viernes, 27 de mayo de 2011

EL DÍA QUE CANTÓ EL TURPIAL

Alfredo Cardona Tobón.



En una cacería por por las riberas del río Cauca, papá Luis Ángel encontró un pichón de turpial platanero recién emplumado que todavía no comía solo. Lo llevó a casa y mamá Judith preparó un menjurje de leche, pan y guayaba, y con  paciencia y un gotero logró  el  prodigio de criar al animalito.

Pasaron los meses  y Pachito se convirtió en un cantor de maravilla. Se esponjaba como una bola y estallaba en trinos y gorjeos cuando alguien conocido se acercaba a la jaula. El turpial no cesaba de entonar sus melodías, imitaba a cuanto pájaro silbaba en el guayabo del patio y  servía de señuelo, como tránsfuga obligado, para capturar turpiales ingenuos que se acercaban a completar la orquesta.
Pachito era un espectáculo en Quinchía, cuyo devenir lento y anónimo, apenas   se veía interrumpido  en los mercados dominicales por las peleas de los campesino indígenas pasados de tragos. Infortunadamente la paz que llevaba medio siglo se vio  interrumpida la noche del domingo 28 de marzo de 1948.

A eso de las siete de la noche, el retumbar de los fusiles rompió para siempre la vida de un pueblo que pintaba de rojo sus casas, vestía de rojo a sus mujeres y agitaba banderas rojas como lo habían hecho sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos en la campañas de los radicales caucanos.
Ese domingo, que nuestra familia jamás olvidó, llegaron doctores de Manizales: Eran Gilberto Alzate Avendaño y Silvio Villegas, unos heliotropos intocables, fachistas, que se las daban de caudillos. Con su labia incendiaria alborotaron los escasísimos conservadores y los enfrentaron al resto de sus paisanos. En el café Lux volaron las sillas de baqueta y en la Quiebra se oía el estallido de las botellas contra el empedrado, el alcalde Diego Posada asustado por la situación  y aconsejado por Julio Uribe, jefe del conservatismo local, pidió refuerzos policiales a los municipios vecinos.

Fue lo peor que pudo hacer el  alcalde. El padre  Alejandro Jaramillo se dio cuenta de lo que iba a pasar, ensilló su caballo Luker y se fue a galope a la entrada del pueblo para detener a los policías foráneos,¡ pero que se iban a detener!,   era la oportunidad que los chulavitas esperaban para atacar a Quinchía y acabar con  la comunidad más liberal del  occidente caldense.

La policía del régimen de Ospina Perez entró en un bus escalera  disparando contra todo el que veían, los más osados los rechazaron a piedra  y  en el atrio de la iglesia los Bernales, Pateperro, los Candelas y mi padre los acosaron a bala. Los atacante vieron que no podían entrar impunemente como lo habían hecho en otros poblados y ante la inesperada resistencia, dieron una vuelta por las calles del pueblo y regresaron a Riosucio. Sobre el empedrado de La Quiebra quedaron tendidos Juan  Betancur, Manuel Gonzalez y Manuel Bermúdez.  En las bocacalles, oscuras como boca de lobo, los facinerosos que acompañaron a Gilberto Alzate Avendaño siguieron la macabra tarea, a la media noche “ paviaron” a Leonardo Quintero  y a otro quincheño.

En el amplio corredor de la casa  paterna, dormía Pachito en una jaula colgada  de una viga, lejos del alcance del gato, de las comadrejas y de las chuchas. El turpial brincaba desesperado de palo en palo lleno de terror por el ruido de las balas  y los quejidos del tio Pablo que se retorcía de dolor  con un pie atravesado por un tiro  de fusil..
La gente se arremolinó en la casa vecina para acompañar en el dolor a los padres del jovencito Manuel González y Pachito desesperado se estrellaba contra los alambres. Desde esa larga y tenebrosa noche Pachito enmudeció.

Un  piquete de soldados del Batallón Ayacucho frenó durante un año la entrada de los violentos. Fueron los ángeles guardianes  y los mimados del pueblo, que se desvivía por atenderlos y hacerles placentero su servicio. Y como nada malo sucedía en  el municipio, en tanto que los bandidos ensangrentaban a Marmato, a Balboa y demás municipios liberales del departamento,  el comandante del Batallón retiró la tropa y Quinchía quedó rodeado en todos sus costados por gentes hostiles manejados por los seguidores de Alzate.

En agosto de 1949 el cronista Luis Yagarí anunció  sin reatos de conciencia que  quedaban solamente dos aldeas liberales en el occidente del Viejo Caldas. Como  si sus copartidarios estuvieran librando una guerra de exterminio contra los hijos de una misma patria, que simplemente opinaban diferente. Poco después las furias entraron con todo a Marmato y los quinchieños supimos que nos había llegado el turno.

El funesto día llegó muy rápido. A las dos de la tarde del último domingo de septiembre de 1949  la chusma se apoderó de la parte alta de la localidad cuando las cantinas y las tiendas estaban repletas de campesinos... las vitrolas callaron, las peinillas homicidas rastrillaron contra  los empedrados  y los abajos y desafíos retumbaron por muros y bocacalles. En mi irresponsabilidad de niño, me adentré donde estaba más fina la guachafita y me devolví horrorizado al ver como el padre Alejandro Jaramillo y un seminarista protegían con sus cuerpos  un hombre herido para evitar que lo remataran.

Fue imposible reaccionar ante el alud de antisociales llegados de Guática, Risaralda, Apía, Belén, Anserma y Belalcazar. Esta vez los quinchieños se guarecieron en sus casas y esperaron lo peor en medio del terror y el sentimiento de impotencia que sienten  los condenados a muerte.

Esa noche fue larga, larguísima, eterna... Las injurias se mezclaban con los vivas a Gilberto Alzate y a Ospina Pérez... los tacos de dinamita estallaban en la oscuridad levantando esquirlas de piedra que caían como lluvia infernal sobre los tejados.. Y la policía del régimen hacía sonar sus pitos en amarga manguala con los chusmeros.

Los violentos no tuvieron la valentía de internarse en los campos quincheños. Allí moraba una raza que hizo frente a los españoles, que luchó al lado de los caucanos en las guerras civiles y frenó a los antioqueños cuando quisieron quitarles sus minas y sus tierras. Tampoco permanecieron en el pueblo, llegaban los domingos, arrasaban el mercado, asesinaban dos o tres indefensos borrachos que se les ponían a tiro  y desaparecían. El lunes amanecía en paz y la agonía  volvía a crecer a medida que se recortaba la semana.

A mediados de noviembre los bandidos dinamitaron el portón de la casa de la tia Débora y pendieron una caneca de aceite debajo del entablado de una casa vecina a la nuestra. Volvió a desatarse la guachafita y los gritos infernales de los antisociales amangualados con la policía. Papá y mi abuelo  Germán ´Tobón  se agazaparon en el  corredor que a esas horas y con ese miedo  nos parecía un túnel inmenso. Montaron las escopetas y esperaron. Se escucharon disparos en el patio y el ruido de unos pasos…mi pobre mamá estalló en risas nerviosas y por orden de papá me la llevé casi arrastrada por un subterráneo que llevaba al solar de un amigo conservador.  Tan solo tenía once años Esa noche llevando a mamá y a tres hermanitos pequeños a través de las tinieblas  en medio del peligro  alargué los pantalones.

Amaneció. Los antisociales se esfumaron, como los vampiros en la leyenda de Drácula.
Ya era suficiente para nosotros. A Luis Angel Cardona, como a miles de liberales colombianos en esa aciaga época, cuyas secuelas seguimos padeciendo,  les tocó  abandonar el fruto del trabajo honrado de muchos años para salvar su vida y la de su familia.

No había nada que hacer ni a quien recurrir. El Estado y la autoridad eran enemigos. Estábamos solos. Como a las diez de la mañana  del segundo lunes de noviembre  de 1949 la familia  acomodó los últimos colchones en el bus escalera de mi papá. No  hubo lugar para las milfloras  cultivadas con esmero durante muchos años, ni para  los  bancos de la cocina. No quedó espacio para las gallinas , los palomos y el gato...  ni para los sueños, los recuerdos  y las tumbas de muchos seres queridos.
..
En el capacete del bus iba  el silencioso Pachito. Pachito el mudo. No hubo despedidas. Sabíamos que estábamos dejando un mundo y que jamás regresaría a bañarme en al charco del Burro, a comer blanqueados en la molienda de los Vélez  ni a conversar con mi primera noviecita escuelera.

El bus cruzó  las calles desiertas de un pueblo sin sonidos, con postigos que se abrian y cerraban al compás del miedo. Al dejar la última edificación se presentó un milagro: el turpial se olvidó de su vigilia de cantos  y empezó a trinar. Pachito entonó el himno nacional en Supía, imitó un canario en Caramanta, una mirla en  La Pintada,  y desde Itaguí empezó a  desgranar melodias  hasta  que llegamos  a la plaza de Guayaquil en   Medellín.

En el barrio obrero de  Gerona, en un cuchitril minúsculo sin corredores donde nos acorraló  la pobreza,   mamá Judith colgó la jaula de Pachito de  un alambre de tender ropa. El bicho estaba afónico de tanto cantar, feliz de la pelota, según decía mi hermanito Oscar que trataba de animar a la achantada familia haciendo notar que el pajarito, pese a su prisión y no tener más horizonte que un muro de ladrillo con lama, seguía cantando para celebrar  que estábamos vivos,  lejos de  tiroteos y de esos fanáticos, que invocando a Cristo y a Bolívar, estaban ensangrentando  los caminos de la Patria.  

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