miércoles, 1 de abril de 2015

LA LEYENDA DE LA PAPA-

Antonio Diaz Villamil
Presentado por Julian Chica Cardona-
 
Literatura boliviana


En tiempos muy remotos, nuestro país lo habitaban los sapallas  que estaban orgullosos de su suelo.  Sus majestuosos montes nevados, su pampa inmensa y solemne, su cielo diáfano y purísimo, su lago legendario, sus aves, sus flores, todo. (…) La tierra retribuía con prodigalidad el esfuerzo de los agricultores; el Sol les enviaba desde lo alto la dorada bendición de sus rayos para madurar los granos, y la Luna con su luz suave plateaba las noches serenas y presidía el cortejo de estrellas; el lago ofrecía a los pescadores abundantes y sabrosos pececillos; hasta los ríos les traían desde su misterioso y lejano origen brillantes arenas de oro puro, que las depositaban como un regio presente sobre la linfa de sus orillas.   

Año tras año, los desgraciados sapallas después de arar, sembrar y regar constantemente sus inmensos campos, cuando llegaba el día de la cosecha, miraban con estupor y llenos de indignación como llegaban los Karis y recogían con sus propias manos los abundantes frutos que tanto trabajo y fatiga les había costado.

Los Karis, después de colmar sus depósitos y graneros, recién permitían a sus esclavos entrar a los campos a recoger los desperdicios de la cosecha.

 Muchos años hacía que los sapallas soportaban esta infame dominación.  Parecía que su servidumbre ya no tenía remedio.  (…) Por ese tiempo vivía entre la raza de los sapallas un niño llamado Choque. Tenía apenas quince años y era el último descendiente de los jefes sapallas. (…) Los orgullosos Karis, sabiendo que Choque era de noble origen, querían humillarlo más que a los demás y le ordenaban cumplir los más bajos oficios.  


Los pacientes sapallas, los antiguos súbditos de su padre, que presenciaban aterrorizados los terribles tormentos que sobre el hijo de su Curaca hacían llover sus despóticos señores, lamentaban en silencio la heroica terquedad del niño, pero no sentían contra los verdugos el menor asomo de rebeldía.

 
 


(…) Pachacamaj, el Dios de los dioses,  resolvió bajar a la tierra en forma de un bellísimo cóndor blanco.  Desde la altura de las nubes,  cerniéndose majestuosamente  comenzó  a  avizorar  el   sitio  en que estaba Choque. Al fin lo divisó trepado entre las breñas de una cumbre donde el niño acostumbraba asilarse para no frecuentar el trato de sus opresores.  El cóndor, rápido como un rayo se dejó caer verticalmente, deteniéndose sobre una  roca, junto a la cual estaba el pequeño tocando su flauta de carrizo.
Choque, azorado por la  presencia  del  raro animal, echó mano de la honda que siempre llevaba arrollada en la cintura, disponiéndose a lanzarle un proyectil.  Pero el cóndor, al ver la actitud hostil del niño, le habló de esta manera:

 

    Hijo mío, deja en paz tu honda y escúchame.  Choque, entre asombrado y lleno de    curiosidad se acercó al cóndor.

      ¿Quién eres que así me hablas como un ser humano? — le dijo.

      Hijo mío, los dioses han resuelto proteger a ti y a tu raza contra la crueldad de vuestros opresores.  Por encargo del cielo vengo a decirte que no desfallezcas en tu santo afán de levantar el espíritu de tu pueblo.  Tus heroísmos han movido favorablemente a los dioses.  (…)

        Hermosísimo y buen cóndor, mensajero de los dioses,  - contestó con profunda gratitud el niño – hace ya tiempo que he ofrecido mi sangre y mi vida por la libertad de mi pueblo.  Ordena lo que debo hacer.  Que por mi parte estoy dispuesto a todo.  Lo único que me apena es que la gran raza sapalla olvide su dignidad y se resigne a vivir en la ignominia.

   Es cierto cuanto dices - añadió el cóndor-.  Pero no debes desalentar en tu noble empresa. (…) Y ahora, sube a la cumbre más alta de aquel monte.  Allí encontrarás un montón inmenso de una semilla hasta ahora desconocida para los hombres.  Cuando llegue la noche, reúne secretamente a los tuyos y ordénales que, recogiendo esa semilla, cuando, llegue el tiempo de la siembra, la echen en los surcos en lugar de la quinua, oca, kañahua y otros productos que hasta ahora cultivan.  Cuando venga la cosecha y vean sus resultados, entonces comprenderán los sapallas que cuentan con la ayuda de los dioses.

Tales cosas le dijo el ave, y, después de hacer prometer al pequeño jefe que todo se haría como indicara, extendió sus enormes alas blancas y levantó su majestuoso vuelo hasta perderse entre las nubes.




Llegado el mes de las cosechas, los Karis comenzaron la recolección de los  nuevos frutos. Y fue tal su ambición que no dejaron ni una sola para sus esclavos.
Los sapallas resignados, aunque sin mucha confianza en los resultados de la promesa de su pequeño jefe, después de presenciar desde cierta distancia la ávida cosecha, se retiraron a sus casas con las manos vacías.

 
Al fin, cuando las últimas hojas de las plantas se hubieron agotado, el ave blanca ordenó a Choque:

Lleva a tus sapallas a los campos cultivados y, aprovechando de las noches de luna, diles que ocultamente escarben entre la tierra de los surcos.

 

La orden del cóndor fue fielmente cumplida. (…) Los sapallas vieron con gran sorpresa que las raíces de las plantas que habían sembrado terminaban en unos raros tubérculos.  Los partieron y vieron que bajo la capa oscura y terrosa había una pulpa blanquísima.  Cocieron algunas en el fuego y comprobaron que era un alimento exquisito cual nunca habían conocido.


Era tan abundante la nueva cosecha que tuvieron que emplear treinta noches en transportarla, guardándola cuidadosamente en ocultas cuevas de las montañas.
Fue entonces que recién los sapallas comenzaron a pensar en su triste condición, en la ayuda de los dioses y en la posibilidad de reconquistar su perdida independencia.


El pequeño jefe, lleno de entusiasmo al notar el cambio que se operaba en el espíritu de sus compañeros, les habló cálidamente del ideal de libertad y aceptado por ellos éste, les ordenó que fueran preparando secretamente sus hondas y sus flechas para el día del levantamiento.  Como los sapallas ya habían olvidado el uso de las armas guerreras, fue preciso hacer sigilosamente los manejos y los ejercicios de adiestramiento para el combate.


(..) Mientras tanto, los Karis, que tan avaramente habían guardado los frutos verdes de la última cosecha, cuando comenzaron a servirse de ellos como alimento, empezaron también a sufrir terribles trastornos en su organismo. Era que las verdes bolitas que ellos tomaron como excelente alimento no sólo no eran alimenticias sino hasta en cierta manera venenosas.

 

La situación de los dominadores se hizo cada vez más crítica.  Cada día morían centenares de Karis.  Los restantes, o enfermaban gravemente o caían en una completa postración y debilidad.

 

Muy tarde ya se dieron cuenta de que los nuevos frutos eran la causa de su desastre. Entonces, encolerizados contra los esclavos, quisieron castigarlos cruelmente.  Mas el mismo día Choque, desde lo alto de una cumbre, tocó su cuerno de guerra dando la señal del levantamiento.

 

Los sapallas, fuertes y decididos, salieron a luchar contra sus opresores.  Los Karis, sorprendidos por el repentino denuedo de los sapallas,  no atinaron a atacar, ni siquiera a defenderse.  Y cuando quisieron tomar las armas, estaban tan débiles que no tenían fuerzas para el combate.

 

Entretanto, Choque, a la cabeza de los suyos, cayó con ímpetu nunca visto sobre los Karis y los derrotó completamente.

 

Los invasores sobrevivientes a la derrota, no tuvieron más remedio que abandonar esa tierra en la que tanto tiempo habían dominado y regresaron a sus antiguas tierras dominadas por el volcán.

 
* "Leyendas de mi tierra" de Antonio Díaz Villamil

 

 

 


 

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