domingo, 18 de noviembre de 2018

PUEBLO RICO- RISARALDA

ADONDE VAS HERMANO?
 
Alfredo Cardona Tobón
 
 
En contravía con los aventureros, que sometieron a los pueblos americanos y mostraron una imagen de bestialidad y canibalismo para poder sujetarlos impunemente, los monarcas españoles intentaron proteger a los indígenas contra los excesos de sus vasallos. Las Leyes Nuevas expedidas en 1542, merced a la labor incansable de los padres De Las Casas y Victoria, podrían considerarse un monumento a la dignidad y libertad del hombre americano; en ellas el soberano ordena un trato digno a los indios y pide que los instruyan en la fe católica, pero como hombres libres, sin obligarlos ni coaccionarlos. El monarca prohibe la esclavitud, la cesión de los indios en encomienda, la obligación de pescar perlas o cargar fardos o personas, como si fueran bestias.

Infortunadamente una cosa decía el rey y otra sus súbditos, envalentonados en estos inmensos territorios, donde no existía ley ni quién hiciera cumplir las normas del gobierno. Los conquistadores se opusieron a los designios reales y hasta tomaron las armas contra las autoridades españolas, como ocurrió en el Perú. Inicialmente se salieron con las suyas, pero el tiempo fue aliado de los indios, ya que poco a poco los oidores lograron poner en cintura a los capitanes, encomenderos, mineros y estancieros, en tal forma que al llegar la independencia, el yugo español era tan suave, que la gran masa cobriza se fue al lado del rey, como sucedió en Pasto, en Santa Marta, en Pamplona... pues los nativos veían en la Corona una protección y una valla contra las ambiciones de los criollos, sucesores de los antiguos explotadores.



En cuanto a la Iglesia Católica, debemos recordar que al empezar la conquista la difusión del cristianismo dependió de los curas doctrineros, a menudo ignorantes y perniciosos, que acompañaron las huestes de la conquista, y que como el resto de aventureros aprovecharon la oportunidad para enriquecerse a costa de los nativos. Esa conducta no debe adjudicarse a las altas jerarquías eclesiásticas de ese tiempo, que en su gran mayoría buscaron el respeto y el bienestar de los naturales. El dos de junio de 1537 el Papa Paulo III declaró en la bula “Sublimus Deus” que los indios tenían capacidad para abrazar la nueva fe con conocimiento y les reconoció la libertad de rechazar o aceptar el catolicismo y el derecho a vivir sin el yugo de la esclavitud.



Los siglos de lucha contra los musulmanes radicalizaron a los españoles e hicieron que trajeran ese odio contra los infieles a las tierras americanas. El fanatismo impulsó a frailes y encomenderos a borrar las creencias, los dioses y las culturas autóctonas, que tacharon de diabólicas y pecaminosas. Para los ministros del culto cristiano, lo que no pertenecía a su religión era maligno, sucio y aberrante y por ello tildaron de engendros de Satanás a Xixaraca, dios de los ansermas, a Bachué deidad de los chibchas y a Tzatzitzetze, gran creador de los chocoes.

Los franciscanos, los jesuitas, los agustinos, los claretianos y otras comunidades religiosas erradicaron las creencias ancestrales de las mentes americanas en las doctrinas, o sitios para impartir el catecismo y la enseñanza religiosa, así como en los internados indígenas, donde concentraban niños y jóvenes indígenas para alejarlos de las culturas de sus padres.

El medio que tomaron nuestros religiosos- escribe Fray Pedro Simón- en adoctrinar los indios que se iban reduciendo a pueblos y doctrinas es que todos los muchachos, desde que comienzan a hablar hasta que se casan, se juntan en la plaza y puerta de la iglesia y en el atrio de la casa del Padre, una vez por la mañana y otra vez por la tarde, todos los días, y de allí en alta voz se les reza y enseña toda la doctrina de memoria, haciendo que la digan y enseñen cuando saben”.

Las doctrinas e internados fueron nefastos para la economía de los nativos, pues la familia se vio privada del concurso de los hijos para el cultivo y las actividades domésticas y resultaron perniciosas para la autoestima del hombre americano, pues en ellas los misioneros convirtieron una raza libre en una masa servil, supersticiosa, temerosa y acomplejada, avergonzada de su existencia y de sus valores. Los indígenas no aceptaron de buena gana esas doctrinas y su establecimiento fue uno de los motivos de las rebeliones de quimbayas y ansermas . El cacique Capirotama , Señor de los irras, se refiere al alzamiento armado de 1557 : “que no era bueno dar indios al Ave María, porque habían entendido que en Anserma habían dado muchos muchachos para el Ave María y también en Cartago,.. que les pedirían a ellos, como a los demás, y que los irras no tienen muchachos, que de dónde los tendrían que buscar?- Por eso dicen los indios- continúa diciendo Capirotama- que quieren pelear contra los cristianos y matarlos.”



Pese a la persecución contra brujos y dioses, la institución de los internados y las doctrinas, la iglesia católica apoyó en otros aspectos a las comunidades nativas contra el trato y la discriminación de los europeos. El Sínodo que se reunió en Santa fe en 1556, dispuso, por ejemplo, que en cada pueblo o doctrina, el sacerdote debía escoger veinte hijos de caciques y capitanes para dedicarles tiempo completo a la enseñanza de la lectura, la escritura, la religión y otros temas loables y cristianos. Esta medida se convirtió en un semillero de devociones que permitieron el surgimiento del clero nativo, que en cierta forma empezó a formar la nacionalidad colombiana, pues fue un elemento aglutinante del pueblo llano.



Infortunadamente no sirvió para formar una clase dirigente calificada en asuntos generales, que, sin lugar a dudas, hubiera cambiado la suerte de su gente. En 1585 los agustinos aprendieron la lengua muisca y enseñaron en chibcha los fundamentos de la religión. Como su objeto era el adoctrinamiento religioso y no el acercamiento a las raíces de la feligresía, se perdió la oportunidad de registrar la cultura ancestral y darla a conocer a las generaciones futuras.



LOS SOBREVIVIENTES A LA CONQUISTA



Los descendientes de algunas tribus ansermas y los emberas-chamíes que ocuparon territorios o espacios abandonados por otras tribus en la banda izquierda del río Cauca, son la base de la población rural de Riosucio, Supía y Quinchía y constituyen los Resguardos ubicados en Pueblo Rico y Mistrató y otros de reciente fundación en Marsella y Belalcázar. Los españoles aniquilaron o desplazaron las tribus de la vertiente del Pacífico y también las que estaban ubicadas en la banda derecha del río Cauca, como quimbayas, pijaos, carrapas y paucuras, al igual que las comunidades asentadas en cercanías del río Magdalena, entre las cuales figuraban los amaníes y los pantágoras



Los ansermas ocupaban el territorio comprendido entre el río Cauca y la cordillera occidental y entre el río Risaralda y la serranía de Caramanta. Las tribus eran numerosas, con cultura similar, pero cada una seguía un cacique, que a menudo era rival de sus vecinos. Entre las tribus más conocidas figuran los guáticas, que inicialmente ocupaban el valle alto del río Sopinga, los tabuyos, que vivían cerca de las fuentes saladas de Opirama, los guaqueramaes, que ocupaban los alrededores del cerro Carambá o Batero y los pirsas, en territorio del actual Riosucio.

Sobre los indios ansermas se cebaron los crueles asesinos de la conquista española, los azotó la viruela y la langosta y perecieron en las selvas enrolados en la guerra contra las tribus levantiscas del Pacífico, o conteniendo los ataques de las tribus chocoes a su territorio… sorprende, pues, que algunos ansermas hubieran sobrevivido durante siglos y no hubieran desaparecido como el resto de los indígenas.



Para explicar la supervivencia de varias comunidades ansermas debemos recordar que sus tribus ocupaban un territorio rico en oro, no solamente en alhajas y joyas ceremoniales, sino en aluviones y vetas. Cuando los españoles terminaron el saqueo de ranchos y tumbas, obligaron a los nativos a extraer el oro de las arenas de ríos y quebradas, pero como estaban cerca de sus aldeas, el desplazamiento no fue a largas distancias, como ocurrió con los carrapas y quimbayas que enviaron al Tolima y al sur. A los guáticas los pasaron de orillas del Sopinga hacia una zona cercana fría cercana a los arroyos auríferos que caen al río Cauca, y a los pirsas los trasladaron a Quiebralomo, los guaqueramaes permanecieron en la zona de Mápura y Buenavista, rica en el valioso metal. La permanencia en sus territorios puede ser una causa de la supervivencia ansermeña. Otro hecho que posiblemente evitó la desaparición de los ansermas fue la fundación del convento de San Luis, cuyos frailes franciscanos extendieron sus doctrinas a Tachiguí, Quinchía y Tabuyo.



Las citadas doctrinas, que cristianizaron y aculturaron las comunidades ansermas y las condicionaron para servir de peones sometidos a los blancos, sirvieron de núcleo integrador que evitó la dispersión total de los indios y en cierto modo, morigeraron los excesos de los encomenderos, pues los religiosos se pusieron muchas veces al lado de los nativos. Ayudó, también, el clima benigno de la zona, al contrario de lo sucedido con las tribus que empujaron hacia la ciudad de Victoria, con clima cálido y pernicioso.



La región anserma estuvo densamente poblada en épocas precolombinas. En 1567 el licenciado Diego Angulo contó seis mil tributarios en las aldeas ansermas y en 1575 figuran cinco mil indígenas que acompañaban a cuarenta y ocho españoles viejos, entre ellos dieciocho encomenderos. En 1627 el descenso de la población es dramático, en los registros del Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia figuran menos de mil vecinos nativos y ante tal despoblamiento traslada a numerosas familias carrapas que instala en la nueva aldea de San Lorenzo.



Al finalizar el siglo dieciocho los blancos de Ansermaviejo abandonan el viejo poblado y fundan otra aldea muy cerca de Cartago. Se llevan los ornamentos, las imágenes, el archivo y los documentos oficiales; sin embargo la antigua aldea encomendera no desaparece, pues los indios de Tabuyo ocupan el poblado que se convierte prácticamente en la cabecera del Resguardo.



Las tribus pirsas y sopías también vieron menguada su población por epidemias, ataques de los chocoes, trabajo en las minas y emigración de su gente, y ante tal situación las autoridades virreinales concentraron a los vecinos dispersos para atender el trabajo de las minas y facilitar su evangelización. El 17 de marzo de 1627 el Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia agrupó a pirsas y curicamayos en el Resguardo de La Montaña, que progresó merced a las vetas de oro que explotó la parcialidad en su territorio y que les permitió vivir una época de esplendor durante el curato de 54 años del presbítero Bernardo Cataño Ponce de León.

Como los pobladores de La Montaña necesitaban tierras cálidas para sembrar maíz y engordar cerdos, compraron a Doña Catalina Jiménez de Gamonares, esposa del alcalde de Anserma, un vasto territorio en cercanías del río Cauca Allí surgió otro centro poblacional que al terminar el siglo veinte se convirtió en el Resguardo de Pirras- Escopetera, que actuamente reúne nativos de Quinchía y Riosucio.



Al igual que en La Montaña, el Oidor Lesmes de Espinosa juntó pueblos sopias con grupos pirsas de los alrededores y con familias carrapas procedentes de Arma, en la aldea de San Lorenzo. La heterogeneidad de los indios impidió que vivieran armónicamente y pronto se dividieron en los pueblos de Supía, San Lorenzo y Cañasmomo.





El Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia continuó su labor repobladora, visitó el territorio de Quinchía y muy cerca de la zona de las salinas ordenó la fundación de una aldea con los indios desperdigados en las lomas que llevaban al río Sopinga o Risaralda. Años más tarde la comunidad creció y trasladó sus ranchos loma arriba, en un sitio con mejores aguas y más espacio para expandirse.

Las nuevas tierras que ocupó la tribu del cacique Guática son frías y de una sola cosecha de maíz al año, ante la escasez de alimento la comunidad buscó tierras cálidas donde se pudieran obtener más cosechas al año e invadió el territorio de Opirama perteneciente el Resguardo de Quinchía. La situación se complicó con la invasión guatiqueña, pues los nativos vecinos se prepararon para la guerra. Ante tal situación que rompía la paz de la región las autoridades intervinieron en favor de los quinchieños y en 1798 conminaron a los guatiqueños a desocupar a Opirama y continuar aguantando hambre en las laderas de la montaña.

Un censo efectuado en Guática el 27 de junio de 1815 arrojó la cifra de 255 vecinos cuyos apellidos más comunes eran Principal, Batero, Taba, Tonuzco, Bueno, Rivera, Mápura, Tamayo, Tabarquino, Útima y Arandia. La pobreza extrema de los guatiqueños los llevó a negarse a pagar tributos a la corona, el cura doctrinero, sostenido por las arcas reales, se fue contra sus parroquianos y aconsejó a las autoridades de la reconquista palo y castigo, para que los indios se dedicaran al trabajo en vez de seguir lamentándose.



En los primeros años de la Colonia las parcialidades de irras, tapascos, opiramaes y mápuras se agruparon en el Resguardo de Quinchía, donde los religiosos del convento de San Luis en Anserma ubicaron una doctrina a cuyo lado creció el caserío de San Nicolás de Quinchía. El pueblito vegetó sin pena ni gloria, en una hondonada seca, sobre el camino que comunicaba a Ansermaviejo con las minas de Quiebralomo. Pueblo miserable- lo llamó el patriota José Manuel Restrepo- al cruzarlo en la época de la reconquista española, llevando consigo los caudales de Antioquia. Quinchía sobrevivió a la langosta, a la viruela, a las guerras civiles y como fortín radical alcanzó la categoría de distrito con jurisdicción sobre una zona que iba desde el cerro Batero hasta la desembocadura del río Risaralda.



En el siglo dieciocho los españoles trataron de concentrar a los nativos que se hallaban dispersos en las selvas del Chocó y fundaron las aldeas de San Juan del Chamí y el de San Antonio de Tatamá. Al frente de cada pueblo nativo estaba un corregidor que tenía como misión cobrar los tributos, repartir los trabajos y administrar justicia.

Los Repartimientos y la Encomiendas no funcionaron en el Chamí por la dispersión de las menguadas comunidades y por el atraso de los aborígenes. La distancia y el aislamiento permitió que curas y corregidores abusivos exigieran tributos exagerados a los sufridos indios, que para pagarlos no sólo se doblaban buscando oro en las arenas de ríos y quebradas sino que, además, se veían obligados a alquilarse para llevar cargas entre Anserma y el Arrastradero de San Pablo.

El transporte de mercancías desde Anserma hasta el puerto sobre el río Andágueda - según anota Víctor Zuluaga- duraba once días, y para responder por la carga, que superaba las cuatro arrobas, y contar con alimentos, los indios llevaban consigo a su mujer y a sus hijos que se encargaban de terciar las provisiones.

Un censo de 1770 habla de 198 indios tributarios en San Juan del Chamí y 53 en San Antonio del Tatamá. Hasta mediados del siglo diecinueve esa población permaneció estable, pese a la migración hacia la zona de Andes en territorio antioqueño.



El científico francés Boussingault visitó San Juan del Chamí en 1829 y en sus memorias nos dejó su impresión de la zona: “ Dejé a mis hombres en el Tambo y tomé la delantera. No hice sino subir y bajar hasta una altura que dominaba el poblado de los Chamí. Allí me encontré en medio de treinta indios, pintados y tatuados, que estaban descansando; llevaban ramas de palmera destinadas a renovar la techumbre de la iglesia; todos eran mis amigos y me rodearon afectuosamente llamándome compadre; era la una cuando llegué y me hospedé donde el misionero, quien me acogió amablemente y me sirvió un almuerzo que bien lo necesitaba. Chamí es una misión como las hay en las regiones montañosas, los chamís están diseminados por la pendiente; yo había apresurado la marcha para pasar el domingo con los indios, ese día les obliga ir a misa y a la doctrina, la que poco les importa; el resto de la semana se retiran a sus viviendas o van a cazar y a pescar, los alrededores del Chamí son muy boscosos”



Las comunidades ansermas mezcladas con otros nativos traídos por Lesmes de Espinosa y otros oidores a su territorio apenas vegetaron en la época de la colonia. Los españoles habían empujado a las tribus de noanamaes, zitaraes y zitarabiraes a las selvas profundas del Pacífico y sus territorios fueron ocupados por los emberas y catíos, que se desplazaron desde el Urabá y otras sitios de la región de Antioquia. A medida que los antiguos pueblos ansermas iban menguando, los emberas- chamíes entraron a sus Resguardos y se integraron a las parcialidades de La Montaña y de San Lorenzo, donde impusieron su lengua y sus costumbres y dieron nueva identidad a las comunidades indígenas. Los emberas chamies poblaron las selvas de Arrayanal y las cabeceras del río San Juan y Risaralda y con el tiempo han establecido núcleos en Irra, Quinchía, en Tiraderos de Marsella, en el Cairo en Risaralda, en el Águila de Belalcázar, en Obando.... y ya van por los límites del Ecuador.





DE COMUNEROS A PEONES



Para los nativos, la independencia de España fue un simple cambio de amo que empeoró su situación. Una de las primeras disposiciones de los criollos de Santa Fe fue acabar con los Resguardos indígenas de la Sabana, apropiarse de las tierras que ambicionaban desde lejanos tiempos y contar con peones baratos para sus estancias. Lo mismo intentaron los criollos de Tunja con los resguardos de Sogamoso, donde la reacción de los nativos atizó la repulsa de los próceres santafereños que desconocieron la representación de Sogamoso al Congreso del Nuevo Reino, por considerarlos indios de escasas “luces”.



Mientras los criollos de Popayán estuvieron entretenidos con las minas y las estancias de caña, los indígenas de la provincia disfrutaron sin amenazas de las tierras que les reconoció la corona española, pero al llegar la República, la ambición de mando llenó los corazones de los notables, la tierra se convirtió en la llave del poder, y empezó la rebatiña de los baldíos y de los Resguardos indígenas.



Para los caudillos granadinos la tierra no tenía importancia como tal, sino porque con ella controlaban a peones y terrazgueros, condicionaban a colonos y aspirantes a pequeños fundos, pues la legislación era tan enredada, tan difícil e intrincada que era imposible conseguir tierras baldías a menos que se las compraran o las adquirieran a través de políticos o latifundistas poderosos.



Por ley 25 de 1869 el gobierno de Popayán concedió a los nativos del Cantón de Supía, la libertad de disponer de sus tierras, previa separación de 80 hectáreas para el área de una población y una fanegada de reserva para una escuela. Aquí empezó la pauperización de las parcialidades de nuestra región. Esto era lo que esperaban los empresarios del Cauca y de Antioquia para expandir las explotaciones de oro y de sal a costa de los Resguardos, organizar hatos en las mejores tierras y extender el negocio de tierras hacia la banda izquierda del río Cauca.

Para disponer de sus territorios los indígenas debían sanear títulos y hacer levantamientos de ingeniería para medir y lotear sus resguardos. Como no contaban con dinero sonante contrataron abogados, para consultar archivos y verificaron títulos coloniales, a cambio de grandes extensiones de terreno. Luego llegaron los topógrafos y sacaron su tajada, y también los políticos a quienes los cabildos cedieron inmensos lotes por la defensa de sus intereses. Obtuvieron tierra los notarios y los párrocos, y los administradores de los Resguardos, pues según la legislación, los nativos no podían negociar directamente, y como pobres de luces, necesitaban quién los guiara y les manejara sus bienes.



En 1874 Juan Gregorio Trejos, administrador de la parcialidad indígena de Supía y Cañamomo, en asocio con los alcaldes de Supía y de San Juan, distribuye la tierra del Resguardo y cede a los establecimientos mineros las tierras que necesiten para las explotaciones del oro. Los alcaldes y los directores de los establecimientos mineros avalúan las tierras y las reparten sin que intervengan los indígenas, que son los legales propietarios. Quitando lo que cedieron a los mineros, lo que resta del Resguardo se divide entre Supía, San Juan y los nativos, pero hay que entregar labranzas a los colonos, cincuenta hectáreas para una población, bosques y ejidos comunales y un gran lote que se le da al topógrafo William Martin por sus servicios. A la hora de la verdad, a los indígenas de Supía y Marmato solamente les queda una pequeña extensión de malas tierras que colinda con la de sus hermanos de raza ubicados en el distrito de Riosucio.



Gran parte de los vecinos de las aldeas de Quiebralomo y La Montaña oyeron el llamado de Bonafont para crear la aldea de Riosucio. Pero algunos comuneros continuaron viviendo en sus viejos caseríos. Al avanzar el siglo diecinueve los vecinos de La Montaña conservaban su Resguardo y constituían una importante fuerza manejada por los conservadores y aliada de sus copartidarios paisas.

Quizás por lo anterior y por la escasa atención que pusieron a la zona fría de su territorio, los nativos de La Montaña no pusieron obstáculo a los paisas que ocuparon un área extensa, donde fundaron inicialmente la población de Oraida y posteriormente las aldeas del Rosario y Llanogrande y se apoderaron de las tierras circundantes.



Los indígenas de los Resguardos de Riosucio constituyeron una fuerza combativa que sirvió los intereses conservadores en las guerras de 1860, 1876, 1885 y en la lucha fratricida de los Mil Días. Fue famoso el batallón Riosucio por su valentía, disciplina y ferocidad. Por eso, y por su caudal electoral, consiguieron el apoyo de los gobiernos y de los líderes conservadores del Cauca y Antioquia. Esa condición les acarreó persecuciones durante la república liberal y desde el Frente Nacional; a medida que se va perdiendo la hegemonía de los partidos tradicionales, las parcialidades, por temor, por amenaza o por convicción están cayendo en manos de otras corrientes, que los han implicado en sus luchas, sin que les planteen soluciones o derroteros para mejorar su nivel de vida, aunque ahora, como jamás había sucedido, les están llegando jugosas partidas del presupuesto nacional, como lo ordena la última constitución política, que busca la igualdad de oportunidades para todos los colombianos.



En 1875 el gobierno del Estado del Cauca autorizó la venta de la tierra de los Resguardos del norte de su territorio y los tabuyos contrataron también a William Martin para que hiciera los levantamientos topográficos. El Resguardo midió 6147 hectáreas que se dividieron en 133 lotes, dejando 51 para un futuro caserío. Para pagar los servicios del inglés, el Cabildo indígena le entregó un inmenso lote en la parte alta del territorio .El 30 de julio de 1878 se reparte el Resguardo de Tabuyo y en la piñata salen favorecidos el notario Jorge Orozco y el corregidor del agónico caserío de Ansermaviejo, que cuenta escasamente con setecientos vecinos. Los nativos venden gran parte de sus lotes al empresario Pedro Orozco, que ha trasladado sus negocios de tierras de Támesis, en Antioquia, al norte caucano. El gobierno considera la Cuchilla de Belálcazar como baldío y también el valle de Risaralda y los cede por bonos territoriales a Rudecindo Ospina, que a su vez los traspasa a Pedro Orozco y a varios empresarios manizaleños y del suroeste antioqueño..



Desde 1840 los paisas empezaron a entrar por la parte alta del Resguardo de La Montaña, fundan la aldea de Oraida, establecen cultivos y dehesas y extraen oro de las cañadas en territorio cedido por el gobierno caucano que no respeta los derechos del Resguardo. Desde Oraida y las tierras altas de Riosucio los invasores se descolgaron por Barroblanco y el Río del Oro con su ganado blanco orejinegro y sus cultivos de fríjol cargamento. En el Alto de Mismis fundaron la localidad de Pueblo Nuevo y con colonos de Carmen de Viboral y de Marinilla, los políticos conservadores de Riosucio, empezaron a hostigar a los nativos. En septiembre de 1874 la parcialidad cedió un gran globo de terreno al abogado cartagüeño Ramón Elías Palau para que defendiera sus intereses contra los “advenedizos” de Antioquia y cedieron una gran extensión a William Martín para pagar el loteo del Resguardo y para lograr el favor divino regalaron a la Iglesia de Santa Ana una salina en Talabán y cien hectáreas de bosque.

En 1886 el Cabildo indígena nombró como apoderado a Salvador Pineda. El paisa era un mono pecoso, bien parecido, dicharachero y religioso que envolvió a los nativos en su encanto y se quedó con varias minas, salados y extensas propiedades.



Tachiguí aparece en la Colonia como una doctrina franciscana y luego como una aldea indígena en el camino de las Ansermas, por donde pasan tropas de Antioquia y Popayán en la guerra de independencia, y sufre los avatares de las luchas civiles de 1860 y de 1877.

Con los colonos paisas llegaron indígenas de las parcialidades del norte de Antioquia. Del distrito de Giraldo llegaron los Londoños y se integraron a la parcialidad de Tachiguí; uno de esos comuneros llamado José Maria Londoño se convirtió en un líder prestigioso que en 1860 evitó la desaparición del caserío, aglutinó a los tabuyos y fue nombrado por el gobierno del Cauca como juez poblador de Pumia, una aldea que tuvo una vida efímera en el alto valle del río Risaralda.



Con su aldea casi deshabitada por causa de la viruela, de la langosta y de las guerras, los pocos vecinos de Tachiguí deciden repartir las tierras del Resguardo el 23 de agosto de 1877. Después de descontar algunos terrenos vendidos con anterioridad, quedan 8525 hectáreas para partir entre 36 comuneros que venden sus lotes a precios irrisorios.

En la feria de las tierras participa hasta el general Uribe Uribe, que por intermedio de un pariente, consigue una parcela del antiguo Resguardo. Los abogados contratados por la parcialidad no encuentran los títulos reales que legalicen la posesión de los nativos y los sobrantes del reparto se reputan por baldíos.

La ley ordena la entrega de 51 hectáreas para una futura población, y entre colonos paisas y nativos se funda allí la aldea del Carmen. Tachiguí desaparece, el nuevo caserío crece, se convierte en Arenales y luego en Belén de Umbría. Los primitivos pobladores se diluyen entre la población recién llegada y de dueños de las faldas del Tatamá se convierten en peones asalariados.



Quinchía fue cabecera municipal en los tiempos de la hegemonía radical del siglo diecinueve, con jurisdicción sobre Ansermaviejo, Guática y Arrayanal. Los dirigentes liberales de Cartago aprovecharon su ascendiente sobre el Cabildo indígena y consiguieron minas y salinas en las mejores tierras del Resguardo. En el levantamiento topográfico ordenado por la ley el inglés William Martín consiguió otra gran tajada al medir el territorio quinchieño.

El 29 de noviembre de 1888, los habitantes de Quinchiaviejo, en medio del repique de las campanas, abandonaron la hondonada seca del antiguo caserío y trasladaron sus ranchos al lado del cerro Gobia. Eran más amplios los horizontes en la nueva población pero era más negro el futuro de la comunidad al caer el gobierno liberal y tomar el control nacional la Regeneración de Nuñez. El distrito que era un bastión liberal cayó en desgracia y quedó como corregimiento de Pueblo Nuevo, una aldea paisa y conservadora levantada por los invasores en las tierras frías de Guática. Tras graves enfrentamientos con la nueva cabecera que marginó a la comunidad indígena de Quinchía, el pueblo recobró su estatus municipal en 1920 y sobrevivió penosamente en medio de la indiferencia administrativa de Manizales.

El Resguardo de Quinchía se conserva hasta 1948, pero líderes paisas y dirigentes liberales del pueblo quieren quedarse con la hulla y las salinas que no pudieron conseguir los invasores de Guática. El Congreso de la República aprueba una ley que disuelve el Cabildo indígena y se acaba el Resguardo. El juego no les resulta a los interesados en arrebatar los bienes de la parcialidad indígena, pues la violencia política deja el carbón y las salinas en manos de los “pájaros” conservadores que han tomado el control del pueblo.



Al desaparecer las poblaciones del Chamí sólo quedó en la región el caserío de Arrayanal, situada en una pequeña vega en la parte alta del río Risaralda. En 1885 contaba con unos 150 vecinos permanentes, que habían encontrado la paz en aquellos montes tras las persecuciones en Antioquia, después de la guerra de 1876.

Desde tiempo atrás los indígenas asentados en las cercanías de Arrayanal habían vendido tierras de su Resguardo a los colonos paisas, sin papeles ni requisitos de ley. Valiéndose de tal situación el Cabildo de la parcialidad quiso recuperarlas y robarse de contera lo que habían abonado los compradores. El abogado Eustaquio Tascón se puso al frente del negocio, pero dejó vencer el expediente. Parece que los colonos le salieron adelante a los indígenas al sobornar, según parece, al abogado que apoyaba a los nativos de Arrayanal.



En el incendio de Tadó se quemaron los títulos del Resguardo y para buscar sus copias en Bogotá los Cabildos de Arrayanal y del Chamí contrataron en el año de 1930 al abogado Marco Tulio Palau. En pago a sus servicios los indígenas cedieron a Palau tres grandes lotes. Una vez que se protocolizó la escritura estos se remataron públicamente en Riosucio y se adjudicaron a Alejandrino Palomino por la suma de treinta y tres mil pesos. Lo escandaloso del negocio consistió en que los lotes rematados comprendían casi el actual municipio de Mistrató y parte del municipio de Pueblo Rico, es decir las dos terceras partes del Resguardo, todo ello efectuado con mentira y con engaño, pues los indígenas no se dieron cuenta de lo que habían firmado a ruego, porque no sabían leer.



¿PARA DÓNDE VAS HERMANO?

¿SAMA UAYA MIDA ?



Un Resguardo es un espacio donde vive una comunidad nativa con cultura y tradición, sujeta a normas propias dentro de las leyes de la nación, que hacen cumplir sus líderes, mediante un Cabildo, un cacique, gobernador o capitán. Como parcialidad se ha entendido la comunidad o conjunto de individuos que habitan cada resguardo con un Cabildo y un jefe que la presida.



Dentro de las concepciones anteriores vemos que en la región del Viejo Caldas se encuentran las parcialidades y los resguardos de La Montaña y San Lorenzo en Riosucio; el de Lomaprieta y Cañamomo entre Riosucio y Supía; el de Pirsa- Escopetera entre Riosucio y Quinchía; el del Águila en Belalcazar y el del Cairo en el municipio de Risaralda. A los anteriores se suman un resguardo en Pueblo Rico, otro en Mistrató y un tercero en Tiraderos en Marsella, en el departamento de Risaralda.



Veamos la situación de esos resguardos:



Las parcialidades de Riosucio se hallan concentradas en las aldeas del Salado, San Lorenzo, San Gerónimo, Bonafont y Moreta. Su gente es diligente, trabajadora, con capacidad para las letras y la música, con muy poco mestizaje y un gran sentido de pertenencia a la comunidad. Sus problemas son el minifundio, la superpoblación, la falta de trabajo e industrias de transformación y el orden público que ha puesto a los vecinos entre los fuegos de guerrilleros y paramilitares.

Los Resguardos de Riosucio conservan parte de sus tierras ancestrales, su raza, continúa trabajando la cestería y productos cerámicos como cayanas, múcuras y vasijas con formas de hombres y animales. Los alimentos autóctonos de estas comunidades aportan las mayores novedades a la gastronomía caldense con los envueltos de diferentes tipos de maíz, las nalgas de ángel, los chiquichoques, la chicha o agua endemoniada matizada con yerbas aromáticas, colaciones y estacas de diferentes sabores… Han perdido el idioma y las creencias de sus mayores, pero han conservado los conocimientos botánicos y sus yerbateros hacen gala de innumerables recursos que enriquecen la medicina natural.

Los indígenas de la parcialidad de Lomaprieta, dentro del municipio de Supía, son excelentes productores de panela, que trabajan en panes, en alfandoques y blanqueados y también en forma granulada con sabores.

Los vecinos de San Lorenzo son expertos destiladores de aguardiente de contrabando o tapetusa, que producen desde tiempos inmemoriales y les ha dado más de un dolor de cabeza con las autoridades que han intentado erradicar su producción.

La base de la economía de estos resguardos es el café y en grado importante la caña panelera, y el grano que benefician sin químicos ni contaminantes les ha permitido abrir algunos mercados internacionales que exigen agricultura orgánica.

La ciudad, levantada hacia 1819 por los Resguardos de La Montaña y Quiebralomo, fue cabecera de una importante provincia del norte caucano y sus indígenas constituyeron la mayor fuerza militar y política del conservatismo en esa zona. Entre los personajes notables de los resguardos riosuceños figura el Doctor Enrique Becerra, ex contralor de la nación e Israel Motato, compositor de hermosas canciones que se oyen en todo el continente.

Pese a su importancia, los indígenas de Riosucio han sido discriminados por los blancos y mestizos que han usufructuado el poder local. Al frente del Comité Municipal de Cafeteros, por ejemplo, siempre estuvo gente de otros lados y no hace mucho, en 1986, cuando se intentó llevar al indígena Aníbal Zuleta al Comité local, se enfilaron todas las baterías para impedirlo. Con la elección popular de alcaldes, por fin Riosucio, que es un municipio indígena, nombró por primera vez un burgomaestre nativo, y el pueblo ha empezado a dar respaldo electoral a su propia gente.

Los mestizos y los indígenas de Riosucio viven un carnaval cada dos años y en el interregno sólo se piensa en preparar comparsas y disfraces y acicalar al diablo que es el símbolo de la fiesta. Tal parece que los riosuceños no piensan en otra cosa que en el Carnaval del Diablo y marginalmente en un Encuentro de la Palabra, que medio se sostiene en un ambiente que pretende cultivar las letras. Ni el departamento de Caldas ni Riosucio han explotado la enorme potencialidad turística, artesanal y agrícola del municipio y los indígenas continúan dentro de un círculo de marginalidad y pobreza en medio de grupos ilegales que capitalizan la violencia.



Las comunidades del Águila en Belalcázar y la del Cairo en el municipio de Risaralda, son parcialidades emberas, que hace unas décadas se instalaron en pequeñas fincas de esas localidades. Sus hombres trabajan de corteros en el ingenio de azúcar cercano y aunque aún hablan su dialecto, van perdiendo rápidamente sus costumbres, y se identifican cada vez más con los campesinos pobres de la región. Son muy adictos a la bebida, y por causa de su poco respeto a la propiedad privada son mirados con recelo por el resto de la población. No tienen poder político y hacinados en un espacio muy reducido, que no les garantiza la supervivencia, se podrían convertir en un grave lastre para el desarrollo de Belalcázar, si no se buscan alternativas de desarrollo como por ejemplo las artesanías, la piscicultura, trabajo cooperativo y hasta el turismo.



La parcialidad de Tiroteos en Marsella, es la comunidad embera más desarrollada del Viejo Caldas. Los esfuerzos de líderes marselleses han dado valiosos frutos, pues los nativos han logrado buenos niveles de instrucción y van mejorando notablemente su nivel de vida. Los comuneros de la parcialidad conservan su lenguaje y aunque aún tienen identidad se han ido integrando paulatinamente al resto de la población.



La población rural de Quinchía es de ancestro indígena y su gente es, quizás, la que conserva la mayor parte de los genes de los ansermas, cuyas mujeres fueron admiradas por los cronistas españoles por su esbeltez y hermosas facciones. Allí llegaron pocos paisas, debido al carácter liberal de la parcialidad tan diferente al espíritu antioqueño del siglo diecinueve. Quinchía fue la cabeza de puente del radicalismo caucano en una provincia dominada por los conservadores, y el anticlericalismo que le inyectaron los políticos sureños, neutralizó la influencia de los sacerdotes, que fueron, sin lugar a duda, la cuña de la colonización paisa en la región.

Las guerrillas quinchieñas apoyaron las operaciones mosqueristas en la guerra de 1860 y se convirtieron en el mayor dolor de cabeza para el gobierno de Antioquia en la guerra de los Mil Días, pues atacaron a Salamina, a Filadelfia y a Neira. Los indígenas de Quinchía seguían a sus capitanes en tiempos de paz y en tiempos de guerra. En las elecciones marchaban en columnas cerradas desde todas las veredas y en la violencia política de mitad del siglo veinte fueron los únicos caldenses que hicieron frente con éxito a los pájaros que bajo el comando de Alzate Avendaño, ensangrentaron los campos del departamento.

Desde esos tiempos del Capitán Venganza, los quinchieños se acostumbraron a delinquir impunemente, ahora su región es una cantera de los combatientes irregulares que engruesan las filas del ELN y de la FARC.

Como sus vecinos riosuceños, los campesinos de Quinchía sobreviven en minifundios, agobiados por la pobreza y con graves problemas nutricionales y de orden público. Los apellidos nativos como Guapacha, Trejos, Tapasco, Aricapa, Largo, Anduquia… han vuelto a tomar el control de su tierra, después del éxodo de la dirigencia de origen paisa a causa de la violencia que desde hace sesenta años ha asolados al municipio.



El minifundio y las pocas oportunidades de trabajo empujan a los varones quinchieños a emigrar en tiempos de cosecha y traviesa cafetera a las fincas de Caldas, Risaralda y el Quindío. Las mujeres quedan al frente de su hogar y de sus pequeños cultivos durante varios meses al año. Esa circunstancia convierte a la campesina quincheña en cabeza de familia y la convierte en una luchadora que toma la azada o la escopeta y maneja a los hijos con toda la autoridad que le confiere su condición. Al contrario de los chamíes, no es la que carga el canasto mientras el marido retoza, manda igual o más que el marido, y a menudo ni lo necesita para seguir en la lucha.



Los quinchieños han estado reconstruyendo su pasado y afirmando una identidad que les fue negada o subestimada en tiempos del departamento de Caldas. Para ellos el departamento de Risaralda fue una ventana abierta al futuro y en Pereira escuchan sus leyendas, publican sus obras y ayudan a consolidar su cultura. El grave inconveniente es el orden público, pues no hay inversiones y sin ellas no hay progreso ni trabajo.


La situación de los Resguardos del Chamí es muy compleja. Los misioneros trataron a estos indígenas como seres inferiores y les inculcaron un dramático complejo de inferioridad, como dejó entrever un niño de Jamarraya cuando le pregunté que quería ser cuando fuera grande; el indiecito lo pensó un momento, y me respondió: “cuando sea mayor quiero ser paisa”. Es tan baja la autoestima de los chamíes, que hasta hace muy poco esos compatriotas llamaban racionales a los mestizos y a los blancos, como si ellos fueran bestias o animales sin raciocinio.



Los indígenas de Pueblo Rico, que un día fueron dueños de toda la tierra que va desde la cordillera occidental hasta Tadó, han sido desplazados por los negros que entraron por Santa Cecilia. Los nativos se han replegado hacia las montañas abruptas y selváticas, sólo útiles para la silvicultura; conservan el lenguaje, las costumbres y dependen del chontaduro, del maíz y de los auxilios del Estado. Las jugosas partidas estatales les han permitido comprar motosierras que están utilizando para deforestar las selvas y adquieren armas con las cuales no están dejando bicho que se mueva en su territorio, donde ya no hay guaguas ni guatines y casi ni se oye el trino de los pájaros.

Lo que no hicieron los españoles, lo hicieron los antioqueños, que arrebataron tierra y oro a cambio de aguardiente. El alcoholismo es un problema gravísimo, que está degenerando la raza embera, al igual que la desnutrición, que en el Chamí no es por falta de tierras, sino por la pereza, la desidia y las pésimas costumbres alimentarias.

Unas minas de oro y la intervención de los directorios políticos y de la comunidad de la Madre Laura en los asuntos indígenas, están dividiendo a las comunidades chamíes. También las está afectado la presencia de grupos ilegales en su territorio, que es un corredor estratégico para sacar cocaína y pasta hacia el Pacífico. A ello se suma la explotación de los indígenas por los mismos indígenas, lo que se ve en las calles de las ciudades del Eje Cafetero, donde nativas y niños desnutridos mueven la caridad de los transeúntes y den unas monedas que van al bolsillo de un sinvergüenza que los está utilizando.



El pasado y el presente de la población nativa están signados por la tragedia y la injusticia. ¿Cómo será su futuro en medio de una nación mestiza que niega sus raíces?- Al observar a un pirsa o a un embera, es imposible dejar de preguntarle, en medio de tanta pobreza e inequidad: Sama uaya mida- ¿Para dónde vas hermano?-





BIBLIOGRAFÍA



ZULUAGA Gómez Víctor. ‘Vida pasión y muerte de los indígenas de Caldas y Risaralda’. Pereira- 1994-

ROMERO Mario Germán. ‘Fray Juan de los Barrios y la evangelización del Nuevo Reino de Granada’. Academia Colombiana de Historia. Bogotá.

CARDONA Tobón Alfredo. ‘Quinchía Mestizo”. Imprenta departamental. Pereira.

 
FUENTES

ARCHIVO DE QUINCHÍA

ARCHIVO DE RIOSUCIO

ARCHIVO DE GUÁTICA

ARCHIVO DE ALFREDO CARDONA

ARCHIVO DE LA FAMILIA TONUZCO.