domingo, 18 de diciembre de 2016

INCENDIO DEL TEMPLO DE SAN ANDRÉS EN QUINCHÍA



Alfredo Cardona Tobón*


Al amanecer del 17  de enero  de 2016, un amigo me despertó para darme  la noticia del pavoroso incendio de nuestro templo parroquial; con  voz quebrada por la pena me contó cómo vieron consumirse,   sin poder evitarlo, el símbolo  que con los cerros tutelares del Gobia y del Batero, han identificado a nuestro pueblo.

El incendio empezó a la media noche, dicen que  se originó con un cortocircuito en las luces del alumbrado navideño. Las chispas encontraron en la madera centenaria, reseca por los años, la yesca que alimentó el desastre. No hubo pérdidas humanas, tan solo una persona afectada por el humo; las  pérdidas materiales son enormes para Quinchía y las inmateriales son incalculables, porque en las cenizas quedaron los cuadros de los Cuatro Evangelistas pintados por Palomino,  una talla quiteña de la Inmaculada Concepción y el trabajo de numerosos artesanos que embellecieron el templo. Las llamas consumieron en pocas horas el esfuerzo de una comunidad que vio en el Tabernáculo el soplo de Dios y lo cuidó con celo durante 132 años.

Después de una plaga de langosta y una larga sequía, los quinchieños  decidieron trasladar el caserío a un sitio fresco y con aguas; pero como las parcialidades no pudieron ponerse de acuerdo, dejaron que la  Virgen Inmaculada escogiera el nuevo sitio. La imagen de la Augusta Señora durante varias semanas viajó por caminos y trochas  hasta que en un atardecer seco y soleado los cargueros resbalaron sin causa aparente y la  preciosa viajera quedó recostada sobre un pequeño promontorio.

Esa fue la señal esperada por los quinchieños. Allí, en ese punto preciso,  en enero de  1884 los nativos pusieron la primera piedra del nuevo templo y alrededor empezaron a levantar sus ranchos. Sin permiso ni ayuda de nadie los quinchieños construyeron  la iglesia: cortaron cedros y nogales, llevaron piedra, hicieron una calera y cedieron la mitad de la hulla del resguardo a Protasio Gómez como pago por la dirección de la obra.

El 28 de noviembre de 1888  se celebró la última misa de difuntos en Quinchiaviejo y al día siguiente, en una gloriosa alborada, se trasladaron las imágenes, las reliquias y los ornamentos al templo que aún carecía de la cúpula y de las torres frontales, que apenas  se construyeron en  el año de 1921.

Quinchía fue un baluarte del radicalismo liberal y una fuerte plaza protestante. Pese al anticlericalismo del siglo XIX y las divergencias con  algunos sacerdotes que querían conservatizar a la comunidad, el templo de San Andrés  aglutinó a los quinchieños que siempre lo consideraron como una obra propia.

Al aclarar el día  17 de diciembre de  2016 el párroco Carlos Cadavid madrugó como siempre a celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en el sitio donde  por pura coincidencia se puso la primera piedra de la iglesia consumida por el incendio. Esta vez no hubo palmas ni sonrisas; todavía  se sentía el calor de las brasas y el humo aún se levantaba sobre lo que una vez fue el orgullo de una raza. El dolor y el trasnocho marcaban los rostros adustos de los feligreses cuya desesperanza quedó grabada en un video que circula por las redes.

Vano fue el esfuerzo heroico de los bomberos locales  y de sus colegas de Guática, Anserma y Riosucio. Nada se pudo hacer ante la voraz conflagración  que de milagro no se extendió al resto de la localidad. Cuatro locales en los bajos del templo fueron pasto de las llamas, al igual que la memoria de  tantas generaciones que oraron bajo el techo del templo.

La iglesia de San Andrés  no solamente fue la Casa del Señor sino también el cofre de los recuerdos que congregó a los quinchieños en sus días de tragedia y de ventura. En los escombros quedó el esfuerzo del Resguardo Indígena, el trabajo de Nicolás Tapasco, de Bonifacio Trejos y demás nativos; las empanadas  de Filomena Calvo y de Telésfora Chiquito, las cantarillas de Ninita Betancur, las gestiones de Juan Bautista Cataño, de Cipriano Bermúdez, Santiago Rico y de Rogero Trejos  para conseguir los pesos escasos de una comunidad pobre que no dudó en privarse de comodidades para atender el culto y mantener el templo.

Ahora que se consumó la tragedia, Quinchía se siente desnuda y solitaria. Solo queda  consolar a los hijos de esta noble tierra y  recordarles que así como salieron adelante en tantas dolorosas circunstancias, en este trance también saldrán avante para mostrar a las futuras generaciones su empuje y su valentía.
                       Misa celebrada horas después del incendio en el atrio del  templo

El reto ahora es la reconstrucción del  templo. Más hermoso si se quiere,  de acuerdo con el paisaje y el entorno del pueblo, un templo digno de Dios y de los nuestros y no  una bodega de concreto como la mayoría de los templos risaraldenses.

Quinchía ha tenido varios templos: primero fue una humilde capilla al lado de la Misión Franciscana de Quinchía; el segundo, la sencilla construcción de guadua de Nuestra Señora de la Candelaria de Quinchía que fue pasto de las llamas; el tercer templo se levantó en Quinchiaviejo y la cuarta iglesia  es la de San Andrés, también víctima de un incendio..

La conflagración  se llevó el pesebre, los adornos de Navidad, los ornamentos y demás elementos del culto. Esta sería la hora de la solidaridad católica para que el Espíritu del  24 de diciembre no se apague en el pueblo más lindo de Risaralda.

1 comentario:

  1. Como todos los escritos del doctor Cardona Tobón, el que nos ofrece aquí, no se limita a dar una información, sino que, de forma muy amena nos da información histórica y sociológica del municipio. ¡Qué bueno tener historiadores como él, que nos hacen disfrutar la historia de nuestro país!

    ResponderEliminar