lunes, 2 de octubre de 2017

RECORDANDO A LUIS CARLOS GONZALEZ


Jaime Rico Salazar
 
 

Luis Carlos Gonzalez nunca se creyó poeta, decía que era un versificador, porque él nació así con esa rara condición. Tenía encuadrado en su pensamiento el soneto,  la poesía surgía en él a medida que hablaba, las metáforas le fluían  con una facilidad asombrosa sin ningún esfuerzo literario; por esas razones consideraba que como era tan fácil hacerlo,  no tenía tanta importancia y como hizo de la modestia y de la sencillez una oración, su vida siempre fue elemental, sin complicaciones.

Luis Carlos González nació en Pereira el 26 de septiembre de 1908 en el hogar de don Florentino González Mejía y doña Ana Francisca Mejía Jaramillo. Las calles pereiranas lo vieron recorrer su infancia y en el colegio Deogracias Cardona cursó los años de primaria.

En uno de sus versos anotaba:

“ Aprendí a contar ladrillos con María Rosa Tejada. Edelmira Ormaza nada pudo enseñarme de canto y don Deogracias Cardona, en tanto,  me hizo aprender, hasta el fin,  los versos de Marroquín y el bochinche de Lepanto”.

Condiscípulo de Carlos Lleras Restrepo en Bogotá, no fue un alumno brillante, según su modesto decir y le fastidiaba estudiar los clásicos de la literatura. Sus condiciones innatas para versificar no tuvieron por lo tanto, escuela o asimilaron influencias literarias  de ningún poeta.

En el exámen final de la clase de literatura, me contaba, se sintió perdido cuando leyó  el cuestionario y se dio cuenta  que nunca pasaría la materia con lo que tenía  en su memoria para contestarlo. Se le ocurrió entonces una idea brillante: propuso al profesor le cambiara el test y que a cambio le escribiría un poema, con el tema que le propusiera y la extensión que quisiera.  El profesor le aceptó la propuesta y por esa circunstancia pudo aprobar la materia.

Al morir trágicamente su padre, Luis Carlos regresó a Pereira en 1924 a hacerse cargo  de la administración de los bienes que dejó  su progenitor. Además trabajó como tipógrafo, topógrafo, operador de cine, cajero de banco, empleado de la alcaldía, radiodifusor y gerente de las empresas públicas de Pereira. A pesar  de contar con el servicio  de un automóvil, acorde a esta última posición, nunca lo quiso utilizar para su beneficio personal y recurría al bus que lo llevaba y traía de su casa a la oficina, como cualquier empleado.

En Pereira formó su hogar con doña Carola Villegas Villegas de Abejorral y vieron crecer tres hijos excelentes: Marta, Fernando y Eduardo. Sus momentos de esparcimiento los vivió  en el cafetín El Páramo y en El Sesteadero y porque no decirlo, también, en el barrio cantinero de La Cumbre, sitio de bohemios y prostitutas, que estaba en la salida de Pereira a Dosquebradas.

Sus primeros poemas fueron publicados en el  semanario Sábado que dirigía Plinio Mendoza Neira, sin que llegaran a tener mayores comentarios. Luego reunió muchos de sus versos en un librito que  tituló “Sibaté”, población de Cundinamarca en donde reunían en hospitales- cárceles a las personas que perdían la razón. Por supuesto que andan muchos sueltos.

En su introducción anotaba que:

“Dilectísima lector
 
Sibaté solo se edita
 
Porque el autor necesita
 
Convertirse  en comprador .
 
Obligan pues su edición,
 
Lo confieso sin ambages
 
a carencia de dos trajes
 
y un roto en el pantalón”

 

Y decía  que efectivamente el librito le había dado el dinero que necesitaba para comprar los dos trajes y remendar el pantalón. Posteriormente reunió más versos y publico “El asilo de versos”. En 1983 el Banco de la República le editó la obra “Poemas de Luis Carlos González” que me obsequió  en entrevista que le hice tres meses antes de fallecer y dedicó con estas palabras: A Jaime Rico Salazar.

Comenzaba la década  de los años 40´s cuando LCG tuvo la iniciativa de musicalizar uno de sus poemas y le pidió a su amigo cantante Luis Figueroa que hiciera un bambuco con los veros de “Vecinita”, pero éste se sintió incapaz  de aceptar el reto. Recurrió  al maestro Agustín Payán Arboleda , pianista de la orquesta del maestro Payán y no se sintió capaz de hacerlo, entonces no tuvo  más alternativa que insistirle al “Cojo” Figueroa que al final de cuentas era quien lo había retado a escribir la letra para un bambuco. Ocho días después compuso la música…  Entusiasmado con la canción  decidieron que el Cojo Figueroa la cantara en un programa de radio, pero no hubo ninguna respuesta del público oyente, ensayaron  a cantarla en dos voces, con un voz femenina y tampoco pasó nada especial. Desilusionados se fuero para La Cumbre en donde lo único que hicieron cantar a Figueroa fue “La negra noche” y “El pañuelito”, las canciones de moda en esos días. También cantó “Vecinita”, pero a nadie le interesó.

Decepcionados se fueron para “El Sesteadero” en donde encontraron un grupo de amigos que al oir el bambuco  se emocionaron en tal forma que hasta fueron a cantarla esa misma noche en una serenata. Despues vinieron “Callecita morena”,” Recuerdos”, “Besito de fuego”, “Antioqueñita” y “Paisaje”, que conocidas como poemas fueron acompañadas con la sentida y hermosa música que les puso Figueroa y que se han mantenido vivas en el recuerdo de nuestras mejores canciones.

En 1942,dos empresas antioqueñas, Rosellón e Indulana promovieron en Medellín un concurso de canciones colombianas. Luis Carlos González acompañó  a Enrique Figueroa y a Enrique Villegas ( Los Heraldos de Caldas). El primer puesto se lo dieron  al bambuco “A la orilla del ríos” del maestro Carlos Vieco, interpretado por Obdulio y Julián, por supuesto que influyó el sentido localista, aunque no se puede negar que también es muy bella la canción de Vieco. En otro concurso radial presentaron el bambuco “Nochebuena”, con tan mala suerte que tuvieron que competir con una composición presentada por el director de la orquesta y animador del programa, a quienes les adjudicaron el concurso.

Con el pasar de los años las canciones de LCG, muchas con música de Figueroa, fueron pegando en el gusto musical colombiano. Con ellas se enriqueció nuestro cancionero y nuestra poesía con hermosas letras muchas de ellas musicalizadas por diferentes compositores, pero a Luis Carlos no le gustaba la publicidad, detestaba los homenajes porque según él no se los merecía y además alguna vez dijo que “toda gloria es un anticipo funerario”.

Sin embargo fue condecorado con La Estrella de Antioquia, siendo gobernador Oscar Montoya. El presidente Belisario Betancur le impuso la Gran Cruz de Boyacá el 28 de agosto de 1983. El Banco de la República, seccional Pereira,  quiso hacerle un homenaje colocando su nombre a las instalaciones  culturales del Banco. Con poco entusiasmo asistió a la ceremonia que tuvo lugar el 17 de agosto de 1985 con asistencia de un selecto grupo de personalidades de la ciudad. El escritor  Héctor Ocampo Marín le hizo entrega de la obra “El poeta de la ruana”. Fatigado se retiró a su casa a las 1-15  de la tarde. Un infarto le sobrevino y LCG falleció. Ese día leyó su último poema escrito para la ocasión.

El presidente Betancur lo despidió con un sentido discurso que entre otras cosas decía:  Debe ser bello el saberse recordado por los siglos de los siglos a la manera de Luis Carlos González, con una de sus canciones en los labios, entonada generación tras generación,  para reafirmar el poder inextinguible de los sueños y de la esperanza.  De él debemos despedirnos por tanto con una canción susurrada en voz alta, reconstruida en silencio dentro de la turbamulta  del alma..”

SU OBRA

Además de “Sibaté”, “Asilo de versos” y “Poemas”, sus versos quedaron impresos en  “Pereira canta”, “A control remoto”,”Retocando imágenes” y “Anhelos”.

Enrique Figueroa musicalizó veinte poemas: “Lejana”, ”Madre Labriega”, “Recuerdos”, “Antioqueñita”, “Manizales canta”, “Vecinita”. “Ventanita”, “Aguardiente de caña”, “Acuarela”, “Cansera”, “Callecita morena”, “Relojito”, “Besito de fuego”, “Paisaje”,”Muchachita parrandera”, “Compañero”, “Nochebuena” “Los Viejos”, “Pereira” y “Cobardía”.

José Macías le puso música a  “Mi casta”, “Fondas de ayer” y  “La Ruana”.

Fabio Ospina musicalizó “Caminos de Caldas”, “Muchachita pereirana”, “La esquina” y  “Sin palabras” la que canta Beatriz Arellano.

Hugo Tres Palacios musicalizó  “Tarde”. De Enrique Villegas es la música de “Compañera” y “Ajena”. Sedy Cano lo hizo con “Cafetal”, Arturo Cano le puso música a “Matapalo”, “El Hacha” “Camino ciego” y “Camino y tarde”.

Manuel Ramírez musicalizó  “Alfiler”, “Troncos secos”, “Juramento” y “El Carriel”. De Gabriel Arias es la música de  “Agua montañera”, “Te quiero” y “Amor montañero”. Francisco Bedoya le puso música  a “Trocha de lágrimas”; Joaquín Arias a “Montañera”, de Rodrigo Gòmez es la música de “Harapos”, Sofìa ângel de C musicalizò “Yo pecador”; Lucho y Nlhem musicalizaron “Barrio pobe”, de Eduardo Cava  es la música de “Cafè de Colombia” y el doctor Jorge Villamil le puso música a “ Bendigo mi soledad”. “Dos palabras” “Al bambuquero”, “Mariposa verde” y al  pasillos “Orgullo”

Arturo Henao le puso música a "Matapalo", "El Hacha", "Camino Ciego" y "Camino Verde".

 

domingo, 1 de octubre de 2017

EL PRESBÍTERO MIGUEL ANGEL MELGUIZO Y LOS CURAS GUAPOS


UN CURA VALIENTE Y PROGRESISTA

Alfredo Cardona Tobón*
                    El padre Miguel Ángel Melguizo fue cura párroco de Marulanda- Caldas-


El 9 de febrero de 1930 se efectuaron en Colombia elecciones presidenciales con el triunfo del candidato liberal; en esos comicios se contabilizaron 369.934 votos a favor de Olaya Herrera contra 240.360 del candidato conservador Guillermo Valencia Castillo y 213.583 del otro candidato conservador Alfredo Vásquez Cobo. El triunfo liberal desencadenó una virulenta reacción dentro de un vasto sector opositor que creía que su derrota significaba el adviento de una era de persecución contra la iglesia y los más caros principios del catolicismo.

 En los departamentos de Santander y Boyacá algunos sacerdotes enarbolaron la bandera de la rebelión contra el gobierno recientemente instituido y fomentaron acciones violentas en sus feligresías.  En el Viejo Caldas se presentó ese fenómeno en varios municipios, donde esas acciones clericales fueron el caldo de cultivo para la terrible violencia política que se presentó años más tarde, cuando una división liberal llevó nuevamente al conservatismo al poder.

LAS LLAMARADAS DEL ODIO

Semanas después del triunfo de Olaya Herrera, el Presbítero  Naranjo López, cura de Chinchiná, arremetió violentamente contra el nuevo régimen anunciando que llovería fuego sobre Colombia, ya que eso merecía una república donde gobernaba un hombre impío.

En Balboa y en Belén de Umbría se presentaron disturbios alentados por sus curas y lo mismo sucedió el 28 de abril de 1933 en Santa Rosa de Cabal, cuando el sacerdote Roberto Buitrago manifestó lo siguiente ante los cadáveres de dos ciudadanos conservadores asesinados en la población: “Yo, como ministro de Cristo, predico lo que este predicó en la Sinagoga: Llorad ante vuestra madres y sobre vuestros hijos que muy pronto llegará la venganza. Hermanos míos aquí reposan estas dos víctimas que piden venganza, yo les pido a mis copartidarios el exterminio, el boicoteo y la traición si es necesario, para arrojar a los liberales de este pueblo.  Hay que expulsar estos bandidos, obligarlos a que se marchen, no prestarles ningún servicio y negarles hasta el saludo a esos facinerosos”.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA


Presbítero  Miguel Ángel Melguizo- Foto  cortesía de Claudia Llano Franco


Pero no todos los sacerdotes se alinearon con los violentos; y algunos levitas virtuosos, que entendían lo sagrado de su misión y su compromiso con todos los fieles, arriesgaron su vida en defensa de toda su feligresía, sin distinciones de color político, como sucedió con el padre Ángel María Melguizo cura de Marulanda, un hombre sin par, de mente abierta y amigo del progreso.

La construcción de tres iglesias con sus casas curales y escuelas anexas en Montebonito, Mesones y Brasil en una época sin carreteras, con puras trochas empantanadas, sin auxilios del gobierno y en medio de comunidades pobres fueron obra de este sacerdote extraordinario que en el año 1897 llegó a Marulanda a remplazar al padre Jesús María Restrepo Restrepo, primer cura de la aldea fundada por el general Cosme Marulanda.

El sacerdote Ángel María Melguizo había nacido en  Anorí, Antioquia,  el 1° de agosto de 1855; recibió el  presbiterato el 19 de septiembre de 1885 y ejerció casi todo su apostolado en las ariscas breñas de la tierra fría que van del páramo de Herveo hasta el cañón del rio Perrillo, cuyas orillas comunicó con  tres puentes techados,  una hazaña monumental   en esa abismal hondonada que marca  límites entre Caldas y Tolima.

Como se ve este meritorio religioso no solamente se preocupó por las almas de los fieles sino por su bienestar material, porque además de las obras enunciadas lideró la construcción del camino que unió a Marulanda con Manizales y se interesó en grado sumo por la instrucción de los parroquianos.  

Después de una meritoria existencia el presbítero Melguizo murió a la edad de 87 años en Marulanda donde se le dio sepultura el tres de noviembre de 1942.  A este virtuoso levita, que bien podría estar en los altares, se le puede aplicar aquella frase en loor al padre Almanza: “De humildad fue su vida, de amor su ministerio”.

Hay algo más que realza la labor del padre Melguizo:  dentro de su mansedumbre y entrega al prójimo,   guardaba el valor para recorrer las  trochas imposibles  en medio del frio, la ventisca y la noche cerrada que a veces lo alcanzaba atendiendo a sus feligreses.  Fue el mismo valor que le dio fuerza para oponerse a los violentos que trataron de entronizar el  odio dentro de una comunidad hecha para la paz y la concordia, en contraposición con los llamados “curas guapos” que tanto daño hicieron en las comunidades.

Los ancianos de Marulanda contaban que antes de las elecciones que llevaron al poder a Olaya Herrera, el dirigente manizaleño Tomás Calderón viajó a la aldea en campaña proselitista. Después de un discurso incendiario la chusma asesinó al  jefe liberal Ernesto Patiño. El  odio desbordado amenazó con llenar de sangre las calles del pacífico caserío; ante tal circunstancia el padre Melguizo salió de su iglesia y se dirigió a la plaza a calmar los ánimos  de los exaltados, exigiendo a  Tomás Calderón que se retirara del pueblo  y dejara tranquila a la gente  empujada por él a semejantes bochinches.

Los conservadores se dispersaron y se guardaron en sus casas, en tanto los pocos liberales de Marulanda animados por la reacción del padre Melguizo salieron a la calle vivando al sacerdote, a la religión católica y al partido liberal y en manifestación pacífica cargaron al párroco y lo llevaron en hombros hasta la Casa Cural.

No faltó quienes acusaran al religiosos ante el Obispo de Ibagué por su apoyo a los presuntos enemigos de la Iglesia, pero el alto Jerarca ni siquiera contestó la carta de los malquerientes del padre Melguizo.