viernes, 26 de septiembre de 2014

LA MOVILIDAD CAMINERA EN EL VIEJO MANIZALES


Alfredo Cardona Tobón  *

 

Si es difícil organizar el tráfico de los automotores que no se desbandan ni relinchan, ni se meten en los zaguanes, uno se imagina cómo sería de complicado el tránsito  en Manizales en un día de mercado al finalizar el siglo XIX en medio de  bueyes. vacas de ordeño, cerdos ‘enverracados’, arrieros borboteando palabrotas, mulas ariscas que no respetaban portones y terneros rezagados triscando los racimos de plátanos que se arrumaban al lado de las aceras.

Semejante despelote obligó al alcalde Rafael M. Botero a sancionar el acuerdo presentado por Juan de Dios Jaramillo  al Concejo en aras del orden y la tranquilidad de los vecinos.

 

DISPOSICIONES OFICIALES

 

Como Manizales era un centro vial muy importante adonde llegaba el cacao del Valle, el tabaco del Tolima y el maíz del sur de Antioquia, era una buena alternativa económica alquilar piezas exteriores de las amplias casonas como bodega de esos productos y para depósito de sillas y aperos de recambio. Lo malo para el distrito era que boyadas y recuas llegaban y se iban dejando tras de sí un muladar al frente de la pieza. Así pues, las autoridades ordenaron que todo dueño o encargado de esas piezas donde se enjalmaba y se desenjalmaba, se cargaba y descargaba  tenía que dejar limpia la calle en toda su latitud y  en una longitud de 25 metros.

Para evitar los perjuicios de las estampidas, tan comunes en un pueblo donde era deporte amarrar latas a las colas de los perros y era costumbre hacer estallar papeletas en cuanta fiesta se atravesaba, el burgomaestre dispuso  que toda partida con más de diez animales tenía la obligación ineludible de contar con una persona responsable que vigilara y evitara que los animales dañaran a las personas o a las edificaciones.

 

LÍMITES DE VELOCIDAD

 

El Acuerdo No. 69 del 12 de agosto de 1891 disponía el tránsito de las partidas por el centro de las calles de modo que estuvieran libres las aceras y los extremos laterales de las vías e indicaba a los caporales y a quienes arrearan ganado, cerdos y ovejas que solamente podían demorarse en las calles el tiempo necesario para cruzar sin afán, cuidando de no acosar a los animales para evitar accidentes.

 

PROHIBICIONES

 

El acuerdo prohibía ordeñar las vacas en las calles y sancionaba a los dueños que no  las descornaban. Como toda familia que se respetara contaba con una vaca de leche que pastaba en los potreros cercanos al casco urbano y toda mañana la llevaba a la casa para tener leche espumosa, las calles se congestionaban en las horas del ordeño. Por eso el Sr. Botero advirtió a los propietarios de los semovientes que esos cuadrúpedos venían a lo que venían y no tenían por qué demorarse en la zona poblada.

En días festivos  y a la entrada o salida de misa se vedaba el tránsito de animales de cualquier especie, salvo los parroquianos, por las calles contiguas a la iglesia.  Se prohibía juntar más de cinco bestias o bueyes para descargarlos o cargarlos, excepto aquellos que conducían leña o materiales de construcción.

El Acuerdo no permitía alimentar animales en la vía pública, ni siquiera en los extramuros y  tampoco dejaba  que se amarraran sobre las aceras. 

 

NORMAS DE SEGURIDAD

 

Para no causar molestias y perjuicios a los transeúntes, la norma oficial estableció que los niños y sirvientes que transitaren con bestias, las debían llevar de cabestro o con mesura, sin galopes ni chalaneos, pudiendo los agentes de policía desmontarlos si lo creyeren necesario, o  hacerlos coger y llevarlos al coso si los condujeren  sueltos.

 

Las multas iban de diez a veinte pesos según la falta, las circunstancias y la gravedad del caso. Eran multas altas como las que se cobran ahora por las infracciones de tránsito. Y el asunto era serio, porque si algo temía la ciudadanía en ese tiempo era a la policía.

Cambiando las recuas por flotas y los arrieros por choferes el tráfico en 1891 era tan  complicado y contaminante como el de hoy, por el cagajón, la  boñiga y los sonoros efluvios de las recuas y boyadas. Quizás  se corría  un mayor riesgo,  pues era más peligroso un sangrero regado con una peinilla que ahora un ayudante de bus escalera con  una llave de pernos.

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