domingo, 15 de enero de 2017

MARTÍN MARTINEZ Y LA QUEBRADA EL CHOCHO


Alfredo Cardona Tobón



La quebrada El Chocho es el eje de la vereda  Mundo Nuevo, nace en la vereda que tiene su nombre y desemboca en el río Consota, cerca al salado y  a los yacimientos cupríferos de la zona.

Estas notas  tomadas de una entrevista con Luis Ángel Cardona nos dan una visión de ese pequeño afluente, cuyos charcos en 1950 eran transparentes y limpios y llenos de  sabaletas y capitanes:

A fines de 1949 la violencia desatada en el occidente del Viejo Caldas  sacó a  Martín Martínez y a Ramón Salazar de su finca en la vereda La Pielroja del municipio de Risaralda y los obligó a establecerse en la vereda  Mundo Nuevo en proximidades de la ciudad de Pereira.

Martín, en asocio con su cuñado Ramón, compró una finca aledaña a la quebrada El Chocho, sembrada de café y plátano. Los cafetales de variedad Borbón  florecían bajo un  dosel de guamos y el suelo estaba cubierto de una tupida hojarasca que impedía el crecimiento de la maleza y mantenía fresco el suelo.

Como ninfas salidas de un cuento de hadas, por los senderos aledaños a las casas de Martín y de Ramón revoloteaban sus tres hijas: Ester, Raquel y  Flor  con sus batas anchas de colorines  y sus cabellos  flotando con el viento.

En  medio de los cafetales  de  las variedades Borbón y Pajarito  aparecían  palos de  mandarino,  de zapote, churimos, mangos,  aguacates… siempre llenos de fruta, junto con los arbustos de dulumocas en los bordes del camino, que daban para el consumo y para  los pájaros, que en bandadas se acomodaban en sus ramas, para alimentar las legiones de ardillas y a uno que otro gurre y oso hormiguero que deambulaban por las noches sin el peligro de los cazadores.

Las dos casas principales unas amarilla y la otra pintada de verde  se destacaban al  pie de la carretera de la vereda y por la loma reptaba un camino hasta la quebrada El Chocho, que bramaba como un río en las noches de tormenta. En una vaguita despejada empezaba la playa del Chocho, la mejor playa del mundo, con  unos naranjeros tan especiales,  que se  aseguraba que no había otros  con  frutas  tan dulces y jugosas en todas las fincas del corregimiento  La Bella.                        

En una peña musgosa tenían casa unos barranqueros. Una piedra servía de trampolín y una pequeña cascada llenaba el charco de espumas y creaba decenas de arcos iris cuando los rayos de sol traspasaban las ramas de los  carboneros que cubrían  las orillas de la quebrada.

Con Martín Martínez llegó el liberalismo hirsuto y comecuras a  Mundo Nuevo de huida del fanatismo asesino azuzado por Alzate Avendaño;  Martín se instaló en Mundo Nuevo  con la peonada de La Pielroja; no podía dejarlos a merced del “Celoso” y demás pájaros del municipio de Risaralda, eran los compadres y vecinos que le ayudaron a tumbar monte, le acompañaron en las elecciones y, como fieles escuderos, muchas veces lo apoyaron cuando  se puso de ruana el barrio de tolerancia del pequeño pueblo.

Martín levantó varios ranchos  en la finca de Mundo Nuevo para albergar a sus trabajadores y  con ellos  estableció uno de los más  sólidos fortines de Camilo Mejía Duque en la zona rural de Pereira.

 Con guamos que todo lo arropaban no crecía  rastrojo en la finca y el humus de sus hojas era suficiente para abonar los cafetales,  por eso quedaba tiempo para arreglar las cunetas y tapar los huecos de la carretera y para  asistir a las concentraciones políticas que Camilo Mejía Duque organizaba en las veredas de La Bella.. En todas ellas estaban Martín Martínez, su cuñado Ramón Salazar, su esposa doña Rosadelfa, los trabajadores, la cocinera, los arrimados de turno y las tres muchachas de la casa, que eran el mayor adorno con sus faldas amplias  y sus moños rojos.

Como a miles de familias colombianas, la violencia que arreció a partir del año 1947 sacudió el hogar de Luis Ángel Cardona Salazar. De tal forma  que desplazado de su terruño y sin un lugar adonde ir  buscó cobijo con sus dos hijos mayores en la finca de  Martín Martínez en  diciembre de  1949


Sin  fuerzas para coger café y cargar bultos, pues apenas tenían siete y ocho años, los dos muchachitos de Luis Ángel  se dedicaron a perseguir conejos, a tirar cauchera y a zambullirse en los charcos del Chocho.  Oscar y Alfredo se convirtieron en parte del Chocho, pues desde las primeras horas, lloviera o hiciera sol,  bajaban al charco de la quebrada, se sumergían en los pequeños remolinos y como peces permanecían en las aguas hasta que caía la tarde, a veces sin almorzar, pues para eso estaba el palo de aguacate  y las dulces naranjas de la vaguita cercana.

Un anciano de la vecindad les enseñó a pescar sabaletas y  con ellas  conquistaron a la tía Rosadelfa  que mermó el tono a los regaños cuando llegaban tarde a los  rosarios vespertinos, que indefectiblemente, sin importar el día de la semana, se rezaban en el vasto corredor de la casona  cuyos  fervientes dueños no aceptaban que ser liberal colombiano era pecado como aseguraba  San Ezequiel Moreno en sus prédicas a los pastusos.

 La cosecha de sabaletas y capitanes fue próspera hasta el día que Oscar y su hermano vieron bajar tendales de peces envenenados con barbasco arrastrados por la corriente de la quebrada; no olvido- dice Oscar-  el vano intento para reanimar a los que se quedaban enredados en las orillas.” Alguien dijo que los orines eran el remedio y para ello utilizamos hasta la última gota”-

.Así empezaron a quedar solas las aguas del Chocho. El  daño que no hicieron los nativos ni los  primeros colonos lo hicieron  unos forasteros que llegaron a Mundo Nuevo con el barbasco y con los tacos de dinamita que esos vándalos  hacían estallar en los charcos para reventar y hacer flotar los peces.

 

 



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