viernes, 27 de diciembre de 2013

EL SUFRAGIO EN COLOMBIA

Alfredo Cardona Tobón*


El 26 de diciembre de 1810 la Junta de Gobierno de Santa Fe de Bogotá expidió un decreto destinado a reglamentar los comicios.  Se advertía que  no podían votar ni ser elegidos las mujeres ni los menores de 25 años,  tampoco los que carecieran de casa abierta, ni los que vivían a expensas de otros a menos que fueran propietarios de bienes raíces o muebles. De esta manera los criollos aseguraban que los cabildos y las Juntas de Gobierno representaran sus intereses.

En1853 el general José María Obando dijo al Congreso : “... borrad esa condición oligárquica, vaga y arbitraria de saber leer y escribir para ejercer los derechos políticos y reconoced estos a todos los hombres libres del país”, y el  Congreso atendió la solicitud presidencial dando paso legal  a la iniciativa que luego quedó plasmada en la Carta Magna  de mayo de 1855 que reconoció a todos los varones granadinos, mayores de 21 años, el derecho al sufragio.

En ese primer intento de sufragio universal el liberalismo perdió algunas posiciones, lo cual dio pie para que  se  augurara el desastre rojo, pues varios dirigentes  afirmaron que las masas analfabetas  serían presa fácil de los curas, en ese entonces aliados fieles  de las doctrinas conservadoras. Esa apreciación podría ser cierta en Bogotá, Tunja y en Antioquia, pero no lo era en otras provincias como Vélez, Socorro, Mariquita o la Costa Atlántica, cuyos habitantes no le marchaban al clero y donde existía una clase campesina de profunda estirpe liberal.

LOS ELECTORES

En los primeros días de la República los padres de familia y los individuos con gente a su servicio elegían a los gobernantes de turno y tomaban decisiones de tanta trascendencia como la adhesión de las provincias del sur a la Nueva Granada o  el nombramiento de delegados a  los Congresos.
Después los electores fueron los “ciudadanos de luces”, es decir aquellos que contaban con un negocio o una industria o tenían conocimientos rudimentarios de ciencias y de leyes. Más tarde contó el dinero y solamente los propietarios o personas con renta podían inscribirse en los registros electorales

Hasta 1853  no contaban  los pobres, ni los ignorantes en el momento de sufragar, pero sí tenían que pagar tributos, alistarse en el ejército y dar su vida y su salud en aras de las instituciones que no les reconocían sus derechos.

EL QUE ESCRUTA ELIGE

En el siglo diecinueve  los funcionarios del gobierno de turno elaboraban los padrones o listas electorales. La colaboración de la oposición era escasa o controlada y hubo administraciones como la de Hilario López, que reformaron el mapa para  incluir fortines conservadores bajo la administración de ciudades liberales como sucedió con la provincia del sur, conservadora, que quedó bajo la administración de la ciudad de Rionegro que era un fortín liberal.

Ese sistema de padrones electorales se  prestó para fraudes escandalosos  que mantuvieron en el poder al partido que estaba gobernando, y no dejaba otra alternativa al adversario que tomar las armas e imponerse por la fuerza.

Los líderes del radicalismo liberal decían con cinismo que quien escrutaba elegía y alterando el conteo de los votos se mantuvieron al frente de la nación por más de veinte años, hasta que el general Trujillo dio paso a Nuñez y éste, con la misma tónica, es decir acomodando cifras, se hizo reelegir  y allanó el camino para que el conservatismo dominara el país con el mismo sistema fraudulento.

LEJOS DE LAS URNAS

El terror fue un arma que utilizaron los partidos políticos para anular al adversario. En la provincia de Toro, que comprendía todo el occidente del Viejo Caldas,  escuadrones de jinetes sopingueños se concentraban en la época del radicalismo en la desembocadura del río Risaralda  para dirigirse el día de las elecciones a la ciudad de Toro, donde hacían encerrar a los  despavoridos conservadores, que no se atrevían ni asomarse a las mesas de votación.

El terror continuó utilizándose en el siglo veinte. En los comicios del primero de mayo de 1935 los conservadores se abstuvieron de votar por falta de garantías, y a la ausencia en el debate se sumó el fraude: En Riosucio, por ejemplo, aparecieron 2350 votos liberales, cuando en 1933  habían  sufragado en total 1649 personas.

Cuando en  el año de 1946 retomaron el poder los conservadores fueron los liberales quienes se vieron alejados de las urnas; en las elecciones del seis de octubre de 1947 los liberales no pudieron votar en Apia,  en Belén ni en Mistrató, a causa de la violencia desatada por oponentes conservadores y cuatro años después los liberales tampoco pudieron llegar a las urnas por falta de garantías.

POR FIN LAS MUJERES

Lo que no hicieron los partidos tradicionales en ciento veinte  años, lo realizó el general Gustavo Rojas Pinilla en 1954 al firmar el Acto Legislativo Número Tres que concedió derechos políticos a las mujeres y las puso en pie de igualdad con los varones. Desde entonces ellas pudieron aspirar  a las más altas posiciones del Estado: a la presidencia, a los ministerios, a las embajadas, a las gobernaciones y hasta pudieron ingresar a las fuerzas armadas, vedadas hasta no hace mucho, a nuestras compatriotas.

La Constitución de 1991 instituyó  la elección popular de alcaldes; fue la ocasión para que el pueblo llano eligiera  los mandatarios locales  sin la interferencia de los gobernadores, que a menudo colocaban a personas nefastas al frente de los municipios.

 Infortunadamente la elección popular de alcaldes no ha dado los resultados esperados, pues el pueblo, en general, no está escogiendo los más capaces sino  a populacheros que en muchos casos van tras intereses  personales o de grupo olvidándose de la comunidad que los eligió.
Anteriormente los alcaldes tenían el respaldo de los partidos políticos y hoy de grupos que se unen en tiempos de elecciones para sacar adelante a su candidato. Antes de la  Constitución de 1991 la dignidad de concejal era eso, una distinción para los líderes y los voceros de las comunidades que era honorífica;  con la retribución económica y el pago de jugosas prebendas se convirtió en un negocio, en un medio de ganarse la vida a costa del electorado.


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