domingo, 9 de enero de 2011

DOS HUNGAROS EN LOS LLANOS

Don Miguel Laklia en diciembre de 2011
Alfredo Cardona Tobón *
Al terminar la mañana del seis de enero de 1967 quedaron asegurados los tablones de madera  a las decenas de canecas vacías abandonadas por una empresa petrolera y sobre el improvisado planchón, movido por el motor perteneciente a la misión católica de Zunape, Don Miguel Laklia subió a su   “camioncito”, lo aseguró con gruesos cables, y temerariamente atravesó el río  Vichada en un acto  que merece recordarse ya que marcó un hito en las comunicaciones colombianas, pues por  primera vez un  vehículo motorizado unía el extremo oriente del país con el resto de Colombia.
Cuando tras ingentes esfuerzos y la guia de un baquiano, el “camioncito” alcanzó tierra seca y empezó a trillar pastizales;  el sonido del motor se esparció por las soledades como el rugido de mil tigres; ante semejante ruido, los indígenas guahíbos llenos de pavor dejaron de rayar la yuca brava, abandonaron los ranchos y presurosos se perdieron en los morichales mientras enormes bandadas de garzas levantaron vuelo y los capibaras se sumergieron en lo más profundo de las aguas del río Vichada.
Después de algunas horas de recorrido por la sabana virgen Don Miguel llegó  a la orilla del río Segua a recoger un cargamento de cacao. El paisaje, los colores, los meandros de los caños con aguas límpidas que reflejaban el sol y retrataban los árboles de las orillas, convencieron a Don Miguel de haber llegado al paraíso terrenal. El apoyo de un palmireño arraigado en esas soledades, la sonrisa franca y la generosidad de Don Miguel lograron la amistad de los nativos piapocos que se acercaron al  recién llegado y permitieron que se asentara a la orilla del rio Segua, en  un punto perdido en el mapa , que Jorge, hijo de Don Miguel, bautizó el primero de febrero de 1967 con el nombre de Puerto Príncipe.
AVENTURERO Y SOÑADOR
Rubio, de mediana estatura, ojos azules y  con nietos y bisnietos que reflejan la  belleza  magiar, Don Miguel a los  noventa años de edad conservaba una memoria portentosa; recordaba los tiempos de combatiente en las filas húngaras, cuando sus compatriotas armados de viejos fusiles hacían frente a las ametralladoras rusas y con cañones tirados por caballos pretendían frenar la ofensiva de los tanques soviéticos.
En la segunda guerra mundial Alemania ofreció a los hungaros la reintegración de los vastos territorios que perdieron en la   primera guerra mundial, y  Hungría luchó al lado de Alemania;  don Miguel se alistó en la infantería y luchó contra los rusos en el norte y en el  frente de los Cárpatos, donde se distinguió por su puntería y recibió dos heridas en combate.


La guerra terminó y los vencidos regresaron desde el frente en Austria a su natal Hungría, dominada por los comunistas, que manejados por los rusos, instauraron un régimen títere que tomó las riendas del estado.



De nuevo en su pueblo don Miguel contrajo matrimonio con Catalina, una linda muchacha compañera de la escuela y el joven matrimonio se dedicó a cultivar las tierras de la familia. Los  comunistas  arrebataron las tierras a los campesinos, se apoderaron de la maquinaria y los ahorros y obligaron a los propietarios a trabajar en cooperativas del estado. Hungría se vio envuelta en un régimen del terror y a quienes no cumplían con las cuotas de  producción, los acusaban de sabotaje, los deportaban o los condenaban a trabajos forzados.



La familia Lacklia perdió sus tierras y al  padre de don Miguel, llamado tambien Miguel, lo retuvieron y lo enviaron a una mina alejandolo de su familia; fue entonces cuando el jovencito Miguel  tomó la decisión de huir de Hungría y buscar su  destino en el mundo libre
En el verano de 1952 don Miguel montó a su  esposa Catalina y a su pequeño hijo Jorge, de apenas siete años, en un coche tirado por dos caballos., tapó con heno unas tablas y cargó algo de ropa y  tres neumaticos inflados. Con cautela se acercó a la alambrada que impedía la llegada al  rio Drava y aprovechando el descuido de unos guardias,  tendió las tablas sobre la alambrada y sobre ellas y por encima del campo minado, doña Catalina, el niño y don Miguel  se deslizaron hasta la orilla y desafiando  el peligro se aferraron a los neumáticos y  nadaron con la corriente hasta una pequeña isla en mitad del rio.


Desde allí, haciendo un esfuerzo titánico, don Miguel empujó los neumáticos hasta alcanzar la otra orilla en terrirorio de Croacia, entonces perteneciente a Yugoeslavia Una vez al otro lado y fuera del alcance de las fuerzas húngaras, don  Miguel buscó un amigo de su padre que los acogió en su casa por esa noche para que secaron las ropas y se repusieron  de la tensión y del cansancio. Al  día siguiente los Lacklia  se entregaron a las autoridades del mariscal Tito, que aunque comunistas, no estaban dominadas por los rusos.
SE LE MIDIÓ A TODO
En Croacia las autoridades confinaron a los  Laklia en un campo de concentración donde  aguantaron hambre, todo tipo de penalidades y vejaciones y murió el segundo hijo de los Laclya victima de la desnutrición.  Dos prisioneros escaparon  hasta  Austria y dieron aviso  a los comisionados de las  Naciones Unidas que enviaron funcionarios al campamento croata para liberar a los Lacklia y demás prisioneros y conducirlos  a  un campamento de refugiados en Italia.



Aunque vivían en el campamento, don Miguel y doña Catalina podían salir de sus instalaciones y  trabajar en las granjas de los alrededores. Al poco tiempo las  Naciones Unidas buscaron acomodo de los  refugiados en diferentes países y  aunque don Miguel tuvo la opción de radicarse con su familia en los Estados Unidos o  en la Argentina,  prefirió viajar a Colombia pese a las advertencias de una amiga que les habló de la violencia que azotaba este país suramericano.



 Después de las gestiones consulares el gobierno colombiano costeó el viaje de los Lacklia  en barco hasta Cartagena y  por avión desde las costa Atlántica hasta Bogotá. Los  Lacklia  con otros inmigrantes  llegaron al aeropuerto de Techo al empezar la noche y de inmediato los llevaron a una especie de inquilinato en el barrio de La Candelaria


Al amanecer don Miguel se asomó al portón de la vieja casa y la  primera impresión de Bogotá fue desanimadora: vio una calle empedrada, varios perros buscando comida en las bolsas de basura y dos marchantas mugrientas arreando un burro con lavaza.

Como  don  Miguel sabía de cultivos y de animales no tardó mucho en encontrar trabajo en la  finca de un antioqueño en cercanías de Fontibón, allí  estuvo unos meses y luego se traslado a Fusagasugá donde laboró en un establo, fabricó cajones para tomates y se desempeñó como volquetero,  con  doña Catalina siempre a su  lado, poniéndole el hombro en todo lo que hacia. Con el apoyo de amigos y con algunos ahorros compró una volqueta estrellada y le adaptó una carrocería.; con ese híbrido, con su “camioncito” como le decía,  Don Miguel inició sus correrías por el llano transportando arroz desde Puerto Gaitán hasta Villavicencio.
EL PRIMER COLONO DEL SEGUA
La vasta sabana del río Segua, sin dueño hasta el horizonte, hinchó de gozo el corazón de Don Miguel. No importaba todo lo que había perdido: su patria, sus compañeros de infancia, las campiñas de su natal Szgetvar… pues  a la vista y en sus manos estaba un mundo que se perdía en la lejanía.
Con la ayuda de los nativos, Don Miguel construyó el primer rancho a orillas del rio Segua con una cocina abajo y arriba un piso para dormir y defenderse de los tigres, de las boas y de los pecaríes, adaptó, también , un corral para cuatro terneras, sembró maíz y yuca y dio origen a lo que su hijo Jorge bautizó en febrero de 1967 con el nombre de Puerto Príncipe.


 Por los llanos habían transitado misioneros europeos que ayudaron a los indios, pero  no se había visto un mono ojiazul, que medio hablaba castellano, trasportando el maíz y el cacao que producían los indígenas para venderlos en Villavicencio y regresar con los productos básicos que consumían los nativos.
Cada viaje de ida y regreso duraba una semana. Entre tanto en Puerto Príncipe, quedaba su esposa Catalina, acompañada  por una anciana piapoco  y  cuatro perros. De la misma fortaleza de don Miguel era su esposa Catalina, una mujer portentosa que no se  arredró ante la  persecución comunista, ni ante el trópico aterrador en noches llenas de aullidos, de coyotes, el rugido  de las fieras en  acecho y los ruidos infernales de bichos, micos y lechuzas.
 DEL SEGUA A ZUNAPE
Los problemas que afligen al  país no tardaron en llegar al Segua; dos ingratos protegidos de don Miguel quisieron arrojarlo del fundo y  apoderarse de la casa, de  los cultivos y unas novillas de cría; vano fue su intento porque se encontraron con un corajudo veterano que donde ponía el ojo ponía la bala;  uno de ellos quedó  maltrecho y con el otro, muerto de miedo, salieron en estampida y no volvieron a molestar al matrimonio húngaro.



Con ese antecedente y con la proliferación de los cultivos de coca por los lados del Segua,  don Miguel prefirió vendió las mejoras  y con su esposa Catalina  se radicó en la misión de Zunape donde trabajaron al lado del padre Juan Leborde, en tanto su hijo Jorge cursaba estudios en Zipaquirá



Meses después don Miguel compró un lote de 778 hectáreas en cercanías de la misión y montó un hato ganadero que prosperó hasta que la salud de doña Catalina se deterioró y viajó a Pereira para estar al lado de su  hijo. La enfermedad se agravó y aquí murió el 19 de septiembre de 2011.
En diciembre de 2011 tuve la inmensa suerte de conocer a Don Miguel en Pereira, en casa de mi vecino  Jorge Lacklia y escuchar las aventuras del viejo. ¡Hermosa!- ¡Hermosa!, exclamó en esa navidad, al describir su hacienda llena de matas de monte, caños y arroyos…El curtido luchador no  deseaba salir del llano pese a los ruegos de su hijo Jorge y de sus nietas, que no querían dejar a don Miguel solo en esas lejanías. El  próximo año le sigo contando mas cosas, me dijo al despedirse... regresaba  al llano a seguir admirando al caer la tarde el sol de los venados y sentir  el aleteo de las bandadas de alcaravanes  y guacamayas en los esteros de su sabana



Pero la vida es traicionera y el destino juega con los dados cargados... en agosto de 2012 el viejo roble empezó a romperse, unos amigos encontraron a don Miguel  en su fundo paralizado por un derrame cerebral,  su hijo lo trajo a Pereira no con la sonrisa y la fortaleza de antes, sino vencido por la enfermedad..  A las once y media de la noche del miércoles 19 de septiembre,  se le acabaron los días al inmigrante que no lo arredraron los comunistas rusos, que salió adelante en tierra extraña, que no temió a la boa ni a los tigres y no se dejó  asustar por los bandidos.



Al acudir a la casa de mi vecino , sentí aún  el calor postrero del cuerpo de don Miguel y sentí un dolor inmenso por el viejo corajudo y berraco.



 El llano extrañará a don Miguel, Zunape no será el mismo sin Don Miguel y Doña Catalina, los  magiares que hicieron parte de ese  pedazo del Llano.


Posiblemente el  alma de don Miguel retornó al llano a despedirse desde la  colina donde divisaba la inmensidad de las sabanas y a darle un  vistazo a su fundo antes de  subir al cielo 

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8 comentarios:

  1. ACTO DE VALENTIA. Sin importar la barrera del idioma...

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  2. Admirable!! Toda una vida de sacrificio, amor y perseverancia..

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  3. Historia tan conmomedora. Familia LAKLIA una berraquera

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  4. EXCELENTE HISTORIA. Don Miguel, que personaje!!!

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  5. Desde pequeña, he estado al frente de la familia laklia, y siempre Miguel y Catalina han sido un ejemplo de perseverancia, trabajo, amor y superación.

    Maria Jose Caro

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  6. pronta recuperacion y fortaleza para una persona con entrañas de verdad.

    y un beso.

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    1. Muchas gracias por todos los comentarios tan increibles!!!
      ALaklia

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  7. La familia Laklia , ejemplo de valor y perseverancia...Felicitaciones para todos sus descendientes, empezando por Jorge. Y un gran reconocimiento a al Dr Alfredo Cardona Tobon por este espectacular artículo CMJ

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