viernes, 30 de junio de 2017

LA LEYENDA DE ITAURÍ


- EL PASADO DE PUEBLO RICO- RIS

Alfredo Cardona Tobón*



 

Por las laderas del Océano Pacífico se desliza un arroyo que va recogiendo torrentes hasta convertirse en el caudaloso río Tatamá. Con ese nombre no solo se conocen los imponentes picachos que continúan guardando secretos y el río que da sus aguas al San Juan, sino también una aguerrida tribu que a principios de la época colonial enfrentó a los españoles y acabó con la avanzada del conquistador Buen de Sancho.

La palabra Tatamá se encuentra profusamente en la difusa historia de la región del Chamí. En el siglo XVI los españoles fundaron un caserío en un valle estrecho a orillas del río Tatamá, atraídos por las riquezas fabulosas que creían sepultadas en las tumbas y en el fondo de las ciénagas de la región.  Era un territorio hostil poblado por nativos belicosos que durante dos siglos hicieron frente a los conquistadores

Esa aldea llamada San Antonio del Tatamá vivió de las explotaciones mineras en un entorno húmedo y arropado bajo el palio de enormes arboledas. Un escrito en la peana de un crucifijo, venerado en la iglesia de Pueblo Rico hasta muy entrado el siglo XX, confirma la existencia de Tatamá: “Soy donado- decía el escrito-   a esta santa iglesia por D. Joaquín Álvarez del Pino- Tatamá 7 de 1816-“(sic).

A falta de cronistas que hubieran registrado a Tatamá, el testimonio descrito es uno de los tantos que  dan cuenta de la existencia de esa  aldea, que sirvió de escala para llegar al Arrastradero de San Pablo, un  istmo entre los ríos San Juan y el Atrato que comunicaba a los océanos Atlántico y Pacífico.

El ingeniero francés Jorge Brisson y otros exploradores hablan de San Antonio de Tatamá y también las anotaciones de los religiosos franciscanos.  El poblado vegetó durante siglos y a mediados del XIX desapareció al incendiarse en una de las guerras civiles que sacudieron la región. Con la llegada de los antioqueños se perdieron casi toda la historia y las leyendas del territorio aledaño al cerro y al río Tatamá; sin embargo el padre Marco Antonio Tobón Tobón, cura de Pueblo Rico a principios del siglo XX, alcanzó a recoger algunos testimonios de los antiguos habitantes de la zona, antes que se contaminara la cultura de los negros y de los indios.

Unos ancianos chamíes dijeron al padre Marco Antonio Tobón que mucho tiempo atrás, cuando se obedecía al rey y los blancos iban y venían del cielo, los brujos y jaibanás vieron en el humo de las hogueras señales de un peligro inminente. Ante tales circunstancias los vecinos de la aldea de Tatamá se atemorizaron con los torrentosos aguaceros; los vientos que venían del océano los llenaron de pánico al igual que el rugido de las fieras, los rayos y las cerradas sombras de la noche.

Los meses pasaron   sin que se presentara alguna tragedia; pero una tarde neblinosa, estando descuidados y tranquilos los blancos españoles, los esclavos negros y los indios catequizados que vivían en Tatamá, se oyó la algarabía de centenares de indígenas feroces que en alud incontenible se abalanzaron sobre la aldea como una manga de langosta destruyendo todo a su paso.

La mortandad fue espantosa y mientras los españoles echaban mano a sus armas para defenderse, los esclavos se internaron en los montes y los nativos catequizados que servían a los blancos abandonaron el caserío en estampida. De improviso, en la misma forma como llegaron, los salvajes zitarabiráes acallaron sus gritos y como sombras se perdieron entre el follaje.

En medio de la confusión y la algazara uno de los nativos que servía en la misión, entró a la capilla a pedir auxilio al Altísimo; en medio de sus ruegos levantó la vista y vio la imagen del patrono San Antonio que parecía brindarle su protección. Conmovido, se olvidó del peligro, bajó la imagen de su pedestal y con él a cuestas cruzó en medio de los salvajes que no lo vieron pasar, y corrió y corrió hasta una cueva en lo más profundo de la montaña, donde cubrió a San Antonio con  hojas de palma  y  hojarasca para que no la descubrieran los zitarabiráes.

Pasaron los meses, poco a poco el viento y el agua descubrieron la cara y las manos de la imagen que con su lividez parecía un ser de ultramundo en medio de las rocas; de día reflejaba los rayos del sol y en las noches los rayos de la luna destellaban como salidos de una aterradora visión.

La noticia de la aparición de un fantasma por los rumbos de Tatamá, corrió por la región y los nativos llenos de pavor, por nada del mundo osaban acercarse a la cueva donde estaba la imagen; desde entonces fue un sitio prohibido que   llamaron   Etaurí  o cueva del demonio.

 Años más tarde- cuenta la leyenda- el indio que escondió la imagen de San Antonio quiso rescatarla y a escondidas de los brujos de su tribu en una noche cerrada fijó rumbo hacia Etaurï Con sigilo lo libró del musgo y de la lama, lo envolvió en un costal y con enormes precauciones lo entregó a su amo español, quien después de organizarlo lo   llevó a la iglesia de San Juan del Chamí, donde lo veneraron por mucho tiempo

El paraje de Etaurí, llamado Itaurí por los paisas, es hoy un plan cubierto de guaduales y montes seculares, sin rastros de la fundación española, pero, según narra el padre Marco Antonio Tobón en sus “Bosquejos”, en el año 1923 aún se veían tramos de calles empedradas, cimientos del antiguo asentamiento y algunos naranjos y limoneros, vestigios de la antigua aldea.