lunes, 24 de enero de 2011

BAUDILIO MONTOYA - HISTORIA DE UN POEMA


Alfredo Cardona Tobón*

 
Al bardo le bastaba un rincón del “Café Granada” y  la compañía de un amigo con una botella de licor para negociar con la eternidad, cantarle al amor, coquetearle a la muerte y remontarse, en alas de su imaginación,  a las regiones de la poesía y de los sueños.


Baudilio Montoya, el poeta del Quindío, una de las glorias cimeras de esa bella región de Colombia vivió en Calarcá desde niño, cuando su familia, hastiada de los helechales y de los terroneros cansados del oriente antioqueño, llegó a las feraces tierras de ”La Bella”.


Baudilio nació en Rionegro, Antioquia, el 26 de mayo de 1903 y se aferró a Calarcá hasta que remontó vuelo al otro mundo el 27 de septiembre de 1965: de su pluma brotaron  raudales de versos que, como arroyos cristalinos, siguen fluyendo, arrastrando el aroma de las flores y  reflejando los destellos que se filtran entre el celaje de los bosques  de la montaña quindiana


Baudilio empezó a versificar a los siete años de edad y,  como dice Jaime Mejía Duque, se compenetró con  el paisaje y las comunidades. Su genio logró pulsar las cuerdas del alma popular y se identificó de tal modo con su sentimiento, que los  versos de Baudilio no necesitan música para convertirse en canciones.


El poeta  cantó al amor, a la gleba, al perro guardián, a un árbol… a la vida y a la muerte... con la resignación de quien,  apurado el cáliz de la amargura, le dice al Creador: “pues nada me resta, y todo ha sido, por esta sed de venturoso olvido, apágame Señor, cuando Tú quieras”


El último de nuestros rapsodas es la voz de la entraña de un pueblo que el seis de diciembre de 1961 lo coronó poeta del departamento del Quindío. Lejos de las zalemas, de los patricios lugareños, del poder y del dinero, el orgullo de  Baudilio fue servir a la Patria como maestro de primeras letras. Sus postgrados en la Universidad de la Vida  lo acreditaron como conversador con las estrellas, intérprete del canto de los pájaros y pintor de las alboradas montañeras.

Quien beba con alma pura y corazón de niño el agua fresca del río Santo Domingo- dice una leyenda qundiana- tendrá la inspiración para escribir los versos más hermosos. Baudilio, sin duda, apuró la linfa cristalina del torrente de Santo Domingo, y con alma transparente y  corazón de párvulo, plasmó el  esplendor de su terruño y los sentimientos más nobles de su gente.


En unas vacaciones de mi época universitaria tuve la fortuna de conocer a Baudilio; fue en 1961, cuando visité  a Eladio Jaramillo Londoño, el “Tigre” y abusé de la infinita hospitalidad de mis amigos y parientes calarqueños. Fraternales lazos me ataron a mi amigo Eladio, lo conocí en el Batallón de Infantería MAC de Usaquén; el era brigadier mayor y yo un simple soldado; Eladio tenía don de mando y yo la facilidad de librarme de los servicios de imaginaria y de los desfiles miliares. En la  Facultad de Ingeniería Mecánica de  la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, compartimos una bella época de irresponsabilidad, de serenatas y de sueños.


Como Baudilio Montoya era una  institución en el pueblo, fue forzoso conocerlo y  para no desairar a sus paisanos busqué la manera de encontrarme con el poeta. Una noche decembrina varios  estudiantes nos reunimos con Baudilio en el Café Granada. Entre trago y trago  hablamos de la Pontificia, del barrio Manrique de Medellín y el “mudo” Gardel, de Lovaina y sus muchachas… de Marta Pintuco y de las pilatunas en el Grill Bulerías.


Pasaron las horas y al correr el aguardiente, entre tangos y milongas, le abrí mi corazón a Baudilio para hacerle  cómplice de mi amor lejano, y de  mis suspiros por la noviecita que tenía en Mendoza, Argentina, mitad sueño y la  otra parte fantasía.

empezó a desgranar poesía con la facilidad, con  la naturalidad con que trina el turpial o perfuma la rosa. A medida que Baudilio escribía los versos, mi imaginación atravesó la puna peruana, cruzó por encima de los salitrales bolivianos, remontó la provincia de San Juan  y  mi voz enamorada llegó a la ventana de mi novia mendocina:


 “Te cuento que aquí en Colombia
Que es una tierra de alondras
con paisajes musicales
cercada de aguas sonoras,
tú tienes un corazón
que a todas horas te nombra
por la bondad que tú tienes
y tu pureza de aurora
y tus ojos nazarenos
tan llenos ellos de sombra”


Entre copa y copa  “El cazador de cocuyos”, como lo llamó Antonio Arango, continuó  absorto, cantándole a mi amada,  lejos del mundanal ruido, como si su genio y su inspiración se hubieran fundido con mi mente :


“En estos  versos de amor
 y que siempre  se prolongan
en los dominios del alma
que tiene distancias hondas,
soy yo , mi amor, quien te ha dicho,
una vez y tantas otras
que yo te recuerdo siempre,
que te canto  y que te nombro,
desde la tierra que quiero
porque tiene mis memorias;
que te sueño dulcemente
bajo el cielo de Colombia
que es una tierra de cantos
y de versos y de alondras.”


El rapsoda de la luminosa vereda de “La Bella” se había  sincronizado con mi corazón:  No era extraño, era natural, que alguien como  Baudilio, conocedor de las sendas del amor y las  duras espinas de la ausencia,  interpretara mis sentimientos  en esa noche bohemia...

Baudilio recitaba lo que iba escribiendo: fueron versos corridos, sin un borrón, sin pausa alguna. Al fin levantó  la copa aguardientera  y dio por terminado el poema : 
 .

 “Hasta tu patria argentina
vuelan las breves estrofas
de quien te adora y te quiere
desde esta tierra sonora,
donde las garzas son versos
y son canciones las rosas”.


Con Eladio, con Guillermo Fernández, con Polifemo, brindamos por Edith Angélica, mi amor argentino. Llegó la madrugada. Con un abrazo y un Dios me lo cuide me despedí para siempre de Baudilio Montoya.


De regreso a  Medellín  alisé el papel con los versos y con letra pulcra los envié a mi amada con mi firma, sin que me diera vergüenza ganar indulgencias con padrenuestros ajenos. Esos versos quindianos hicieron  soñar a la niña sureña con un país de pueblos encaramados en las montañas, convertido años después en su segunda patria.


Pasaron años... muchos años y revolviendo papeles viejos encontré ese papel arrugado y recordé la noche en el Café Granada junto con  Guillermo Fernández, alias  Pomada, que ya goza de la presencia del Señor y  con “ El Tigre” que sigue vivito y coleando, dando ánimos y verraquera a todos los que lo rodean..


Viendo la letra del poeta no pude continuar con el engaño y se lo mostré a la mendocina para decirle  que los versos robados al poeta seguían siendo los mismos  que brotaron de mi corazón enamorado en esa noche  calarqueña, sin que importaran las canas ni los golpes de la vida.  

4 comentarios:

  1. Estimado Alfredo, buscando notas acerca del gran vate "calarqueño", encontré este interesante material que merece mi saludo y mi aplauso sincero desde lo mas profundo de mi alma. Tal vez somos parientes lejanos pues yo soy hijo de JULIO ENRIQUE TOBON FLOREZ, "EL NEGRO JULIO"...hijo de DON ELISEO TOBON Y DE DOÑA RITA FLOREZ...que tal vez haya usted oido nombrar. Reciba pues un respetuoso saludo y un afectuoso abrazo de su pariente lejano. lgtobon@hotmail.com

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  2. estudio en el colegio baudilio montoya en calarca quindio el mejor colegio de la zona y la verdad esque cada año recordamos al gran poeta baudilio montoya es un orgullo pa ra nosotros la familia baudiliana saber somos los mejores y que este gran poeta siempre esta en nuestros corazoness

    mejor colegio:BAUDILIO MONTOYA

    grasias por escribir esto

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  3. En Manizales conocí a un sobrino nieto de Baudilio Montoya, un chico con el que compartimos algunas correrías nocturnas, que parece le vienen por herencia. El padre de este chico es escritor, pero no rural como su pariente el poeta del Quindío, sino urbano, retratando los bajos fondos de Armenia. Al sobrino nieto mencionado, lo acompañé días después del terremoto de Armenia, cuando la bella tierra descrita por Baudilio tembló y su familia resultó afectada. Recuerdo que éste muchacho era frecuente que se asomase largo tiempo al balcón de su apartamento en el centro manizaleño y me veía caminando por la calle, invitándome a subir. En su biblioteca, tenía predilección especial por otro escritor de la tierra, el uruguayo Horacio Quiroga, quien no hablaba precisamente en tono bucólico y tierno del ambiente rural sino lo contrario, un ambiente hostil y cruel. Años después, supe que estaba en Bogotá y que tenía un bar llamado Finisterrae, fin del mundo, casualidad grande con los temas de su tío abuelo.
    jotagé gomezó

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  4. Cuanto orgullo para los buenos calarqueños encontrar esta bella página recordando una de nuestras grandes glorias literarias.

    Deseo adquirir cualquier libro con poemas de Baudilio, por favor contactarme en chapolero52@yahoo.com a nombre de Fernando García. Un quindiano abrazo!

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