sábado, 25 de agosto de 2018

TULIO ARBELAEZ Y EL GENERAL PULIDO


Pereira, 21 de agosto de 2018

 
                                                    Tulio Arbelaez
 
 Doctor

Jaime Lopera Gutiérrez

 
Estimado amigo:

La relación de un viaje emprendido por Tulio Arbeláez por el occidente y centro del Viejo Caldas en el año 1912, nos ha motivado a buscar  entre viejos papeles   información sobre Tulio Arbeláez y su obra, entre la cual se destaca el libro “Campañas del General Cesáreo Pulido” y de otros héroes liberales  que actuaron en la  guerra de los Mil Días.

En buena hora tu inquietud investigativa nos ha hecho encontrar a  Tulio Arbeláez quien reivindica  a personajes  cuya memoria debiera iluminarnos en estos tiempos de ludibrio  para el  partido liberal  con sus banderas enterradas en el lodo.

Tulio Arbeláez, indudablemente paisa pero no sabemos de qué parte, no fue  literato ni poeta: fue testigo  de una dolorosa época de Colombia y  un viajero acucioso que plasmó en el papel lo que vio en su camino. En  el viaje por Caldas en el año 1912,  sus anotaciones nos dan pistas sobre el pasado de  nuestros poblados y en las campañas del General Pulido y sus compañeros de lucha,   sus escritos  se convierten en una picota,  en donde quedan colgados  los verdugos,  para escarnio  perpetuo de las generaciones  honradas, como destaca Nieto  Caballero en la introducción del libro.

Tulio Arbeláez fue un combatiente que quiso prestarle a su causa el servicio de enfrentarse a las armas oficiales, en los días del heroísmo inerme.  Participó en muchas acciones de guerra en las llanuras ardientes del Tolima, en los páramos de Cundinamarca y a orillas del gran rio de La Magdalena. Tulio Arbeláez fue en vida lo que sus páginas muestran: un hombre honrado, veraz, justo, cuyo liberalismo fervoroso no impidió reconocer  los actos nobles de los opositores.

Tulio Arbeláez luchó bajo las banderas del General  Cesáreo Pulido, fue su amigo y secretario  y  quien juntó los recuerdos para  registrar la lucha de  un  hombre que sacrificó paz y familia  para combatir un gobierno que tenía sumido al país en el mayor oscurantismo.

La vida de Cesáreo Pulido fue una lucha sin cuartel contra las inicuas estructuras que sostuvieron la iglesia católica y el conservatismo. A los trece años de edad este héroe tomó las armas liberales en la guerra de 1860  al lado de su padre, bajo el mando de los generales Ángel Céspedes y Manuel Durán,  y pese a su edad  nada lo arredró en pleno campo  de batalla.

Como proveedor  del ejército del general Santos Acosta, hace la campaña de 1876 en defensa del gobierno liberal de Parra; en su ciudad natal de La Mesa, Cundinamarca sobresale en el ataque a la temida guerrilla conservadora de “El Mochuelo”;  tiempo después, una bala cruza su mejilla derecha, y una vez cicatrizado sigue luchando hasta la capitulación enemiga.

Estalla la revolución de los Mil Días. El 18 de octubre de 1899 Cesáreo  Pulido cuenta con 52 años de edad, una gran barba cana y la cicatriz gloriosa en la mejilla. Entra en campaña, se desplaza por varios frentes y en todas partes derrocha osadía y valor.

Al estallar la guerra escapa milagrosamente de las garras del gobierno;  permanece escondido  por varios días en lo más cerrado de la montaña, hasta que puede salir  a organizar una guerrilla con doce de sus peones y tres compañeros resueltos.

En el Callejón  de Guaduas se retrasa de la tropa y  lo sorprenden mientras redactaba un parte sobre la acción de Ambato.  Lo llevan prisionero a la población de El Guamo, de ahí lo conducen a Ibagué y en el trayecto logra escapar en una mula  bajo el nutrido fuego de los captores.  Después de pasar oculto en unos cerros  Cesáreo Pulido se  reincorpora a las guerrillas liberales.

En la retirada del sitio de  La Virginia, lucha cuerpo a cuerpo con las tropas conservadoras abriéndose  paso como un león. Recibe una herida en el hombro derecho y en  el combate de Las Lajas recibe otra en el mismo hombro, que lo pone en inminente peligro de caer prisionero. En medio del campo de batalla  riega la tierra con sus lágrimas al  dar sepultura a su  hijo. Regresa al combate al minuto  siguiente, por todo recuerdo queda una cruz de palo bajo unos caracolies floridos.

En la campaña de los Llanos, además  de sus dotes militares se revela como un admirable organizador; crea rentas, levanta recursos para el sostenimiento de la numerosa tropa  y hace grandes negocios  de caucho virgen para atender las necesidades de la guerra.

Cesáreo Pulido combate sin descanso; sus acciones se multiplican en los llanos y en  las sierras del Tolima y Cundinamarca: La Morada, El Real, Zanjanegra, El Caimán, Matamundo, La  Sierra, Ambato, Ilarco, Sibaté, Tibacuy, La Mesa, Perico, Baraya, Atá, Montefrio,  Cumaca, Alto de la Cruz, Las Peñas, La Florida, El Rucio, Varillas, Las Lajas, Garzón, La Jagua… que fue su último hecho de armas.

Después de la derrota en la Jagua, Cesáreo Pulido cae nuevamente prisionero, lo tienen en capilla en Garzón durante dos días, lo cargan de grillos en Neiva y como yuntas de bueyes, atado con esposas de hierro, lo llevan al poblado de Purificación. Luego lo recluyen en el Espinal en fétidos calabozos y   el trece de  septiembre  de  1902  llevan a Cesáreo Pulido y demás compañeros a un patíbulo hecho con las mesas y los bancos de la escuela pública.
 
                                             General Cesáreo Pulido
 
A los liberales capturados  tras el combate de La Jagua los juzgaron como traidores a la patria  y por hacer parte de una cuadrilla de malhechores. No hubo piedad. Sin defensa legal los pasaron por las armas y envilecieron su memoria. Sobre este infame crimen cayó una inmensa sombra. Quisieron disculparlo denigrando de las víctimas, los presentaron como bandidos, como vulgares malhechores, pero basta leer las cartas de Pulido, de Calderón y de Chávez donde se expresa la nobleza de sus sentimientos y la justicia de su causa.

Cuando el liberalismo recupera el poder, por Ley  49 de 1936, el Congreso de Colombia  rehabilitó y enalteció la memoria del general Cesáreo Pulido, del general  Gabriel M. Calderón y de los jefes Rogelio Chávez, Anatol Barrios, Benjamín Mañozca, Clímaco Pineda y Germán Martínez, valerosos soldados de la causa  de la democracia. En otro artículo de la ley  firmada por Alfonso López se exalta la lucha de todos ellos y se  ordena erigir un mausoleo  donde se depositen los restos de Cesáreo Pulido y demás  compañeros

Alfredo Cardona Tobón




 

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