sábado, 7 de septiembre de 2013

DOS MENSAJEROS DEL INFIERNO



Alfredo Cardona Tobón *


            El general Eusebio Borrero, uno de los innumerables asesinos en la historia colombiana


La historia de Colombia es una sucesión de masacres, violencia y desplazamientos forzados . Como causas se señalan la injusticia, la desigualdad y el egoísmo de las clases dominantes como también la ignorancia del pueblo, el sectarismo, los intereses de clase,  la falta de un objetivo nacional y la carencia de patriotismo de todos.
A la danza macabra han contribuido los partidos políticos, la iglesia con su fanatismo y su falta de compromiso con las clases humildes y un Estado débil dentro de una sociedad intolerante, corrupta y carente de principios éticos.
En el triste escenario de una historia sin gloria se han distinguido muchos criminales que han pasado  sin la sanción de sus contemporáneos y menos de las generaciones que los precedieron y que, al menos, debieran  estigmatizar su memoria.

DOLOROSOS RECUERDOS EN NUESTRO SUELO

Las regiones que conformaron el Viejo Caldas, al igual que  el resto de Colombia, han visto tenebrosos asesinos que han llenado  de dolor sus caminos, barbechos y poblados y aún se agazapan en nuestras montañas y sitios lejanos al igual que lo hacían “ Chispas”, “ Zarpazo” y el “ Capitán Venganza”.
Detrás de todos esos bandidos hubo personajes  que se lucraron políticamente con la violencia desatada . En la colonización antioqueña desplazaron a los nativos de  Guática para arrebatarles su tierra,  al empezar el siglo XX a los colonos de Belalcázar les dieron plomo para quedarse con las mejoras ; en la violencia política de mitad del siglo pasado  los mayordomos del Quindío asesinaron a propietarios e hicieron invivible la zona para apoderarse de las cosechas de café. En todos los tiempos los curas fanáticos iniciaron cruzadas pueblerinas para librarse de supuestos enemigos de la iglesia y tiempo reciente políticos como Gilberto Alzate Avendaño atizaron  los odios partidistas para alejar a los opositores de las urnas.
Desde la conquista  española la  sevicia y la crueldad fueron el denominador común. Los españoles entrenaron perros para destrozar a los indígenas y no hubo asomo de humanidad cuando castigaron a los comuneros alzados en armas. La guerra a muerte establecida por Bolívar en la Independencia avergonzaría a cualquier país civilizado al igual que la respuesta de los jefes españoles que asolaron regiones enteras. Las guerras civiles azotaron este país durante el siglo XIX y en esa danza de la muerte rivalizaron los caudillos del desastre de todos los colores e ideologías,:   Fue atroz la matanza de “La Rusia” en la guerra de los Mil Días, cuando en medio de la noche la chusma guerrillera del Tolima pasó a cuchillo un destacamento gobiernista proveniente de Manizales,  y la del 5 de abril de 1877 en las faldas de Morrocaliente, donde los caucanos acribillaron, como en un concurso de tiro al pichón, a los derrotados que corrían inermes y llenos de pánico a buscar refugio en la ciudad del Ruiz

DOS TERRIBLES ASESINOS
No alcanza el papel para describir  los horrores que han enlutada a nuestra patria y a nuestra América. Pero conviene empezar a mentarlos para bajar a muchos del pedestal en la historia. Dejemos para otra ocasión las atrocidades cometidas por Sucre contra el pueblo pastuso  y hablemos de  Eusebio Borrero y Simón Muñoz


 El primero fue un ‘señorito’ distinguido del Valle del Cauca y el segundo un mulato esclavo, oriundo del Patía. Las vidas de estos dos personajes terroríficos se entrelazaron y sus actividades envolvieron el sur de la Nueva Granada y se extendieron hasta el cantón de Supía.
Los republicanos de la provincia de Popayán  creyeron que mediante el terror podían equilibrar su  precaria situación en medio de un pueblo hostil, que veía en los criollos un enemigo y en el rey de España el protector de sus intereses. A las primeras escaramuzas de los monárquicos se respondió con crueldad inusitada y sin fórmula de juicio asesinaron a honrados ciudadanos y a sacerdotes amigos de los europeos.

Eusebio Borrero, por ejemplo, apresó  decenas de simpatizantes del régimen colonial en Popayán, amarró parejas espalda con espalda y los despeñó   por un precipicio; tampoco perdonó a los vecinos del caserío del Patía, que quemó y redujo a escombros.
Borrero no olvidó sus mañas en la República, pues en 1840, al vencer a Salvador Córdova en el sitio del Chocho, en Riosucio, capturó a varios ciudadanos rebeldes que acusó de espías y los hizo fusilar frente a la iglesia de San Sebastián.

Simón Muñoz, a su vez, fue la réplica realista de Borrero. Las atrocidades de los republicanos en el Patía llevaron al esclavo a las filas españolas, donde su valor y ferocidad lo encumbraron al grado de sargento. Muñoz aprovechó el mando para saquear, violar y cometer todo tipo de fechorías.
Después de la batalla de Boyacá, Muñoz sirvió bajo las órdenes del oficial Calzada y avanzó a sangre y fuego por el Valle del Cauca. Un contraataque patriota lo hizo replegar hacia Popayán. Cuenta el general Obando en sus memorias, que en la retirada, las guerrillas republicanas dieron de baja a algunos rezagados de la columna de Simón Muñoz,  y el antiguo esclavo, lleno de furia, barrió con sus tropas la zona vecina matando a cuanta persona encontró en el área.

Fueron tantas las tropelías de Muñoz que el gobierno español le quitó el mando y lo llamó a juicio. Entonces el bandido desertó y se pasó a las tropas republicanas donde le encomendaron la consecución de recursos, que obviamente logró mediante el robo y la violencia. En una escaramuza en el pueblo de Quilcacé, los españoles capturaron a Muñoz y su jefe, Basilio García, ordenó que lo ultimaran a garrote. Muñoz recibió su propia medicina.

Los antioqueños pusieron a Borrero al frente de sus tropas en la guerra de 1850 y al capitular Braulio Henao en el Alto de las Coles, en Pácora, las tropas liberales empujaron a Borrero hasta su derrota en Rionegro. El matón caucano abandonó el país y murió pobre y solitario en la isla de Jamaica.


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