miércoles, 15 de abril de 2015

ALBERTO SALCEDO RAMOS: UN CRONISTA DE LOS DE ANTES

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Alberto Salcedo Ramos. ( Foto tomada de: revoluciontrespuntocero.com).
Alberto Salcedo Ramos. ( Foto tomada de: revoluciontrespuntocero.com).
Alberto Salcedo Ramos, La eterna parranda, Aguilar, Madrid, 2012.

 
Por: CAMILO ALZATE

Lo primero que uno agradece de Alberto Salcedo Ramos es la sobriedad. Nada de rebuscar palabrejas rarísimas. Nada de estructuras laberínticas. Nada de poses de bohemio loco con estilo oscuro, o de reportero salvaje en medio de la hecatombe. Nada de florituras inútiles, ni dramatismos tontos. Nada de vacilaciones y relajos. El oficio del cronista, acostumbra a predicar Salcedo, es contar bien la historia. Lo demás será espuma.
Predica con el ejemplo. Un crítico lo definió con un mote ambiguo: “el rostro temperamental de la crónica”. Quiero jugar con la frase en su tono agradable; si vas a narrar certezas y no fruslerías necesitas temperamento, si vas a contar la verdad como si fuera un cuento, necesitas carácter.
El carácter se le nota a Salcedo en la precisión y el rigor obsesivo, en la forma de ensayar finales o principios, en los cambios de voz narrativa, pero sobre todo, en su destreza para acumular grandes cantidades de datos e informaciones que escogerá con paciencia, depurando, filtrando relatos perfectos que limitan con la Nouvelle (El testamento del viejo Mile, La eterna parranda de Diomedes), o con los cuentos fantásticos (Memorias del último valienteEl bufón de los velorios), o con el periodismo investigativo clásico (Un país de mutilados, El llamado de la Chirimía), o con el simple testimonio personal (La niña más odiosa del mundo, Las verdades de mi madre). Una pluma versátil que persiguiendo siempre la belleza, jamás se permite abandonar la firmeza de los datos, la impertinencia de las preguntas, el foco de lo verdadero. En la página 338 alude al pacto inviolable de su profesión, que a veces obliga a “mencionar la soga en la casa del ahorcado”.
Lo segundo que uno agradece de Salcedo Ramos son sus elecciones. Allí descubro todavía al niño de Arenal que se maravilla con la originalidad y la extravagancia (“el Caribe, no hay que olvidarlo, es por excelencia la Meca de la desmesura”) ¿En un país inundado de noticias terribles, mina del periodismo escandaloso que vende y marca agenda, valdrá la pena cubrir un partido de fútbol con travestis? ¿Es relevante una historia sobre enanos de farsa con tonos casi medievales? ¿A quién le interesan las hambres de un boxeador arruinado, la decadencia de un torero de pueblo, el mecanismo que pone en funcionamiento a un circo Chino? A casi nadie, y para eso es que está el cronista. Descubriendo lo inverosímil y lo genial de las postales sencillas, lo importante y lo trascendental de los protagonistas insubstanciales, lo humano, lo intrínsecamente humano que hay en cualquier fracaso, Salcedo Ramos ofrece la fisonomía de una Colombia que palpita a diario lejos de los clichés y las agendas noticiosas, por ejemplo, cuando se va a cubrir el funeral de un perro, sí, de un perro, descubriendo la humanidad donde menos se espera:
“los entierros de los perros, por muy excéntricos que parezcan, son sinceros. Aquí […] nadie viene a discutir si el finado dejó herencia, ni a murmurar sobre el futuro de la viuda, ni a aparentar lo que no siente” (pág. 397).
Lo tercero son sus giros, imperceptibles, pequeños tesoros que uno también agradece y disfruta, camuflados entre la lectura. Digamos, el recurso de hacer una crónica en segunda persona, como si le estuviera ensartando al protagonista en la frente la lista de glorias de su vida. O el lujo de contar la tragedia del boxeador derrotado haciéndonos creer, hasta el último puñetazo, que puede triunfar, que va a ganar la pelea: un derrotado resulta vencedor cuando el público lo aclama, aunque lo hayan derribado por nocaut mientras la vida le otorga una ronda para comenzar de nuevo. O el capricho de lucir frases así “lo suyo aquella tarde era la melancolía, el dolor de patio”, frases injustificables y hermosas, que se bastan. Los contadores de historias son como los músicos (y como los pilotos): se les notan los kilómetros que llevan encima, los huele uno entre párrafos.
Lo cuarto que agradezco de Salcedo Ramos es algo personal: la colección de vallenato en vinilos que queda en casa, después que mi papá leyera La eterna parranda y corriera poseído a conseguir discos rayados de Diomedes Díaz y los hermanos Zuleta. Había cronistas antes capaces de prodigios así. Y cada vez hacen menos de esos, como Salcedo Ramos.

Camilo Alzate – @camilagroso.

domingo, 12 de abril de 2015

EL CORREGIMIENTO DE BONAFONT Y EL RESGUARDO ESCOPETERA PIRZA


Alfredo Cardona Tobón*


Cuando en 1975 el sacerdote Álvaro Betancourth llegó a la parroquia de Bonafont en Riosucio,  encontró la aldea sumida en la desesperanza tras   la dura época de la violencia política de mitad del siglo XX.

El padre Betancourth empezó a trabajar con “Las comunidades eclesiales de base” y a recorrer las veredas enseñando religión e ilustrando a los campesinos sobre sus derechos ciudadanos. “Es un cura comunista”- dijeron los gamonales - . “Es un disociador”-  tronaban los heliotropos riosuceños-  y con cantos, reuniones y convites en tres años de labor tesonera, el sacerdote sacudió  el marasmo que paralizaba la comunidad labriega.

EL PASADO DE BONAFONT

La historia de la comunidad se remonta al año 1684 con el partido de Pirza en la encomienda de Pedro Espinosa  poblada por nativos de  apellidos Lengua, Principal, Quebrada, Cano, Ventura y Borrico.

 En  1694 los vecinos del Resguardo de  Lomaprieta compran a  doña Catalina Ximenez de Gamonares las tierras que anteriormente fueron de los pirzas-umbras y establecen cultivos de maíz y criaderos de cerdos que abastecen las minas de la región. Al declinar los reales de minas de Picará y Buenavista, la región permanece inculta y casi deshabitada hasta que en  1890 algunas familias  Bañol y Guapacha, provenientes del resguardo de Quinchía, se establecen en las tierras  de los antiguos pirzas y aparece el caserío que toma el nombre de Bonafont  en memoria del sacerdote Bonifacio Bonafont, fundador de Riosucio.

El rancherío aparece en las crónicas militares de la  Guerra de los Mil Días, al convertirse en el centro de operaciones de las guerrillas liberales de Manuel Ospina y de Ceferino Murillo. En una entrevista don  Andrés Higinio Guapacha, un vecino con más de cien años de edad y la lucidez de un adolescente, recordaba al capitán  Eleazar Largo haciendo caracolear su caballo pecoso por las polvorientas calles de Bonafont: “Por esa esquina- señaló el anciano-  ese pantalonudo   capitán con su compañía de  escopeteros hizo correr  a los sinvergüenzas liberales  hasta el sitio de Las Cuevas”.

“Y en aquel rancho- agrega don Andrés Higinio-  el 15 de abril de 1900, que no se me olvida nunca, velaron los cadáveres de León Becerra y José Jesús Villada, muertos en combate contra las guerrillas de Clemente Díaz”.

Bonafont no solamente fue un nido de guerrilleros liberales sino el foco del contrabando de aguardiente tapetusa en la zona riosuceña. Fueron numerosos los encuentros con los oficiales de Rentas hasta muy avanzada la República Liberal. En Bonafont  encontraron refugio muchos desplazados de Quinchía durante la violencia política de los años cincuenta del siglo pasado  y  fue uno de los centros de operaciones del ”Capitán Venganza”, donde sus lugartenientes expedían salvoconductos para transitar por la vasta región dominada por las bandas de la contrachusma.

Ante la enorme presión de los notables de Riosucio y Manizales que pretendían apoderarse de las tierras fértiles a orillas del río Cauca y de las minas y salados de la región, el gobierno liberal disuelve el Resguardo Escopetera-Pirza y otros resguardos de la región.. A partir de 1943 desaparece la organización indígena de la Escopetera-Pirza, los campesinos pierden todo su poder y se atomiza el territorio, incrementando la pobreza y  el  subdesarrollo de la zona de Bonafont que abarca 28 veredas de los municipios de  Riosucio y Quinchía.

LA ORGANIZACIÓN CAMPESINA

¿Indios por aquí?- ¡Ni riesgos¡ - En Bonafont no hay indios- dijeron las autoridades de Caldas y los mestizos de Riosucio, como si los  Guapachas, Largos, Tabarquinos, Colorados, Gañanes, Bañoles, Usmas no fueran descendientes de Pirzas y Cumbas, de Tapascos y Guaqueramaes.

Los mensajes de liberación y de lucha de  las “Pastorales” del padre Betancourth habían  despertado a los vecinos de Bonafont y Moreta, de Mápura y Sausaguá; después de la salida del párroco para continuar sus estudios en Roma  la gente continuó reuniéndose en las casas de los vecinos. “Nos íbamos- dice Manuel Morales- no a hablar de la religión sino de la organización indígena”.

Con el apoyo de las asociaciones indígenas y de los Usuarios Campesinos, los nativos invadieron   las haciendas de Jagüero y de Guacamayero. “Nosotros invadimos a  Jagüero  una noche de luna; el mayordomo nos autorizó para que fuéramos en la noche a sembrar. Hicimos un sancocho: La idea era sembrar y quedarnos calladitos de modo que cuando el rico brincara era porque las matas estaban grandes”.

Alguien avisó al propietario y llegó la policía. “Oiga Hugo que se vaya a armar la gente  que se viene la policía”. Pasaron las horas y nada. Llegó la noche y cuando estaban almorzando una aguasal con huevos en medio del camino  apareció la fuerza pública que nada pudo hacer pues  los campesinos no estaban ocupando propiedad privada.

SE ABREN NUEVOS HORIZONTES

Las  reuniones campesinas se multiplican. De las   palabras pasan a los hechos; los vecinos sin tierra ocupan la hacienda de la Tolda y ante hechos cumplidos el INCORA compra fincas invadidas y negocia otras como la de Ginebra para repartirlas entre los campesinos. En 1991 se constituye  un Cabildo, en 1996  el Estado reconoce a Bonafont como comunidad ancestral y el 10 de abril de 2003  los comuneros cuentan con un Resguardo indígena que agrupa veredas de los municipios de Riosucio y Quinchía.

La llegada del profesional Medardo Largo Trejos a la gobernación del Resguardo señala una nueva época. Al frente de la organización indígena queda este antropólogo que organiza, dirige y fija rumbos. Infortunadamente los grupos paramilitares que azotan la región con la excusa de enfrentar a las FARC   y  al EPL obligan a Medardo a exilarse en Canadá para salvar su vida y el Resguardo Escopera-Pirza  queda en manos de comuneros con muy poca preparación académica .

LAS AMENAZAS

Sobre el resguardo Escopetera-Pirza se cierne la tenaza de las compañías  trasnacionales que van tras el oro de los antiguos reales de minas, contaminando ríos y quebradas y amenazando reliquias culturales como  los salados,  los petroglifos de Mápura y el cerro sagrado de Guarba

A los entes culturales de  los departamentos de Risaralda y Caldas  les interesa muy poco el tema indígena  y son sordos al clamor de las parcialidades umbras y pirsas que intentan rescatar su lengua y su historia.

A lo anterior se suma la invasión embera, cuyos individuos han tomado la vocería de los primitivos habitantes de esta región y están acaparando los recursos asignados por el Estado.

Las vías del Resguardo Escopeter-Pirza, ubicado entre Caldas y Risaralda, son pésimas;  las condiciones de vida de los habitantes son deplorables y su economía basada en el café, la panela y los aguacates está en manos de los intermediarios que se aprovechan de los campesinos.

¿Será que  los gobiernos de Caldas y Risaralda no les importa que desaparezca la  cultura umbra ?           

¿O habrá que bloquear carreteras y caminos para que el Estado atienda los reclamos de los pacíficos campesinos umbras?

Los gobernadores de Caldas y Risaralda no  atienden las solicitudes y los emberas que se apoderaron de  Riosucio  tampoco. escuchan a sus hermanos de raza.
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