lunes, 9 de mayo de 2016

POR TIERRAS DE XIXARACA


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

Sobre la serranía de Guarguará que marca linderos entre Riosucio y Quinchía  se levanta un afloramiento batolítico  denominado Carambá por los nativos y Batero en las crónicas españolas.

Esa mole granítica similar al Cerro Plateado de Fredonia, a los farallones de la Pintada, al Carbunco de Supía, al Ingrumá de Riosucio, al Gobia  y al Opirama  de Quinchía, está  rodeada de historia y de leyenda. Según cuenta  Fray Pedro Cieza de León, en  la cumbre del cerro  Batero se aparecía el demonio a los jeques “por ser este un gran santuario, adonde solo ellos suben, por ser la subida escabrosísima y de peña tajada por donde los gatos aún no pueden bajar.”

En ese sitio sagrado moraba Xixaraca, que no era un demonio, como dice Cieza de León,  sino el  Dios tutelar de los ansermas  que junto con la diosa Michua regía la vida de umbras y otras tribus de la región.

Los documentos coloniales  apenas nombran a  Xixaraca o Xixarama; sin embargo, pese al empeño de los misioneros en borrar su imagen,  el  anticlericalismo de los liberales radicales del Cauca atenuó la influencia de la iglesia en el Resguardo de  Quinchía  permitiendo que la parcialidad de Currumí o  Talabán,  conservara hasta  mediados del siglo XX  parte de la cultura ancestral, incluyendo el recuerdo de sus dioses tutelares y el lenguaje de los umbras.

LOS CURRUMÍES

Cerca de la quebrada La Maldecida, que ahora llaman La Bendecida, la comunidad de indios currumíes tenía una pequeña parcela; eran los últimos sobrevivientes de una raza que en tiempo lejano había dominado todo el territorio y malvivían con la fabricación de ollas y  cayanas de barro, canastas de bejuco y el cultivo de maíz capio y una variedad con mazorcas de colores. No tenían ganado vacuno  pero  criaban unos marranos negros y largos que parecían jabalíes y unas gallinas livianas, de vuelo largo, alimentadas con  grillos y gusanos

En la madrugada de los domingos, los currumíes salían a   Quinchía a vender sus productos, a comprar víveres y a emborracharse. Adelante iban los varones con  camisas blancas, pie en tierra y jíqueras; atrás caminaban  las mujeres con los canastos, la cara pintada con achiote y trajes rojos y repolludos.

Cándido Aricapa  era el capitán de los currumíes. Aunque por  ubicación geográfica la parcialidad era guatiqueña, por afectos liberales se  consideraban quinchieños. Cándido era una biblia, se las sabía todas: era mediquillo, culebrero, peón de estribo, guaquero, aguardentero y contador de historias.

Recuerdo a Cándido recostado en un taburete de baqueta en el corredor de su rancho; parecía una momia  perfilada por la luz de las velas.  A menudo se reunía con mi papá y al calor de las brasas del fogón de leña y de unos cuantos tragos de tapetusa hablaba de los dioses currumíes, de espantos y aparecidos, de la maldición del fraile Moreta, de las esmeraldas de Mápura….

Lo que no hicieron los españoles y no lograron los intrusos paisas  lo hicieron “los pájaros” en la década de los cincuenta  del siglo pasado, que los persiguieron por su credo político y por ser protestantes; les arrebataron su parcela y la vida;   Cándido quedó bajo dos metros de tierra y otros emigraron  diluyéndose entre la peonada de los ingenios azucareros del Valle.

La parcialidad currumí desapareció y se esfumó su memoria. Afortunadamente algo quedó en las crónicas de Emilio Betancourth  y en las leyendas de los campesinos  con ancestro indígena  que hoy reviven a  Xixaraca en  la cumbre del Batero, a la diosa Michua, Señora del Valor y de la Guerra y a los maléficos tamaracas.

La eterna lucha entre el bien y el mal se replica entre Xixaraca y los tamaracas. El Creador de los ansermas regía el paso del sol y la luna, el vuelo de las aves y  protegía a los suyos de los tamaracas que aparecían en forma de langosta, de enfermedad y granizo; Xixaraca sepultaba a los tamaracas bajo la mole del Cerro Opirama, mientras la diosa Michua lanzaba rayos desde el Batero, convertía los bejucos en culebras y el agua en sangre cuando los extraños invadían el territorio Anserma.

En la orilla del rio Quinchía, en la vereda de Mápura, se ven  enormes  huellas con forma humana estampadas en las rocas; se dice que son las  pisadas que dejaron  Xixaraca y  Michua al abandonar  a  Guacuma  agobiados por la ingratitud  de los suyos .

 Desde lo alto del Batero se  desprenden dos  pequeñas cascadas; otra leyenda habla de las lágrimas de Michua que siguen desprendiéndose del cerro hasta que algún día la diosa regrese a su santuario.

 

LA HISTORIA

De nada sirvió el valor de la gente del cacique Chiricha ante los mosquetes y los perros carniceros del conquistador Badillo  que ocupó el territorio de Guacuma y cambió este nombre por Quinchía cuando llegó  a un caserío donde el viento emitía lúgubres sonidos al pasar por las calaveras  ensartadas en las guaduas de los quinchos o  defensas en guadua que lo rodeaban.

Siglos más tarde el ruido de las armas  retumbó nuevamente por los lados del Batero: el 27 de marzo de 1877 las tropas liberales del Cauca  chocaron con una columna conservadora de Antioquia; fue un combate sangriento donde los macheteros quinchieños comandados por Zoilo Bermúdez definieron el triunfo liberal  que allanó la toma de Manizales

El 5 de junio de 1961  una patrulla del Batallón Ayacucho capturó a un sospechoso que  identificaron como  “Capitán Venganza” y lo asesinaron camino al puesto militar de Batero. Fue el principio del fin de la “República Bandolera” que tuvo como centro de operaciones un vasto territorio del antiguo dominio de Xixaraca.

Al soplar vientos de paz, los nativos de Mápura están reviviendo la lengua umbra y las costumbres de los ancestros. No lejos del cerro Batero vuelve a florecer una cultura que se daba por desaparecida. Pero ahora no son los paisas ni la iglesia católica quienes amenazan a los antiguos umbras sino  la invasión de los embera- chamíes, que se han infiltrado en sus resguardos y tomando la vocería de los raizales, han  impuesto su lengua y se han apropiado de los recursos que asigna el Estado a las comunidades indígenas.

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