lunes, 2 de diciembre de 2013

LUIS CARLOS GONZÁLEZ


RECUERDOS DEL POETA

Alfredo Cardona Tobón*


El antioqueño Salvo Ruiz tuvo el don de la versificación, su repentismo  fue tan asombroso, que según la leyenda dejó  mudo al diablo en un desafío de trovas. De la misma manera fue extraordinaria la facilidad de Ñito Restrepo para componer sus innumerables copias que son un comprimido del alma de los paisas.

 Al  lado de Salvo Ruiz y de Ñito Restrepo está el pereirano Luis Carlos González Mejía  cuyos poemas con música incorporada se convertían en bambucos que daban  luz a sus versos. En alguna ocasión  alguien  preguntó a Luis Carlos por el secreto de su pasmosa capacidad poética.

-Escribo versos  por costumbre- respondió al poeta - considero que escribirlos constituye un vicio solitario y quien lo hace tiene gran semejanza con el mocetón montañero que, confesándose cristianamente con el canoso cura de la parroquia provinciana, le decía con mucha satisfacción y algo  de miedo: acúsome Padre que yo mesmo me saco el gusto.”

El siete de marzo de 1972 el periodista Jorge Emilio Gutiérrez Montoya recorrió la polvorienta y agreste carretera que unía a Pereira con Manizales y entrevistó al hacedor de poemas en pentagrama en un café situado en la  Plaza Bolívar de Pereira, donde González  solía  tomarse un tinto y departir con los amigos que admiraban “al gago en cinco idiomas y bobo de nacimiento”,  como el mismo se llamaba, burlándose de las falacias de una sociedad que lo llenó  de honores y de medallas.

La entrevista  fue a las diez de la mañana, hora propicia  para  abrir el alma a los preguntones que como Jorge Emilio  Gutiérrez  agregaban algo de cultura a los periódicos, llenos entonces, como ahora, con las noticias truculentas de la crónica roja.

´¿Cuándo empezó a escribir versos, Maestro-?

“A los siete años- respondió Luis Carlos ; sin saber por qué  tomé una pluma y escribí ocho versos que constituían dos coplas. Me agradaron y sin mostrarlos a nadie seguí componiendo trovas, adaptándolas al ritmo de las canciones de aquella época.”
“En esos versos hablaba de lo cotidiano, de mis sentimientos y lógicamente  de lo que sentían quienes me rodeaban; campesinos, arrieros, de los enamorados...Escribía versos porque sí . Yo nunca he escrito un poema ni me considero un poeta.”

“Un día- recordó Luis Carlos con tono de profunda añoranza- mi pequeña hija Marta escuchó un bambuco y con el  candor  de sus escasos cinco años preguntó  :  ¿Papá, quien escribe los versos?”
La pregunta asombró a Luis Carlos González quien, con su facilidad portentosa de improvisación, de inmediato contestó a la niña:

“¿ Qué quien escribe los versos
Preguntas chiquilla inquieta?
Es mentira que se escriba
y mentira los poetas
Los dicta el alma, y, entonces
como las palomas vuelan
rayando luz de regresos
en largas noches de ausencia,
así como sale el sol
sin candiles que le enciendan,
y sin que nadie le enseñe,
canta el agua montañera.
Acunados por  la dicha
o acunados por las penas,
los versos que nadie escribe
 los puede escribir cualquiera.
Comprenderás la lección
Que te dicta la experiencia
cuando sepas que es la risa
llanto que no se remedia.
Que hay risa de caramillo
y llanto de panderetas,
porque, el alma, Marta linda,
jamás estuvo en la escuela.

Han  transcurrido muchos años, quizás Martica recuerde la respuesta de su padre y en los innumerables saltos en la vida haya  comprobado que el alma no tiene cartones y sin escuela ni profesores le toca improvisar unas veces entre risas y otras veces entre llantos.
 
Luis Carlos  González fue libre como el viento, sin amarras como las nubes y con un corazón tan puro como el arroyito que se despeña entre musgos desde lo más alto de la montaña. No fue letrado; al empezar el cuarto año de  bachillerato hubo de retirarse del colegio por la muerte de su padre, y desde entonces  el mocetón adolescente  empezó  a luchar por la vida a brazo partido: enamoró, bebió las horas en noches de bohemia y le salió adelante de la pobreza  a punta de sabiduría infusa:  trabajó como cobrador de Banco, escribiente de oficina, oficial mayor de la alcaldía, secretario del jurado electoral, tipógrafo, operador de cine, contador, administrador de la Empresa Telefónica. Fue cofundador  de la radiodifusora  Voz Amiga, secretario del Club Rialto y codirector de Radio Gaceta y no llegó a  la alcaldía de Pereira porque estaba muy ocupado haciendo versos.

Tuvo a  Pereira comiendo en su mano; era el personaje de mostrar en un poblado de calzón corto con ínfulas de ciudad grande,donde las letras que circulaban eran indudablemente  las letras de cambio..

Como en toda entrevista con un personaje de los quilates del poeta, el tiempo  corrió desbocado. Por otras parte el poeta estaba parando más  atención  a las carambolas que estaba haciendo el mono Hoyos que a las preguntas de  Jorge Emilio Gutiérrez Montoya.

 Iban por el tercer tinto y era hora de despedirse. Gutiérrez formuló la última pregunta:
 
Dígame Maestro: ¿por qué gustan tanto sus poemas?-

“Yo siempre he odiado la gramática... no soy pues un poeta de escuela. Aún no he podido explicarme por qué gustan mis poemas... que solo son versos. Soy solamente un romántico pasado de moda, que funciono a punta de leña y soy tan obsoleto que ya no tengo repuestos.”

El chirrido del tranvía sobre los oxidados rieles de la carrera séptima fue un toque de despedida y también el  golpe seco de un mango sobre la cabeza de una tórtola desprevenida que buscaba afrecho en la plaza Bolívar. El reloj de la catedral marcaba la hora de despedida. El periodista retomó el camino a Manizales, ciudad que amó el poeta con la ternura que se tiene a la tia cariñosa que celebra nuestras pilatunas mientras Luis Carlos Gonzalez siguió con paso lente hacia el Club Rialto.
 
Han pasado muchos años: la obra  de Luis Carlos González es parte de la esencia vital del pueblo paisa,   se habla del hombre y de los bambucos que se entreveran en la cultura paisa, pero estamos a años luz de aproximarnos al poeta, que,  según Eduardo López Jaramillo,   dio vida espiritual a Pereira .




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