domingo, 4 de septiembre de 2016

DON LIBARDO FLOREZ Y AGUADAS Y SU CLASE OBRERA


Alfredo Cardona Tobón*


El  insigne institutor  Libardo Flórez fue  uno de los creadores de las Fiestas del Pasillo;  se desempeñó como rector de  varios colegios en el Viejo Caldas y trabajó algunos años en la  Secretaría de Educación del Departamento.

En Julio de 1997 la Cámara de Representantes distinguió a don Libardo con la  Orden de La democracia, como testimonio de gratitud para un personaje que modeló muchas generaciones y las llevó por los caminos de la virtud y del trabajo.

 Dondequiera que estuvo,  don Libardo llevó consigo a su pueblo natal, tierra grata que le confió todos sus secretos. En el  vasto trabajo literario de don Libardo, se refleja  el pueblo raso de la “Ciudad de las Brumas”  cuya esencia quedó sintetizada en “Crónicas de Aguadas”.

Revisando viejos papeles encontré  una página inédita  carcomida por el tiempo y las polillas que alguna vez me confió don Libardo. Sólo quedaban unos fragmentos que armé como un crucigrama, respetando la esencia del escrito sobre los artesanos de Aguadas.

Dice así este  artículo basado en las memorias de don Libardo Flórez:

De regreso a las Fiestas del Pasillo, en la pendiente adornada con piedras colocadas como puntos suspensivos, se escuchaba quedamente el eco de Luisito, el sastre, cuando tatareaba “El coro de los martillos”:  ¡Oh… ¡Oh! Desde que surgió la luz/ vamos entre el dolor/ tras un florido amor…”

En el estrecho cuchitril que servía de taller, el “Viejo” alumbraba  la imagen descolorida de  San Cayetano con la esperanza de un trabajo   o al menos el pago de cuentas atrasadas de unos clientes  de Las Encimadas y Caciquillo para poder comprar arroz y panela y ahuyentar las hambres atrasadas.

Calle abajo de la sastrería de Luisito estaba la  fragua del  “Cabezón”, donde doblaba el hierro al rojo vivo para dar forma a las herraduras y  los recatones, mientras refrescaba el gaznate  con aguardiente amarillo y calmaba a punta de trago el dolor de  los juanetes y los callos.

 En la calle de salida al corregimiento de Arma tenía su  lugar de trabajo el Maestro Gildo, un carpintero “ateo y comunista”, con una cachucha que hacía juego con el lápiz que  llevaba sobre la oreja. Gildo era  un intelectual de su oficio para quien los arquitectos modernos, por ahorrar dinero, no tenían en cuenta los ángulos y las alturas en las construcciones  y de ahí la cantidad de borrachitos desnucados en los  hogares y de matronas destortilladas en las escaleras.

Cura y carpintero no rimaban, pero   acosado por la necesidad  el párroco contrató a Gildo para un trabajo en el templo. Un día el sacerdote, conociendo la vena del carpintero, le preguntó con sorna: “Don Gildo, sabe por qué  a los aguacates los llaman curas?-

“Por dañinos señor cura”- contestó Gildo, que   impertérrito continuó  echando serrucho.

Cuenta don Libardo Flórez que por lo general los artesanos  alumbraban las imágenes de su devoción  y empapelaban sus talleres con figuras de mujeres desnudas. Según  Misael Llano,  zapatero remendón,  en esa forma   lograban la bendición del Altísimo con los cuadros de  los santos y ahuyentaban con los cuadros obscenos al sacristán, a las cantarilleras y demás pedigüeñas de oficio.

En la funeraria de Jesús Ramírez, alias el ”Chulo”, los trabajadores dormían la siesta en los ataúdes, en tanto que Don Isidro, el ebanista, trabajaba sentado a causa de la artritis y sus operarios, al igual que en la funeraria, en los días de pago  dormían la rasca en los sillones y muebles en construcción..

 “El Garrapatero” enseñó a su hijo el oficio de la zapatería. Al  terminar de prestar el  servicio militar, el retoño  se quedó en Manizales. El progenitor lo llamó para que le ayudara  en el taller;  a los pocos días el “Garrapatero” recibió el siguiente telegrama:  “Hambre allá con neblina punto hambre acá con divisa punto mejor me quedo en Manizales”.

Don Julio  Henao alternaba su oficio de guarnecedor con la política. Para atender a clientes y seguidores puso tres bancas, una forrada en cuero para los clientes, la del electorado recubierta en  lona y la tercera embadurnada en barro destinada a los vecinos chismosos que le hacían perder el tiempo.

Para incentivar sus negocios, los peluqueros   fiaban el trabajo y encimaban pintadito con pandequeso. Don Libardo recuerda que todos ellos guardaban congolos en un frasco de alcohol para inflar los carrillos de los viejitos sin dientes. Anota que en el gremio sobresalía don Bonifacio en cuya peluquería lucía un aviso que decía : “Puede rajar del cura pero no me hable de política”.

¡Tiempos aquellos los de Aguadas!, cuando  los   tiples  fabricados por Zamora  terminaban  la puentezuela con  enroscados que imitaban el bozo  de Salvador Dalí. Las ruanas de don Ignacio tenían solapas y las botas de José Arango  tenían carramplones para sacar chispas en las calles empedradas.

En la década de los años treinta alguien ofreció unos pesos a  quien se atreviera a clavar una puntilla en la lápida del último suicida, por cada campanada al filo de la media noche del viernes santo.  Un  personaje enigmático que no creía en espantos y aparecidos aceptó el reto, saltó la tapia del antiguo cementerio y en la última campanada clavó sin darse cuenta el borde de su ruana en el ataúd del suicida. Al retirarse creyó que lo estaban agarrando y lleno de pavor corrió  sin que nadie pudiera alcanzarlo para pagar la apuesta convenida.

Hubo otra situación que pudo enlutar  al gremio de los matarifes: Un día Gonzalo Duque mató de un tremendo martillazo a una marrana ladrona  perteneciente a Carlos Toro quien lleno de furia  se armó de un machete de dos filos y desafió a Gonzalo que le hizo frente con cuchillo patecabra.

 Al encontrarse para la pelea, Carlos se vio en desventaja y entonces dijo al  contrincante: “Dejemos las cosas así; otro  día que ocurra algo parecido, ponga mucho cuidado porque mi marranita pudo quedar loca o boba con ese golpe. ! Y eso sí no se lo  hubiera perdonado!”



 

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