lunes, 13 de agosto de 2018

DIEZ DE MAYO DE 1957 EN PEREIRA


ASÍ SE VIVIÓ LA CAÍDA DE ROJAS PINILLA

Publicado 31/05/2015- Diario del Otún



Por la tarde de aquel ocho de mayo resolvimos visitar la familia de mi esposa, la que habitaba en la carrera novena con calle trece. Cuando salimos a la calle la alarma cundía. Una manifestación presidida por el señor Alcalde, un hombre de apellido Arias que no era de Pereira, se llevaba a cabo en la plaza de Bolívar. Que gritaban, vociferaban e insultaban, era lo que se decía. Sin embargo nosotros nos trasladamos a la casa de los familiares de la mujer.





Estábamos allí a las seis de la tarde cuando vimos que la gente corría en todas direcciones. Nos apresuramos a dejar la visita para trasladarnos a la casa de habitación. Cuando estuvimos a la altura de la calle once con la carrera diez, se nos atravesó un vehículo lleno de gente del gobierno. Un mandarín saltó a tierra y lo siguieron varios chulavitas.





Nos gritaron el ¡alto! de rigor, tomaron a uno de los dos hijos que nos acompañaba y lo subieron al carro. La madre protestó, entonces el mandarín, bajando una ametralladora que tenía ensartada en el hombro izquierdo, se la puso a mi mujer en el pecho, insultándola soezmente. El marido de la tía de Aura que llegó en ese momento, y yo, nos apresuramos a protestar, manifestando que nada estábamos haciendo, pero los chulavitas nos dieron de culata. El vehículo de la fuerza pública, lleno de jóvenes, entre ellos el hijo mío, se perdió por la calle diez, doblando por la carrera octava y nosotros nos fuimos malferidos para el subterráneo que nos estaba sirviendo de abrigo.

Preguntas
¿Por qué se habían llevado el muchacho, si nada tenía que ver con los acontecimientos, ya que no sabíamos cuáles habían sido? La respuesta la conseguí después. Los que más le estaban haciendo repulsa al gobierno, eran los estudiantes. Cuando los de la manifestación estaban en la plaza, los estudiantes irrumpieron por las cuatro esquinas, gritando mueras a Rojas Pinilla y a su dictadura.

Entonces la fuerza pública salió tras ellos y a los que pudo alcanzar los llevó a los calabozos de sus cuarteles. Como el hijo mío estaba en la edad de estudiante, creyeron que este había tomado parte y era uno de los que habían irrumpido por las cuatro esquinas de la plaza gritando abajo el gobierno. Por eso lo tomaron y lo llevaron. El caso ya no tenía remedio. El vehículo de los chulavitas nos había atropellado pero era inútil protestar, pues no había más autoridad que ellos.

Aquella noche fue la incertidumbre, ya que nada volvimos a saber del séptimo hijo de la partida, cuya edad fluctuaba entre los diez y siete y los diez y ocho años. El nueve, por la mañana fui hasta las inspecciones de permanencia y hasta los cuarteles de la policía y el ejército y allí nadie dio razón del paradero del muchacho.

(...) ¿Cómo fue la noche de aquella redada de muchachos que trasladaron hasta los cuarteles de la policía nacional? Dizque cuando los bajaron de los carros de prisiones los metieron a los empujones hasta un patio cementado. Allí los desnudaron a todos y llenaron el lugar de agua para que no se pudieran sentar siquiera los cautivos. Todos tuvieron que sostenerse de pies la noche entera y el día siguiente. Por la mañana empezaron a soltar de uno en uno, con tan mala suerte para el hijo mío que no le llegó el turno en las horas de la mañana ni en las horas de la tarde. En aquel cuartel, temblando de frío de la noche, por la desnudez y por el agua regada en el piso, hubo de pasar mi séptimo hijo la noche y el día de aquel nueve de mayo de mil novecientos cincuenta y siete, sin alimento y sin juntar las pestañas en un rincón del patio del cuartel de la policía nacional.

En la ducha

Ya con el hijo en nuestro hogar, aquel día nos acostamos temprano, después de comentar los acontecimientos. La tranquilidad hizo que nos quedáramos dormidos casi inmediatamente. A las cinco de la mañana puse los pies en tierra, me trasladé al baño y me preparaba a recibir una ducha.

Estaba dentro del chorro cuando, en un radio receptor de la vecindad se oyó la tremenda noticia: “acaba de caer el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla”. Yo había sentido placeres en el camino de la vida pero, indudablemente, ¡igual a este, nunca! Sin acordarme que estaba sin ropas que cubrieran mi cuerpo, salí del baño, pasé frente a las alcobas donde dormía la familia y trepé por unas escaleras de madera que conducían a la calle y cuando iba llegando a la puerta de salida, recordé que marchaba en semejante situación. ¡Era tanta la emoción y la alegría! Volví al baño, me vestí y salí de nuevo. Cuando me asomé al umbral de la puerta bajaban del barrio “Berlín” unas veinte personas con una bandera roja que hacían tremolar a fuerzas de batirla contra el viento. A ellos me uní inmediatamente.

De aquí en adelante no hubo boca calle por donde no brotara público entusiasmado, tanto, que cuando llegamos al parque de “La Libertad” las gentes ocupaban más de una cuadra. Continuamos a la plaza de “Bolívar”, siempre vitoreando, en donde ya los ciudadanos no cabían. Por las cuatro esquinas brotaban gentes enloquecidas, brincando, bailando y gritando abajos a la dictadura del general derrocado. A poco se organizó un desfile de vehículos. Esto era la locura manifestada en todo el pueblo. Los vehículos subían y bajaban por las carreras de manera ininterrumpida y las gentes gritaban, se reían, lloraban y vociferaban de contentas. La soldadesca no aparecía por parte alguna. Menos la policía chulavita ni los áulicos de los pueblos del occidente que vivían listos al ataque en represalias contra los que no iban con el gobierno.

El señor Alcalde, con sus secretarios, desapareció de la escena. El café “París”, donde se reunían los “pájaros” venidos del occidente de Caldas y del Valle, se encontraba cerrado. Las gentes enloquecidas bajaban hasta la cuarenta y uno, daban la vuelta por la Avenida “Treinta de Agosto” y por la diez y nueve volvían a la plaza de “Bolívar”. Otras subían hasta el parque de “La Libertad”, bajaban al Lago Uribe Uribe y en este ajetreo permanecieron hasta el amanecer del once.


domingo, 12 de agosto de 2018

EL PARO DEL 11 DE OCTUBRE DE 1982 EN RIOSUCIO- CALDAS-


Alfredo Cardona Tobón
 

El alza inconsulta de las tarifas de energía eléctrica movilizaron en protesta a la comunidad riosuceña. Fue una situación mal manejada por la policía y por los dirigentes del paro  a la cual tuvo que hacer frente Amparito  Velásquez una noble dama que por entonces era la alcaldesa del municipio.

Con voz quebrada por la pena Amparo se dirigió a la prensa bogotana para dar parte de los acontecimientos y con energía comunicó al presidente Belisario Betancur los abusos contra su gente.

En  el periódico  “El Pais” de Cali apareció el siguiente artículo, que en gruesos trazos nos pone al corriente de los sucedido ese once de octubre de 1982:

“Tres muertos y 13 heridos era esta tarde el saldo de las refriegas callejeras entre activistas de un paro cívico y la policía.

La alcaldesa del municipio, Amparo Velásquez Betancur, dijo estar de parte de los promotores del paro y acusó a la Central Hidroeléctrica de Caldas- CHEC- de haber reajustado las tarifas en forma inconsulta.

“ Frénese Amparito”, dijo la alcaldesa que le había solicitado el presidente Betancur en conversación telefónica  que sostuvo con él hoy.

El comandante de la policía, capitán Alirio Vélez, resultó herido y se había refugiado en las oficinas de Telecom.

MUERTOS Y HERIDOS

De un disparo causado por arma de fuego (revolver)  murió esta tarde el minero Julio César Bañol de 28 años de edad, quien recibió la herida en la frente.  Una cuadra más adelante cayó abatido por las balas Julio Alberto Trejos. Esta mañana había  resultado muerto de un tiro, a la altura de la garganta, Henry Estrada, conductor de la Flota Occidental y activista del paro cívico.

La situación de orden público en Riosucio se halla visiblemente afectada. Pese a la llegada de un piquete de 50 policías,  600 estudiantes del Instituto  Nacional “Los Fundadores” persisten en su empeño de tomarse el cuartel central de la policía.

Se sabe de 13 heridos, entre ellos  dos agentes  de la policía, pero según informes extraoficiales, hay numerosas personas que no han acudido al Hospital San Juan de Dios sino que han preferido ir a sus casas para que sus familiares les hagan las curaciones.

ALZAS EN LAS TARIFAS

El malestar en Riosucio se originó  por las recientes alzas en  las tarifas de la energía eléctrica por parte de la CHEC.

Una patrulla  del ejército, llegó a las once horas a Riosucio y abandonó la municipalidad a las cuatro de la tarde.  Inmediatamente la turba se enfrentó a piedra con la policía, cuyas unidades utilizaron gases lacrimógenos para dispersarla. En esos momentos  se presentaron violentos enfrentamientos.

La alcaldesa Amparo Velásquez implantó la ley seca y tenía listo un decreto que establecía el toque de queda, lo que se considera un hecho.

EL COMIENZO

El  Comité Cívico constituído especialmente para promover el movimiento  madrugó a bloquear la vía y suspender las comunicaciones viales de Riosucio con el resto del país.  Una patrulla de la policía intentó en vano persuadir a los manifestantes para que levantaran las barricadas, pero les respondieron a piedra.

En confusos hechos que aún no  han alcanzado a esclarecer plenamente las autoridades, resultó muerto un conductor de la Flota Occidental,  Henry  Estrada, uno  de los principales activistas del movimiento.  La victima presentaba varios impactos causados con arma de fuego que le interesaron órganos vitales.

SIN LUZ

El municipio de Riosucio se encuentra desde  la noche   del domingo sin el servicio del fluido eléctrico. Las autoridades informaron que al anochecer del domingo estalló  un petardo  de alto poder explosivo en un transformador de redes de conducción entre el municipio  de Risaralda y la población de Riosucio.

A consecuencia  de la explosión, la municipalidad quedó a oscuras y mientras los directivos de la CHEC sindican directamente a los promotores del paro, el dirigente Eduardo Quintero denunció  la presencia de “ gentes ajenas al movimiento que quieren ganancia de pescadores en rio revuelto.”

La CHEC  destacó inmediatamente una cuadrilla de trabajadores que hacen ingentes esfuerzos en  procura de la reconexión eléctrica.

Luego de que los protagonistas  del paro  fueron obligados por la policía a retirarse  delas barricadas que levantaron sobre la carretera,  se formaron turbas enardecidas en la calle séptima, la principal de Riosucio. La policía intentó  retirarlos pero se presentaron sangrientos enfrentamientos.

EXIGENCIAS

El dirigente Eduardo Quintero, cabeza visible del paro cívico condensó las exigencias que se vienen formulando para garantizar el rápido establecimiento de la tranquilidad ciudadana;

- Rebaja inmediata de las tarifas eléctricas

-Libertad de los manifestantes detenidos en Riosucio  y Supía.

- Reinstalación del servicio de energía interrumpido en Riosucio.

EN SUPÍA

El paro se extendió a Supía.  La situación  allí  transcurrió  en medio de  completa calma.  Sin embargo  el  presidente del Comité del paro en Supía, Carlos Silvio Maya,  fue retenido por la policía.

LOS HERIDOS

La lista oficial de heridos es la siguiente: Capitán Alirio Vélez,  Lia Taborda,  Nidia Trejos de M, Aldemar Becerra, Jaime Agudelo,  Carmen Lia Suarez,  Alba Luz Zapata, Cecilia Betancur, José Reyes y una menor sin identificar. Fue incendiado el vehículo del médico Augusto Gartner y apedrearon una tractomula.

TESTIMONIO  DEL SACERDOTE JAVIER ESCOBAR, PÁRROCO DE SAN SEBASTIAN.

“ El capitán Vélez provocó la ira de la gente, que actuaba pacíficamente al proceder violentamente contra ellas para hacer que reabrieran la carretera central que estaba taponada por el paro cívico.

El oficial mantuvo su actitud de violencia contra el público que continuaba apedreando  la policía, hasta cuando fue herido por una piedra.  Entonces se enfureció y disparó contra un joven, matándolo, cosa que hizo enfurecer a la gente, debiendo el oficial esconderse en las oficinas de Telecom para salvar su vida.

… los policías debieron correr y disparar para salvar sus vidas. Al llegar al cuartel en la misma calle de la iglesia de San Sebastián, en el centro de Riosucio, la policía mató a otro civil.

Después persiguieron a otro, a un campesino, lo persiguieron,  lo vimos perfectamente desde aquí, frente a la casa cural, a una cuadra del templo parroquial y también lo mataron…. “