jueves, 24 de mayo de 2018

TULIO TOBÓN VARGAS


 
UN PAISA  MUY ALENTADO

 
                                     Foto cortesía de Guillermo Aníbal Gartner

Alfredo  Cardona Tobón

En un amanecer de 1930 el canto de los gallos anunció  el nuevo día mientras tenues rayos de luz se filtraban por la puerta de un rancho en la vereda Sauzaguá, situada en el occidente del Viejo Caldas.

El vuelo de un búho hasta un frondoso aguacate despertó a Esterjulia, quien abrió los ojos,  se desperezó, alisó la bata que le sirvió de piyama y cortó el último ronquido de  su esposo Pedronel. Esterjulia quitó la tranca de la cocina y prendió la leña del fogón que empezó a escupir borbotones de  humo blanco por la improvisada chimenea de barro cocido, en tanto Titán y Nerón se agazapaban buscando el calor del fuego, dando término a las carreras nocturnas tras las chuchas y a sus molestos ladridos a la luna.

Esterjulia  puso  la cayana sobre las brasas y en una laja  grande y cóncava molió  el maíz para las arepas  mientras el  olor dulzón de la aguapanela anunciaba el frugal desayuno. Jacinta, la hija de seis años, se levantó medio dormida,  mojó la cara con el agua que caía por  una lata de guadua y se dirigió al corral con la aguamasa para el marrano;  Maruja,  la hija mayor de los Guapacha Ladino, preparó una olleta de café , untó la arepa con manteca y  empezó a lavar la ropa sucia que a falta de jabón desmugraba con  espuma de frutillo y pepas de Caramanta.

Una falda roja, los cucos, un brassier y la blusa de flores que le regaló don Tulio Tobón después de llevarla a la trastienda del negocio, constituían  el guardarropa dominguero de Maruja; iba descalza como el resto de los comuneros indígenas, era una  “patiancha”, como los llamaban los paisas,  pues sin el obstáculo de los zapatos sus dedos   se explayaban  libremente sobre el suelo.

Después del  desayuno  la mamá ordenó  las camas, que eran horquetas clavadas en el piso con largueros de guadua, sobre los cuales había un  tendido de esterilla cubierto por esteras fabricadas con cogollos de cañabrava y por los costales que empleaban como cobijas.

 Pedronel salió hacia el corte a las siete de la mañana y regresó al rancho  con el sol sobre su cabeza; traía desocupado el  calabazo de chicha y cargaba en una jíquera un gurre aterrado  manando sangre por una oreja; los perros brincaban jubilosos alrededor del infeliz prisionero en espera de  la ración sustanciosa, que, por ese día,  llenaría sus esqueléticas figuras

Sobre un mesón rústico Esterjulia y Maruja sirvieron  el sancocho con morro, donde nadaban trozos de obambo y flotaban unos plátanos en medio de un mar de grasa de calambombo, rematando el almuerzo con un tazón de mazamorra endulzada con  melaza de caña.

A medio día no había siesta ni reposo, con el último trago de sobremesa  Pedronel regresaba al corte a volear azadón o machete hasta que  el sol se escondía tras el cerro Gobia señalando la hora de la comida que indefectiblemente se componía de fríjoles con ahuyama o cidra, a veces acompañado por tajadas de plátano maduro y un tazón de claro con un pedazo de dulce macho. Nada de limones pues aguaban la sangre, ni guayabas porque a esas frutas les  faltaba un grado para ser veneno;  de vez en cuando complementaban la dieta alimenticia con animales de monte como guaguas, guatines o tatabras o con huevos de cascara verdosa de unas gallinitas criollas que se mantenían con cucarrones y lombrices.

 Con dieciocho años de edad  Maruja estaba embarazada.  Mamá Esterjulia sospechaba que  detrás de esa gordura estaba  don Tulio Tobón, el dueño de la tierrita que cultivaban.  ¡ Que le vamos a hacer¡ - pensaba Esterjulia por sus adentros- don Tulio era el patrón y en resumidas cuentas- cavilaba la vieja- era mejor tener un nieto clarito que otro indiecito tuntuniento.

En honor a la verdad la castidad no estaba en la lista de los valores de la parcialidad indígena; era común el “amañe” y las misias  no tenían inconveniente  en entregar sus hijas a los patrones para “ que  mejoraran la raza”, eso explicaba el “blanqueamiento” de la parcialidad por obra y gracia de varios garañones paisas dueños de  tierras y de los mejores negocios del pueblo. En familias campesinas no había empacho en decir ese niño es del doctor Eastman o esa niña es de Miguel Angel Restrepo. Contaba Lalo Salazar  que en una ocasión vio  un monito de ojos claros en una familia nativa; le pareció extraño y preguntó  de quien era la criatura.  “! Ese muchachito lo tuvo mi mujer  con don Tulio Tobón!”,  fue la respuesta del orgulloso padre putativo.

Es difícil calificar la conducta de don Tulio Tobón y otros paisas que se enquistaron  en las parcialidades indígenas.En el caso de don Tulio no se trataba de un seductor o un violador de nativas: era un reproductor, como el burro de raza del padre Jaramillo o el gallo fino de don Bonifacio Trejos. “Pateperro” calculó la descendencia de don Tulio en  75  niños; don Emilio Betancur, que  sabía lo que decía, pues era su cuñado ,  elevaba la cuenta  agregando  los retoños de unas fámulas y la única hija legítima  del  alentado multiplicador antioqueño.

A don Tulio, como a los toros, no le importaba la suerte de sus retoños;   fue su  padre, Germán Tobón,  quien en una  u otra forma reconoció a esos nietos:  después de la misa dominical de las nueve de la mañana don Germán se sentaba en una banca del parque con una bolsita llena de monedas de dos y cinco centavos. No tardaban en acercarse niños y niñas  de  diversos colores y tamaños que lo saludaban sin atreverse a llamarlo abuelo. Los pequeñines recibían un cariño o una frase amable y se retiraban sonrientes  a gastar la “ración” que les había dado el viejito.

 

 

 

 

 

martes, 22 de mayo de 2018

CÉSAR, OTTO Y LA PALABRA


 
Alfredo Cardona Tobón


                                                        Riosuceña en Carnaval
 

“Bendigo al Sumo Hacedor

que quiso hacerme cristiano,

músico, godo, caucano

y  antioqueño y  entrador”
                       

                                               Doctor Otto Morales Benítez
 

Este verso de  Gonzalo Vidal, un caucano autor de la música del himno antioqueño, podría aplicarse a los mestizos riosuceños cuyo explosivo coctel genético ha creado esos raros especímenes  del Ingrumá, capaces de santificar al diablo, bendecir el guarapo y dar sabor picante  al departamento de Caldas  que sin ellos sería una prolongación sosa de Caramanta o Abejorral.

Cuando Teófilo Cataño se inventó un Carnaval de la Bruja en Quinchía no se imaginó  que ese suceso daría pie para que los riosuceños inventaran un Carnaval presidido por el Diablo en el vecino Riosucio; tampoco imaginó César Valencia Trejos  en el año 1984, que una tertulia aguardentera con los aguadeños de  “Imágenes y Sueños”  y una parranda en “Leño Verde”, serían el germen del “Encuentro de la Palabra”, donde la provincia entabló batalla por su identidad y sus valores.

Atrás quedó la escuela de los jilgueros sin mensaje de los grecocaldenses  y demás  plañideros de  añoranzas ajenas, para dar paso a la voz de generaciones  llanas, comprometidas con la realidad y sus propios sueños.

A partir de entonces se han vivido decenas de “Encuentros de la Palabra”, son decenas de milagros en medio de la cicatería oficial y el desdén de la dirigencia departamental. En estos años Riosucio ha reunido lo más granado del pensamiento colombiano gracias a la fe y al tesón de su gente y ha consolidado un proyecto cultural que lo identifica en el concierto nacional..

Entre los artífices de los  “Encuentros de la Palabra” se destaca  César Valencia Trejos. Este riosuceño de profesión vio las primeras luces en la vereda “Ojo de Agua” y desde que estaba chiquito, como dicen sus biógrafos, ha estado inmerso en todo lo que beneficie a su pueblo  sin pensar en puestos ni dinero, del que parece divorciado o alérgico.

Inquieto de nacimiento ensayó estudios en  Bogotá y Medellín y siguiendo la herencia  de los culebreros y los trotamundos de su familia, César se ha enfrentado a los más disímiles oficios: locutor, periodista, animador en un colegio de monjas, cafetero, veterinario, empresario, matachín,  desenrroscador de culebras, pintor de arreboles y calibrador de truenos…

Aunque es godo y rezandero, Cesar Valencia entronizó a Otto Morales Benitez en las entretelas de los  “Encuentros de la Palabras” en vez del Corazón de Jesús.Y allí se quedó su paisano con sus carcajadas  impartiendo bendiciones  y trazando caminos  a quienes  en una u otra forma, modesta o ilustremente, trabajamos por el engrandecimiento de la provincia  colombiana.

Durante su fecunda existencia Otto Morales  estuvo presente en cuerpo o espíritu en los  “Encuentros de la Palabra” y los seguirá presidiendo aunque se haya apagado su risa franca  y no esté al lado de su millón de amigos. La trascendencia cultural de los “Encuentros de la Palabra” es innegable en el Viejo Caldas:  han desencadenado una serie de acontecimientos notables en la provincia  como los “Encuentros con la Historia”, festivales culturales, centros de estudios, la Academia Caldense de Historia y la Cátedra Otto Morales Benítez de la Universidad del Área Andina en Pereira.

LAS HUELLAS DE OTTO

Otto dejó testimonio de su obra en decenas de libros, en artículos de prensa, en las generaciones que lo precedieron. Fue el faro de la que llamó “La generación de las identidades” cuya labor se extiende hasta nuestros días en la poesía, la literatura  y la historia de la región. Otto Morales Benítez no le temió a los esbirros  de las tiranías como ocurrió en el Paraguay donde  no pudieron silenciarlo las  amenazas de la gente de Stroessner y  tampoco en Colombia, donde su voz se levantó en tiempos de Mariano Ospina y Laureano Gómez para exigir el  respeto a la vida en esos ominosos regímenes, donde la vida de los liberales valía  menos que la de un mísero perro callejero.

En el año  1947 los liberales organizaron una manifestación en Salamina, Caldas. Otto era el abanderado en la multitudinaria marcha. Ante un aguacero de piedras sus copartidarios  se guarecieron en los zaguanes de las casas del marco de la plaza y cerraron las puertas; Otto iba de lado a lado de la enorme plaza con el pendón rojo buscando un refugio que lo salvara del salvajismo de los atacantes, pero sin deshacerse  del estandarte que era el blanco principal de los violentos.   

Muy jovencito, Otto organizó las brigadas rojas en su pueblo y alineó en sus filas a los caciques pirsas de Bonafont y de Moreta. Los quinchieños cerraron filas alrededor del tribuno oscuro que se identificaba con los Guapacha y los Ladino, con los  Tapasco y los Largo.

                                                A la derecha  César Valencia Trejos

El paso de los años podrían diluir la esencia del aldeano que   se enfrentó a los “pájaros” de mitad del siglo  pasado al denunciar sus crímenes  en los flagelados municipios del occidente del Viejo Caldas. En sus crónicas “Campos desiertos y cementerios repletos” denunció los atropellos del régimen dejando la relación de los asesinatos y de los desplazamientos forzados. Infortunadamente todos ellos quedaron en la impunidad y en su tiempo ni la iglesia insensible, ni la sociedad, ni nadie, se condolió de la monstruosidad de los hechos.

Llegará el día que se reconozca el valor de Otto Morales. Cuando  se oxiden los incensario,  se acabe el monopolio de quienes se creen sobrinos del Papa  y bajen de sus pedestales a los paladines de la  aristocracia criolla, quizás se funda un busto en honor al caldense que no  fue presidente de  Colombia  al negarse a los condicionamientos de los barones electorales. Llegará, entonces, el reconocimiento  a ese “patiancho” riosuceño que brilló con luz propia  en los escenarios americanos y cuyas risotadas no se han perdido sen los pliegues graníticos del Ingrumá  y El Batero.