sábado, 27 de julio de 2013

MANIZALES EN TIEMPOS DE LA LANGOSTA

Alfredo Cardona Tobón.



Hasta fines del siglo diecinueve la langosta asoló la costa pacífica y algunas zonas del interior del país.
Hubo regiones, como  el distrito del Castigo, por los lados de Tumaco, donde la langosta  fue un flagelo permanente que mantuvo en la miseria a sus habitantes.

De tiempo en tiempo mangas de langosta arruinaron al Valle del Cauca, se adentraron por la banda izquierda del río Cauca hasta Supía y  acabaron con cultivos en  territorio antioqueño.

En el diario del Doctor José Manuel Restrepo, cuando narra el éxodo hacia el Valle huyendo de las tropas españolas, anota lo siguiente con fecha 11 de abril de 1816: "A las cuatro y media de la tarde llegamos al pueblo miserable de Quinchía, en donde por lo menos hallamos una buena casa en que dormir. El temperamento es templado como todo el terreno desde la Vega de Supía, y si hubiera población sería muy abundante. Mas en ninguna parte se hallaba qué comer y sólo se veía hambre y miseria, debido principalmente a la langosta, que en el año 1815 asoló toda la vegetación y siguió hasta debajo de Antioquia por el valle del Cauca".

Años más tarde la langosta volvió a devastar la región. En 1840 la plaga sumió en la hambruna a los habitantes del norte del  Cauca, quienes   además de la guerra de Los Supremos, sufrieron los embates de la viruela que acabó con  parte de su población.

Tras  la guerra de 1876 la langosta volvió a hacer de las suyas en Ansermaviejo, Riosucio, Supía y en las veredas del Escobal y el Bureo de Pácora.

Desde mediados del siglo diecinueve los distritos, tanto de Antioquia como del Cauca, contaban con cuadrillas permanentes que vigilaban la llegada  de la langosta y que detectaban criaderos para proceder a incinerarlos. Pero ante una invasión como la de 1878 poco podían hacer los vecinos:  lo único que lograban era espantar las nubes de langosta con candela para evitar que se asentaran en sus predios y matar unas cuantas con azadones y palos cuando se posaban en los potreros y en los cultivos..

Como consta en los archivos del municipio,  mientras los alcaldes de Manizales y otras poblaciones fronterizas prohibían la  salida de víveres hacia las poblaciones del Cauca, en previsión de una escasez de alimentos por la aparición de la plaga,  algunos comerciantes de la región los acaparaban  para aumentar sus ganancias.

Tras la victoria  del 5 de abril de 1877 en Manizales, el gobierno  de Antioquia estaba nominalmente  en  manos del  partido  liberal. El General Rengifo tenía el control en Medellín, en Titiribí y en Salgar, pero lejos de la capital, los conservadores hacían lo que les venía en gana y  no prestaban atención  a las disposiciones centrales, tal como ocurrió cuando el presidente Rengifo envió una circular al Prefecto de Manizales  para que evitara que ciertos individuos o compañías se adueñaran de los víveres y  especularan con ellos.  Ordenaba, además, que se permitiera la salida de artículos de primera necesidad  hacia el  Estado del Cauca, pues la prohibición de algunos alcaldes de comerciar con el sur, además de ilegal, imprudente y anticristiana, podría crear problemas con el Estado vecino.

Por otra parte, agregaba la circular del presidente, el país consideraría a los antioqueños indignos del título de colombianos, si el egoísmo  y el deseo de lucro prevalecieran sobre las consideraciones humanitarias y  de  solidaridad con los compatriotas más necesitados.

A pesar de las recomendaciones del presidente Rengifo y de  sus amenazas, los alcaldes de la frontera  siguieron obstaculizando el comercio con el Cauca. La langosta no respetaba límites y empezó a causar estragos en Antioquia, aunque en menor grado .Los comerciantes,  previendo mejores precios y ante la eventualidad de una intervención directa del gobierno, empezaron a enviar el fríjol y el maíz de sus depósitos hacia el interior de Antioquia con la consiguiente carestía en Manizales y  en los distritos aledaños.

Las aspiraciones de los especuladores  se  desvanecieron a  principios de junio de 1878 , cuando llegaron bandadas de innumerables aguilillas que empezaron a devorar las langostas. La naturaleza se había convertido en el mejor aliado para controlar el  temible flagelo.

Cuando desapareció la plaga, los labriegos del norte caucano sembraron sus parcelas con semillas enviadas desde Cundinamarca y Santander . Al superarse la crisis las recuas volvieron a cruzar los puentes  de Moná y de La Cana, sobre el río Cauca, para abastecer a Riosucio y a Supía y seguir  robusteciendo las arcas del comercio de la frontera, que a la larga languideció con las carreteras y la visión abierta de los primos de Medellín y de Pereira.

En los tiempos de la langosta se vio claramente el divorcio entre dos regiones colombianas, que debieron estar unidas  en la desgracia . Se  palpó, como sucede en la actualidad, que el deseo de lucro de  unos cuantos y las conveniencias locales han primado sobre la solidaridad y la caridad cristiana que son valores que han  hecho grandes a otros pueblos..
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