sábado, 17 de junio de 2017

CORREGIMIENTO DE SANTA ELENA EN QUINCHIA

 SANTA ELENA[1]


El corregimiento de Santa Elena se encuentra ubicado al sur.occidente de la cabecera  municipal de Quinchía, a una distancia aproximada de 12 kilómetro por carretera destapada..


Sus límites son:

AL ORIENTE: vereda el guayabo.AL OCCIDENTE: vereda Villarrica.; al NORTE la vereda San Juan y la vereda Manzanares y al sur la vereda Opirama.

CLIMA

Santa Elena se encuentra ubicada en el piso bioclimático templado es decir entre los 1000 y 2000 m.s.n.m lo que permite el establecimiento de diversos cultivos que van desde los de tierra caliente hasta los de clima mediano.

Las veredas que conforman a Santa Elena son; Punta de Lanza,  Piedras,  El Retiro,  Encenillal, Barro Blanco, La Argentina, Insambrá, Villanueva, Manzanares, San José, Opirama  y Santa Cecilia.

El corregimiento  cuenta con una topografía quebrada donde se  destacan los cerros de: SANTA ELENA  y el CERRO DEL BOSQUE,  caracterizados  por la gran cobertura que protege los nacimientos de agua que se encuentran en esta región.

El panorama es hermoso: desde el poblado se observa de lejos el Valle de Risaralda, el cañón del río Cauca y el majestuoso nevado del Ruiz.

Santa Elena empieza a figurar en los archivos oficiales en el año de  1932 cuando se nombró a la señorita Julia  Rosa Quintero Directora de la Escuela alternada de Guadualejo y en 1940 con el nombramiento de Rosario Romero como maestra de Santa Elena.

Lo anterior nos permite deducir que entre  1932 y 1940 se cambió el nombre de Guadualejo por Santa Elena,  denominación con la cual se identifica actualmente esta zona quinchieña que alcanzó la dignidad de  corregimiento por Acuerdo No. 007 de 1981, sancionado por el alcalde Pedro Pablo Mosquera.

PRIMEROS POBLADORES DE SANTA ELENA

 

 

Al llegar los conquistadores españoles encontraron en el territorio que hoy ocupa Santa Elena varios  asentamientos cercanos a las fuentes salinas ; entre ellos se destacó Opirama, una comunidad  que sobrevivió hasta  1627 cuando el Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia, ante la negativa de los vecinos a dejar su poblado,  ordenó quemar los ranchos y los obligó a trasladarse al caserío de Quinchiaviejo, fundado al lado de una misión franciscana.

 

El territorio quedó deshabitado pero  décadas más tarde nativos procedentes de las  parcialidades de Naranjal y Mápura  repoblaron la zona  junto con  gente de  los resguardos de San Lorenzo en Riosucio y  de Tabuyo en Anserma.El proceso de poblamiento del corregimiento de Santa Elena fue una  migración de comunidades locales en busca de nuevas tierras para establecer sus casas y sus cultivos.

.

Según la tradición, porque no hay nada escrito, entre los  primeros pobladores  de Santa Elena se recuerda a    Bisael  Antonio Chiquito Y Rafael Aricapa quienes llegaron con sus familias y  como abundaba la guadua denominaron  Guadualejo a la amplia zona que  comprendía  los terrenos de las  veredas actuales de Santa Elena, El Retiro y Villarrica, todas ellas dentro del Resguardo indígena de Quinchía.

 

Los primeros colonos hicieron sus viviendas de bareque y tapia pisada,  costumbre que se conserva  a pesar del cemento y los ladrillos. Con el  paso de los años llegaron al territorio  Juan Esteban Ortiz, Santos Ladino, y  Ángel  Gañan que unidos a Bisael Chiquito y Rafael Aricapa levantaron la humilde capilla que por mcuho tiempo congregó a los vecinos.

   

                             
Santa Elena permaneció al margen de la colonización antioqueña, apenas a mitad del siglo XX llegaron algunos paisas y luego ha  sido notoria la  presencia de  nativos de la etnia emberas- chamí, cuya gente constituye un grupo importante,
con su propia cultura inmaterial y material, sus danzas autóctonas, costumbres, artesanías y su dialecto.

Los emberas- chamí  hacen parte del  resguardo de Carambá; esta comunidad se encuentra organizada en  Santa Elena , tienen sus reglas, los líderes enseñan a los más jóvenes las tradiciones y la lengua y cuentan con un grupo de danza  que ha representado el corregimiento de Santa Elena en presentaciones municipales y departamentales. Lass actividades culturales de los embera-chamí se desarrollan en una construcción de guadua que llaman el tambo, un punto de encuentro distinto a la caseta comunal utilizada por  el resto de los lugareños. Cada vereda de Santa Elena cuenta con su Junta de Acción comunal y bajo la orientación de las juntas surgen proyectos y se concretan las aspiraciones de las comunidades veredales.

LA EDUCACIÓN EN EL CORREGIMIENTO

En el año de 1940 funcionó la escuela alternada en Santa Elena dirigida  por la señora Rosario Romero  y  en tiempo reciente en la vereda de Villa Rica se impartió educación primaria hasta los grados seis y siete. En  el año de 1992 se funda la Institución Educativa Santa Elena, como una entidad satélite  del Instituto San Andrés; fue una iniciativa personal del alcalde Mario Ibarra Arias  que dio sus primeros frutos en 1998 con la graduación de los primeros bachilleres del corregimiento. Dagoberto Castro Portocarrero fue el primer profesor del colegio Santa Elena  que a partir de  2002, como entidad educativa autónoma del Colegio San Andrés, de la cabecera municipal, marca el arranque cultural del corregimiento.

 

TIEMPOS DIFÍCILES

La región de Santa Elena ha sido cruelmente  castigada por la violencia. En los  años cincuenta del siglo pasado los “pájaros”,  o asesinos  que venían de Guática y Anserma asolaron  el caserío; en respuesta a sus atropellos se conformaron grupos  que bajo el comando de Medardo Trejos, alias” Capitán Venganza”, con distinta bandera política  siguieron ensangrentando las veredas quinchieñas..

En territorio de Santa Elena se libró el famoso combate en  “El Corozo”, donde se enfrentaron las bandas quinchieñas con los “pajaros”  venidos del Occidente caldense .

En los años sesenta del siglo pasado el frente Oscar William  Calvo del  EPL reclutó, asesinó e hizo imposible la vida de los habitantes de Santa Elena por donde merodearon  los antisociales que seguían tras “Iván”  y  “Leyton, quienes perecieron el primero en manos de sus compinches y el segundo por las balas del Estado.

La existencia de Santa Elena no ha transcurrido en un lecho de rosas. Esta comunidad mayoritariamente indígena, pese a su pobreza, poco a poco ha ido buscando un rumbo en su destino.

Santa Elena es un territorio de leyendas, donde en tiempos lejanos florecieron los pueblos de la sal de los Anserma, y en cuyo territorio  se levanta imponente la mole del cerro Opirama. Cuentan que en la base de ese  cerro vivían confinados  los tamaracas, o genios del mal; cuando salían de las profundidades de la tierra se convertían en huracanes, en la peste o en mangas de langosta que asolaban la tierra hasta que el Dios Xixaraca bajaba del cerro Batero y tras lucha colosal los recluían bajo el  cerro Opirama.



[1] Datos tomados de la docente Yuliet María Ramos Montoya-  Institución Educativa Santa Elena.

domingo, 28 de mayo de 2017

EL DULCE SABOR DE LA PANELA




Alfredo Cardona Tobón*










En el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, se veía  en los ranchos campesinos más humildes, un trapiche rudimentario compuesto por dos palos verticales y una especie de manija que denominaban “amansayernos” y utilizaban para  moler la caña y obtener el guarapo.
En ese entonces en las pequeñas parcelas se levantaban cuadros de caña para alimentar el caballejo y obtener la melaza para endulzar los jugos y la mazamorra. Los labriegos más pudientes, por su parte, sembraban parcelas de “cañauzales” y las beneficiaban en trapiches de masas movidos por una bestia.
En las “moliendas” se pasó del autoconsumo  a pequeñas empresas de panela que surtían los  mercados pueblerinos. Vino el café, llegó la electricidad y hubo dinero para instalar ruedas Pelton y motores; aparecieron, entonces, las grandes “estancias” cañeras y Colombia se convirtió en el segundo productor mundial de panela y en el primer consumidor per cápita del dulce alimento.
AL OLOR DE LA PANELA
El paisa tiene en sus genes el olor de la panela; en los recuerdos atávicos están las pailas de cobre, el melao, el atizador, los blanquiados, las yucas cocidas en la melaza hirviente y  para muchos están vivas las imágenes de los  teteros de aguapanela, los trozos de dulce con abeja incluida, el  raspao,  las  rascas con tapetusa, las mulas con  angarilla  y la sensual  piquiña de las pelusas de caña.
Así mismo la panela está incrustada en la historia nacional: acompañó a los lanceros de Sácama y Guasdualito  en los esteros llaneros; al aguardiente de panela se le mezcló pólvora  para entrar con valor al combate,  los atados de panela fueron parte de la ración de las tropas  y uno de los botines más preciados en las guerras civiles del siglo XIX,  y con panela se atenuaron  las hambres de generaciones y generaciones de  colombianos pobres.
.
LAS CONDICIONES DE LA PANELA
La caña es un cultivo originario de la Nueva Guinea que prospera en la tierra cálida. La panela que es uno de los productos principales de la caña y la calidad depende de la variedad del cultivo y del grado de maduración de los cañaduzales. La textura va desde tonos claros hasta tonos oscuros, ello depende de la edad del cultivo, de la acidez y de otros factores asociados al proceso como el batido, la cal adicionada, el tiempo de almacenamiento y la humedad del medio ambiente. La verdadera panela se obtiene de la caña panelera, pero en los llamados “derretideros” se funde el azúcar y se agregan químicos que dan una falsa panela,   muy bonita por el color, pero sin minerales ni nutrientes
 En el proceso de la caña nada se pierde: el bagazo sirve de combustible, la cachaza que flota sobre el guarapo se utiliza para engordar los cerdos, la ceniza es abono, los cogollos se pican a las mulas y con las mieles se fabrica la panela, el aguardiente, los alfandoques y el azúcar.
El calcio y los cationes de la panela previenen las caries, y, además, la panela posee un valor energético sin par, pues  tiene sacarosa,  fructuosa y glucosa junto con elementos proteínicos. Por varios siglos la panela fue un artículo circunscrito a la mesa de los pobres. Pero una día “Cochise” Rodríguez y demás escarabajos colombianos la pasearon en bicicleta por las carreteras europeas y la panela empezó a ser  redescubierta  por el  Viejo Mundo y  alcanzó categoría entre nosotros.  Ahora tenemos Reinado Nacional de la Panela en Villeta, fiestas de la panela por todo el panorama colombiano y en tiendas y supermercados la vemos en todas las formas: en bloques,  rayada, granulada, en polvo, mezclada con cacao  y en lujosas presentaciones se exporta a varios mercados del mundo.
En Colombia el pueblo raso creció con aguapanela, se deleitó con las panelitas  y  la natilla de panela de la abuela y sus delicias fueron las  melcochas, el claro con dulce macho, la limonada, el sirope y las colaciones. La gastronomía se ha enriquecido con la panela; a las  preparaciones tradicionales se suman el pernil de navidad, el arroz con panela, los arequipes, los frijoles rojos y más de 500 recetas que tienen como ingrediente el dulce elemento traído por los canarios.
Colombia es el segundo productor de panela en el mundo y el primer consumidor con 25.5 kilogramos de panela al año por cada habitante. Otros países la producen en menor cantidad con nombres diferentes: se llama raspadura en las Islas Canarias, en Bolivia la denominan empanizao, chancaca en Brasil y papelón en Venezuela.
En el Eje Cafetero de nuestro país el cultivo de la caña constituye el segundo reglón agrícola; es la  base de la economía de numerosos  municipios, entre los cuales  sobresalen Quinchía con su excelente panela y Supía, donde existe una cooperativa que agrupa a los pequeños y medianos productores y  cuenta con un moderno centro de investigación del producto.
LA PANELA DE CADA DÍA
¿Quién no ha espantado el frio con aguapanela caliente y quesito montañero? ¿Quién no chupó colaciones con su primer amor? ¿Quién no tomó aguardiente de caña en una fonda, oyendo bambucos de Luis Carlos González y Enrique Figueroa?
 Si no espantó el frio, ni probó  una colación mordisqueada por la noviecita, ni se emborrachó con guaro  mientras oía  “muele sediento el trapiche el corazón de la caña como se masca la vida el sueño azul de las almas.”, definitivamente pasó por esta tierra paisa sin tocarla.
En ese triste caso aliste un viaje al Alto de Letras a tomar aguapanela con queso; lleve colaciones del Alto del Obispo a su dama,   tómese una media de aguardiente en una fonda bambuquera de cualquier pueblito del Quindío y para rematar, ya que Dios es paisa según los antioqueños,  al rezar el padrenuestro no pida el pan sino la aguapanela de cada día, que fue lo que nunca faltó en las humildes mesas de los abuelos y bisabuelos.
 
 
 
 



.
 






 

lunes, 22 de mayo de 2017

GUIA DE VIAJE AL CERRO BATERO


- POR DONDE NI LOS GATOS PUEDEN  BAJAR-
Tomado  de un artículo de Luis Javier Caicedo- Editor  de www.albicentenario. com.   complementado con notas de Alfredo Cardona T-


                                                 Batero visto desde El Tabor
 
Los viajeros que cubren las rutas Cali- Medellín o Pereira-Medellín por la antigua carretera Troncal de Occidente entre La Virginia- Anserma-Riosucio y Supía, se asombran con la belleza de los cerros que adornan el sinuoso y grato recorrido, especialmente con la imponente majestad de un cerro coronado por una roca porfírica que se levanta en el sector de El Tabor, kilométro delante de  la entrada a Quinchia y antes del tramo de descenso a Riosucio.
Infortunadamente no hay siquiera una placa que lo  identifique y menos aún una guía que  indique como llegar hasta él ,  cuando ese cerro  denominado Batero y llamado Carambá por los nativos, debiera ser un lugar reconocido por su belleza y por la historia que  lo envuelve  desde tiempos inmemoriales.
En  la zona media del río Cauca son muchos los cerros emblemáticos con nombres ancestrales como Ingrumá, Sinifaná, Picará, Opiramá, Gobia, Gamonrrá  y otros con nombres impuestos por los colonos caucanos y antioqueños, entre los cuales están el Carbunco, Buenos Aires, los farallones de La  Pintada, Plateado, Cerro Tuza, Arcón y Campanario; pero entre todos ellos  se destaca el Batero por su imponencia y lo que representa para las comunidades que viven en sus alrededores.
Algunos tienen carácter sagrado, pues en ellos habitaron dioses y demonios y eran escenario de rituales y peregrinaciones. Los conquistadores españoles llamaron Anserma la región del Batero y los cronistas consignaron las diferencias paisajísticas  de esos cerros tutelares.  Juan Vadillo se enfrentó con el cacique Chiricha en las faldas del Batero  donde  encontró una fortaleza con guaduas rematadas por cráneos humanos donde el aire silbaba al pasar por las orbitas descarnadas.

                                                   Batero visto desde El Higo


Cieza de León  habló de los rituales en Opirama y Batero y realzó su importancia ritual y estratégica:  …”  muerto un  Señor hacen en los cerros altos las sepulturas muy hondas y después que han hecho grandes hoyos meten adentro  al difunto,  envuelto en muchas mantas, las más ricas que tienen,  y en una parte ponen sus armas y en otra mucha comida y grandes cántaros de vino(chicha)  y sus plumajes y joyas de oro,  y a los pies echan algunas mujeres vivas, las mas hermosas y queridas suyas,  teniendo por cierto  que luego ha de tornar para vivir y aprovecharse de lo que en ella llevan… un peñol fuerte hay en este pueblo ( el Batero o Carambá)  donde en tiempo de guerra se guarecen”.
Ese peñol defensivo nunca perdió su valor militar, tanto que en la guerra civil de 1877 se libró en las faldas del Batero un importante combate entre las fuerzas liberales del Estado del Cauca y las tropas conservadoras de Antioquia, que allanó el avance liberal hacia Manizales. En  1879  otra escaramuza entre los liberales independientes y los liberales radicales de la provincia de Marmato ensangrentó al Batero y en la violencia política de mitad del siglo XX, el cerro con cabeza de águila fue teatro de operaciones del celebre “Capitán Venganza” y posteriormente las veredas aledañas sirvieron de guarida a los antisociales con banderas del ELP y de las FARC.
En  el cerro Batero  las tribus ansermas rendían culto a Xixaraca y a la mole granítica solamente tenían acceso  los chamanes, como lo relató en el siglo XVII fray Pedro Simón, quien como los demás frailes y doctrineros  señaló como si fuera el diablo al Dios de los nativos:
“Cerca de Anserma al oriente hay un encumbrado  cerro ( Opirama)  donde se subían los del pueblo de Umbra a ampararse en tiempo de sus guerras y se les aparecía el demonio los días  de sus borracheras que las hacían allí… junto al pueblo de Pirama (Opirama),  a dos leguas al oriente deste que dijimos  de Porsa ( Pirza)  hay otro más encumbrado que llaman Buenavista (Carambá o Batero) donde también se  les aparece el demonio solo a los jeques,  por ser este  un gran santuario adonde solo ellos suben por ser la subida escabrosísima  y  de peña tajada, por escalera de guadua, por donde gatos aún no pueden bajar  y debe ser  que el diablo tiene las escaleras y les da mano para despeñar sus almas a lo más alto de los infiernos.  Lo que también  intenta cuando algunas veces en tiempo de hambre les arroja frisoles y otras raíces desde lo más alto para que aficionándoles con una obra buena le estén sujetos y obedientes para infinitos males..”
Las leyendas conservadas por ancianos nativos de Quinchía hablan también  de la diosa Michua, que acompañaba a Xixaraca, el Dios del Batero;  era una deidad guerrera que convertía las aguas en sangre y los bejucos en culebreas, lanzando rayos contra los enemigos de los pueblos ansermas.





El cerro Batero se yergue imponente en terrenos de los resguardos indígenas de Pirsa- Escopetera y  de Carambá en jurisdicción de Riosucio y Quinchía.  En tiempos de Rojas Pinilla, los seguidores del general enarbolaron la bandera de la ANAPO en lo más alto del cerro;  al finalizar el siglo pasado  don Juan de Dios Trejos y sus hijos levantaron una enorme cruz en una pequeña explanada en la cúspide del Batero y construyeron unas escaleras metálicas por donde suben los  osados vecinos con arriesgados párrocos a celebrar  la misa  en fechas especiales.
                                                  Accesos al cerro Batero
El cerro Batero está en el corregimiento de ese nombre del municipio de Quinchía y se llega a su base desde esa cabecera municipal, desde el corregimiento de Bonafont en Riosucio . Tambien  desde el sito del Tabor sobre la carretera troncal de Occidente se puede ir hasta el Batero, al igual que partiendo del corregimiento de Irra por la carretera de Mápura, pero estas  dos últimas vías son solo aptas para camperos.
                                                    Subida al cerro Batero
Las mejores vistas del Batero se logran  desde la vereda El Higo y desde El Tabor. Esta magnifica mole, que tanto significa para los quinchieños se admira  desde numerosas veredas  elevadas situadas en el  margen derecho del río Cauca. Es así como el picacho que emerge de la zona caliente se empieza a ver desde Pácora hasta Neira y en algunas partes de Anserma y de Guática
 
Fuentes de consulta
SALDARRIAGA Escobar Gregorio- Trascripción de la relación del viaje de Joan de  Vadillo entre San Sebastián de Urabá  Cali-1539- Boletín de Antropología Universidad de Antioquia- Medellín  Vol 26.  No. 43- 2012-pag 42-65
CIEZA DE LEÓN  Pedro-  Crónicas del Perú- Cap XVI- Biblioteca Ayacucho- Caracas
CARDONA Tobón Alfredo- Combate del Cerro Batero- http://historiayregion.blogspot.com 2012
CARDONA Tobón Alfredo- Por tierras de Xixaraca- http:// historiayregion.blogspot.com 2013
Cardona Tobón Alfredo- Quinchía Mestizo- Fondo editorial Risaralda- 1989- Pereira
 

martes, 16 de mayo de 2017

EL VIRREY QUE NO PUDO GOBERNAR


Alfredo Cardona Tobón*

 

Champán- grabado de Julio Greñas



Ell once de junio de 1782, Don Juan de Torrezar Díaz Pimienta recibió la extremaunción y al sonar las campanadas de las doce del día   entregó el alma al Creador, dentro una gris habitación donde se filtraban los murmullos de la servidumbre y el cortante frío bogotano.

Cuatro días antes, el nuevo virrey había llegado a la capital granadina tras un recorrido de 45 jornadas, desafiando los bancos de arena, los meandros torrentosos del río Magdalena y los pésimos caminos que llevaban al altiplano. Durante ocho años don Juan desempeñó la gobernación de Cartagena con lujo de competencia: abrió vías, fundó a Montería, a Lorica, a San Bernardo del Viento, a San Pelayo y decenas de pueblos sabaneros a la vez que establecía en  el puerto caribeño  el colegio de San Carlos de Borromeo, una luz de la Ilustración en un mundo entre tinieblas.

Don Juan de Torrezar Díaz y Pimienta luchó como Brigadier en los ejércitos del rey de España y alcanzó la dignidad de Caballero de la Orden de Carlos III.  Al renunciar el virrey Miguel Antonio Flores agobiado por los achaques y las intrigas, Don Juan Díaz Pimienta, como acostumbraba firmar, lo remplazó en el cargo el 31 de marzo de 1782.

El flamante virrey  emprendió viaje a Santa Fe cuando aún se oían los gritos de la revolución comunera. Lo acompañaba su joven y bella esposa, un hijo de dos años y escasa comitiva. Los cronistas anotan que no llevaba tropa alguna para inspirar confianza en los ariscos granadinos aterrados con las sentencias crueles que apagaron la vida de Galán, de Berbeo y otros compañeros. Era un hombre sencillo y austero que para no afectar el erario costeó el viaje a la capital con dinero de su propio bolsillo.

Cuentan las crónicas que desde la muerte del virrey hasta la sepultura en el convento de las Teresas en Bogotá, se disparó un cañonazo cada cuarto de hora en señal de duelo y cuatro caballos con crespones negros transportaron el ataúd. Tres salvas de artillería precedieron su sepultura y  no hubo más pompa ni boato en las ceremonias fúnebres porque así lo dispuso el virrey antes de morir.

EL ÚLTIMO VIAJE DEL VIRREY

La virreina María Ignacia de Salas empezó a sentir molestias desde el momento que embarcó en el champán de 12.5 metros de eslora; estaba embarazada y su situación se hizo cada vez más incómoda con  el vaivén de la embarcación, el calor y los bichos. Al atardecer del primer día la comitiva llegó a la Bodega de Mahates y alumbrados con antorchas y en medio del júbilo popular recorrieron el barrizal que los llevaba al caserío; al día siguiente los viajeros madrugaron y repasaron el camino para reanudar el viaje por el río Magdalena.

La segunda noche los sorprendió en Tenerife; aquí el Ayuntamiento se presentó en pleno, disfrazado con pelucas y casacas andrajosas y  se bailó al son de dos violines y un arpa. .Después el champán atracó en Mompox, donde el virrey llegó al templo bajo palio y se le trató en forma tal que el valetudinario representante del rey y su indispuesta consorte se sintieron como en Cartagena.

A lo largo de todo el recorrido los ribereños se agolpaban para ver pasar el champán impulsado por doce bogas, ornado con la bandera española y con el piso recubierto de cueros de res. En Tacamucho un grupo de milicianos coloniales saludaron al virrey con armas de palo y en Tamalameque lo recibieron tres curas con el Santísimo. Hasta allí el viaje transcurrió normalmente  pese a las incomodidades, pero al  llegar a la desembocadura del río La Miel, donde por siglos vegetó la población negra de Buenavista, doña María Ignacia sintió los dolores del parto y en esa soledad desamparada nació un hijo que no sobrevivió y hubo que sepultar  en las playas palúdicas del rio Magdalena.

Al mes de salir de Cartagena el Virrey y sus acompañantes llegaron al puerto de Honda; allí los esperaba el arzobispo Caballero y Góngora con numerosos santafereños; . Descansaron   nueve días y luego tomaron el camino hacia Santa Fe: el virrey a caballo y su esposa en un palanquín con cargueros que se turnaban en el recorrido.

 En Guaduas el alcalde se presentó con las jóvenes del pueblo, dos violines, un arpa y una guitarra y se armó un animado baile; pero don Juan Díaz Pimienta no estaba para fiestas, porque desde Honda empezó a hincharse y a sentir un malestar general. Al llegar al altiplano empeoró la salud de  Díaz Pimienta; en Facatativá “sintió morirse de fatiga” durante una noche terrible. De ahí en adelante el antiguo Brigadier de los ejércitos reales empezó el camino acelerado hacia la muerte.

A las cuatro de la tarde del siete de junio de 1792 Díaz Pimienta llegó a Santa Fe tan postrado y débil que hubo que llevarlo cargado a la cama. La multitud se agolpó a la entrada del Palacio para indagar por el moribundo y por la virreina que no llegaba pues los quebrantos de salud la retrasaron en el recorrido

En forma inmediata los funcionarios llamaron a fray José Celestino Mutis quien por sus conocimientos y experiencia era el único que podía salvar al virrey, pero el galeno por toda providencia llamó a un sacerdote para que administrarán la extremaunción al virrey.

Días después falleció Díaz Pimienta, las campanas de las iglesias repicaron  y la adusta Santa Fe de  Bogotá se unió en una sola oración;  el alto dignatario dejó  este mundo sin un pariente, sin un doliente que lo acompañara en sus  últimos momentos, echando pus por las “cuatro vías”.

 Doña María Ignacia y su pequeño hijo llegaron al otro día del deceso, les prestaron muy poca atención pues todos estaban ocupados maquinando la sucesión, incluyendo al arzobispo Caballero y Góngora, quien por razones que se ignoran, guardaba un sobre sin abrir, donde el rey, desde cinco años atrás, lo nombraba virrey interino en caso de faltar el titular.

 Se habló de envenenamiento y de amores de doña María Ignacia con el arzobispo: era el entretenimiento en la Santa Fe chismosa, gris y pacata de la Colonia. Nada se comprobó y don Juan de Torrezar Díaz y Pimienta  quedó inscrito en la historia no tanto  por los cuarenta pueblos que fundó en la costa , sino por su cortísimo período de gobierno virreinal.






miércoles, 10 de mayo de 2017

EL ASESINATO COMO FORMA DE VIDA


Juan Miguel Alvarez

 

  Especial para El Espectador

Marzo de 2010-

 

Este relato de Pereira, se puede extender con distintos nombres a la mayoría de los municipios del llamado Eje Cafetero en el centro de Colombia. Es la radiografía de una generación perdida  o tal vez dos generaciones, con valores trastocados por las mafias de la droga y que se consumen solas, porque el Estado colombiano ha sido incapaz de contralarlas.




 

UNO

El  17 de febrero de  2010  el CTI de la Fiscalía y la Policía capturaron en Pereira  a 12 personas, entre ellas dos menores de edad y una madre de familia, tras un operativo en los barrios el Dorado, el Plumón y el Libertador pertenecientes a la ciudadela Cuba, la comuna más populosa del Eje Cafetero, equiparable proporcionalmente a Kennedy, en Bogotá.

 En la legalización de la captura el juez dejó en libertad a dos —hombre y mujer— menores de 25 años, mientras que a la madre de familia le permitió reclusión domiciliaria; los demás respondieron por concierto para delinquir agravado, posesión y tráfico de drogas, porte ilegal de armas y homicidio agravado. Algunos medios de comunicación local y nacional informaron el hecho diciendo que habían capturado a una “banda de sicarios”.

DOS

Uno de los primeros registros que existen en la ciudad sobre la acción de sicarios data de mediados de la década del setenta. Un amplio sector de gentes de Pereira con grandes capitales seguía lucrándose con el contrabando de café, telas y repuestos de automóvil a través de una ruta hacia el Pacífico, cuya estación principal era Tadó, municipio del Chocó limítrofe con Risaralda. Usaban el miedo como instrumento de dominio. Contrataban asesinos a sueldo. El más reconocido fue alias Caballo, cuya mano derecha Cara de Angel,también era de temer Expertos en manejo de armas de fuego y tortura, perpetraban asesinatos brutales y muy visibles. Actuaban desde una moto Yamaha TT 500 plateada y se decía que entre 1974 y 1984 habían dejado más de 300 víctimas. Al mismo tiempo, una banda de ultra derecha conocida en la calle como Los Guajiros, desde 1979 asesinaba a indigentes, gamines, prostitutas, travestis y otros marginales. Nunca se comprobó quién los financiaba.

Esta época empalmó con la aparición de los primeros traficantes de cocaína en la región, quienes demandaron una oficina de cobro que no tardó en aparecer. Asesinos S.A., como se le conocía en las esquinas de Pereira, se dio a la tarea de agrupar a todos los aprendices de sicario.

TRES

Todo se agravó en los primeros años de la década de 1990 con la reunión del cartel del Norte del Valle. Barrios enteros de Pereira y su área metropolitana empezaron a ser dominados por bandas de jóvenes vecinos que terminaban trabajando para el cartel, para milicias urbanas del Eln y de las Farc, y para nuevos grupos de ultra derecha. Fueron muchos los matones que tuvieron cortos períodos de éxito y respeto. Entre ellos, alias Gato Triste, adolescente al que el olor de marihuana y bazuco le exacerbaba su instinto homicida, cosa que aprovechaban los de ultra derecha para usarlo como verdugo de consumidores y expendedores. Se le contaron unos 50 crímenes.

Después de año y medio en la cárcel La 40, salió libre y no tardó en aparecer desnudo, castrado y amarrado con alambre espino desde la cara hasta los pies en el mismo descampado donde años más tarde Luis Garavito enterró restos de sus niños violados.

Sin embargo, el cartel se hizo al asesino más sanguinario de todos: alias Rambo. Joven campesino de La Celia —municipio de Risaralda limítrofe con El Águila, norte del Valle— que había crecido en medio de la guerra que sostenía su familia con otra de Santuario prolongada con una más de Apía, todos pueblos cafeteros. Rambo fue el primer jefe militar y el escolta de mayor confianza de Iván Urdinola. Según un penalista, en esa época defensor de oficio adscrito a la Defensoría del Pueblo, Rambo fue el responsable de buena parte de los descuartizados arrojados al Cauca de la masacre de Trujillo. Rambo, me dijo el penalista, “se reía mientras me contaba que cuando se le daba un garrotazo en la nuca a una persona los ojos se salían de las cuencas y quedaban colgando en el aire”.

Cuando Urdinola se entregó y fue recluido en la cárcel de máxima seguridad en Palmira, Rambo lo siguió con el fin de continuar escoltándolo. Tras varios años de prisión, le dieron libertad condicional y una mañana fue ametrallado en las afueras del presidio.

Su alumno más aventajado fue Martín Bala, un muchacho de Balboa, Risaralda, pueblo contiguo a La Celia. Su fama de asesino certero era nacional, por lo que viajaba con frecuencia a otras ciudades a realizar trabajos por encargo. Cuando transitaba en su Toyota por La Virginia, la Policía se acuartelaba. Está muerto, no se sabe si a manos de la Fuerza Pública o de sus colegas.



Renglón aparte merece alias Jabón. Una tarde, por los días en que daban la serie El Cartel, y la producción filmaba en el barrio Pinares de San Martín, en Pereira, el taxista que me transportaba, al ver las cámaras y el logo de la serie, orgulloso me dijo que había trabajado para Jabón y que “era así de asesino y así de brutal como lo muestra la TV”.

CUATRO

En la década de 2000 destacan algunos a Caín, porque a sus 19 años dominaba subametralladoras y escoltaba a un traqueto de Marsella, pueblo a una hora de Pereira. Después de escaparse del Hospital San Jorge, camuflado como enfermero, fue acribillado junto a su patrón. El Chinche, porque en meses llegó a controlar el tráfico de drogas y a varias pandillas en Colegurre, San Judas y el Balso, tres barrios de Dosquebradas ubicados frente a un Carrefour de Pereira, a orillas del río Otún. Pereció en España mientras trataba de matar a un narcotraficante; no tenía 24 años.

Otro con el Alias de Majin Bu,  llegó a ser el cobrador más respetado de Cordillera, la estructura criminal que desde 2005 controla el tráfico de drogas del Area metropolitana de Centro Occidente, Vivió como sicario hasta los 34 años, edad exagerada de vida útil en este oficio, antes de ser capturado por la Fiscalía en enero de 2009. Por último, alias Katherine, a quien un grupo de jueces de paz de Dosquebradas consideraban su Rosario Tijeras. Confesó que no asesinaba a una persona que considerara que no lo mereciera y cobraba mínimo un millón.

CINCO

A finales de 2008 y comienzos de 2009 el grupo Cordillera ya estaba expandido por casi todo el barrio Cuba. Cuando entró al Dorado, hizo lo que ya había hecho desde 2005: reclutar a sangre y fuego a los jóvenes que pudieran garantizarle la distribución y venta de drogas. “O vende como le decimos, o se muere”. Al cabo de días, Cordillera también controlaba el barrio, prostitución infantil, flujo de dinero y de armas.

Seguramente, los diez muchachos judicializados el pasado 17 de febrero serán condenados y la justicia habrá cumplido, al menos en este sentido. No obstante, Cordillera sigue al acecho de la población juvenil que anhela lucir tenis Nike y un televisor para la “cucha”. Será cuestión de tiempo para que otra camada de adolescentes vuelva a ser capturada y presentada como banda de sicarios.

La heroína y los pistoleros

Juan Pablo Vélez, director científico del Hospital Mental de Risaralda, dice que ocho de cada diez pacientes que ingresan al centro son jóvenes drogadictos; de esos, el 30 por ciento depende de la heroína. Al escuchar sus relatos de vida para redactar la historia clínica, se ha dado cuenta de que todos ellos han trabajado para el grupo Cordillera. Vélez explica así el fenómeno: “Cuando tienen entre 8 y 10 años son inducidos a la drogadicción dándoles muestras gratis de heroína. Para conseguir dinero y suplir su vicio, se emplean como campaneros de las pandillas de los barrios, otros como correos humanos que entregan dosis de droga a los distribuidores de colegios. Cuando tienen entre 12 y 14 años empiezan a disparar revólveres y pistolas, y se entrenan para cometer atracos. Después, cometen su primer asesinato, generalmente a un muchacho de un barrio vecino. Son conscientes de que no son matones profesionales y que si hay que darle a un grande, la organización contrata a un duro. Algunos llegan a ser sicarios duros, sobre todo cuando tienen unos 20 o 21 años de edad. La mayoría muere antes; los pocos que sobreviven no pasan de los 25 años, porque los matan o los capturan”.

viernes, 28 de abril de 2017

CORREGIMIENTO NARANJAL EN QUINCHÍA



Alfredo Cardona Tobón



Este corregimiento  del municipio de Quinchía  cuenta  con 3000 habitantes,  de los cuales  1200   viven en su zona urbana y el resto en las veredas de  La Cumbre, Aguas Claras, Yarumal,  Las Cruces, Santa María, Santa Sofía, La Palmera y la Ciénaga.

Naranjal dista solamente 4 kilómetros de la cabecera municipal y poco a poco se ha ido consolidando como un centro turístico local  adonde van los quinchieños a divertirse. Cuenta con cuatro discotecas y sitios donde se degustan los chiquichoques, las estacas, los tamales y el “Burro” o aguardiente destilado en sacatines caseros.

Entre los atractivos turísticos de Naranjal  está un cementerio indígena  y la Piedra del Agua ubicada  en el sitio de Loma Alta en el predio de Reinerio Ladino; esta piedra tiene una batea que se mantiene llena de agua en verano y en invierno y según dicen los naranjaleños tiene  propiedades curativas, sobre todo para tratar los pujos y las “espantadas” que afligen a algunos niños. Muy cerca del pequeño poblado están los cerros  “Curisero” y “Paramillo” con sus paisajes y sus leyendas, se admira  la piedra con la huella del diablo por el lado de la vereda Cruces y la fuente de Aguasalada en la vereda de ese nombre

 

Los orígenes de Naranjal se remontan hasta la época colonial ; la parcialidad fue importante dentro del Resguardo indígena de Quinchia, don Melquisedec Gómez cuenta que al proponerse el traslado de  Quinchiaviejo a un nuevo sitio, los vecinos de Naranjal propusieron  el sitio que hoy ocupa el centro urbano del corregimiento, pero los habitantes de  Quinchiaviejo se opusieron y  como la divergencia amenazaba con dividir al Resguardo dejaron esa decisión en manos de la Virgen Inmaculada, cuya imagen recorrió trochas y caminos hasta que en día soleado los cargueros resbalaron sin razón aparente, lo que se tomó como una señal divina y en ese punto los nativos construyeron  la iglesia actual y  a su alrededor se levantó el  moderno Quinchía.

        

                                              


 

TIEMPOS DIFÍCILES

En la guerra de los Mil Días la zona de Naranjal fue  centro de las  guerrillas liberales de  Manuel Ospina,  Ceferino Murillo, Emiliano García y  especialmente la de David Cataño que contaba  con unos 20  combatientes entre los cuales se recuerdan a  Sergio Trejos y Aristides Trejos. Esas guerrillas  atacaron la poblaciones de Salamina y Filadelfia, ante lo cual las tropas gobiernistas le tendieron una emboscada en el sitio de “El Silencio”, al otro lado del río Cauca, donde les causaron   55 bajas. Ante tal descalabro  David Cataño se refugió  durante varios meses  en la zona fría de  La Ceiba hasta que reforzó su cuadrilla para reaparecer en  los combates de El Pintado y Bonafont. Los ataques gobiernistas arreciaron haciendo  replegar a Ospina y a Ceferino Ríos hacia el Chocó. David Peña se ocultó con otro compañero en unas cuevas de Naranjal; pero alguien los delató y Azarías Ríos, comandante del Batallón Catorce acantonado en Quinchía, les siguió los pasos y  en  mayo de 1902 asesinó a David Peña  cuando entraba  a su refugio

En  1949 durante el gobierno de Ospina Pérez , antisociales afectos al gobierno alejaron a los campesinos liberales de las urnas  y en los años sesenta del siglo pasado  las bandas criminales del “Sargento García” y del “Capitán Venganza” con el pretexto de defender a sus copartidarios, llenaron la región de terror y sangre. Luego entraron las  FARC, el EPL, los Magníficos,  las AUC,  las BACRIM, así, pues, los quinchieños y especialmente los vecinos de Naranjal quedaron entre dos fuegos: por un lado los bandidos  y por el otro el ejército y la policía del Estado.

 El  DESPEGUE  DE NARANJAL

La parcialidad de Naranjal  no conformó un poblado como sucedió en Opirama, en Buenavista y en Mápura  cuyos vecinos fundaron  caseríos que perduraron por algunos siglos ; los pobladores de Naranjal vivieron desperdigados en el territorio que hoy ocupa el corregimiento dedicados a la agricultura y al barequeo en los aluviones auríferos 
Naranjal  apenas   empieza a figurar como  caserío  a partir de los años treinta del siglo pasado; según la tradición en esa época los comuneros de la parcialidad construyeron una humilde capilla en una pequeña explanada donde además hicieron una plaza  bordeada por los ranchos de las  familias de Justiniana Tapasco, Mariano Ladino,  Guillermo Velasco y  Hely Quintero, quienes, en consecuencia , se podrían  considerar como los  fundadores y  pioneros del  actual poblado

En ese entonces algunas familias paisas compraron mejoras en Naranjal y se establecieron en  pequeñas fincas, pero la inmigración fue escasa y terminó en los violentos años posteriores
.Naranjal es una comunidad esencialmente indígena, como lo indican los apellidos   Tapasco, Guapacha, Vinasco, Largo, Taba, Ladino, Velasco… propios del antiguo Resguardo de Quinchía y de los Resguardos indígenas de Riosucio y Anserma


Al conformarse el departamento de Caldas , una de las primeras realizaciones de su gobierno fue el establecimiento de escuelas en las zonas rurales.  En enero 17 de 1907 se nombró a la señorita Inés Ceballos como directora de la primera escuela alternada de Naranjal; infortunadamente la  institutora falleció a los pocos  días  de posesionarse en el cargo, por lo  que en  abril 15 de ese mismo año las autoridades de Manizales nombraron  a la señora Deosdelinda Serna de B como directora de la  escuela alternada  que empezó labores con 61 varones y 31 niñas.

En 1917 los vecinos de Naranjal no volvieron a enviar sus hijos a la escuela y ante tal circunstancia se cerró por varios años el establecimiento de educación primaria. En 1925 se reiniciaron labores y ante la afluencia de alumnos  en   1932 se inauguró la escuela de niñas y empezaron a establecerse escuelas de primeras letras en  las veredas  La Cumbre, Yarumal, Las Cruces, Santa Sofía, La Palma y la Ciénaga.


CONSOLIDACIÓN DEL POBLADO DE NARANJAL


En  julio de 1954      el Concejo municipal  estableció la Inspección de Policía de Naranjal con Clemente Taborda como primer inspector de la vereda, luego ocuparon ese cargo   Danilo Tapasco, Abelardo Marín, Joaquín Bernal y Carlos Bernal a quienes les tocó sortear duros tiempos  en medio de la pobreza de los vecinos y las afugias de un erario paupérrimo.

Tras la muerte del “Capitán Venganza” en el año de 1961 y restablecido el control estatal en todo el territorio de Quinchía, el gobierno desarrolló   programas de rehabilitación con obras de infraestructura, educación y deportes. Fue entonces cuando se unió por carretera a Naranjal con el casco urbano, se adelantó la vía hacia Irra y Naranjal se abrió al mundo.

 Entre las acciones pacificadoras de ese entonces figuró la creación de una parroquia regentada por misioneros españoles y  como no había recursos para construir la capilla, Natalio Trejos cedió  20 hectáreas de monte en cercanía del caserío para que se cosechara maíz y fríjol y con esos productos se financiara la obra.

El primer párroco, un misionero español llamado Jesús Rodríguez, apoyado por la Junta de vecinos, reunió  la gente de las veredas aledañas y todos a una se  dieron a la tarea de tumbar monte,  sembrar maíz y fríjol y cortar leña.  Fue una labor titánica, las ampollas cubrieron las manos del sacerdote empeñado en sacar adelante la obra. Con las cosechas, la leña y la madera se compraron los materiales y se contrataron unos oficiales de construcción en Riosucio .

El 4 de febrero de 1961 el Obispo de Pereira, Baltasar Álvarez Botero, inaugura la nueva capilla; una comisión presidida por el diputado Johel Trejos recibe al jerarca y asiste a la  solemne misa concelebrada por el Obispo y los misioneros Celestino Peña, Aventino Fernández, Mauro Perez y Angel Román, donde, además,  se entronizaron las imágenes de  la Virgen Dolorosa y de un Cristo Crucificado, traídas de España por gestión del ilustre prelado.

En  junio de 1961 Naranjal alcanza la categoría de corregimiento con Rogero Trejos como primer corregidor. El espíritu cívico de Rogero   ilumina a Naranjal, con  festivales  y otros actos públicos mueve a la gente y  su impulso continua con otros corregidores recordados por sus gestiones, entre los cuales figuran Germán Varela, Gerardo Caro y Abner Bartolo.

OTROS LIDERES

En los años sesenta del siglo pasado el líder  Delfín Largo concitó la voluntad  de los  vecinos de Naranjal  tras los objetivos del  acueducto y el alcantarillado. Delfín Largo ocupó una silla en el Concejo municipal a nombre de Naranjal  y  sacudió a los adormilados  paisanos con el establecimiento  de la primera carnicería  en Naranjal ,  el  primer mercado público y la  Cooperativa “Comonar”.

Al lado de Delfín Largo figuran otros líderes notables entre los cuales se  recuerda a   Ovidio Tapasco, Gerardo Caro, Silvio Melchor y  Dioselina Calvo, una mujer excepcional que dedicó su vida a la educación de los niños de Naranjal. Esa generación fue la base del moderno Naranjal que cuenta con un Instituto Técnico Agropecuario, microempresas como Confecciones Jovinsuarez, tiendas, discotecas, acueducto, alcantarillado, calles pavimentadas y activas Juntas Comunales que desarrollan importantes proyectos.

 

ECONOMIA  DE  NARANJAL
 

  Naranjal es un corregimiento eminentemente agrícola y minifundista, donde se cultiva café de excelente calidad  que se va conociendo en los mercados internacionales; también cuenta con cultivos importantes de plátano, aguacate y caña panelera.

Aún se explotan vetas de hulla y se obtiene oro de sus aluviones. Se celebran con entusiasmo la Fiesta de Reyes en los primeros días del año y la Fiesta de  San Isidro que congrega  a los fieles alrededor del patrono  de los agricultores.