sábado, 24 de diciembre de 2016

REGALO DE NAVIDAD




Alfredo Cardona Tobón



Aún se oía el canto de los grillos cuando José Jesús Naranjo Barreneche cargó los soñolientos mellizos y los encaramó en los cajones  que pendían a lado y lado del lomo de la yegua.

Otoniel, el hijo mayor de José Jesús, amarró la retranca y enderezó los bultos con el bastimento que aseguraría la supervivencia de la familia en el largo viaje hasta Fredonia. Atrás quedaban los helechales de Carmen de Viboral y los recuerdos de toda una vida.

A la salida del sol se vislumbró la trocha larga que serpenteaba por los flancos de la montaña y los llevaba a un sitio desconocido.

El labriego, su esposa Domitila y los tres hijos formaban la pequeña caravana que al caer la tarde cruzó la quebrada Santa Elena en las goteras de Medellín.  La familia pernoctó en Itagüí y a la madrugada siguiente reanudaron el recorrido. José Jesús iba adelante cabresteando la yegua con los mellizos, el menaje y las provisiones, en el medio estaba Domitila en el potro zaino y Otoniel marchaba atrás arreando las dos novillas que a paso lento seguían con resignación a los viajeros.

En la cuesta de Versalles los alcanzó una partida de hombres encadenados conducidos por guardias armados; eran presos según se supo después , que iban a tumbar monte en Jericó en las tierras de Santiago Santamaría.

Al tercer día de viaje llegaron a Fredonia, los mellizos ya no aguantaban la prisión en los cajones y la agotada mamá no  resistía una legua más sobre el potro trotón.

José Jesús iba de agregado a una propiedad de Cristóbal Uribe, donde con trabajo duro, frugalidad espartana y muchas ilusiones  juntó un capitalito para comprar unas mejoras cerca de Cerro Plateado. En 1850  la familia tenía su rancho de esterilla, sembrados de plátano y frijol y una pequeña roza. Pero esto no era suficiente para José Jesús que dos años más tarde vendió la finquita y siguió camino al sur, hacia tierras baldías con  manchas grandes de pasto y arroyos abundantes y cristalinos.

Un atardecer, cuando el sol de los venados iluminaba los picos de la Serranía de la China, la familia Naranjo llegó a la diminuta aldea de Oraida dentro del Resguardo indígena de La Montaña.

Las vastas soledades cubiertas de grama tenía dueño, pero a los Ramírez, a los Navarro, los Gómez y demás vecinos los tenía sin cuidado los derechos de los nativos. Ellos con sus animales y la tolerancia de las autoridades dominaban realmente esas tierras frescas, con arreboles propios y pepitas de oro en las cañadas.

La pequeña población de Oraida creció muy lentamente; en 1854 el gobierno de Buga La reconoció oficialmente y le cedió un gran globo de tierra del Resguardo de La Montaña.

Los vecinos vivían del oro que se explotaba en los aluviones y del ganado que surtía las minas de Supía y Marmato; a Oraida llegaban los indios del Chamí a cambiar polvo de oro por perros, chucherías y aguardiente y desde Oraida partían los paisas que venía del norte a colonizar el espinazo de la cordillera oriental.

En las afueras de la aldea paisa se instaló Jacinto Domicó con su familia. Era un indio guatiqueño que trabajaba en las fincas de los antioqueños. Una de las hijas de Domicó de porte esbelto y facciones finas encendió la pasión de Otoniel Naranjo. A los encuentros furtivos  en las oscuridad de la noche, siguieron las escapadas a las mangas cercanas y al fin Otoniel, jayán de sangre ardiente e impetuosa sacó a la joven indígena de su casa y se la llevó para un rancho de La Sierra.

-Habiendo mujeres blancas y bonitas como las Hoyos y las Giraldo, mi hijo se va con una india- decía compungida misiá Domitila.-

-Ese bellaco es un sinvergüenza- Qué ira a decir el padre Velazco_ tronaba José Jesús.

Ni Domitila ni José Jesús volvieron a dirigir la palabra a su hijo, era como si se hubiera muerto. 

Los meses pasaron. El resquemor fue dando paso a la nostalgia y Otoniel hacía falta en todos los rincones de la casa de los viejos. Mientras tango, en la Sierra, la cintura de María Domicó crecía y crecía.

Llegó la Navidad.  La despensa de la joven pareja estaba vacía; el invierno había acabado con el maizal, los cerdos estaban esqueléticos y no había gallinas para preparar una cena decente. En la madrugada del  24 de diciembre Otoniel se terció la escopeta, le dio un beso a María  y se internó en el monte con la esperanza  de cazar un guatín ,  una guagua o al menos un gurre para preparar un sancocho.

Ese mismo día Domitila salió tempranito hacia el rancho de la Sierra.  Pudo más el amor de madre que los prejuicios que le impedían aprobar el “amañe” de Otoniel.  De muy mala gana la siguió José Jesús con una canasta llena de presas de pollo, natilla, buñuelos y dulce de brevas. Su intención era saludar a su hijo, desearles feliz navidad y regresar pronto a Oraida.

Al acercarse al rancho de la Sierra oyeron lamentos bajitos, era el dolor ahogado de María, que sola en grima, traía al mundo su primer hijo. De inmediato Domitila hirvió agua y en un canasto improvisó una cuna con pedazos de costales.

José Jesús prendió un tabaco y espero en el dintel de la cocina; de pronto oyó un llanto recio que le recordó los primeros gritos de Otoniel en una lejana madrugada en los helechales del Carmen de Viboral; minutos después apareció Domitila con un jotico en los brazos; “Cargá mijito a tu nieto,es zarco y monito como vos”.

Mientras el abuelo cargaba al muchachito con infiinito cuidado, Domitila se acercó a María y le secó con cariño el sudor que perlaba su frente. A lo lejos  se oyó el silbido de Otoniel  y de su perro que  a trancos se acercaban con dos pavas.

Cuando Otoniel y María estrecharon entre sí al recién nacido, el sol se filtró entre las nubes del páramo y en medio de los tiestos de auroras iluminaron la modesta estancia de vara en tierra. 

Una enorme bandada de pájaros cubrió el techo de cascaras de madera y en ruidosa algarabía se mezclaron los trinos de mirlas, sinsontes y turpiales.  Años después Domitila aseguraba que eran ángeles disfrazados de pájaros los que bajaron del cielo en esa navidad a saludar a su nieto recién nacido

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