jueves, 1 de octubre de 2015

RECUERDOS DE CAIMALITO

Alfredo Cardona Tobón


                                                  Alberto Arteaga Pacheco


En el caserío de la Virginia nació en 1940 Alberto Arteaga Pacheco. En esos tiempos La Virginia era un  callejón dejado de la mano de Dios, con tres cuadras empantanadas durante los inviernos y llenas de polvo en los veranos; la población estaba rodeada de lagunas verdes llenas de zancudos,  cuando llovía las aguas pútridas inundaban los solares y a menudo el río Cauca represaba las aguas del río Risaralda, que incontrolable  se  salía del cauce y cubría los potreros cercanos.

 Alberto Arteaga fue la conjunción de un paisa aventurero y de una bella cuarterona tolimense; a pie limpio y en aulas improvisadas, el muchachito aprendió las cuatro operaciones aritméticas, a leer y a escribir. Eso fue todo. Con tres años de primaria dejó la escuela para dedicarse a pegar ladrillos, vaciar planchas  y columnas hasta alcanzar los conocimientos de un maestro de obra, gracias a la habilidad heredada de su padre.

 Trabajo no faltaba en La Virginia, pues las autoridades del departamento de Caldas, empeñadas en convertir ese zancudero en un polo de desarrollo, adelantaban numerosas obras y  los propietarios de las grandes haciendas, como Francisco Jaramillo Ochoa, los Sanit, Santiago Jaramillo, los Botero y otros, estaban querían modernizar sus propiedades  y  levantar monumentales casonas en sus predios.

 En la Virginia de mediados del siglo XX coexistían los ricos propietarios de hatos y maizales  con los pobres de solemnidad; entre esas dos puntas medraban los administradores de las fincas y los trabajadores del ferrocarril  cuyo nivel de vida superaba en años luz al de los  areneros del río Risaralda, al de los peones de las fincas y al de los  obreros que ganaban un mísero jornal  en la ladrillera del padre Mejía.
 
Los  75 años que lleva encima no  han quebrantado la memoria de José Alberto Arteaga que guarda intactas las vivencias de la Virginia y sus vecindades. Conoció innumerables personajes de Caimalito y ha sido testigo de la lucha de una  comunidad que empezó de cero y  dando golpes y mandobles sigue buscando una salida a su pobreza.
 
Los caimaleños se sienten parte de La Virginia,  allí mercan, se divierten, trabajan y hasta votan en  las elecciones. A Pereira lo sienten lejos, como a una madre adoptiva o una madrasta, que a veces se preocupa por su suerte, pero generalmente está ocupada en otros asuntos. El pasado de José Alberto Arteaga, al igual que el pasado de Caimalito, está adosado  a La Virginia.  Sus recuerdos se anclan a lado y lado  y a la  carrilera que llevaba al mar y a  la estación de Guayaquil  en “Medallo”.

 EN LA FRANJA DEL TREN

Guiados por  José Alberto  nos dejamos llevar de regreso a su pasado para reconstruir la memoria de Caimalito. Cruzamos el  puente Bernardo Arango, nos detuvimos en la antigua estación de La Virginia, recorrimos sus amplios andenes y las bodegas que  hoy se utilizan como cuartel de los bomberos.

 “Aquí se levantaban  tres hoteles - nos comentó José Alberto al acercarnos a la antigua estación-. Eran tres posadas con asistencia y camas donde pernoctaban  los viajeros que se disponían a tomar el tren en  las primeras horas del día”.

Nuestro guía recuerda aquellas épocas en que Caimalito fue el tren y fue el río, uno y otro eran la fuerza vital que lo sostenía. Hoy su gente   sigue soñando con el tren  que tarda en regresar y un rio que se está secando

 Fue dolorosa la desaparición de las locomotoras.  Fue una muerte lenta que empezó con el declive del ferrocarril del Pacífico y se consumó con el derrumbe en Chirapotó que arrasó varios kilómetros de la vía. Y fue un espectáculo trágico y dantesco el desfile interrumpido de cadáveres arrastrados por la corriente del Cauca. A José Alberto le tocó la primera parte de ese desfile  orquestado por los  “pájaros”  del norte del Valle y el segundo acto a cargo de los narcotraficantes de la zona.

 Aún existe la portada de la hacienda La Bohemia. A lado y lado de la vía ferroviaria se extendían enormes haciendas con pastos y cultivos de maíz, caña y millo: sus cercas de alambre  limitaban la  franja de la  carrilera que  se extendía treinta metros a lado y lado de los rieles por donde circulaban las locomotoras, los autoferros y  las “ marranitas”  movidas a motor o con palancas.
 
Los empleados del ferrocarril eran los amos y señores, eran los guapos, eran los meros meros de ese mundo junto a los rieles. Antes de liquidarse aquella empresa, sus empleados y obreros empezaron a ocupar lotes y largos trechos de la ferrovía, donde construyeron viviendas, establecieron cultivos o vendieron las mejoras a terceras personas.

Posteriormente  llegó gente muy pobre e invadió los lotes ocupados ilegalmente por los ferroviarios, quienes obligados por las circunstancias  cedieron parte de ellos a los colonos. Cuando  el Estado y los hacendados intentaron recuperar esas tierras, los ferroviarios y los  colonos se unieron en un frente común para luchar por sus intereses.


EL NOMBRE DE CAIMALITO

 Dicen que el primer inspector que ejerció en la Estación La Virginia utilizó una papelería con membrete  de una inspección de Santa Rosa de Cabal con el nombre de Caimalito; desde  entonces los vecinos siguieron identificando la vereda donde está la estación de La Virginia con el nombre de Caimalito. Arteaga tiene otra versión: afirma que el nombre se debe a unos caimos  al lado de la casa donde funcionó la Inspección. Los vecinos hablaban de la Inspección de los Caimos o Caimalito y  así  se quedó  llamando el sitio; hoy conocido como corregimiento de Caimalito.

  Fue muy largo el trayecto recorrido al lado de José Alberto Arteaga. Vimos un caserío en pleno desarrollo con una zona pobre y otra más pobre; conocimos un líder que bañó con sudor y levantó con sus manos muchas casas en Caimalito;  sacrifica su tiempo, su vida en familia y se ha comprometido con las grandes obras del corregimiento

Al momento de despedirnos preguntamos a José Alberto: ¿Cuál ha sido su mayor  frustración en  Caimalito?-  “Es la de tener que vivir entre aguas negras sin un alcantarillado que dignifique nuestra condición de pereiranos”-  nos contestó.

  Surgió la otra pregunta:¿Qué le hace falta al corregimiento?-.

Sin vacilar respondió: “Además del alcantarillado, necesitamos agua potable, paz en los hogares, trabajo, mejoramiento de las viviendas y quien hable por nosotros en los  niveles del gobierno. ¿Será que estamos pidiendo mucho?”-

 No contestamos. Los anhelos de los caimaleños es lo mínimo que debieran tener los habitantes de una ciudad que dice tenerlo todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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