domingo, 15 de septiembre de 2013

LOS ÁLVAREZ Y EL GENERAL COSME MARULANDA

Alfredo Cardona Tobón*



Como me lo contó Hernán Martínez así les cuento esta historia, haciendo claridad que a mi amigo se la narró su padre Agustín con los recuerdos del abuelo Alejandro.

Agustín Martinez fue un caporal que trilló los caminos  entre Salamina y Sonsón y Alejandro fue un arriero, aventurero y buscapleitos, que se enroló en las tropas radicales del general Alzate, cuando hubo necesidad de bajarle los humos a los godos del general Marulanda.

ASÍ EMPIEZA EL RELATO

A los  Álvarez de San Félix no les faltaron razones para sentir ojeriza contra los curas. Aunque iban a misa, le sacaban el cuerpo a las sotanas y aseguraban que no necesitaban intermediarios para comunicarse con Dios, a Quien sentían en la inmensidad del bosque, en la espuma de los arroyos y entre las espigas y las mazorcas de los maizales.

Esos Álvarez que no pagaban diezmos ni se acercaban al confesionario, ayudaban a los vecinos en las cosechas, partían la carne de sus lechones con las viudas necesitadas y celebraban alborozados las medidas que el gobierno radical de Rengifo imponía a los eclesiásticos  a quienes quitó el control de los cementerios y el manejo de las escuelas.

Los católicos paisas no aguantaron  el acoso  del general Rengifo y de los rojos caucanos que manejaban el poder en Antioquia tras la victoria en la guerra de 1877. Por ello los conservadores de Antioquia  se levantaron en armas el 25 de enero de 1879, el general Valentin Deaza los  combatió en Manizales y en Neira, y Cosme Marulanda con la gente de Plancitos, aliada de los clericales, se apoderó de Salamina

El gobierno envió varios batallones a someter al general Marulanda,  que se retiró de Salamina y  siguió al norte del Estado, a  Santa Rosa de Osos, donde lo derrotaron tras cruento combate; con lo que quedó de la maltrecha tropa y con refuerzos de Abejorral y Sonsón, Cosme Marulanda sorprendió a la guarnición de Aguadas, se apoderó de armas y pertrechos y retomó a Salamina.

LOS ESPÍAS DE SAN FÉLIX

Ni don Agustín ni don Alejandro Martinez supieron cómo cayeron los dos hermanos Álvarez en poder de las tropas conservadoras de Cosme Marulanda. Todo hace presumir que esos dos jóvenes radicales naturales de San Félix se unieron a la tropa pacoreña de Fermín Gaviria y como voluntarios o a la fuerza resultaron espiando  las  tropas   revolucionarias que defendían al clero.
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Dice Martínez, aunque no hay crónica que lo avale, que Juan Álvarez iba armado con una escopeta de fisto y el otro, el más morenito,  llamado Miguel Ángel, llevaba una peinilla de 24 pulgadas, de esas que se amarraban los marmateños en la muñeca y que utilizaban los labriegos para desbrozar monte.

Dos días antes, los inexpertos jovenzuelos, metidos a militares, se despidieron de Don Ramón y de Ña Domitila y  cuando los capturaron  aún tenían parte del comiso que su madre, en medio de llantos y bendiciones, les envolvió en una jíquera para que no aguantaran hambre por el camino.
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Los muchachos salieron confiados como si fueran a una cacería de guaguas o de guatines, ignorando que la gente de Marulanda no cerraba los ojos y se mantenía al acecho por quiebras y hondonadas. Los Álvarez esquivaron el camino real y por una trocha se acercaron a Salamina donde fueron sorprendidos por una avanzada conservadora.

Cosme Marulanda no perdonaba a mentirosos, ni a los  desertores ni a los espías. Eso  lo sabían los Álvarez. Por eso cuando cayeron en manos de los católicos  supieron que les habia llegado la hora,  que sus vidas no valía un pucho y que la alternativa no era otra que encomendarse a Dios y esperar el plomazo.

LA HORA NONA

Al principio  los hermanos Álvarez intentaron pasar por labriegos que estaban buscando unas novillas perdidas y se habían  extraviado, pero alguien los identificó como los  hijos de Don Ramón, ese ateo y ‘comecuras’ que le hacía juego a los caucanos y a los radicales y sin juicio sumario los condenaron a muerte por espías  y auxiliadores de los nefandos enemigos de los buenos.

Mi amigo Hernán ignora la fecha de los  acontecimientos; según cálculos del abuelo  Alejandro sería por el mes de marzo de 1879;  yo me atrevo a suponer que sería entre el 19 y 20 de ese mes, cuando liberales y conservadores se alistaban para el encuentro que  anegó en sangre la plaza de Salamina.

El fusilamiento de los Álvarez seguramente  se iba a ejecutar en un amanecer nublado, pues una alborada con sol no rima con semejante espectáculo. Los pájaros no cantaban y los colibries presintiendo el espectáculo se mantuvieron ocultos entre las ramas; los hermanos no clamaron clemencia, ni solicitaron el acompañamiento de un sacerdote, pues como radicales y machos  no temían a la muerte.

Como es costumbre, el jefe del pelotón les concedió un último deseo: quizás una carta dirigida a Ña Domitila o una misiva a la mujer amada. Juan solicitó un trago doble de aguardiente y Miguel Ángel el resto del fiambre que llevaban en la jíquera, que como caso raro los captores no habían revisado, pensando que era un desperdicio dejarlo en poder del enemigo.
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Miguel Ángel partió el fiambre con su hermano y lentamente como para alargar la vida  desenvolvieron las estacas de maíz, los trozos de panela y unos pedazos de queso y empezaron a comer con lentitud, muy despacio, sin afán, como disfrutando  los últimos minutos de sus vidas.

Cosme observaba a corta distancia.; miró el escapulario en el pecho de los muchachos que aunqe ateos creían en la Virgen del Carmen  y no vio enemigos sino unos mozalbetes vigorosos y plenos de sueños como sus hijos, como los hijos de los campesinos que le ayudaron  a tumbar monte y a fundar la aldea de  El Cedral.

¡Yo no soy capaz de matar a estos berracos!. dijo muy quedo.
Eso de matar a sangre fría es cosa de los liberales- Le remachó su conciencia
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Y  Cosme  Marulanda  se acerco al pelotón de fusilamiento y ordenó que los liberaran.

Agradezcan que me cogieron de buen genio y confesado- - Lárguense antes de que me arrepienta-  gritó a los reos- y que no los vuelva a coger espiando o ayudando a los rojos porque ahí  sí los ahorco y los fusilo ..

Los Álvarez se internaron en el monte y no pararon hasta llegar a su casa, donde Don Ramón y Ña Domitila  los daban por muertos.

Contaba Don Agustín Martínez que de todas maneras a los Álvarez los perjudicó Don Cosme Marulanda, pues desde ese entonces todos ellos, incluyendo a Ña Domitila, se volltiaron, dejaron de ser liberales y se volvieron godos y camanduleros como señal de aprecio y reconocimiento al general Cosme Marulanda, que en esa mañana había dejado vivir a los muchachos. 



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