EL CABALLERO GAUCHO
Corría el año 1935 cuando murió El
Mago, como lo apodaban, en medio de aquellos montañosos caminos de Medellín.
Moría con él la modernización – o afrancesamiento, según Borges – del tango, y
nacía la relación estrecha de este género con Colombia. Catorce días antes del
fatídico accidente, Luis Ángel Ramírez Saldarriaga estaba cumpliendo la mayoría
de edad, y faltarían unos 11 años más para empezar su carrera artística.
Un argentino de cuyo nombre no puedo
acordarme, dijo en la década de los sesenta que, mientras en Argentina llevaban
años sin producir un buen tango, en Colombia Luis Ángel lo hacía cada semana.
Quizá sonara a exageración, pero al repasar su carrera, me topo con que grabó
alrededor de 2.300 canciones. Como soy curioso, y aquello me pareció extraordinario,
indagué el récord oficial de los artistas con más canciones de la historia y
hallé que esta cantidad oscila entre 600 y 800.
Bueno, un robo más a este país que
cada vez tiene menos de qué enorgullecerse. Sé que, como dice Schopenhauer,
enorgullecerse de la patria es una estupidez. ¿En qué me afecta a mí que García
Márquez haya ganado el Nobel? ¡En un carajo! ¿Y en qué me puede alegrar que
Luis Ángel sea el cantante con más canciones de la Historia, y sea colombiano y
haya nacido y muerto en Pereira? ¡Pues mucho! Uno tiene derecho a ser estúpido
cuando quiera.
El gran colombiano
En las noches de borracheras propongo continuamente que me digan mis
combebedores cuál es el verdadero Gran Colombiano, para hacerle un poco el
contrapeso a aquel dictamen nefasto del 2013. Las respuestas varían según los
intereses de cada quien, pero yo, estricto en mi dictamen, no dudo en decirlo:
Luis Ángel Ramírez Saldarriaga. ¿Y por qué no le digo El Caballero Gaucho? Pues
porque él nunca estuvo de acuerdo, se lo impuso por mero comercio Luis Carlos
González, y siempre dijo que era muy colombiano y no argentino, aunque su
potente voz se asemejara a los de esa patria.
Pero tampoco lo llamo así por otra
razón, más personal, más mía. Pocos lo conocen por su verdadero nombre, y no
quiero profanar su memoria ni hacerlo más reconocido entre mis combebedores.
Para mí, Luis Ángel es como para Borges Buenos Aires: «Me gusta tanto que no me
gusta que le guste a otras personas. Es un amor así, celoso».
Claro está que mis amigos de copa lo
conocen, pero por aquellas obras que trascienden más que el mismo autor. Hablo,
claro está, de Alma de mujer, Agravios, Viejo farol. Clásicos inmortales, lo es
bien sabido. La obra se tiene que desligar del autor cuando esta es monumental,
y lo acepto así. Pero yo, en mi intimidad, escucho las otras 2.297, las
desconocidas, las no-escuchadas y me deleito.
Me hace sentir uno con la historia,
me reconcilia con mi país, con mis antepasados, con mi ciudad. ¿Que vivió toda
su vida en La Virginia, que es más de allá que de Pereira? ¡Y qué! Uno es de
donde lo quieren, lo entierran y le hacen estatua.
Morir de placer
Cuando lo escucho, siento morir de placer. Lo que confirma las palabras de
Cioran en El libro de las quimeras: «Sólo en la música y en el amor existe la
alegría de morir, el espasmo voluptuoso de sentir que uno muere porque no puede
seguir soportando las vibraciones internas. Y nos regocija el pensamiento de
una muerte súbita que nos liberará de seguir sobreviviendo a esos momentos».
Ah, si Dios existiera y respondiera a mis súplicas cómo me gustaría morir
escuchando Polvo de los caminos, Los ejes de mi carreta, Miedo a ser viejo o
Cicatrices. Esa sería la gran alegría de morir, como dice Cioran.
En mis soledades acompañado de su música solo espero
la muerte. Pero no llega. En su lugar, llegan los pensamientos de la muerte. Y
la muerte para mí siempre tiene cara del plumaje negro que vendó mis ojos en
los años 2013 y 2014. Recuerdo que fue un sábado cuando, limpiando la mesa
inútil que está frente al televisor de mi casa, oí en el noticiero que Luis
Ángel había muerto. Yo tenía unos 14 años. Las primeras lágrimas de la muerte
rodaron por mi cara. Algo en mí se resquebrajó para siempre. En mi inocencia,
quería y creía que Luis Ángel alcanzaría el siglo de vida. No pudo. Le faltaron
cuatro años.
La noticia
Unos días más o unos días menos, llegaba del colegio a medio día y me
recibieron con la noticia de la muerte de mi abuelo, el hombre que me enseñó su
música y con el que pasaba horas hablando y escuchando lo que fuera, pues era
un melómano puro.
Recuerdo que siendo más niño me
enseñó por vez primera Viejo Farol. Yo ya estaba acostumbrado a los tangos,
especialmente a Sangre Maleva. Pero cuando escuché esa melodía, esa guitarra,
no pude asemejarlo con el tango que había escuchado hasta esa fecha. Le
pregunté que qué clase de música era esa, qué género. Él, que toda su vida
escuchó música, no pudo responderme.
Recuerdo sus palabras: No sé, mijo,
es la música de él. Es la mejor definición que alguien pudo dar. Lo que no
recuerdo es quién de los dos murió primero: mi abuelo o él. Ambas muertes se
funden en la negrura inmensa de mi dolor.
Sin embargo, también me llegan
recuerdos felices al escucharlo. Uno de ellos es que, al año o dos de su
muerte, le construyeron una estatua en la plaza principal de La Virginia. Como
fui estúpido y no lo visité en vida, quise ir a ver su representación. Fui
inmensamente feliz cuando lo vi, con una guitarra en una banca. Me tomé fotos
con él. Los transeúntes me contaban que casi a diario salía en una bicicleta a
pasear por el pueblo. No lo vi nunca, pero en mi mente está formada aquella
imagen.
Luego, fui a la tumba. Me pareció
hermosa, aunque consideré que debía ser más grande, más voluptuosa, para
representar al más grande. Allí, frente al mármol, acostadas se hallaban dos
señoras que, con un pequeño radio, bebían vino escuchando Rosario de marfil.
Claramente brindé con ellas: la representación del pueblo al que cantó.
Recuerdo feliz
El otro recuerdo feliz que me arropa
es un día que fui al Rincón clásico y pedí una canción de él. Sé que solo hay
un par de LP’s de Luis Ángel, razón por la cual tengo un rencorcito personal
con Olmedo, pero quería escucharlo a como diera lugar. Además de la escasez de
LP’s, estos están rayados, por lo que no se escucha muy bien. Quedé algo
apesadumbrado, pero Carlitos, su nieto y amigo mío, me consoló dándome un
tesoro. Era una fotografía a blanco y negro antigua, hermosa, en donde estaba
él con su guitarra y dos personas más. Estaba muy joven en aquel daguerrotipo,
con una amplia sonrisa.
Lo guardé de inmediato y seguí bebiendo, bebiendo y bebiendo hasta que
se borró mi conciencia y, una vez más, amanecí bien sin saber cómo. Esculqué
mis bolsillos: se me había perdido la fotografía. Sentí una inmensa desazón.
Semanas después, como un milagro, volvió a mí. A partir de ese día la llevo
siempre conmigo y, al igual que Nietzsche con Schopenhauer, le rezo como al
mayor de mis ídolos, con aquellos versos tan parecidos a los de su poeta
favorito, Julio Flórez: Como un mar de insomnio se torna mi existencia y en
negros nubarrones mis pensamientos van escuchando en silencio la voz de la
experiencia
Magnífica lectura! 🙋🏽♀️👌🏻
ResponderEliminarExcelente remembranza.
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