miércoles, 13 de noviembre de 2013

EN VISPERAS DE LA INDEPENDENCIA

LOS COMBATES DE FUNES Y CUMBAL

Alfredo Cardona Tobón*

                                     Parque central de Cumbal en Nariño, Colombia

Entre los episodios ignorados en nuestra historia está la expedición militar, de fines de 1809, comandada por el quiteño Francisco Xavier de Ascázubi contra las autoridades coloniales de Popayán. Fue la primera acción militar criolla en territorio de la Nueva Granada en la época independentista y tuvo enorme importancia   política, pues precipitó la caída de la Junta Suprema de Quito y marcó la voluntad  pastusa  de luchar bajo las banderas realistas, pues a su gente, profundamente católica, se les hizo creer que los insurgentes americanos eran enemigos de su religión.

ANTECEDENTES

En agosto de 1809 los quiteños depusieron el gobierno colonial y conformaron una Junta Soberana, semejante a las instauradas en la península durante la invasión francesa. Fue un acto temerario, teniendo en cuenta el fracaso de las Juntas de Chuquisaca y La Paz y dada  la insularidad del movimiento quiteño que no buscó el concurso de las ciudades de Guayaquil, Cuenca y Pasto, que hubieran dado fuerza a sus pretensiones.

La Junta Soberana no habló de independencia, ni fue contra España; buscó la autonomía, el relevo de mando de españoles a criollos que juraban lealtad a la metrópoli y al rey. Sin embargo, las autoridades virreinales no estaban dispuestas a ceder el poder, por ello la reacción contra Quito no se hizo esperar y de inmediato los virreyes de Lima y Santa Fe enviaron tropas contra los rebeldes.

LA JUNTA SOBERANA DE QUITO

Ante el peligro inminente, los quiteños movilizaron tropas  para neutralizar el ataque del gobernador de Popayán, Tacón y Rosique.  La Junta reunió tres mil hombres en Quito y Otavalo, los más con lanzas y muy pocos con fusiles, todos mal entrenados y los puso bajo las órdenes de los coroneles Francisco  Xavier Ascázubi  y de Manuel Zambrano.

La expedición se dividió en dos columnas:  una bajo las órdenes de Ascázubi y la otra bajo el comando de Zambrano; eran montoneras en campaña, compuestas por labriegos y artesanos que por vez primera cargaban un fusil y manejaban una lanza; eran motines sin disciplina dirigidas por oficiales tan bisoños como sus soldados.

Las columnas autonomistas se adentraron en territorio pastuso; con dificultad cruzaron los senderos bordeados de abismos y avanzaron entre barrancos que se estrechaban como si fueran ataúdes. Por donde iban encontraban el territorio desierto: las chozas abandonadas, las aldeas desocupadas… sin una oveja o una cabra, ni graneros donde reponer provisiones. Se había corrido la voz del ataque de batallones ateos, enemigos del rey y de la religión, que venían a devastar iglesias y comunidades.

Los trescientos fusileros enviados desde Santa Fe se unieron a las fuerzas de Tacón y Rosique acantonadas en Popayán y entraron a Pasto en medio del repique de campanas, sones marciales, estallido de cohetes y vivas al rey y a la religión católica. Las fuerzas coloniales marcharon hacia el sur, animadas por los vecinos y por los numerosos voluntarios que se les unieron para rechazar al invasor.

El 16 de octubre de 1809 el comandante español Nieto Polo con  190 pastusos armados de lanzas y espadas vadeó el río Guáitara  y  se topó con la columna de Manuel Zambrano atrincherada en el Chapal de Funes.

El desastre de los quiteños empezó con la defección de parte de la tropa que se entregó al enemigo antes de empezar el combate. Los que quedaron emplazaron sus tres cañones contra la turba de Nieto Polo, pero fue más el ruido que el daño, dada la inexperiencia de los artilleros. Nada se pudo hacer ante el empuje de los pastusos que a los cuarenta y cinco minutos eran dueños de la situación.

 La persecución de los derrotados continuó hasta el cerro de las Ánimas, donde fueron alcanzados y rendidos los que sobrevivieron al desastre. En el campo de combate quedaron  decenas de muertos,  107 soldados cayeron prisioneros y la columna autonomista perdió el armamento, las mulas y las vituallas.

 A la columna de Ascázubi no le fue mejor.  Ante el empuje de las tropa del goberandor Tacón los quiteños se retiraron  hacia Arrayanales donde  se disolvió la tropa. En pequeños grupos se dirigieron al sur perseguidos por el capitán Gregorio Angulo. En Sapuyes  un grupo de milicianos compuesto en su mayoría por mujeres hizo frente al comandante Azacazubi y tras una breve escaramuza lo capturó  junto con algunos de sus oficiales..

LA MALA NOTICIA

Los desastres de Funes, Cumbal y Sapuyes se sumaron a la derrota en Lacatunga a manos del Batallón Real de Lima. Todo ello, junto con las disensiones internas, bajaron de tal manera la moral de los quiteños,  y en pocos días se  evaporó lo que quedaba del ejército de la Junta Suprema. Para rematar, los pocos pueblos que habían respaldado a los quiteños les dieron la espalda y se levantaron contra la Junta, que sin ejército, sin dinero, desunida y rodeada de enemigos entregó el mando a Juan José Guerrero y Matheu, conde de Selva Alegre, que capituló a cambio de amnistía y olvido del pasado.

Nuevamente en el poder, el presidente Ruiz de Castilla esperó la llegada de las tropas limeñas para restablecer la Real Audiencia y ordenar la captura de los revoltosos, pese a las promesas pactadas. Los que no pudieron huir  fueron confinados en calabozos  y asesinados de manera vil cuando el pueblo trató de rescatarlos.

Se afirma que la batalla del Bajo Palacé, acaecida el 28 de marzo de 1811,  fue el  primer encuentro en territorio  granadino entre autonomistas y tropas coloniales. No es así: fue en Funes, en Cumbal y en Sapuyes donde los patriotas, del territorio que después se llamó Colombia,  recibieron su bautismo de fuego.
 

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