LOS ANGELES AUXILIARES

 

LOS ANGELES AUXILIARES..

-Alfredo  Cardona Tobón

                                                           

    

En la tarde de un sábado decembrino la abuela Marta y su nieta Martina recorrieron el amplio corredor de la casa del Alto de los Bernal donde en el llamado Teatro Popular  admiraron  las nubes  que empujadas por el viento  formaban dragones, velas de espuma y figuras fantásticas.

Mira abuela,susurró Martina- señalando un cofre con un libro abierto.-Si mi niña dijo la abuela con una sonrisa- allí están los arcanos   y el mapa  de los Guardianes del tiempo  que posiblemente nos permitan admirar sus secretos.

Empezó el recorrido y el Valle de Aburrá se incendió con los arreboles  que en  mágicos pincelazos de rojo y naranja anunciaban el fin del día con  el grito alegre de las guacamayas y los villancicos que anunciaban la Navidad.

Las aves dijo la abuela, son mucho más que plumas y trinos, son las auxiliares del  Gran Diseño enviados por la LUZ MAYOR para ayudar a solucionar los afanes  terrenales. Martina sintió  un cosquilleo en el pecho con una mezcla de asombro y curiosidad y  el presentimiento de la  aventura que emprendería al lado de la capitana.

 Tras enterarse  que los búhos son compañeros  de Gabriel, el arcángel de la sabiduría , Martina supo que esos bibliotecarios de la noche llevan en sus ojos la luz de las estrellas para encontrar los sueños perdidos y devolverlos a sus dueños. También averiguó  que  las águilas harpías vuelan junto a San Rafael el Sanador, cuyo  oficio no es solo volar, sino soltar plumas que se convierten en hilos de oro para tejer  la esperanza de los corazones tristes recordando que siempre hay una altura que alcanzar en la vida; los cóndores por su parte son los guardabosques de  San Miguel y  los turpiales y los sinsonte hacen parte del coro de los ángeles de la guarda, cuyo canto disipa las sombras del miedo y te recuerdan  que no estás sola en la senda de la vida.

La casa en la loma de los Bernal era una estación de relevo donde los carpinteros marcaban el tiempo , los cucaracheros entonaban los himnos de la alborada y las mariposas llevaban noticias a los duendes de los bosques Las horas corrieron por la loma de los Bernal, el sol empezó a ocultarse tras la cordillera, los  arreboles cambiaron de color y  se atenuaron los trinos cuando un colibrí coronado  se posó en la rama de un arbusto.

La  abuela se  puso el sombrero, tomó el bastón, llamó a  Fetiche, el perrito criollo que según la abuela entendía más de cuentos que de huesos y  acarició el gato de la casa, un felino elegante que en vez de ladrar maullaba  como un gato.

En los paseos Martina aprendió  los oficios y secretos de las aves: Supo que el  quetzal además de representar a Guatemala era el sastre de la alegría con  el don de  coser sonrisas en los labios de los niños que habían olvidado reír.  Supo Martina  que el barranquero simbolizaba a Manizales y era el bailarín que mostraba las salidas y  descubrió que el azulejo era el mensajero de la piedad y  del amor. 

Mientras caminaban por el jardín Martina dejaba caer migajas de pan,  los afrecheros de la suerte las recogían señalando el camino de la prosperidad. La abuela mermó el paso y se detuvo frente  un arbusto donde cantaba el toche. Consejero. Una pluma del ave se desprendió con el viento y en la mano de la  niña apareció el cetro dorado que distinguía a los custodios del tiempo,

El Universo te eligió custodia de las brisas  dijo la abuela a su nieta,  tendrás la potestad de volar,  comunicarte con las aves  y convertir el llanto en alegría. La abuela Marta abrazó a Martina  y con su nieta se transformaron en aguiluchos y remontaron vuelo con  una banda de músicos que el viento  empujó por un resquicio entre la loma de los Bernal y la hoya de doña Juana  y  al son del burrito sabanero saludaron a Martina, la nueva custodia del  tiempo

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