miércoles, 22 de octubre de 2014

UNA TRINCA PELIGROSA


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

 

El 16 de agosto de 1907 Rafael Navarro dirigió un largo mensaje al ministro de Obras Públicas en solicitud de protección a “los pobres indígenas” de Tachiguí, pues el Cabildo del municipio de Apía pretendía, según su denuncia, arrebatarles unos lotes para adjudicarlos a los hermanos Salazar,  de Ansermaviejo.

Al defensor de marras no lo movía la caridad o la justicia ni el deseo de servir a los nativos. Era un vividor, un ladrón, que se lucraba de los pleitos de las parcialidades indígenas  y se aprovechaba de las circunstancias para arrebatarles sus bienes.

En 1898  Rafael Navarro, en calidad de representante del Resguardo del Chamí, adelantó algunas gestiones ante el gobierno  central para que se reconociesen los derechos del Resguardo. Como los comuneros no contaban con dinero en efectivo para cancelar los honorarios, le cedieron un lote, que el indelicado personaje limitó a su antojo. Cuando los indígenas cayeron en la cuenta de la operación, Navarro les había arrebatado las dos terceras partes de sus tierras.

No contento con el extenso globo,  Navarro trató de extender los  linderos hasta la tierra de los guáticas, quienes acudieron al leguleyo Juan J. Bayer para que los amparara ante la ley. Pero el defensor resultó de igual calaña que el invasor, pues al final del pleito se quedó con las tres cuartas partes del terreno disputado.

 

UN TRÍO EXPOLIADOR

 

Autoridades corruptas, empresarios deshonestos y administradores pícaros conformaron el trío tenebroso que dio el puntillazo a varios Resguardos  de la banda izquierda del río Cauca..

Del vil  negocio de la expoliación de tierras indígenas se lucraron procuradores, latifundistas, tinterillos, políticos, funcionarios de poca monta, patricios y militares.

Rudecindo Ospina consiguió enormes extensiones en los Resguardos de Tachiguí  y Tabuyo, Benigno Gutiérrez intentó arrebatarles las salinas a los indios de Riosucio y hasta Rafael Uribe Uribe, por intermedio de un pariente consiguió un lote en las faldas del Tatamá.

Los empresarios y técnicos de las minas de Marmato lograron jugosas tajadas en el despojo. Ante las exigencias del gobierno, que exigía planos de los Resguardos para reconocer los derechos de los nativos, el topógrafo William Martin deslindó las tierras de algunas parcialidades.

En 1874 el técnico extranjero  midió y loteó el Resguardo de Quinchía por la suma de $24.560. Obviamente los nativos no contaban con semejante platal y debieron pagarle con tres enormes  lotes que hoy ocupan varias veredas de Quinchía y Anserma.

En febrero de 1878 Guillermo Martin efectuó la mensura del Resguardo de Tabuyo y por sus trabajo recibió un gran lote en la tierra fría, que al igual que los lotes anteriores, vendió de inmediato a Rudecindo Ospina.

Como la legislación colombiana consideraba a los indígenas menores de edad, estos debían nombrar un administrador o apoderado que los representaba ante el Estado y “cuidaba”  los intereses del Resguardo. Era un cargo apetecido por abogados y políticos inescrupulosos que se enriquecían  ilícitamente con el robo y el despojo de las comunidades  americanas en asocio con notables y autoridades venales.

Uno de esos censurables personajes fue Gregorio Trejos, administrador durante varios años el Resguardo de Supía y Cañamomo. El citado Trejos dilapidó alegremente la tierra de los nativos cediendo grandes extensiones a los distritos de Supía y de San Juan sin ninguna contraprestación, vendiendo a bajo precio numerosos lotes y regalando vetas de oro y plata a los empresarios de las minas.

Otro individuo de triste recordación fue Salvador Pineda, administrador del Resguardo de Guática,  que engatusó a los nativos con su devoción a la Virgen y su pomposo catolicismo. En 1888 los vecinos  cedieron  a Pineda la tercera parte de los salados, le escrituraron grandes lotes y  le dieron en usufructo las maderas de algunos bosques.

 

A partir de 1875 el gobierno exigió títulos para reconocer los derechos indígenas. Varios abogados se especializaron en desenredar la maraña de documentos coloniales que reposaban en Popayán y en Bogotá. Ante la falta de fondos para pagar honorarios los nativos debieron cancelarlos con tierra. El Resguardo de Quinchía cedió la fuente salada de Anchurria, que era su mayor entrada monetaria, al abogado Ramón Palau.  Dos años más tarde el  Resguardo de Guática le entregó a Miguel Palau, hermano del anterior, un globo de terreno que abarcaba como la cuarta parte de lo que quedaba de su territorio.

 

FUNCIONARIOS Y POLÍTICOS

 

A fines del siglo diecinueve el político conservador Ponciano Taborda hizo y deshizo en Ansermaviejo . En calidad de administrador del Resguardo de Tabuyo y de regidor de la aldea, vendió lotes y remató baldíos a precios ínfimos para favorecer a socios y amigos.

León Hernández un militar liberal, guapo y matón, recibió donaciones cuantiosas de sus  protegidos en Guática y en Quinchía.

Los blancos de Riosucio hicieron de las suyas con sus paisanos oscuros. Rafael Tascón ocupó sin resistencia, la parte alta del Resguardo de La Montaña; Zacarías Cock aprovechó sus contactos con Manizales para apoderarse, en 1907, del sitio de “La Rueda”. Poco después el gobierno de Reyes dio protección a los nativos y permitió que regresaran a su tierra. Los amigos de Zacarías Cock, oriundos de Medellín y de la capital caldense, escribieron al presidente apoyando los derechos “irrefragables y diáfanos” de Zacarías y rechazando las pretensiones de los indios de La Rueda, que consideraban intrusos cuando, valga la verdad, esa pobre y desvalida gente había ocupado esos peladeros desde tiempos inmemoriales.

 

 

 

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