jueves, 22 de agosto de 2013

LA TRILOGIA DEL DESARROLLO PEREIRANO

Alfredo Cardona Tobón*



El desarrollo de Pereira  ha tenido como base las vías, el café y el comercio; la conjunción de estos factores hicieron posible que una pequeña aldea sin poder político ni estratégico, sin encumbrados personajes ni grandes capitalistas, se convirtiera en la población más floreciente y progresista del norte caucano .

LAS VÍAS

Entre Antioquia y Popayán hubo permanente comercio en todos los tiempos; fue lánguido en la época de la Colonia y se acrecentó  en tiempos de la República.  La ciudad de Cartago surtió en gran parte las minas de Supia y de Marmato por la trocha de las Ansermas y por un sendero que pasaba por las  ruinas de la vieja ciudad fundada por Jorge Robledo, se internaba en la selva y llegaba a los pasos del río Cauca por Bufú y La Cana. Ese sendero se bifurcaba más adelante de Cartagoviejo, vadeaba el rio San Eugenio, remontaba la Cuchilla de San Julián y se conectaba con Salamina y el camino de Herveo.

Al fundarse Manizales, Villamaría y Santa Rosa la insegura y estrecha vía era insuficiente para las partidas de bueyes y de mulas que empezaban a servir el comercio entre el Cauca y Antioquia; fue entonces cuando don Félix de la Abadía  construyó por concesión el llamado Camino del Privilegio, que unió a Villamaría con Cartago por una vía que agilizó el comercio y la colonización de la región.

El Camino del Privilegio fue el detonante del desarrollo pereirano; entonces, la minúscula Aldea de Robledo, levantada cerca de las ruinas del Cartago Viejo y a un lado de esa vía, se convirtió en el embrión de la moderna capital del departamento de Risaralda y recogió a los inmigrantes que empezaban a llegar en gran número desde  Antioquia.

A la sombra de Cartago y luego bajo la tutela de Manizales, el distrito de Pereira empezó a crecer gracias a sus buenas tierras, sus aguas, su posición geográfica y sus líderes. En  1870 tenía 623 habitantes, en 1905 contaba con 9.000 vecinos y en 1918  sumaba 24.570 personas. Hasta ese entonces no era mucha su diferencia con Aguadas o con Salamina y su comercio basado en el café dependía de Manizales, adonde llegaba el grano pereirano para despacharlo por mulas hacia el rio Magdalena o por el Cable aéreo hasta Mariquita.

La llegada del ferrocarril a Pereira marcó otro hito en la historia de la  ciudad. A partir de 1921 los cafeteros pereiranos pudieron despachar  sus cosechas por Buenaventura bajando costos y accediendo directamente a los mercados norteamericanos sin depender de los exportadores manizaleños. El tren abrió las puertas del progreso de par en par, pues surgieron  hombres de empresa que crearon nuevas fuentes de trabajo.

Una  Sociedad de Mejoras Públicas,  liderada por hombres de acción, impulsó la construcción de las carreteras a Marsella, a Santa Rosa y a Cartago que convirtieron a Pereira en un Eje Vial  adonde confluyeron compradores de los pueblos vecinos.

Hay un hecho  ignorado por los historiadores que en mi concepto es el tercer hito que marcó el destino de Pereira y fue la construcción del puente Bernardo Arango sobre el río Cauca entre las márgenes de esta ciudad y la orilla de La Virginia, entonces corregimiento de Belalcázar. Con este puente Pereira se conectó con la troncal de Occidente que venía desde Anserma y se extendía entonces hasta La Pintada, en Antioquia.

El puente Bernardo Arango volcó el comercio del occidente del Viejo Caldas hacia Pereira y lo fortaleció, al igual que reforzó los vínculos entre Pereira y la antigua provincia caucana de Marmato, que a través de las décadas siguientes apoyaron las pretensiones  separatistas pereiranas e hicieron posible que  la Perla del Otún se zafara definitivamente de la tutela manizaleña.

EL CAFÉ

El manizaleño  Luis Jaramillo Walker enseñó a los pereiranos a cultivar el café en su hacienda La Julia, y no solamente a cultivarlo,  sino también  a  trillarlo y a exportarlo. Los campos se llenaron de café,  Pereira se convirtió en el principal productor cafetero de Colombia y tomó la delantera sobre las demás poblaciones de la provincia caldense. En  el año 1912   siete trilladoras procesaban el grano de exportación y a la sombra del café  crecían las artesanías, las fábricas de ropaza, los servicios públicos  y se monetizaba la economía.

Con empresarios como Alfonso Jaramillo y Santiago Londoño empieza la primera etapa de la  industrialización de la ciudad y en  diez años, de 1918 a 1928 se dobla la población  de  Pereira, que con 50.069 habitantes entra a ser parte de las ciudades colombianas.

Las vías y el café sustentan la segunda fase de la industrialización pereirana, donde la mujer tiene un papel preponderante, pues numerosas damas crearon empresas familiares que convirtieron a Pereira en un emporio de manufactura textilera; aparece la manufactura a domicilio, se modernizan los procesos y empresas como Valher, Gales, Camisas Charles, Cerchez, La Garantía, Jarcano, Don Félix surten el mercado interno.

Infortunadamente con los aludes de desplazados por la violencia entre 1947 y 1965 la dirigencia local  tiene que atender prioritariamente a los recién llegados para  paliar la pobreza de miles de compatriotas y desatiende el desarrollo pereirano, que,  agotado el modelo de las confecciones, entra en profundo receso. 
El café, no obstante todos los problemas, sigue  impulsando la economía  pereirana, pese a la destorcida por la tasa de cambio, la baja producción, las plagas y los bajos precios internacionales.

Han transcurrido 150 años y las circunstancias han cambiado; los pereiranos tendrán que buscar nuevos modelos para que la ciudad continúe con la vitalidad del pasado  cuyos pilares fundamentales fueron las vías, el café y el comercio.


miércoles, 21 de agosto de 2013

LOS CRIOLLOS AFRANCESADOS

Alfredo Cardona Tobón*



Por un castillo y una renta anual de cuatro millones de reales el  príncipe  Fernando VII negoció la corona de España, y por treinta millones y la protección de Francia el rey Carlos IV cedió el trono a Napoleón.

Cuando José I se convirtió en rey por voluntad de su hermano Napoleón  Bonaparte, la mayoría de los españoles tomaron a Fernando VII como bandera para oponerse a los franceses, sin tener en cuenta  la censurable conducta de los borbones. Funcionarios, clérigos y altos dignatarios contemporizaron con el régimen, en tanto que un grupo minoritario apoyó abiertamente al rey impuesto, mientras los liberales iban contra el despotismo de los reyes y solamente reconocían al pueblo como fuente del poder.

Los  afrancesados, o josefinos, partidarios de José I, fueron los ilustrados del régimen de Carlos III, que veían en la llegada de los franceses el advenimiento de un “reformismo sereno” sin los excesos de la revolución gala. Los absolutistas los llamaron traidores y los liberales los tildaron de infieles al estado nacional.

Aunque la mayor parte de los criollos estaba en  contra los franceses, hubo personajes muy notables que reconocieron a José I, entre ellos el mejicano José Joaquín del Moral, el rioplatense Nicolás Herrera y los granadinos Francisco Antonio Zea e Ignacio Sánchez de Tejada.

Napoleón citó en Bayona a 92 diputados para redactar una nueva constitución española, y entre los veinte americanos que asistieron estaba Francisco Antonio Zea  como representante de Guatemala e Ignacio Sánchez en nombre de la Nueva Granada..

La carta de Bayona establecía una monarquía constitucional, reconocía los mismos derechos a españoles y americanos, quitaba las barreras comerciales entre las provincias y la metrópoli y daba libertad a las colonias para instalar  todo tipo de industrias y cultivos.

La Constitución de Bayona fue importante porque fisuró el absolutismo de las monarquías y, al menos en el papel, obligó a todos los españoles a contar con los americanos, como sucedió  con la Constitución de Cádiz, en la cual la reacción española tuvo que  reconocer los derechos de las colonias.

FRANCISCO ANTONIO ZEA

La historia ha sido mezquina con este  antioqueño ilustre, estudioso, de la más amplia confianza de los sabios Mutis y Cavanilles,  y cuya capacidad lo llevó a desempeñar  altísimos cargos en la península ibérica.

Por su amistad con Nariño y sus nexos con Rieux, las autoridades virreinales relacionaron a Zea con los pasquines que aparecieron en 1808 en Santa Fe y con la traducción de los Derechos del Hombre. Por ello se le envió a Cádiz donde no encontraron méritos para acusarlo. En Madrid abrió mercado a la quina granadina y continuó sus estudios de botánica que culminó en Paris con el apoyo de Mutis..

El Primer Ministro Manuel Godoy lo nombró  director del Jardín Botánico de Madrid, donde desarrolló ambiciosos planes de agronomía aplicada y dirigió las principales gacetas oficiales. En el corto reinado de José I, el antioqueño estuvo al frente de la cartera de Instrucción Pública e hizo parte de la Corte de Bayona. Al retirarse los franceses, los enemigos de Zea confiscaron sus bienes y tuvo que huir a Paris para salvar la vida.

 Zea regresó al continente americano; en Haití conoció a Bolívar  y con el Libertador viajó  hasta Angostura donde editó el “Correo del Orinoco”.  Posteriormente dirigió el ministerio de Hacienda de la naciente república y finalmente ocupó el cargo de Vicepresidente de Colombia.

Para continuar la lucha contra los españoles  y  poder expulsarlos de Lima y del Alto Perú se necesitaban recursos y para conseguirlos, Bolívar envió a Zea a gestionar empréstitos en  Europa. En 1820 viajó a Londres  y allí abrió crédito a la nueva nación, en medio de la desconfianza y la oposición de España. Se le criticaron los manejos del dinero, pero  lo cierto fue que murió  en la ciudad de Bath, Inglaterra, el 28 de noviembre de 1822, en un hotel modesto, lejos de los suyos.

IGNACIO SÁNCHEZ DE TEJADA



El trotamundos que dejó huella en todas partes, como dijo Miramón, nació de familia acomodada en la ciudad de El Socorro y murió muy pobre en  Roma el 28 de octubre de 1837.
Ignacio Sánchez estudió en el Colegio del Rosario y sirvió en la Secretaría General del Virreinato; al igual que Zea se vio implicado en los procesos de los pasquines y de la traducción de los Derechos del Hombre y por ello lo remitieron a Cádiz donde tampoco  encontraron méritos para apresarlo.
Sánchez regresó a Santa Fe a resolver algunos asuntos particulares y  regresó a Europa. Estando en España se le nombró diputado  por la Nueva Granada en las cortes de Bayona. Al recuperar Fernando VII la corona, condenaron a Sánchez  a la pena capital y confiscaron los bienes que tenía en  Santa Fe. Para salvarse, tuvo que viajar de incógnito a Paris, y luego marchar a Londres.
El aporte de Sánchez a la consolidación de nuestra independencia es enorme: Santander le confió la misión de lograr el reconocimiento de la Santa Sede y en cumplimiento de ella  Ignacio Sánchez hizo gala de la mayor sagacidad y dedicación. El Papa no podía aceptarlo como plenipotenciario pues se  granjearía la enemistad de España y de los estados de la Santa Alianza, y por eso  mantuvo las relaciones en secreto y encubiertas  con asuntos meramente religiosos. Su labor  se vio compensada en 1835 cuando Gregorio XVI,  libre de las presiones de la Santa Alianza y del furor reconquistador de España,  reconoció la Independencia de  Colombia.
Fue una labor silenciosa y esforzada, en medio, no de la pobreza sino de la miseria, pues muy pocas veces Santa Fe le envió auxilios económicos.
Los restos mortales de Ignacio Sánchez de Tejada aún se encuentran en la nave central de la Iglesia de la Concepción, en Roma.
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domingo, 18 de agosto de 2013

FLORENCIA Y EL CORREO DE LA BRETAÑA

Alfredo Cardona Tobón


 Corregimiento de Florencia, en el municipio de Samaná, Caldas, Colombia


“  ¡Florencia, 25 de diciembre de 1896 ¡… Por la puerta entreabierta de la escuela, donde me alojo, veo, un poco hacia la izquierda, la frágil cruz de la iglesia, de la iglesia, pobre rancho de madera y paja en el que el Dios de Belén parece estar acostado todavía. El altar da lástima e inspira compasión. Delante de la iglesia las gallinas picotean, los bueyes pastan y un asno lanza al aire las agrias notas de su rebuzno alegre…

Por todos los alrededores - continúa escribiendo el explorador francés Pierre D´Espagnat- diseminados por los flancos de la colina, las pobres cabañas de este campamento de buscadores de oro,  y las hay también en la otra vertiente, de las que solo se ven sus techos, gorros cónicos un poco inclinados hacia un lado…

¡Ya son las seis!  Se oye el toque del Ángelus. En el umbral de las casas todos se descubren. Y casi instantáneamente la noche  se ha venido encima, el sol se ha puesto, en su gloria oscurecida  por detrás del páramo de Sonsón. Las puertas se cierran ante el frío que ya se deja sentir, mientras que solo, envuelto en brumas  y en torbellinos de viento, mi caballo continúa paciendo, sombra olvidada en el tapiz verde de la plaza… ¡Oh  nochebuena, alegre nochebuena, alegre navidad engalanada, que llegas a la misma hora a todos los puntos del globo!..”

Noventa años después, en una tarde gris también de diciembre, miraba yo la plaza brumosa de Florencia, y exceptuando  el campero estacionado en la plaza  y la iglesia moderna, me pareció revivir el entorno descrito en 1896 por el francés Pierre D`Espagnat, cuando llegó a esas soledades ilusionado por los rumores de grandes riquezas minerales. Poco ha cambiado: las mismas ilusiones y la esperanza de encontrar una veta o una guaca que los saque de la pobreza.

LAS VETAS AURÍFERAS

Fueron  mineros los primeros pobladores  paisas del extremo sur de Antioquia, que buscando pepitas de oro se adentraron por San Agustín, recorrieron los campos de Pensilvania y repasaron la trocha de San Narciso. El hallazgo de algo de oro en  quebradas y riachuelos mantuvieron  viva la esperanza de los barequeros y dos minas importantes consiguieron llamar la atención de los inversionistas antioqueños que esperaban encontrar otra explotación tan rica como la del Zancudo. Una de ellas fue la mina de California en cercanías de la aldea de Buenavista, la otra fue la  mina de La Bretaña, no muy lejos de la localidad de Florencia.

A finales del siglo XIX Miguel Murillo descubrió la prometedora formación aurífera  de La Bretaña y con capital de Alejandro Angel y de Antonio José Restrepo, el famoso Ñito Restrepo, se trabajaron sus vetas con buenas ganancias durante más de cuarenta años. La Bretaña  fue un paréntesis de prosperidad en la deprimida zona de Florencia, pues llegó a emplear 250 hombres en los socavones y en los beneficiaderos y en la mina se empleó, antes que en otras empresas paisas, el moderno sistema de monitores para separar el oro de la ganga.

EL CORREO DE LA BRETAÑA

En el siglo pasado en un día de los años veinte, los mineros de La Bretaña suspendieron labores y llenos de pesar acompañaron a un viejo  amigo a su última morada. Al frente de la comitiva fúnebre iba el arriero Blas Manrique con una turega de bueyes que llevaban un cadáver sobre una plataforma de madera. Cuenta Don Alejandro Ocampo en las memorias que confió al Hermano Florencio Rafael, que  en ese desfile fúnebre, aún faltando el acompañamiento religioso, se sentía el respeto y la congoja entre la comitiva. Tras un corto recorrido los bueyes pararon en un pastal en la loma al norte del caserío y en un amplio hoyo los mineros descargaron el cuerpo de un macho rucio, que había muerto de viejo después de trasegar durante muchos años por el camino de Sonsón, transportando el oro que producía La Bretaña y trayendo medicinas y mercancías a la mina.

El arriero Blas Manrique y esa  mula rucia fueron  el “correo de La Bretaña”. Nunca les importó el sol canicular de los veranos ni los ríos de lodo que se escurrían por los tragadales en las épocas de lluvia. Iban solos, sin escolta, sin temor a los asaltantes ni a los pumas.

Ese singular entierro significaba más que el amor por un noble animal, que era el símbolo de La Bretaña. Al sepultar la noble bestia los mineros sentían que se estaba rompiendo el eslabón entre el pasado y su futuro y que al desintegrarse el dueto de Blas Manrique y el macho rucio se estaba acabando el mundo de los socavones  y del barretón y llegaba el mundo de los surcos, del hacha y del serrucho, pues La Bretaña ya no era la misma, y el oro, si era que había algo, se estaba escondiendo en lo más profundo de la tierra junto con los sueños de la comunidad florentina.

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