde se vivió el avatar político de Quinchía, con sus divisiones y sus ideas muchas veces enfrentadas.

 

En el año de 1979 Eunice falleció en Pereira en la plenitud de su vida, tras una intervención simple que no revestía el riesgo de muerte, dejando la bandera liberal de Quinchía en las manos de su esposo Gilberto, el apreciado “Cachaco” amigo de todos sus paisanos. Se apagó la llama que alumbraba al pueblo, al lado de doña Adelina García, la temeraria mujer de la guerra de los Mil Días, Eunice Trejos pasó a la galería de las mujeres notables de una comunidad identificada con  las ideas liberales.

En el periódico “El Imparcial” de Pereira, Gilberto Gutiérrez T. escribió esta bella página de despedida, al día siguiente de la muerte de Eunice: “Esta gaitana de Quinchía, amó a su pueblo, con un amor entrañable y hoy este mismo pueblo que hoy la llora con amargura infinita, está testimoniando con su presencia el afecto y el cariño para quien fuera su ángel tutelar. Desde que en las mentes de nuestros más altos valores cívicos, brilló la idea de la separación del Viejo Caldas, Eunice fue, como una antorcha de fuego desplegada a los vientos, capaz de lograrlo todo, consecuente con el consenso general de quienes siempre anhelamos un mejor porvenir.  Más tarde cuando brilló la aurora de un nuevo amanecer político y administrativo, vino como la representante de su pueblo, pueblo que cada día se agiganta ante la faz de esta Colombia grande, respetada y libre”

“Quinchía le debe a esta mujer maravillosa mucho de su desarrollo urbanístico.  Abogó también por levantar su nivel cultural solicitando escuelas y colegios, consciente de que por este medio, haría hombres libres.  Escribió las más bellas páginas de historia política a lado de Enrique Millán Rubio, de Hernando Vélez… Hasta siempre Gaitana del Batero. Duerme en paz”

 

Gilberto continuó por varias décadas en el Concejo, como jefe natural de una fracción roja que apoyó siempre al oficialismo del partido. Don Gilberto sacó tiempo para la educación de sus hijos, para su colección de tangos y convirtió el “Café Lux” en un icono quinchieño adonde forzosamente llegaba desde el más humilde campesino hasta el más encumbrado dirigente que llegaba a Quinchía.

 

 “Cachaco”, como le decía todo el mundo,  culminó su lucha en Pereira en 2015 tras una larga enfermedad; la dirección liberal lamentó su muerte y en medio del dolor recibió sepultura en el pueblo que amó tanto como a Eunice, tanto como a sus hijos y que no cesa de recordarlo .

 

En el trágico domingo de la mentada Operación Libertad que el gobierno realizó en Quinchía para poner tras las rejas a los auxiliares de la banda criminal de Leyton, encarcelaron a Gilberto al igual que  más de un centenar de quinchieños acusados de colaborar con la guerrilla. Algunos lo hicieron por conveniencia, otros forzados por el miedo y la mayoría acusados sin razón por informantes anónimos. Casi todos recobraron la libertad tras meses de cautiverio, Gilberto regresó al pie del Gobia a retomar sus banderas y animado por el aplauso y el cariño de los quinchieños.

 

 

martes, 7 de febrero de 2017

BELISARIO RAMIREZ Y LA MONOGRAFÍA DE VICTORIA- CALDAS


Alfredo Cardona Tobón

 


Antonio José Restrepo, el famoso Ñito Restrepo de Antioquia, en sus ajetreos de diplomático e Europa,  añoraba el aire tibio y húmedo de las riberas del rio  Magdalena y ese llano feraz y de aire transparente de Victoria, donde uno se siente dueño del mundo y el alma se acerca con fervor casi religioso , a la naturaleza.

 La tierra de Victoria embrujó a Ñito como sucedió con el conde Podewils  y las decenas de alemanes y belgas, que a principios del siglo veinte se dedicaron a transformar la selva, casi indómita, en valiosas haciendas ganaderas.

Victoria tiene algo distinto al resto de las comarcas caldenses: mitad paisa, mitad tolimense, es un poblado calentano con raíces en la serranía que marca sus horizontes.  Es el pueblo con el pasado de una campesina pizpireta sin pergaminos ni apellidos pomposos y un presente sin grandes realizaciones, pero eso sí, con el presentimiento de un futuro, que quisieran soñarlo las comunidades del erosionado norte y del quebrantado occidente del departamento.

Cuando Belisario Ramírez González llegó a Victoria ese primero de mayo de 1960, también se vio envuelto en la magia victoriana. Fue otro extraño acercamiento de esa tierra con un hombre de ancestros paramunos, quien cambió su plaza de maestro en Manizales para empezar a rodar por los parajes del extremo oriente de Caldas, hasta afincar definitivamente sus querencias en Victoria.

Belisario fue como un novio enamorado de Victoria que no perdía la oportunidad de estar a su lado.  Algún día probó fortuna en el poblado de Risaralda y regresó a Victoria como personero municipal. Luego remontó vuelo a Carimagua, en los llanos orientales, donde como Ñito Restrepo sintió nostalgia de los charcos de Doña Juana, de Fierritos, de la ceiba del parque. Al fin ancló en Villamaría, donde siempre pensó y vivió en función de Victoria.

Escribrir un libro de historia local es tarea de quijotes, pues no se cosechan laureles ni dividendos económicos. Y si uno se aventura a escribir la historia de una población sin cronistas, sin hechos portentosos, donde no hay dones ni potentados, sino  pueblo raso, es más que una quijotada.

Más de treinta años de labor silenciosa, tenaz, sacrificada… necesitó Belisario para legar a la posteridad un resumen de la vida victoriana. Debió sacudir polvo y polillas de los archivos parroquiales, notariales y oficiales para encontrar las huellas del pasado.

Su relato es tradicional, pleno de datos e información debidamente avalados.  No pretende adentrarse en análisis sicológicos ni sociológicos; otros estudiosos aprovecharán las investigaciones de Belisario Ramírez para encontrar explicaciones y motivos. No urde tramas, ni novelas, simplemente relata.  Y este es el objetivo de su libro: recoger los hechos y la memoria cotidiana.

Belisario recoge un pasado que empezó con los pantágoras, los marquetones y los palenques, esos valientes americanos que prefirieron la muerte a la esclavitud y que infortunadamente sepultaron sus genes en las cenizas de los caseríos devastados. Nos recuerda la odisea de aquellos  españoles que buscaron el vellocino dorado en las tres aldeas de Victoria y la lucha de paisas pobres  tolimenses sin tierra que dieron la vida al caserío  que vegetó  durante  muchos lustros, aislado de un Caldas lejano y ausente.

La historia de Colombia no se escribe exclusivamente en el parlamento ni en las avenidas bogotanas; tampoco es la historia de los grandes hombres, o más bien de los personajes con vitrina. La Historia de la Patria se construye, también en los caminos, en las veredas, en las aldeas que van sumando para constituir la realidad nacional.

Son las historias regionales las que descubren el alma de la Patria; es en obras como la de Belisario Ramírez donde se puede palpar el sentimiento de un pueblo para poder prospectar su futuro.

Vemos, como en Victoria, son los educadores y los burócratas quienes han llevado la responsabilidad de su destino, en otras partes son los comerciantes, o los militares o los líderes campesinos. Aquí notamos la vocación pacifista de la comunidad y quizá, también, la falta de una identidad  que aglutine o prepare al municipio  para afrontar el reto del progreso, que vendrá de Bogotá o de Medellín, cuando esas metrópolis saturen sus vecindades.

Con l monografía de Victoria y su libro “Periodismo en la Provincia” Belisario Ramírez aporta dos importantes obras que enriquecen el acervo cultural de Caldas.

Esta obra realizada con amor, con seriedad y sin pretensiones, como lo reitera su autor, es la mayor herencia que puede darle un hijo a su tierra. Ojalá en estas páginas se inspiren las nuevas generaciones victorianas para dar a su municipio el lugar que merece por su gran ´potencial y económico.

Ojalá sea este libro el eco que impida olvidar a un gran hombre, que sacudido por todas las tormentas de la vida, siempre tuvo lugar para Victoria a través de toda su existencia.

domingo, 5 de febrero de 2017

SALAMINA EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS




Alfredo Cardona Tobón*





Una vez terminada la guerra de los Mil Días con la firma de la paz en el acorazado Wisconsin  de la flota norteamericana, en el Acta  55 de diciembre de 1902,   don Marco Aurelio Arango, presidente del Concejo de Salamina, llamaba la atención al gobierno de Antioquia sobre la calamitosa situación de esa importante población sureña.

“Cuanto aquí- decía don Marco Aurelio- el gobierno no ha gastado un solo centavo en alquiler de casas para alojamiento de soldados, debe tenerse en cuenta, además, que Salamina es el pueblo que seguramente ha hecho los mayores sacrificios de sangre y de esfuerzo en esta espantosa revolución; de su seno se han formado cuatro generales: Bonifacio Vélez, Carlos Londoño, Víctor Manuel Salazar y Alfonso Vélez.  Murió el general Vélez en las aguas del Magdalena después de haber estado en las campañas de Panamá y también perecieron los jóvenes coroneles Jesús María Echeverri, Pablo G. Pérez, José de la Paz Macía y Evencio Gómez, modelos de valor y patriotismo.”.

El 18 de octubre de 1899 se turbó el orden público al levantarse en armas el Partido Liberal.  De inmediato el gobierno conservador organizó los batallones Manizales y Salamina para combatir las guerrillas de las orillas del río Cauca y obligó a los vecinos liberales a mantener en funcionamiento las líneas telegráficas que dañaban continuamente los revolucionarios. Las autoridades organizaron a los vecinos liberales en cuadrillas y les asignó   determinados tramos, cobrando una multa  de  $ 50 por cada hora que permaneciera el telégrafo fuera de servicio..

La situación de Salamina en la guerra de los Mil Días fue crítica: por una parte debió enfrentar las innumerables bandas guerrilleras del norte del Cauca, proteger las poblaciones vecinas y apoyar al gobierno central que combatía en los Santanderes, en la Costa Atlántica, en el Sur, en El Tolima y Panamá.

La flor y nata de la juventud salamineña conformó el Batallón Salamina: muchos marcharon tras la gloria y la aventura y otros iban reclutados a la fuerza para dejar, al fin, sus huesos en tierras lejanas víctimas de las enfermedades y las armas enemigas.

Mientras el Batallón Salamina cosechaba laureles  en combates abiertos,  la División Marulanda, acantonada en Salamina, hacía frente a las emboscadas de los grupos  rebeldes dirigidos por Manuel Ospina, Ceferino Murillo, David Cataño y Francisco Herrera quienes con base en los campos de Supía, Bonafont y Quinchía  mantenían asolados los poblados de Neira, Filadelfia y Morrón .

En agosto de 1900 tropas salamineñas bajo las órdenes del general Carlos Londoño Llano sorprendieron una avanzada enemiga en el sitio de El Silencio causando 55 bajas a los guerrilleros; y apoyados por tropas de Manizales los gobiernistas diezmaron   a las fuerzas irregulares en El Pintado y El Castillo; pero a pesar de los graves daños infligidos a los guerrilleros durante los dos primeros años de la guerra, fue imposible mantener a raya a  los insurgentes que el cinco de diciembre de 1901 entraron  a Salamina, saquearon los negocios y quemaron gran parte del archivo municipal.

A las bajas causadas por el clima a orillas del Cauca o por los bichos y los ataques enemigos se sumó la enorme deserción en las filas gubernamentales. Los antioqueños combatían con valor en su tierra pero lejos de sus poblados hacían todo lo posible para rehuir el combate. Las deserciones eran continuas lo que exigía levas repetidas e impedía contar con gente veterana.  En octubre de 1900, por ejemplo,   en la Primera Compañía del batallón Duque de la División Marulanda desertaron 31 soldados de los 45 reclutados y de la Tercera Compañía se evadieron nueve de los 17 enganchados.

LAS CONTRIBUCIONES

En Antioquia el Departamento del Sur cargó con el mayor esfuerzo en la guerra de los Mil Días y los vecinos de Salamina y Manizales corrieron con la mayor parte de los gastos de las campañas mediante “empréstitos” que no se pagaron o se cubrieron parcialmente

. Cuando la Compañía Suelta de Salamina marchó bajo las órdenes del general Elías Uribe a combatir a los alzados en armas en El Pintado y El Dinde , los conservadores salamineños recogieron  $3200  para auxiliar la campaña; lo mismo sucedió  cuando el general Estanislao Henao destrozó a las tropas de Francisco Herrera y de Juanito Torres en El Cedral.

Los auxilios municipales se sumaron a las contribuciones para las campañas a fin de  atender a los heridos, auxiliar a las viudas y a los huérfanos, y pagar sueldos a los oficiales. Poco apoyo llegaba desde Medellín; por ello las autoridades locales debían recaudar el resto acudiendo a los copartidarios y sobre todo arrebatando los bienes y el dinero de los liberales.

 

 

La guerra de los Mil Días arruinó a Salamina: sus campos quedaron desolados, pues los campesinos se internaron en los montes o emigraron para evitar los reclutamientos y fueron pocos los que regresaron después del conflicto como lo indica el general  Juan Pablo Gómez en una carta dirigida a los alcaldes de Manizales y Salamina:

“Despacho hoy a bordo del vapor Colombia 200 hombres con dirección al Departamento del Sur. Hacían parte de los batallones Salamina y Manizales, restos de la gloriosa columna antioqueña. Son los héroes de Capitanejo, Palonegro, San Juan Nepomuceno, Lebrija y Marialabaja. Las penalidades y fatigas de una campaña de 17 meses los han reducido a cifra insignificante y a deplorable situación de salud. Imploro para ellos encarecidamente la generosidad del gobierno de Antioquia y vuestros sentimientos amplios y generosos.”

Como lo indican las crónicas, salamineños de uno y otro bando llenan las crueles páginas de la guerra de los Mil Días.  Entre todos ellos se destaca el general Víctor Salazar, gobernador de Panamá, que allanó el camino de la paz y honró los compromisos firmados; fue un ejemplo de hombre de bien en medio de los lobos rabiosos que después de firmada la paz se cebaron en los vencidos.

sábado, 4 de febrero de 2017

VEREDA EL CONGOLO- ´PEREIRA




VEREDA EL CONGOLO
Alfredo Cardona Tobón



El nombre de El Congolo viene de un bejuco trepador con semillas duras empleadas en artesanías y  muy  común en la zona cuando estaba cubierta de bosques

La vereda se encuentra ubicada en el sector  suroccidental del municipio de Pereira; limita al norte con los barrios El Cardal y  San Joaquín, por el sur con la vereda La Bamba, por el oriente con la vereda Cañaveral y al occidente con la vereda Santa Teresa.

La ondulada topografía del Congolo está bañada por las quebradas Los Encuentros, La María y El Carminal que la  atraviesan de oriente a occidente, infortunadamente están contaminadas por los vertimientos de las casas y las fincas cercanas.

ECONOMÍA

La agricultura es la principal actividad  de El Congolo;  prima el cultivo del café pero también son importantes  los cultivos de plátano, yuca, maíz, cítricos, hortalizas y legumbres. La ganadería vacuna es otro renglón económico, no solo por la carne sino por la leche y derivados como el queso y la mantequilla.

Los bajos  precios internacionales, así como la aparición de la roya y la broca en los cafetales, han disminuido el área cultivada ; por ello se ha presentado una migración continua  hacia la zona urbana y el Congolo se  ha convertido en otra de las veredas dormitorio, pues numerosos vecinos tienen allí su casa y  laboran en la ciudad.

HISTORIA DEL CONGOLO

Los artículos cerámicos y los elementos de oro como narigueras, pectorales, zarcillos y collares confirman la presencia Quimbaya en la  época precolombina. Las enfermedades traídas por los europeos, los desplazamientos, el trabajo forzado y la violencia de los españoles acabaron con las tribus indígenas y la selva volvió a invadir todos estos territorios.

Transcurrieron varios siglos  hasta que a mediados del siglo XIX empezaron a llegar colonos antioqueños a poblar estos lugares;  tumbaron monte, sembraron maíz, criaron cerdos y gallinas y  llenaron este territorio con cultivos de café.

Los baldíos del Congolo se transformaron en fincas grandes o pequeñas de acuerdo con la capacidad de los colonos para tumbar monte o comprar mejoras. En  la siguiente lista se nombran las personas que figuran en la tradición veredal como primeros pobladores, junto con las primeras  fincas  que establecieron  en El Congolo:

 

Pobladores                                                                      Fincas

 

Guillermo Ruiz, Germán y Bernardo Ruiz                       Santa Elena- La Gaviota

Ernesto García                                                                 La Margarita

Carmen Bernal                                                                  La Lira

María  Uribe                                                                      La Luna- ( La Peligrosa)

Mariano Hincapié                                                              La Unión

Luis López                                                                         La Piragua

Pedro Arias                                                                        La Divisa

Alcides Bedoya                                                                       La Manuela (El Recuerdo)

Antonio Álvarez                                                                  El Congolo

Gabriela Martínez                                                               La Trinidad

Ana Rosa Parra                                                                  La Zulia

Manuel Quintero                                                                 Parte del Congolo.

Las  fincas más extensas  del Congolo se fueron fraccionando por ventas o por herencias,  en la actualidad la mayoría de los predios son de poca extensión  y abundan los lotes donde solo cabe una casa.

El Congolo hizo parte de La Bamba, en el  año 1986 se separó  El Congolo de Las Bamba e inició labores la primera junta con Luis Guillermo Vallejo como presidente. Tres  años más tarde la vereda  consigue la personería jurídica y  a partir de entonces los vecinos logran  grandes avances  entre los cuales se destacan los siguientes:

- Trazado y construcción de la carretera

-Planta física de la Escuela

- Nuevo transformador de energía eléctrica

- Construcción de la caseta comunal

- Mejoramiento de vivienda

- Alumbrado público

- Servicio telefónico

- Recolección de basuras

 

LA  EDUCACIÓN EN EL CONGOLO

Por muchos años los niños tenían que viajar hasta el Instituto  Educativo de San Joaquín a recibir las clases, hasta que en  1940  el señor  Mariano Hincapié  Segura cedió una hectárea de terreno para la construcción de una escuela que se hizo realidad con el apoyo del jefe liberal Camilo Mejía Duque. Originalmente se diseñó una casa estilo antioqueño con un solo salón,  techo  de teja de barro,  chambranas de macana, piso de madera  y una letrina.

Como  no había carretera hasta el sitio de  la escuela, había que dejar los materiales en el sector de Nacederos y de allí transportarlos   en las mulas que prestaban los vecinos.

 Por escritura No. 495 de la Notaría Segunda de Pereira con  fecha 11 de marzo de 1942 don Mariano Hincapié  legalizó la donación del terreno para la escuela;  infortunadamente el benefactor no pudo ver terminada  la  obra, pues murió a causa de una afección pulmonar contraída al intentar apagar el incendio de una casa en uno de sus predios.

Al abrir otros centros educativos en las veredas cercanas  la escuela de El Congolo se cerró durante  catorce años; al reabrirse, la señorita Consuelo López se encargó de la instrucción y de la recuperación del plantel. En 1996 la institución de primeras letras  contaba con un restaurante escolar improvisado que un año más tarde se modernizó gracias a los aportes del  municipio de Pereira. En la actualidad el  Centro Docente El Congolo  corre peligro debido a la baja población  estudiantil por la cercanía de otras instituciones educativas.

 

jueves, 2 de febrero de 2017

COLOMBIA Y CUBA


                               Alvaro Castilla Granada en la Embajada de Cuba


De amplísima cultura, escritor de fibra y un librero que para qué contar, así es Álvaro Castillo Granada. Pero es, sobre todo, un ser humano bueno. Por cordial y solidario, ya ha tenido presencia en esta artesa: “De alguna manera nos quedamos en el otro”, texto suyo nacido del buen afecto y asociado al dolor profundo, se reprodujo aquí —acompañando a uno mío— bajo el título de “Para Laura, siempre”.* Antes lo había entrevistado para Bohemia,** ocasión en que recordé su paráfrasis, sentida y sincera, de un estremecedor verso martiano: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Él lo hace suyo convertido en “Dos patrias tengo yo: Colombia y Cuba”.

Es de los que ni fanfarronean ni destiñen, y tiene para su patria insular, a la que desde hace varios lustros se las arregla para llegarse por lo menos dos veces al año, un amor sembrado en la firmeza de sus sentimientos. Eso lo habrá tenido en cuenta la Embajada de Cuba en Colombia cuando lo invitó a participar en un festival para cultivar la unión de ambos pueblos. Cumplimentando la solicitud, pronunció en la sede de esa misión diplomática palabras que a continuación se reproducen extensamente.

Cubaneando desde la querencia, empezó así: “Hace varios meses surgió, por parte de la Embajada de la República de Cuba, la idea de hacer un Festival Cultural Colombo-Cubano. Son tantos y tales los lazos que nos unen a las dos naciones que, apenas le fue sugerida la idea a la Agenda Cultural del colegio Gimnasio Moderno, nos pusimos todos en eso. Pa’eso”.

Luego, en gran medida basado en el historiador colombiano Alfredo Cardona Tobón, esbozó el camino que en las luchas por sus respectivas independencias, con Simón Bolívar y José Martí en el cénit de ese sol, afianzó la hermandad entre ambas naciones.  Parte sobresaliente en el plan bolivariano para liberar a las entonces colonias hispanas de la América continental, Colombia fue pionera en la búsqueda heroica, y Cardona Tobón recuerda que, “después de la  liberación del Alto Perú, Simón Bolívar  propuso a los  mexicanos unir sus fuerzas para invadir a Cuba y librarla del yugo colonial español”.

Son conocidas las vicisitudes —su laberinto, diría Gabriel García Márquez— en que terminó el tránsito físico de El Libertador —el histórico y moral puede calificarse con palabras de Miguel Hernández: es rayo que no cesa—, como también son conocidas la demora, y finalmente la radicalidad, del proceso cubano de emancipación. Y en él se derramó sangre colombiana generosa, como recuerda la fuente citada por Álvaro: “En la larga confrontación contra los españoles, numerosos jóvenes colombianos lucharon al lado de los cubanos por la libertad de la isla. Muchos se reclutaron en Panamá y en el Cauca, y otros viajaron por sus propios medios a lugares de enganche en las Antillas y en los Estados Unidos”. Así “en la isla quedó la memoria de numerosos colombianos que dieron su vida por la libertad; se recuerda a Rogerio Castillo y Zúñiga, Avelino Rosas, Martín Sierra, Manuel Lidueña, Francisco Mosquera, Benjamín Soto…”.

A lo expuesto por Cardona Tobón, añade nuestro amigo:

“A partir del triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959 los lazos se estrecharon y afianzaron. Hacemos parte de la Cuenca del Caribe, espacio geográfico y humano en el que es más lo que nos une que lo que nos separa. Y si hay algo que nos acerca, encuentra, es la cultura. La literatura, la música, la cocina y el cine cubanos (por nombrar solo cuatro de sus expresiones) habitan nuestra tierra, nuestra geografía, naturalmente, sin fronteras, sin diferencias.

Gabriel García Márquez es un autor tanto colombiano como cubano: en esas dos naciones (y en la mexicana) el escritor echó raíces, estrechó manos, realizó sueños, respiró y rio. Es patrimonio de todos.

Por estas razones (más todas las que ustedes pueden pensar y encontrar) estamos reunidos hoy aquí para darle la bienvenida al Primer Festival Cultural Colombo-Cubano (nuestro festival) que se celebrará del 28 al 29 de noviembre en el Gimnasio Moderno (en la biblioteca). Un festival abierto, gratuito, inclusivo, ‘con todos y para el bien de todos’, como dijo alguna vez José Martí.

También escribió que José María Heredia (el poeta cubano) debía estar fraguado de Caldas (el sabio colombiano). A partir de mañana Cuba estará fraguada de Colombia y Colombia de Cuba. Que así sea”.

Así es y será, porque hay y habrá hijos e hijas de Colombia con los sentimientos de Álvaro Castillo Granada, quienes saben que tienen segura reciprocidad en hijos e hijas del país donde —como parte de su conciencia latinoamericanista— transcurren conversaciones en busca de un objetivo anhelado y vital para aquel pueblo hermano: una paz digna, justa.

Luis Toledo Sande