lunes, 27 de mayo de 2013

LAS HUESTES DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA


Alfredo Cardona Tobón*



El redoble del tambor congregó a los vecinos de la empobrecida villa frente al desvencijado edificio del Ayuntamiento; en medio de estandartes reales el sonido de los cascos del brioso caballo del caudillo resonaron por la callecilla empedrada, como en tiempos del Cid, al igual que en la época de los Infantes de Lara.
Se decía que allende los mares había reinos con montañas de oro y playas tapizadas de perlas con mujeres guerreras y dragones que escupían fuego; en la mente sencilla de la gleba, amarrada a la miseria, pugnaban  el temor y la ambición; sin embargo la sed de gloria y de aventura fue más fuerte que el miedo y tras un vellocino dorado numerosos aldeanos se unieron a la hueste que reclutaba el paladín con destino a los remotos territorios de las Indias.

LA EMPRESA DE LA CONQUISTA

El reclutamiento de las tropas conquistadoras se hizo principalmente en las regiones de Andalucía, Extremadura y Castilla con agricultores sin tierra, pastores sin rebaños, soldados sueltos, artesanos arruinados, funcionarios sin empleo y convictos en fuga de la justicia.
Al frente de cada expedición iba,  generalmente, un hidalgo castellano venido a menos, con ansias de poder y de fama, que había empeñado lo que tenía y  conseguido  el concurso de comerciantes y banqueros.
Antes de emprender cada campaña el caudillo expedicionario firmaba un contrato con el rey, donde se determinaba en forma vaga qué región se conquistaría para ponerla bajo la soberanía del monarca y se fijaban de manera muy clara las condiciones económicas entre las partes. Los derechos y los deberes de la Corona y del conquistador se consignaban en una Capitulación , aunque hubo casos, como el de Hernán Cortés en México y el de Pedro de Valdivia en Chile, en los que la iniciativa privada se adelantó a los contratos legales.
Los gastos de la empresa corrían a cargo del capitán a cambio del título de gobernador, de una parte de las tierras sometidas y el botín que se arrebatara a los indígenas. La conquista  fue  una empresa privada antes que una empresa promovida por el estado español. Quienes más se lucraron de la invasión fueron el rey, que poco arriesgó, y los capitalistas que aportaron recursos para organizar las expediciones.

LAS TROPAS INDIANAS

Los redobles callaron; el clarín apagó los murmullos y la voz del caudillo retumbó entre las pircas derruidas. No se ofrecían sueldos ni adelantos, ni siquiera armas o uniformes; el premio habría que ganarlo a sangre y fuego y los tesoros conquistados se repartirían según los aportes a la empresa comunal y a  la participación de cada combatiente en las campañas. Al soldado raso, por ejemplo, se le reconocía una parte de la prorrata del botín, al ballestero parte y media y al jinete con caballo propio se le asignaban dos partes del reparto. Además se ofrecían mercedes,  tierras y poder sobre la vida y el trabajo de los nativos sometidos. La ambición primó sobre la incertidumbre y los sueños sobre la miseria lacerante. Así, pues, pastores y peones sin experiencia militar, se armaron con lo que tuvieron a mano, empacaron sus andrajosos trajes y siguieron tras el espejismo del nuevo mundo.

Según las normas reales no se permitían moros ni herejes en las expediciones indianas, tampoco gitanos ni esclavos casados; se excluían las mujeres solteras y  las casadas que no viajaran con sus maridos; pero una cosa era la ley y otra su cumplimiento:  con Colón viajaron timoneles moros y fueron numerosísimas las soldaderas o juanas españolas que acompañaron  a las tropas, como se demuestra con María Estrada, una voluntaria que salvó a Cortés en la “Noche Triste” y con Beatriz Bermúdez, otra mujer que armada con casco y rodela, hizo frente a los aztecas, evitando con su ejemplo la desbandada europea en el asedio de Tenochtitlán.

La conquista de América se hizo con hambre, sin provisiones suficientes, con armamento elemental, equilibrado con perros que destrozaban a los nativos, caballos blindados que llenaban de espanto a los indígenas y con falconetes sobrantes de las guerras con los moros.
Las expediciones fueron un fiasco económico con excepción de las campañas del Perú y de México. Para paliar los reclamos de la tropa se establecieron las encomiendas y se repartieron los indios. Tras cada incursión había que organizar una nueva para contener el descontento y mantener vivo el espíritu combativo de las tropas; esa fue la razón de las innumerables fundaciones  y de la vertiginosa ocupación de las tierras americanas.

Entre 1492 y 1557  se embarcaron rumbo a Las Indias unos 27.787 españoles. Con tan poca gente era  imposible la conquista del continente. El éxito de las huestes invasoras dependió de los aborígenes, que  a la fuerza o por alianzas suministraron los alimentos y remplazaron las acémilas en travesías sin caminos. Sin el concurso de los indígenas los españoles se hubieran muerto de hambre pues desconocían el terreno y los alimentos. Los indios recogieron las cosechas en las zonas conquistadas, cargaron los tesoros robados y las mujeres nativas no solamente sirvieron de cocineras y de enfermeras sino en la cama de los intrusos.

Sin los toltecas y otras tribus aliadas, Hernán Cortés no hubiera podido derrotar a los aztecas y sin el concurso de los nativos que querían sacudir el  yugo de los incas, Pizarro no habría consolidado la conquista del Perú. Las huestes que establecieron un nuevo orden en América no fueron solamente españolas, habría que sumarle las huestes indígenas que lucharon contra sus hermanos creyendo que se librarían de un dominio que resultó peor con los europeos.


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