viernes, 14 de octubre de 2016

EL NOMBRE DE RISARALDA


Alfredo Cardona Tobón




El vocablo Risaralda fue ampliamente divulgado al empezar el siglo XX;  no solamente por el valle del mismo nombre  y por la novela  de Bernardo Arias, sino  porque con ese  nombre se fundó el caserío  convertido en el  poblado de Marquetalia, en Caldas, y se designó  al corregimiento de San Joaquín cuando se convirtió en municipio .

Mucho se ha especulado sobre el origen de la palabra Risaralda que hoy distingue a  la sección colombiana que  inicialmente quiso  llamarse  departamento del Otún. Para encontrar las raíces del vocablo  tendríamos que remontarnos a fines del siglo XVIII  y al valle del rio Appa o Sopinga, dominio de zancudos y de bichos y reino del paludismo y la fiebre amarilla. Según documentos encontrados en el archivo parroquial de Ansermaviejo , hacia   1760  un español de nombre Emilio Rizaralde vivió en una vasta estancia de caña con trapiche,  ubicada en la parte media del valle de Sopinga, donde producía melaza y destilaba aguardiente.

Por la importancia del establecimiento y  de su propietario los vecinos empezaron a identificar esa parte del rio Sopinga con la estancia  de caña y empezaron a llamarla   Rizaralde, nombre que con el tiempo se  convirtió en Risaralda.

En la revolución de los Supremos, acaecida en  1840,  se habla de la marcha de la columna del general Borrero por las malsanas trochas de Sopinga, donde quedó sepultada gran parte de la tropa victima de la viruela; las crónicas de 1850  hablan de partidas de ladrones en el territorio de Sopinga y de depósitos de armas entre la enmarañada selva durante la revuelta acaecida en ese año. Por ese entonces los ribereños de la parte baja del río siguieron hablando de Sopinga; en la guerra de 1876  aún se refieren a   Sopinga y los sopingueños,  palabras que se siguen repitiendo en los informes militares de las tropas gobiernistas  conformadas por voluntarios de Anserma y de Riosucio en la guerra de los Mil Días.

Bernardo Arias con la novela Risaralda marcó el fin de Sopinga. En los años treinta del siglo pasado los colonos mestizos terminaron por desplazar las comunidades negras en tanto que la colonización antioqueña liderada por Francisco Jaramillo y los empresarios manizaleños, tendió un manto  sobre el pasado negro entreverado con la selva arrasada por los paisas para convertirla en potreros.

Algunos estudiosos se han apartado un poco  de la visión caldenes y están  tratando de recuperar el pasado de Sopinga, con los libertos, las canoas sobre el Cauca y el Risaralda,  los poblados de Carmen de Cañaveral y Calabazas, la  selva, los cacaotales y las legiones de bichos en las aguas, los pantanos y la selva enmarañada, en esa labor tendrán que  repasar el paso  de las guerrillas, las escaramuzas de la independencia,  los aluviones auríferos de  Papayal, la presencia riosuceña en la zona de Pumia y  la fuerza política de los negros sopingueños, que como fuerza de choque, constituyeron la punta de lanza del radicalismo liberal en el extremo norte del Cauca.


 Habría que recordar a Arango Zea y el Congreso de municipalidades reunido en el corregimiento de La Virginia, cuando al avanzar  el siglo pasado  se propuso la creación de un departamento con capital en Pereira y volver al año  1949,cuando con  la violencia conservadora y la arremetida de los “pájaros”, el Concejo de Belalcazar  se vio  obligado a sesionar en La Virginia , donde por un tiempo funcionaron las entidades municipales

Sopinga perteneció a Toro, a Riosucio y con el nombre de la Virginia fue  parte de Ansermaviejo y de Belalcazar. Cuando el poblado quiso convertirse en cabeza municipal , en  tiempos de Rojas Pinilla e incluir dentro de sus límites a Caimalito; la  dirigencia de Pereira se puso en pie de guerra, se enfrentó al gobernador militar, retuvo a Caimalito y  retrasó las aspiraciones de La Virginia, que luchó sola en la Asamblea caldense.

Sopinga estuvo ligada a la negrería, al Cauca, a las balsas   y a la selva; Risaralda, en cambio,  va unida a los blancos, a la arriería, a los barcos y el ferrocarril. La transformación de Sopinga en Risaralda ha sido dramática y acelerada : El bosque se transformó en cultivos y potreros y después las fincas de grandes y pequeños propietarios desaparecieron para dar paso a las extensas plantaciones de caña azucarera donde  en  largos tramos no se ve una casa ni un guadual .

Pese a las trasformaciones, a la deforestación, a los lagos artificiales y a las  chimeneas del ingenio, el Valle del Sopinga o del Risaralda aún  conserva   su encanto.  Desde el balcón de la Aurora en la loma de Balboa, al  salir el sol en la mañana, cuando la neblina empieza a desarropar el valle, se admira la figura de una mujer recostada sobre el tapiz de los potreros  y los cañaduzales, con sus senos turgentes y una larga cabellera, es el espíritu del pequeño valle que revive en cada madrugada.

 

 

 

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