sábado, 27 de febrero de 2016

EL PAPA FRANCISCO Y LA VIRGEN DE GUADALUPE


Alfredo Cardona Tobón*
 

La pintura de la  Virgen mestiza  en el ayate  de  un nativo  macehual  llamado Juan Diego fue  un suceso especial dentro de las innumerables  apariciones de la Virgen, pues esa imagen morena y humilde al, identificarse con el pueblo, se convirtió en uno de los pilares de la nacionalidad mejicana.

La Virgen de Guadalupe se entrelazó íntimamente con la cultura nativa por su relación con  Tonatzin, o diosa de la fertilidad, que  los aztecas veneraron por siglos en el  Cerro del Tepeyac. Para los indígenas “la señora de la falda de las serpientes”, hecha cuerpo y espíritu en  la Morenita de la  Basílica de Guadalupe,  se transformó en el emblema de México el 16 de septiembre de 1810, cuando las montoneras explotadas por los españoles se levantaron contra  el poder colonial al  grito de: ¡Mueran los chapetones! .

De nuevo en  1926  los  hijos de la chingada, parto del  Méjico oprimido y  violado, se pusieron en armas bajo el manto protector de  la  Virgen Quatlasupe  en la   “Guerra de los Cristeros”, que durante tres años sembró  la tierra mejicana de mártires católicos. Esta vez el Estado laico y liberal pretendió  conculcar los derechos religiosos de las  muchedumbres paupérrimas ignoradas por los poderosos. A los gritos de  ¡Viva Cristo Rey!- ¡Viva Santa María de Guadalupe! las montoneras pararon  las pretensiones  del gobierno de Plutarco Elías Calle que restringió  las manifestaciones religiosas, se fue contra el celibato de los sacerdotes  y quiso borrar a sangre y fuego la fe de los mejicanos.

EN EL  CAMERÍN DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

Los terremotos, el deterioro propio de los años y hasta un atentado han amenazado la imagen de la Virgen de Guadalupe. El 14 de noviembre de 1921 un antisocial dinamitó el altar donde estaba la  venerada pintura: todo quedó destrozado, menos el cuadro de “La Morenita” que  milagrosamente no sufrió el más mínimo desgarre.

Desde entonces el ayote enmarcado, que permite el  contacto con los fieles, se  conserva en una bóveda blindada a prueba de explosiones, terremotos e incendios. Hasta  allí  llegó en  febrero de 2016 el  Papa Francisco quien después de celebrar la Misa  puso un ramo de rosas amarillas frente a la imagen y  le ofreció una corona dorada que él mismo había bendecido.

Una concurrencia de más de 50.000 fieles  acompañó en silencio la oración de Francisco. Con unción, los mexicanos y el Papa invocaron la  protección de la Patrona contra la violencia, el narcotráfico, la corrupción, el crimen organizado y tantos males que se han volcado contra México como si el diablo estuviera castigando esa noble nación  con la mayor de las broncas.

Con ellos estábamos los colombianos y los latinoamericanos zarandeados igualmente  por los males que traen la riqueza mal habida, la vanidad y el orgullo; en ese momento la “Morenita” parecía repetir lo que dijo a Juan Diego: ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?- Y en ese silencio que cobijaba la Basílica y los corazones de los fieles, la Esperanza de un mundo mejor parecía desgajarse de las manos benditas de la Virgen.

LA PRESENCIA GUADALUPANA

México no se entiende sin la Virgen de Guadalupe; su presencia está en todos los rincones de la nación y es parte del  folclor, el arte y la poesía.; es  una devoción ligada a su identidad como el himno y la bandera.  Desde el año 1821 cuando  el emperador Agustín Iturbide la declaró Patrona de México,  la Guadalupana no ha cesado de recibir el reconocimiento filial de sus paisanos; en la fiesta en su honor celebrada los doce de diciembre, miles de peregrinos se acercan al Santuario a testimoniar su cariño con “mañanitas” que empiezan con las luces del alba y serenatas que se alargan hasta termina el día.

 La devoción se ha propagado por el  resto de la América Latina y ha permeado la cultura de los Estados Unidos. Son tantos los devotos, que la Basílica que alberga el cuadro de la Virgen de Guadalupe, es después del Vaticano, el centro religioso más visitado del mundo. En 1910  el  Papa Pio X proclamó a la Virgen de Guadalupe  “Celestial Patrona de la América Latina” y el Papa Juan Pablo II  la veneró con especial complacencia, como lo demuestran sus tres visitas al Santuario durante las  cinco visitas que hizo a tierra mejicana. El Papa Benedicto XVI  se postró, también, a los pies  guadalupanos y el Papa Francisco la convirtió en el símbolo central en su recorrido por suelo azteca

Con una historia sangrienta, enormes desigualdades sociales y la vecindad de un imperio económico que le cercenó la mitad del territorio y mantiene con la maleta en la mano a millones de jóvenes que buscan allende el Rio Grande la realización de sus sueños, es un milagro la supervivencia de México. Hubiera podido fraccionarse como América Central o aletargarse como tantos países  que simplemente sobreviven; sin  embargo  México, pese a todo lo que le ha sucedido, es un país con futuro y lleno de posibilidades. Con un rostro joven- como lo expresó el Papa-  que permite pensar y proyectar un futuro, un mañana con  Esperanza.

En lenguaje nativo la Virgen de Guadalupe se comunicó con Juan Diego, y pretendió hacerlo el Obispo de Chiapas Samuel Ruiz García. Fue un intento inútil en tiempos pasados, pero ahora con la visita del Papa Francisco se cumplió el sueño del Obispo: bajo el manto de Guadalupe las oraciones y los cantos en   idioma tzotzil   resonaron en Chiapas dando voz a los ignorados. Y con la imagen presente de la Virgen morena en Ciudad de México, Michoacán, Chiapas y en Chihuahua se alzó la voz del Papa para condenar al narcotráfico, la discriminación, el trabajo esclavo y la cultura del Descarte.
 


 

 

 

 

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