martes, 5 de agosto de 2014

GABRIEL GARCÌA MÀRQUEZ


De Jaime Lopera

Julio 29 de 2014

Gabo y Prensa Latina


–"Ya lo sabes, Delgadina, la fama es una señora muy gorda que no
duerme con uno, pero cuando uno despierta
está siempre mirándonos frente a la cama".

GGM en Memorias de mis putas tristes.
 
 

 
I

No obstante las abundantes noticias que se tienen sobre la vida y obra de García Márquez, existen algunos episodios indeterminados que marcan su tránsito por el periodismo y las letras, y los cuales hasta ahora pocos se han preocupado por esclarecer. Es el caso de su trabajo como funcionario en Prensa Latina, Prela, PL, aquella agencia de noticias que el régimen cubano hubo de crear para neutralizar las tendenciosas noticias que particularmente se daban a la comunidad internacional por las agencias estadounidenses. Como empleado de Prensa Latina, filial de Colombia en los años sesenta, ya he dejado consignadas mis experiencias en otros escritos, pero considero que es el momento oportuno de hacer un intento de transcribir lo acontecido por aquella época.

 

GGM en su oficina de PRELA en Bogotá.

Varias personas reclamaban su paternidad sobre la creación de la agencia. Si bien el poeta Ángel Augier (Premio Nacional de Literatura en Cuba en 1991) se ufanaba como fundador de la agencia, lo mismo cabe decir de Mauricio Vicent quien firmaba como Alfredo Muñoz-Unsain, pero era más conocido como Chango. Igual puede hablarse de los dos colombianos, García Márquez y Plinio Mendoza, que entraron en ese nuevo proyecto de la revolución cubana: GGM, quien trabajaba en Caracas al frente de la revista Momento, editada por Elvira Mendoza, recibió la invitación de Mendoza para dirigir Prela en Colombia pues ya éste había recibido la invitación de Masseti para organizarla. Fue así como los García-Barcha dejaron Venezuela y se instalaron en Bogotá cuando Mercedes estaba ya en su primer embarazo. En su libro biográfico sobre GGM, Dasso Saldívar anota que mientras Plinio había llegado antes a Bogotá en el plan de publicar esporádicamente en las revistas Cromos y La Calle[i], un buen día de abril, por mediación de Guillermo Angulo, conoció a “un mexicano borracho y dicharachero” quien se presentó como enviado especial de La Habana por toda América Latina para montar la nueva agencia noticiosa de la revolución. No sabemos el nombre de este mexicano, pero Plinio Mendoza le dijo que estaba disponible y que además tenía un amigo en Caracas con la misma disponibilidad. “Los dos quedaron entonces contratados verbalmente, Plinio como director y García Márquez como redactor, pero ambos con el mismo sueldo" para dirigir la seccional en Bogotá.

Se organizó la oficina en la calle 18 con carrera séptima en Bogotá, y fui empleado en ella; allí hicimos nuestros primeros pinitos en el periodismo con Eduardo Barcha, hermano de Mercedes, Ivan Ocampo de la Pava y Consuelo Mendoza, hermana de Plinio, Soledad y Elvira, quien hacía las veces de secretaria y administradora de la oficina. Nuestro trabajo de copywriters, incluida Consuelo,  consistía en traducir los garabatos Morse de un operador de radio, el señor Norsa, que luego convertíamos en una noticia o un cable al que le dábamos forma gramatical y de ortografía con una titulación apropiada antes de mecanografiar suficientes copias para los clientes de los diarios nacionales que se editaban en Bogotá. A este oficio se lo denominaba “inflador de cables” y es paradójicamente el mismo oficio de Mustio Collado, el personaje del libro Memoria de mis Putas Tristes que GGM escribió muchos años después[ii].

Aquellos cables de la agencia cubana que “inflábamos” los llamados copywriters, se vendían a los principales diarios de la capital (que los publicaban con reservas) pero además servían para que muchos estudiantes de las universidades Nacional, Libre y Externado, que nos las reclamaban, se fueran enterando de lo que pasaba en la Isla dada la escasa información que proveían las publicaciones locales. Las oficinas de Prensa Latina eran amplias y cómodas; la del subdirector GGM enseguida a la del director Mendoza, y más allá un espacio amplio para los redactores y el operador de radio. Con frecuencia escuchábamos teclear en la oficina de la subdirección no solamente los despachos hacia la sede central en La Habana, sino también muchos de los textos literarios de Gabo; a veces también se escuchaba la rasgadura de cuartillas y las maldiciones del escritor mientras lo oíamos afuera protestar por un desliz. Éramos, recuerda Consuelo Mendoza, como una pequeña familia que a menudo recurría a la caja menor que ella manejaba y con la cual podíamos atender nuestras necesidades[iii]. Un día que pasaba por su recepción a recibir un amigo quindiano, escuché esta súplica de GGM: “—Consuelo, me dice la Gaba que se acabó la leche de Rodrigo; ¿me puedes prestar diez pesos de la caja menor mientras nos llega el giro?”. Un tiempo después, cuando GGM aceptó irse a Nueva York para trabajar en las oficinas de Prela en esa ciudad, se suspendieron unas tertulias que hacían en Bogotá los García Barcha y los Mendoza con Jorge Child, su esposa la pintora cartagenera Cecilia Porras, el cineasta Francisco Norden, el periodista sucreño Pedro Acosta Borrero y el empresario de proyecciones Ítalo de Ruggiero, entre otros, pláticas donde se hablaba de política y literatura, además de oír vallenatos con mucha reiteración[iv].

II

Sin embargo, la vida del verdadero fundador de la agencia, Jorge Ricardo Masseti Blanco, es un relato diferente de coherencia política que se conecta, así fuese brevemente, con la vida del Nobel colombiano. Nacido en Buenos Aires en 1929, conoció muy joven al médico Ernesto Guevara y de ahí nació una amistad particular que lo llevó a Cuba a trabajar a su lado; en la práctica, Guevara sabía que un periodista como Masseti era quien podría llevar adelante su imaginada idea de una agencia de noticias. Y así fue: Masseti organizó la entidad, montó las delegaciones en cada país de América Latina y empezó a rodearse de conocidos intelectuales afines a la Revolución: primero sus compatriotas Rodolfo Walsh y Rogelio García Lupo, y un poco después, Plinio y García Márquez. También ingresaron a la nómina de colaboradores de Prela Jean-Paul Sartre, Waldo Frank y C. Wright Mills, entre otros. Un año después de creada, PL ya tenía sucursales en Washington, Nueva York, Londres, París, Ginebra, Praga; había firmado convenios con la agencia soviética Tass, la agencia china Hsin Hua, y las agencias egipcia, indonesia y japonesa que le daban un contorno mundial. L’Express de París y el New Statesman de Londres le cedieron a Prela sus derechos latinoamericanos por ínfimas sumas; The Nation y The New Republic, de los Estados Unidos, los permitieron en forma gratuita[v].


Santiago Garcia Isler, hijo de Rogelio García Lupo, realizó un documental llamado A Vuelo de Pajarito como un homenaje a su padre que, entre muchas vivencias, sufrió cárcel en los 50 por oponerse a la explotación del petróleo patagónico por parte de los norteamericanos. En 1958 Lupo hizo parte de una comisión parlamentaria que investigó el caso Satanovsky quien había sido asesinado por no entregar unos papeles a la inteligencia de su país. Mucho antes, cuando eran jóvenes, Lupo y Rodolfo Walsh habían sido muy amigos, amistad que se consolidó cuando se encontraron con el proyecto de Jorge Masseti. A este, quien venía de La Habana después de acompañar la entrada triunfal de la revolución gracias a su amistad con Guevara, ya le habían encomendado la tarea de crear la agencia de noticias. Lupo y Walsh se unieron animosamente a ese proyecto de Masseti en el bar La Paz de Buenos Aires, pero la trayectoria de Lupo, presentada en el documental de su hijo, es en adelante un mosaico de actividades periodísticas en varios países que llenaron una etapa importante en la vida de este compañero del Che. 

 

Fue así como Masseti, por intermedio de Plinio, se conoció con GGM dándose desde el principio una notable admiración y amistad profesional mientras se trataron entre 1959 y 1961. Gabo no dejó de reconocer la calidad de periodista de su nuevo amigo: en una entrevista realizada en 2008 en Cuba, GGM dijo: “Masseti y yo hicimos un solo frente periodístico. Andábamos investigando cosas por todos lados”. Y añadía: “Donde aprendí yo a agarrar la noticia y que no se me escapara fue en Prensa Latina”. Años más tarde, entrevistado para el documental “La Palabra Empeñada”, una memoria de Masseti presentado en el Festival de Cine de Mar del Plata por su hijo Jorge, dijo GGM que “fue (Masseti) el mejor periodista que yo recuerde”[vi].

Rodolfo Walsh, al comentar la autobiografía de Masseti, Los que luchan y los que lloran, recuerda así los orígenes de Prensa Latina: "Fue PL quien señaló con meses de anticipación el lugar exacto en Guatemala –la hacienda de Retalhuleu– donde la CIA preparaba la invasión a Cuba, y la isla de Swan donde los norteamericanos habían centralizado la propaganda radial por cuenta de los exiliados". Además, el periodista de Prela, Angel Boan (quien después murió en Argelia) fue el único en conseguir un reportaje con el famoso criminal Caryl Chessman –un caso judicial que había inflamado los sentimientos antinorteamericanos en muchas partes– doce horas antes de su ejecución en California, lo cual le dio una buena reputación a la agencia. Posteriormente PL cubrió con oportunidad hechos tales como los terremotos de Chile, el golpe militar contra Arturo Frondizi y la revolución de Jesús María Castro León en Venezuela.

Lectores y amigos han señalado que en esta misma época de la agencia GGM se hizo amigo de Fidel Castro. La simpatía entre Fidel y GGM ha sido materia de interés por muchos años, en especial por la estrecha relación que se le asigna al escritor teniendo a la vista las fotos de las expediciones de pesca en el Caribe y los muchos encuentros informales de diferentes tipos que comentaban los despachos internacionales. No obstante, la primera entrevista de Fidel con GGM tiene dos versiones: en la biografía autorizada de Gerald Martin se dice que GGM se cruzó con el Comandante cubano durante el juicio a Sosa Blanco por unos breves minutos en La Habana. En una entrevista posterior del mismo Gerald Martin a la revista Credencial dice que ellos ya se habían conocido desde 1975 y que GGM debió esperar cuatro semanas en un hotel de La Habana para poder entrevistarse varias horas con Fidel. Una versión diferente señala que, en diciembre de 1960, el líder y el escritor se encontraron en Camagüey durante una escala técnica de los aviones ocasionada por el mal tiempo en la isla; ambos charlaron animadamente por un largo rato hasta que llamaron de nuevo a bordo. Por ese mismo tiempo Gabo era empleado de la agencia como subdirector de Prela en Colombia. Creo entender que el director, Masseti, pasó un par de veces por Bogotá pero nunca lo vimos en persona en las oficinas de la calle 18.

III

Por su parte, la trayectoria de GGM fue otra: en 1960 Gabo estaba en Bogotá en la subdirección de Prela (mi foto con él está firmada en octubre de 1960); en enero de 1961 viaja de Bogotá a Nueva York como asistente en la oficina de Prela en esa ciudad; se retira en junio y de allí parte hacia México donde trabaja en algunas publicaciones de su amigo Gustavo Alatriste, episodios que ya han sido narrados con propiedad por otras fuentes.
 

GGM y el autor de este ensayo.

 En septiembre del mismo año, Alberto Aguirre en Colombia le publica El coronel no tiene quien le escriba, un cuento formidable que ya había aparecido en Mito y que el antioqueño dijo habérselo comprado al autor por 350 pesos en un contrato firmado en una servilleta de papel en la piscina del Hotel El Prado de Barranquilla. Allí, en México, termina la novela que había empezado en Bogotá –y cuyos originales conocí inicialmente con el nombre de Este pueblo de mierda–, con la cual ganaría en Colombia el premio Esso de Literatura y luego sería publicada primero en España, y en seguida en la mexicana Editorial Era con el título de La mala hora[vii] . En 1962 GGM sigue en México, esperando a su segundo hijo, Gonzalo, quien nace el 16 de abril de ese año, mientras Prensa Latina permanecía, como hasta hoy, como una agencia del gobierno cubano.

La vida de Masseti, por el contrario, había tomado un rumbo diferente en ese periodo. Su amigo Rodolfo Walsh lo relata así: “En cada país de América, la ruptura diplomática impuesta por Estados Unidos fue precedida por el cierre de la agencia. Una lucha interna asestó a PL el golpe definitivo. Afiliados reciamente comunistas montaron en el seno de la agencia una verdadera conspiración anti-Masseti, disfrazándola de lucha ideológica. Masseti contemporizó mientras pudo; al fin, les hizo frente. Se dice que debió intervenir el ejército rebelde para impedir que la diferencia se resolviera a tiros. No me consta, pero de algún modo encaja con la imagen que conservo de Masseti”[viii]. Esta versión al parecer tiene que ver con las discrepancias entre el Ché y Fidel en torno al papel que debía cumplir la revolución cubana en otros países de America Latina.

Cerrada la agencia, Masseti regresa su país por la frontera del norte argentino con Bolivia; entre 1963-64 organiza en la provincia argentina de Salta una guerrilla guevarista llamada el Ejército Revolucionario del Pueblo.  Era el primer intento de llevar las condiciones de la revolución cubana a otros países de America Latina. Al parecer el Che esperaba encontrarse con Masseti en las selvas bolivianas, en los límites de la provincia de Salta, para iniciar la expedición libertadora en Argentina. La vocación revolucionaria de ambos debía juntarlos en aquella zona selvática donde finalmente sería abatido el Che Guevara por fuerzas de la policía boliviana. Luego de unos enfrentamientos con tropas argentinas Masseti desaparece misteriosamente en Salta pues su cuerpo nunca fue encontrado y se supone que cayó por un despeñadero. Se toma como fecha de su desaparición el 21 de abril de 1964, cuando el periodista argentino contaba con solo 34 años.

Estos recuerdos, hilados con la ayuda de Consuelo Mendoza y otras consultas en Internet, acaso puedan ser útiles para completar las tareas y ambientes de nuestro recién fallecido amigo, GGM, al mismo tiempo que explican una parte de sus convicciones ideológicas que le fueron siempre coherentes con su estilo y con su manera de entender y comprometerse con el mundo contemporáneo.



 

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