jueves, 23 de enero de 2014

DE LAS RECUAS A LOS CARRIOLES

Alfredo Cardona Tobón *

El paso de los caminos de mulas a las carreteras para automóviles fue tan rápido en Colombia,  que en menos de una década quedaron obsoletas las disposiciones viales tomadas desde 1820.
Arrieros y choferes, recuas y carros, no tuvieron tiempo para acomodarse en nuestra geografía y ese encuentro frontal, intempestivo y excluyente, en muchos casos, dio lugar a choques violentos.

Antes que se construyeran las carreteras, los autos llegaron a muchos caseríos del occidente colombiano; en turegas y despiezados entraron los Ford, los Packard y los Buick a las cabeceras municipales, donde expertos mecánicos de la población de Medellín, los armaban parte por parte y tornillo por tornillo y luego enseñaban su manejo a osados ciudadanos, que no imaginaban que estaban haciendo una hazaña que quedaría  gravada en los anales de la historia local. En el pasado glorioso quedaron estampados, por citar unos pocos,  los nombres de los primeros choferes, se recuerda a "Pocholo" en Anserma, a  Miguel Lahidalga en Riosucio y a Camilo Mejía en Santa Rosa de Cabal, donde el primer automóvil causó tal revuelo en 1925, que se tuvo que contratar un zurriaguero para que alejara a fuete a la inquieta y alborotada muchachada que se empeñaba en tocar y subirse al vehículo.

En aldeas sin carreteras, los automóviles se convirtieron en el centro de diversión; una y otra vez recorrían sus calles empedradas repletos de lugareños que reían y apretaban a sus parejas, que despavoridas con la velocidad del aparato lanzaban gritos de terror y se agarraban a sus amados.

No obstante el impacto del nuevo medio de transporte, hubo sitios donde los carros a motor dividieron a las comunidades. En Quinchía, por ejemplo, en 1930, las damas pías, el cura Herrera y los 'cargasantos' quisieron impedir la conexión del pueblo con la troncal de occidente, pues argüían  que con la llegada de picapedreros y cadeneros, y posteriormente de choferes y "patos", no quedaría doncella en la localidad. 

Años después cuando el gobierno del departamento de Caldas abrió una trocha que conectó a Quinchía con otra trocha que llamaron carretera troncal de Occidente, el directorio liberal, respaldado por los carniceros y las muchachas de la vida, celebraron el acontecimiento con el "Carnaval de las brujas", que fue el preludio de los modernos Carnavales del Diablo del vecino Riosucio.

LAS DISPOSICIONES LEGALES

En 1924 problemas nuevos ocuparon la atención de la Asamblea de Caldas. Al inaugurar las carreteras, en poco tiempo quedaban inservibles debido al paso de las mulas y los bueyes que con sus cascos y pezuñas formaban canalones por donde corría el agua de las lluvias. Para evitarlo, el gobierno departamental prohibió el paso de las recuas por las carreteras, advirtiendo, que en caso de ser imprescindible el tránsito de animales con carga, se debía pagar veinte centavos por bestia, dinero que se emplearía en el  sostenimiento de la vía.

La Ordenanza No. 35 del 29 de abril de 1929 creó la Inspección General de Tránsito y fijó las condiciones para obtener la licencia de conducción, entre las cuales estaba ser mayor de dieciocho años, no tener defectos físicos, medir más de ciento sesenta centímetros y conocer la ciudad y su nomenclatura, dicha  Ordenanza estableció la velocidad máxima de 15 kilómetros por hora en la zona urbana , que se aumentaba a treinta en la carretera, salvo en el accidentado tramo entre Armenia e Ibagué, donde no se debía pasar de 24 kilómetros por hora. En un artículo de la mencionada Ordenanza se prohibió a los choferes usar ruana y sombreros de paja y en otro se estableció que ningún vehículo podía sobrepasar a los sacerdotes que llevaban el Viático por las calles, en cuyo caso debían esperar o desviarse por otra ruta.

Fuera de lo anterior se exigía a los conductores llevar reloj con la hora oficial y en otro aparte del documento se indicaba que cuando dos carros transitaran en la noche en sentido contrario, el que bajaba tenía que parar a la derecha y a distancia prudencial, apagar las luces y esperar que pasara el vehículo que iba subiendo.

Los primeros Ford en T y los pesados Packard  dieron paso a pequeños furgones y a los hermosos carrioles, con carrocería de madera lacada, asientos de terciopelo, bar en el asiento trasero y un aparato telefónico para comunicar al chofer con los pasajeros del asiento trasero que nunca supe cómo lo conectaban los gringos.

Llegaron también los Mercury y los Studebaker que bramaban en las difíciles vías llenas de baches y pedruscos y que al poco tiempo sentían el efecto de las meadas de los perros, las coces de las mulas asustadas y el desbarajuste al rodar entre tan irregulares superficies.

En esos primeros tiempos los viajes eran lentos y eternos, los choferes cargaban pica y pala para sacar los continuos derrumbes que taponaban las carreteras, se llevaban cadenas para envolver las ruedas y salir de los pantaneros, dos llantas de repuesto, inflador y parches. Pero a pesar de todo, los viajes eran aventuras inolvidables, era toda una proeza avanzar por los polvorientos caminos, donde la vida se detenía al pasar un vehiculo y cada persona que se dejaba atrás  saludaba y deseaba un feliz viaje.


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