sábado, 5 de febrero de 2011

UN CRISTO CON OLOR A PÓLVORA


Alfredo Cardona Tobón

Ese enero de 1885 un  tropel de derrotados llenó de espanto las calles de Riosucio. Soldados despavoridos traían la noticia de la derrota en las Partidas de Ansermanuevo y  la muerte de Pedro Bartolo, Eufrasio Gañán y de otros tres malhadados vecinos.

¿Qué les  pasó a mis muchachos? - preguntó consternada la mamá de  Israel y de Rubén Santacoloma.
Atrás los traen en andas junto con los otros heridos.

Era difícil la situación de los riosuceños. Don Benigno Gutiérrez, comandante en jefe de la plaza, estaba sumamente preocupado: por el sur avanzaban los radicales comandados por León Hernández, y por el norte bogaba los vientos el impetuoso coronel Rafael Uribe Uribe con su batallón Legión de Honor.
Riosucio estaba cercado y en cuestión de días llegarían los enemigos. Si sus tropas  se entregaban  vendrían los saqueos, las violaciones y todo tipo de atropellos, así que habría que luchar y esperar un milagro, pues escasas eran las huestes de Benigno y muy pocas las probabilidades de recibir apoyo de los frentes caucanos.
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En la calle de salida a la vereda del Oro, Bautista Rotavista descolgó la escopeta y ajustó al cinto el viejo sable que lo acompañaba desde la campaña de 1862 en el Valle. Su hijo Ramón bajó del escaparate una caja de cedro, corrió los pestillos y con mucho cuidado desempolvó un crucifijo  de más o menos un metro de alto. Con veneración tendió la imagen en la cama de sus padres y con  unción atornilló los brazos, las piernas y volvió  a colgar al Nazareno a la vieja cruz de guayacán.

Después de trece años de paz el Cristo de los Rotavista regresaba a luchar al lado de los intrépidos veteranos del Batallón Riosucio; de nuevo las santa imagen se enfrentaba a los anticlericales, a los rojos masones, a los liberales descreídos, como lo hizo en los gloriosos combates de Cabuyal y Los Cristales. Otra vez el Mártir del Calvario volvía a las trincheras y al campo de combate para dar ánimo a los piadosos y valerosos indios del Ingrumá.

EL COMBATE DE QUIEBRALOMO

Mientras Rafael Uribe  Uribe se descolgaba por Santa Bárbara, León Hernández vencía a los conservadores en Ansermaviejo y con los macheteros de Quinchía esperaba a los paisas radicales en el sitio del Pintado.
La idea era forzar el paso por Riosucio y continuar hacia Cartago donde se unirán al “Pato” Ángel con fuerzas de Manizales para continuar la campaña por el Valle del Cauca.

El 26 de febrero de 1885 los  riosuceños se atrincheraron en las alturas de Quiebralomo y esperaron el embate enemigo. Arriba de Guamal los radicales se toparon con una avanzada riosuceña y ante el temor de una emboscada, Uribe mermó el paso y ascendió lentamente hasta que una lluvia de plomo  lo frenó en seco.
David Lezama  cayó sobre los  pliegues rojos de la bandera  reteñidos con la sangre que salía a borbotones junto con su vida. Las balas salpicaban los matojos donde se guarecían los atacantes. Nadie quería avanzar... la muerte acechaba  en cada claro, delante de cada roca. Entonces Gorgonio Uribe, primo de Rafael, desafió los proyectiles, siguió trocha arriba y como si nada sucediera se paró en un descampado a fumarse un cigarro.
Gorgonio espantó al miedo y  todos a una, de  canalón en canalón, de tronco en tronco, de barranco en barranco los liberales fueron ganando terreno y  al terminar la tarde  la Legión de Honor, casi en la cima, preparaba las bayonetas para el encuentro cuerpo a cuerpo.
Los conservadores de Riosucio habían reclutado a la brava a Juan Franco; era liberal, y cuando vio  la posibilidad de pasarse al lado de Uribe se escabulló entre las malezas y le informó que los riosuceños ya no tenían municiones. El combate arreció y  los atacantes acabaron con la última resistencia enemiga. Los Rotavista esperaron hasta el último minuto, pero viendo que el Cristo se había resignado a la derrota, lo sacaron de las trincheras y  se lo llevaron en andas hasta el cobijo de la tierra fría.

EL CRISTO VETERANO.

Ramón Rotavista siguió el ejemplo guerrero de su padre y se enroló como herrero del batallón Riosucio en la guerra de los Mil Días. Esta vez el crucifijo se vio rodeado de bichos y de culebras. Lo manosearon las hormigas, casi naufraga en arroyos desbordados y por poco queda en manos de los negros de la aldea chocoana de Number.
Eso fue suficiente para Ramón y para el crucifijo. Pesaron más los malos momentos en la selva que la gloria en los combates y uno y otro  se declararon en paz y se retiraron de la milicia.

Después de su derrota en Quiebralomo, Riosucio se convirtió en una ciudad fantasma. Sus habitantes se encerraron con llave, trancaron las caballerizas y esperaron lo peor.
Los vencedores entraron el 27 de febrero por la mañana. Uribe en un caballo bayo y Gorgonio en su mula jericuana. Tomaron algunos caudales en la Casa Consistorial y  en las tiendas del pueblo se abastecieron, “al fiado”, de provisiones de boca. Pero no hubo saqueos ni desmanes.
Por las hendijas de las ventanas del segundo piso Doña Virginia García miraba a los radicales con el corazón en la boca. En la pieza de adentro estaban sus dos muchachos heridos, uno con una bala en la pierna y otro con un tajo de sable en el hombro. Si me los ven los matan, pensaba Doña Virginia, pero la gente de Uribe estaba de afán y no tenían  tiempo para venganzas. De Antioquia llegaron malas noticias: el gobierno central había tomado a Salamina y se rumoraba una capitulación radical en Neira.

Para la tropa la guerra había terminado, sólo Uribe quería seguir peleando; a la fuerza  empujó a sus hombres nuevamente hacia Antioquia hasta que los hechos y el gobierno del Estado lo obligaron a rendirse.

Muchos años más tarde, el segundo domingo de octubre de 1949, en una noche de tétrica recordación, los “pájaros”  asaltaron a Quinchía aclamando a  Gilberto Alzate Avendaño  y vivando a Cristo Rey.

Atacaron nuestra casa y para salvar nuestras vidas, mamá y mis dos hermanos pequeños  nos escabullimos por un subterráneo, mientras atrás quedaba mi abuelo Germán y papá Luis Angel, protegiéndonos la huída.
Fue una noche horrible, cruzamos solares en tinieblas rompiendo cercas de alambre de púas hasta que llegamos a la casa de nuestro amigo Ramón Rotavista, que solícito nos brindó refugio. Con apenas seis años de edad yo no me explicaba por qué los bandidos vivaban a Dios y por qué esos monstruos nos perseguían si nosotros no le habíamos hecho mal  a nadie.

Me acurruqué soñoliento al lado de  mamá que lloraba y rezaba y reía presa de los nervios. Allá en el fondo de la habitación alcancé a ver, a la luz titilante de una vela, al crucifijo de los Rotavista.  Vi su cara compungida y dolorida y sentí que Jesús estaba  con nosotros. Y en realidad, ese Cristo que pasearon a la brava por las trincheras y lo impregnaron con olor a pólvora, nos protegió esa noche, pues de milagro mi abuelo y mi padre escaparon de las manos de los facinerosos.  

1 comentario:

  1. El primo del General, el coronel Gorgonio Urbe Fernandez, dijo durante esta historica reseńa, cuando se le trato de avisar de el peligro que corria al exponerse de las balas enemigas : "la que viene derecha no trae arruga". Anecdota contada por mi padre, quie era nieto del Coronel Uribe Fernandez.

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