domingo, 18 de marzo de 2018

FERNANDO GONZALEZ OCHOA


EN LA QUINTA DE OTRAPARTE

Alfredo Cardona Tobón*

 

“En el pequeño corredor
presentimos su sombra, el eco de sus pasos,
el golpe suave del bastón indagando
la noche, la memoria del devenir,
el mañana del hombre.”
-Pedro Arturo Estrada-

 
                                               Otraparte

Con apenas ocho años de edad, Martica  miraba  asombrada a su  hermano mayor, con una boina vasca, una pipa y la  mitad de la cara rasurada, mientras iba  y venía por la acera de su casa en el barrio Salvador leyendo  con entonado acento  “El Viaje a pie” de Fernando González  Ochoa..

Por ese entonces Medellín era otro: no había combos violentos sino inofensivas barras nadaístas, los más ricos estaban replegados en El Poblado,   el barrio Belén era un sector aislado rodeado de rastrojos de Uña de Gato; el rio  Medellín no se había canalizado y los malevos se concentraban en Guayaquil  donde tenían como cuartel al famoso bar  ”Tíbiri Tábara”.

 Pasaron los años y en una de las vueltas de la vida el  hermano mayor de Martica  recorrió  la ruta que  un día siguió  Fernando González de Medellín a Manizales,  por caminos llenos de canalones y tragadales  donde el maestro discurrió  sobre el amor, el diablo, el míster, los curas  y la muerte, punzando el alma doble de los paisas.

Transcurrió mucho tiempo y en  una tarde plomiza de marzo, Martica convertida en abuela, se acercó con su hermano mayor y su hermana Norma a  la quinta de “Otraparte”  donde el maestro vivió los últimos años de su vida y  que hoy  resume la vida y obra  de un rebelde en estado de pureza, según dicen sus  biógrafos.

Como una advertencia perentoria el filósofo colocó a la entrada de la quinta una placa con frases en latín que traducían “Cuidado con el perro, o sea el dueño de la casa”; era para impedir la irrupción de visitantes y resguardar su santuario donde la “Corporación Parque Cultural Otraparte” mantiene viva la memoria del filósofo.
Marta Lucía y Norma dialogando con el maestro
                                         
En la llamada Huerta del Alemán, Fernando González construyó su vivienda   en medio de las vacas, los grillos y el ronroneo de la gata Salomé. De ese encanto rural queda muy poco: un jardín a la entrada, una fuente y algunos árboles añosos. La calle que llevaba al Poblado se ha convertido en una fila de autos y en “Otraparte”, cercada de altos edificios, se enmudeció el canto de los pájaros y se cancelaron los vuelos de las mariposas.

En esta época de falsos eruditos que llenan sus salones de estudio con libros que compran por metros, asombra la brevedad de la biblioteca de Fernando González. Quizás, como concluyó Martica, porque la vida en “Otraparte”   giraba hacia adentro pues el maestro creaba su mundo a partir de sus propios pensamientos.

Un rayo de sol, perdido entre la bruma, señalaba la escalera que lleva a una pequeña sala en el segundo piso y a un balcón donde Fernando González, recostado en un taburete de vaqueta pastoreaba sus sueños. Allí entre cocuyos, el “Mago de Otraparte” recordaba la bajada al río Buey que parecía un descenso al infierno o el paso por Aranzazu, el pueblo más pueblo de todos los pueblos, donde vio el diablo en los ojos de sus mujeres insatisfechas.

El hermano mayor de palique con el filósofo
 
Cuando salía la luna y bebía sedienta las aguas de la quebrada Yurá, Fernando con su boina vasca y la ruana de lana abría su alma, y en medio del  olor a  pasto  recién cortado,  meditaba  sobre  la grandeza y la inmortalidad, para concluir que  la tierra  paisa estaba plagada de putas y de putos como Roma, según afirmaba Francisco  de Quevedo,  o para descubrir  “que la grandeza no se encuentra en la vida ni en la historia, sino en las biografías que fabrican los parientes o los amigos del difunto”

Así como las gordas de Botero tienen un amplio espacio en Medellín, los personajes de los libros de Fernando González debieran verse en esculturas por el Valle de Aburrá; qué tal el  Diablo, gamonal de los pueblos antioqueños, tomando aguardiente en el  parque de Envigado, el Bachiller sentando cátedra en La Avenida Oriental, el Míster montando en Metro o el Arriero remontando la cuesta de Buenos  Aires.

 Indudablemente dos de los grandes errores del “Pensador de Otraparte” fueron no prever su grandeza y hacer una tregua con los arzobispos. Por un lado lo perjudicó la falta de vitrina y por otro la falta de incentivos para leer sus escritos; distinto sería el tintineo en las cajas registradoras de la Corporación Otraparte si a Fernando González le hubieran concedido el premio Nobel como lo propuso Sartre y Thorton Willer y sí los altos jerarcas del Vaticano, ante las continuas arremetidas del ateo que en realidad era un místico,   se hubieran puesto de acuerdo para prohibir sus libros bajo  pena de pecado mortal.

“Cuando yo me muera no me vayan a ver al cementerio, que allí no estoy” dijo el maestro en la tragicomedia del padre Elías y Martina la Velere.; y es cierto en parte, porque su calavera fue secuestrada por la Barra de los Quinientos y tras un largo exilio fuera de la tumba la colocaron al lado de Margarita Restrepo, quien además de cónyuge devota se convirtió en las alas del irreverente comedor de curas que acusó a la Iglesia de querer comprar a Dios con propinas.

En el lote donde ordeñaban las vacas y levantaba las patas el caballo pinto, se anexó una cafetería que atiende a centenares de visitantes a la Casa Museo, declarada Bien de Interés Público y Cultural de la Nación. En esa tarde plomiza de marzo, Martica, Norma y el hermano mayor, creyeron ver a Fernando González que iba de mesa en mesa, de corrillo en corrillo. Nada imposible para un   hombre que si en vida no se dejó encadenar tampoco permitió que después de muerto le pusieran talanqueras.

No importa si Martica y sus hermanos imaginaron su presencia, pero como fuera,  allí  en “Otraparte”, en esa tarde neblinosa, estaba el espíritu de Fernando González  en  medio de la muchachada que siempre lo  ha amado sin comprenderlo del todo y  nunca se  ha escandalizado  con  sus verdades desnudas..

Después de tildarlo de ateo y ofenderlo, hoy dicen que el señor de “Otraparte” era un manantial en llamas y tan vital que siguió creciendo después de muerto. Realmente fue un espíritu original que graduado de abogado y mago de las ideas por profesión,  recorrió avenidas, consulados, trochas y caminos viviendo a “la enemiga” y pinchando a una sociedad pacata, corta de luces y llena de remordimientos.

Como un círculo que se cierra, la existencia del gran hombre empezó un 24 de abril de 1895 en Envigado y terminó el 16 de febrero de 1964 en el mismo Envigado, en pleno apogeo de su inteligencia. .Dicen quienes lo conocieron que Fernando González solía conversar con las estrellas para tomarle el pulso al universo y con las aves para darle canto a sus palabras.
                                                       en la entrada de Otraparte.
                                               
La vida del filósofo antioqueño está plena de frases y de anécdotas: Cuentan que un día una prima, de visita en “Otraparte”, iba para la iglesia. Él le dijo ¿Va para misa?- ¿Si?- Entonces fíjese a ver si el padre Villegas se robó mis zapatos, pues no los encuentro por ninguna parte. Así era Fernando González Ochoa quien entre burlas y profundas reflexiones desnudaba la cruda realidad del pueblo colombiano.

 

*             http:// www.historiayregion.blogspot.com

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