viernes, 22 de febrero de 2019

JOSÉ MARÍA CÓRDOVA EN LA TV.


“UN GENERAL LLAMADO ARROJO”

Alfredo Cardona Tobón*

Un canal de televisión antioqueño está presentando los martes a las ocho de la noche una serie sobre José María Córdova. Es el momento oportuno para realzar la obra y el valor del más grande guerrero granadino, y mostrar que producciones como la de Policarpa Salavarrieta y ésta sobre el general  Córdova,  concitan la audiencia hastiada de las horrorosas telenovelas sobre  los capos del narcotráfico que enlodan la imagen de los colombianos.

 
     El actor Eduardo Pérez interpreta el papel de Córdova en la serie de televisión

Con  los primeros rayos de sol, una pequeña columna de soldados  patriotas empezó a ascender hacia el Alto de Boquerón en la sierra de Peñas Blancas, no muy lejos de la población de Yarumal; su  objetivo era  destrozar la fuerza realista que bajo el mando de Francisco Warleta estaba fortificada en lo más alto del cerro y alejar la amenaza que  representaba la tropa invasora.

Al frente de los patriotas iba José María Córdova, un joven imberbe, con facciones de niño mimado,  cargado por dos hombres en una silla de manos. No tenía más de  veinte años, y a más de su corta edad, casi no podía hablar por falta de soltura en la dicción,  tenía una pierna lesionada que le impedía montar a caballo y no tenía fuerza ni tono muscular, pues apenas había salido de un trance doloroso que lo dejó tres días sin sentido.

Varias semanas atrás  José María Córdova llegó a  Rionegro sin  fanfarrias,  mal vestido, con signos de fatiga y  con unos pocos hombres bajo su mando. Los chapetones y sus amigos lo miraron burlonamente. ¿Qué podía hacer tal jovencito ante las fuerzas veteranas comandadas por Tolrá y por Warleta?- ¿Qué estaría pensando Bolívar al enviar  una fuerza tan insignificante?.

No sabían que  Córdova, el muchachito que no hace mucho habían conocido en la escuela, era un combatiente fogueado en Cachiri, en  el “El Sombrero”, en “El Rincón de los Toros”, en decenas de acciones armadas en Casanare y en el piedemonte llanero y fue distinguido en Boyacá por su valor y su arrojo.

Antioquia  no fue la provincia granadina más afecta a la independencia. Muchos dirigentes paisas preferían el dominio extranjero a los albures que traía la libertad. Por ellos Córdova tuvo grandes dificultades para enganchar voluntarios y obtener auxilios para sostenerlos; para eso estableció contribuciones y acudió al erario a fin de recabar fondos; como al  funcionario encargado de la Caja no le cuadraban las cuentas, Córdova lo mandó sacar del templo donde estaba resguardado y lo fusiló sin contemplaciones. Fue una medida cruel para inspirar terror. De inmediato quienes estaban gravados  procedieron a pagar las contribuciones, pues vieron  que estaban frente a un soldado curtido por  la guerra a  quien no le temblaba el pulso para hacer cumplir sus  órdenes.

Enamorado y enamorador, Córdova se sumó a los festejos de fin de año y cuando el  28 de diciembre de 1819  quiso lucirse ante Manuelita Morales en las calles de Rionegro,  unos voladores asustaron su caballo que estrelló  el jinete contra  un muro de calicanto.  

Mientras Córdova luchaba con la muerte y luego parecía que hubiera perdido el juicio, Warleta se desplazó desde la costa del Atlántico e invadió a Antioquia con más de 500 hombres. Su objetivo era restablecer las comunicaciones  entre el norte y el sur de la Nueva Granada y hacer  contacto con Sebastián de la Calzada  y las fuerzas españolas de Quito para frustrar la ventaja patriota en el Pantano de Vargas y en  Boyacá, y  tras una segunda reconquista recuperar al virreinato.

El  primero de febrero de 1820 las tropas de Warleta entraron a Yarumal y Córdova, convaleciente  y limitado, envió tropas a contenerlo. El 11 de febrero se combate  en “Pajarito” donde los patriotas causan 23 bajas al enemigo y el 12 de febrero, José María Cordova transportado en una silla de manos por dos de sus hombres dirige las acciones que empiezan con un tiroteo en las horas de la mañana y culminan  en la tarde de ese día con  otro tiroteo  en el Alto de Boquerón..

Al caer la noche los dos bandos acampan y esperan el nuevo día para continuar la lucha, pero con las luces del alba del 13 de febrero, Córdova se da cuenta de que el enemigo  ha levantado su campamento y se ha dirigido hacia Nechí. Un grupo patriota va tras los realistas pero desiste  en su empeño ante la fragosidad del terreno que dificulta el avance.

Los antioqueños hablan de la batalla de Chorros Blancos y magnifican la función de las armas, pero en realidad  fueron dos tiroteos: uno por la mañana y otro por la tarde del 12 de febrero de 1820. Como acción bélica no tuvo gran importancia, pero las consecuencias fueron enormes,  pues Warleta perdió la oportunidad de unir a Quito con Santa Marta a través del corredor de Antioquia  y establecer contacto con las tropas de Sebastián de la Calzada cuyas avanzadas  habían llegado hasta Supía. Córdova, por su parte, consolidó la independencia de Antioquia y con ello aseguró recursos para emprender la campaña de la costa donde en Tenerife y Cartagena se vio la casta guerrera de un jovencito que no se arrugó ante ningún peligro.

La forma autocrática como quiso Bolívar manejar la Nación, separó a José María Córdova del Libertador, al igual que los chismes de Manuelita Sáenz y de Tomás Cipriano de Mosquera. Córdova desconoció el gobierno manejado por Bolívar. Desde Bogotá enviaron tropas a someterlo y ante la indiferencia de un gran sector antioqueño los lugartenientes extranjeros de Simón Bolívar asesinaron miserablemente al héroe de Pichincha y Ayacucho en la malhadada acción del  17 de octubre de  1829, en Santuario, Antioquia, donde un mercenario irlandés  remató a sablazos al general granadino que encarnó el valor, la osadía y el arrojo.

lunes, 18 de febrero de 2019

CARTAGENA Y SANTA FE DE BOGOTÁ


BICENTENARIO DE  LA INDEPENDENCIA- 1-


Alfredo Cardona Tobón*

 


A orillas del mar Caribe  y en el altiplano  de Cundinamarca nació la identidad nacional cuya esencia podría resumirse en las historias de Cartagena y Santa Fe de Bogotá, dos mundos diferentes que dieron forma a la nación colombiana.

 

En 1593 después de consolidarse la conquista española,  se instauró  la Audiencia de Santa Fe de Bogotá dependiente del virreinato del  Perú y con autoridad sobre las provincias de Santa Fe, Santa Marta, San Juan de Girón, Popayán, Guayana y Cartagena de Indias.

 Casi  dos siglos después la  Corona estableció el virreinato de la Nueva Granada cuyas funciones se extendieron  hasta  el nacimiento de la república. Durante  la época colonial dos   ciudades jalonaron el desarrollo de la Nueva Granada, cada una con distintas raíces y papeles diferentes en  la construcción del país. Cartagena fue  plaza militar y comercial y también la sede alterna  del gobierno  del virreinato en épocas críticas; allí  se concentraban las milicias del rey  y a su bahía llegaban los  convoyes que periódicamente  zarpaban  de Cádiz hacia las Américas. La ciudad de  Santa Fe, por su parte,  fue la sede permanente del gobierno virreinal adonde llegaban los impuestos y donde se distribuían  los llamados situados que sostenían el entramado colonial del vastísimo territorio.

EL CONSULADO CARTAGENERO

Ante los ataques piratas, los bajeles españoles cargados con mercancías llegaban a Cartagena escoltados por galeones de guerra. Mientras  las flotas esperaban a los comerciantes del Perú, de Quito, Nueva España y a  los de  Honda, Popayán, Santa Fe de Antioquia y Santa Fe de Bogotá, las tripulaciones y las milicias que protegían los barcos, permanecían en el  puerto  dándole vida y robusteciendo la economía local. Cartagena fue residencia de  poderosos comerciantes  españoles dedicados a la importación y exportación; ellos, con los grandes hacendados, los propietarios de minas  y los funcionarios del alto gobierno, constituían el patriciado de la ciudad. Solamente a los comerciantes nacidos en  España se les permitía negociar con la  metrópoli, mientras los comerciantes criollos solo podían hacerlo en el virreinato, y para establecer relaciones con España tenían que asociarse con los chapetones.

El desembarque de las cargazones de esclavos  favoreció el mestizaje y  la aparición  de una población  de color  que a fines del siglo XVIII  había constituido  un  estrato de artesanos con destreza en todos los oficios. Tal estrato  permitió   la conformación  de milicias sumamente disciplinadas que mantuvieron a raya a los piratas, corsarios y bucaneros que infestaron las aguas del Caribe, apuntalaron al régimen español  en el alzamiento comunero y durante la revuelta del veinte de julio de 1810.

El comercio inequitativo causó un hondo malestar entre los criollos y los peninsulares, sobre todo en Cartagena donde “los españoles americanos”  reclamaban los mismos derechos de “los españoles europeos”. Pero mientras los primeros  acumulaban capital que al final retornaba a España, los segundos sumaban tierras, minas y esclavos que fortalecían su casta y los aferraban al suelo americano, donde querían implantar la cultura cortesana comprando dignidades  como ocurrió en Cartagena  con el Marqués de Premio Real, el conde de Santa cruz, el conde de Toro Hermoso, el  conde de Pesgagua, el marqués de Valdehoyos y en Santa Fe de Bogotá  con el marqués de San Jorge.

 

 Gran  parte de las trasmisiones de mando se hicieron en Cartagena y algunos virreyes permanecieron largo tiempo en la ciudad en épocas de guerra contra Francia e Inglaterra; ello dio lugar a la formación de  una mentalidad cortesana que hizo ver al puerto como el  centro del virreinato, y tal vez lo hubiera sido si el calor, las plagas y los bichos no hubieran alejado a los gobernantes de las murallas cartageneras.

Santa Fe era el asiento del virrey  y de la  Real Audiencia, en tanto en  Cartagena mandaba un gobernador que tenía vinculación cercana con el Rey  de España  y contaba con El Consulado,  una institución que funcionó  durante  diecisiete años y  desapareció con la rebelión independista.

El Consulado tenía entre sus  funciones  el mantenimiento del camino desde el   puerto del Opón a Santa Fe, las construcción de embarcaciones  para el transporte por los ríos Cauca  y Magdalena, el sostenimiento del  Canal del Dique y la solución de los litigios comerciales del virreinato. Para su  sostenimiento,  el Consulado tenía el  recaudo del  impuesto de Avería que era del medio por ciento sobre todos los bienes importados y exportados por los puertos del virreinato.

Si bien es cierto que el  Consulado fue un rotundo fracaso como agencia económica, debe abonársele el haber sido una especie de escuela de la dirigencia criolla, pues dentro de la rivalidad entre los comerciantes chapetones del Consulado y los comerciantes criollos, surgieron líderes como José Acevedo y Gómez y Camilo Torres que defendieron los intereses americanos.

LA REAL AUDIENCIA DE SANTA FE DE BOGOTÁ

La Real Audiencia se estableció en  1549; tenía por encargo administrar y pacificar el territorio  y fue un órgano consultivo de los presidentes y luego de los virreyes. Los miembros de la Real Audiencia se denominaban Oidores y al igual que los miembros del Consulado se les exigía pureza de sangre y haber nacido en España. A los Oidores no se les permitía poseer tierras ni casarse con mujeres de la colonia, salvo autorización del rey;  tenían prohibido asistir a fiestas, casamientos, bautismos y dar o recibir préstamos. Las funciones de la Real Audiencia eran  esencialmente judiciales, los Oidores oían y juzgaban, decidían sobre los conflictos y protegían a los indígenas  de los atropellos de los encomenderos. En Santa Fe de Bogotá la crema de la sociedad  descendía de los conquistadores, estaba ligada a la tierra e inmersa en el ajetreo político, pues los criollos ocupaban  altos cargos en la iglesia y  tenían que ver con la administración como miembros del  cabildo local.

Tanto en Santa Fe como en Cartagena  poco tuvieron que ver criollos y chapetones con el pueblo raso que solo les sirvió como instrumento para enriquecerse o presionar a las autoridades en sus demandas personales.

Cuando en Santa Fe de Bogotá se estableció la Junta del 20 de julio de 1810,  no se habló de independencia ni de los derechos del  pueblo,  tampoco en la primera Junta de Cartagena se  acordaron de la base popular, hubo  que esperar otro año para que los cartageneros, imitando a los mompocinos,  desconocieran la autoridad del Rey  y empezaran a escribir la historia de la independencia junto con los comuneros y los nativos de Puerres y de Cumbal. 
 

Al empezar la  época republicana no  tardó en presentarse la confrontación entre Cartagena y  Santa Fe de Bogotá, la primera apoyaba un régimen federal y la segunda defendía el régimen  centralista. A Antonio  Nariño lo apoyaron los indígenas y mestizos del barrio Egipto y  a los Gutiérrez Piñeres los siguieron  los negros y mulatos del barrio cartagenero de Getsemaní.  Con los indios del altiplano  y con los  negros caribeños  se oyó, pues, el  clamor de la Libertad antes que los criollos pensaran en liberarse de España..