viernes, 4 de octubre de 2013

DE MANIZALES A BOGOTÁ: RECUERDOS DE UN VIAJE

Alfredo Cardona Tobón*

                      Antigua estación del tren de Ambalema- Tolima
 
-  UNA ENTREVISTA CON DOÑA ISABEL ROBLEDO MEJÍA-
“ El primer recuerdo que tengo de Manizales es la casa de nuestra familia en la carrera de la Esponsión. Esa casa era a nivel al frente y de dos pisos en la parte de atrás. Nuestras abuelas vivían en la Calle Real. En esta casa de la calle 16, un día mi hermano Manuel se cayó contra el pretil y se hizo una herida tremenda en la frente. Recuerdo que mamá no soportaba el olor de la naranja. Resulta que esto le acordaba el olor del encerrador, que cuando traía la vaca a ordeñar, por el camino pelaba naranjas para comérselas antes de llegar.”

“No me acuerdo mucho de Manizales, con la sola excepción de la vez que llegó Guerrero en globo. Tampoco tengo idea quien era Guerrero, pero sé que debió causarme una gran impresión para que hoy, a mis 96 años, todavía me acuerde. Nosotros fuimos a la casa de mi tía Mercedes Jaramillo, la abuela de los Bravos de Cali, que era reconocida porque se ganaba la vida planchando camisas de hombre. Su casa quedaba en una loma, en las afueras de Manizales, adonde subíamos por unas escaleras en tierra y desde ahí veíamos elevar el globo.”
“Cuando yo salí de Manizales ya había hecho la primera comunión en la antigua catedral y me habían enseñado a leer en la escuela de Matildita”.
“Nunca más volví a Manizales”.

EL VIAJE A BOGOTÁ

El año del viaje de Isabelita a la capital fue posiblemente en 1911. Por aquel entonces Manizales estaba en su apogeo económico y político y varios de sus empresarios exitosos habían extendido sus operaciones a la Sabana; entre ellos estaban Rafael Salazar y Don José Jesús Robledo, casado con Doña Inés Mejía, hermana de Don Manuel Mejía, el famoso Mister Coffee. Como Don José Jesús se estableció en el altiplano, una fría mañana manizaleña, Doña Inés y los cinco hijos del matrimonio, salieron con rumbo a Bogotá: Isabel, la mayor, tenía siete años y Lucía, la menor, apenas contaba con  unos meses de nacida.

Al lado de la chimenea, en una tarde plomiza, con el sol perdiéndose por la Sabana y las sombras cobijando el Monserrate, Doña Isabel entorna la mirada y revive la lejana salida de su ciudad natal y las peripecias de un viaje, que para su mamá con esa prole menuda y numerosa, y para los mismos niños, debió ser una epopeya heroica.

“ El día de nuestro viaje a Bogotá me acuerdo muy bien de mi mamá acompañada de su hermano Manuel Mejía, que le decíamos familiarmente Papachacho. El día de la partida salimos en una caravana. Mamá y Papachacho iban a caballo, mientras que nosotros viajábamos en unas sillas de madera a espaldas de unos corpulentos peones. Lucía, como era la más chiquita iba en una petaquita como de canasto, acostada.”

Esa partida de los Robledo Mejía, a principios del siglo veinte, era igual a las caravanas de los colonos que venían de Abejorral en los tiempos de las fundaciones: jinetes encauchados, mulas con petacas, peones de estribo y peones cargueros;  el perro de la casa que seguía  a los amos, un turpial en una jaula  y la sirvienta leal, que vio nacer la prole, y se aferraba a sus patrones hasta la muerte.
El grupo remontó la cuesta del páramo. Atrás quedaba Manizales con todos los recuerdos. Doña Inés sintió, entonces, el dolor de la despedida, e Isabelita, cansada con el bamboleo en el camino y adormilada por el jadeo atropellado del carguero que la llevaba a cuestas, se arropó lo mejor que pudo y se quedó dormida en la silleta.

“ La primera noche dormimos en la posada- dijo Doña Isabel a los nietos que celebraban su cumpleaños y oían la historia que tan benévolamente quiso contarme- De esa posada sólo me acuerdo que tenía una mata de mora que en vano traté de alcanzar. La segunda noche dormimos en otra distinta y la tercera llegamos a Mariquita. Allí nos obligaron a quedarnos tres días.”

Del suave clima manizaleño se pasó a un clima ardiente, al que no estaba acostumbrada la familia. Y estaban los mosquitos y los bichos que picaban en el día y se cebaban en los tierrasfrías por las noches. Isabelita, llena de ronchas, al igual que sus hermanitos, salía de la casona donde se alojaron en Mariquita y se entretenía  juntando montoncitos de tapas de cerveza que recogía debajo del tanque de agua del ferrocarril.

“ De Mariquita tomamos el tren a Beltrán, enfrente de Ambalema, y allí nos embarcamos en un buque, que se llamaba Rafael Núñez, para remontar el Alto Magdalena hasta llegar a Girardot. En Girardot nos hospedamos en el Hotel San Germán, que recuerdo como una casa grande, con una alcoba amplia, donde nos esperaban cuatro camas con sus respectivos mosquiteros de colores azul, rosado y amarillo. No se porque me acuerdo del color de los mosquiteros. Al día siguiente tomamos temprano el tren de Girardot, para llegar a Faca, pasando Tocaima, Apolo, Portillo, La Mesa, La Esperanza, la Capilla , Cachipay y Zipacón. En Faca había que cambiar de tren, por la diferencia de las trochas, para llegar al fin de nueve días de viaje a la Estación de la Sabana en Bogotá.”

POR FIN EN LA CAPITAL

El paisaje de yarumos y arrayanes se cambió por pinos y eucaliptos y la topografía de riscos entrelazados se transformó en una planicie recostada contra la cordillera. Era otro mundo y otra vida para Isabelita y sus hermanos, acostumbrados a tomar leche caliente, a ver la gallina saraviada con la cluecada y al tropel de primos en los amplios corredores.

“ En la Estación de la Sabana nos esperaba papá , quien nos llevó en coche hasta nuestra nueva casa, cerca de donde quedó después la Clínica de Marly..”

De manizaleños, los Robledo Mejía se convirtieron en bogoteños… el hogar completó diez retoños. Doña Beatriz, la penúltima de la  familia, recogió el testimonio de su hermana mayor, que desde el cielo, estará mirando la ciudad que recordó entre brumas,  con el globo de Guerrero, la catedral y sus abuelas.


¡Ah querida Manizales!-  exclamó Isabelita al revivir sus borrosos recuerdos. ¡ Ah querida Manizales! Repetí yo desde mis adentros, porque como la novia que uno quiso y se casó con otro , así viene a la memoria Manizales, cuando uno se ha alejado de sus empinadas calles para siempre..

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