lunes, 10 de diciembre de 2012

UN CUENTO DE NAVIDAD

UN MILAGRO EN  MOROCONGO

Alfredo Cardona Tobón *


En un rancho pajizo, en el camino al caserío de Dulce Nombre, la luz de una vela alumbraba tenuemente la habitación de piso en cemento donde yacía un niño de tres años sobre una cama de guadua. Al lado velaba la mamá, una campesina de  veinte años, que veía con dolor cómo se agotaba la vida de su hijo en la carita cobriza renegrida por  la fiebre y en los labios resquebrajados por la deshidratación.
Las yerbas y las infusiones del curandero y las inyecciones y las recetas del médico rural no habían cortado la enfermedad… Andresito se  moría sin que San Judas o la Virgen de Fátima escucharan las súplicas y los ruegos.
En la Navidad que se acercaba ni festones de iraca ni palomas de maguey engalanaban las chambranas del corredor; con la enfermedad del pequeño  nadie pensaba en pesebres,  en natilla  o en buñuelos en esa “gurrera”  incrustada en las estribaciones de la cordillera central.
En medio del trasnocho llegó el veintitrés de diciembre y a medida que el día avanzaba los vecinos guardaron la alegría navideña y  se acercaron cabizbajos a donde los Arango Botero, presintiendo que jamás volverían a oír las risas  del pequeñín.
Con los últimos rayos de sol, un anciano de color cetrino llegó a la vivienda campesina y se sentó en un tosco butaco del corredor. La piel del viejo  parecía pegada a los huesos y era tan arrugada que semejaba una momia salida de un sarcófago Nadie conocía al forastero… nunca se había visto  por los contornos. Se supuso que era uno de esos personajes errabundos perdidos en la inmensidad de la montaña, o un curandero jaibaná, o un brujo en busca de la fórmula mágica para obtener oro que, según las leyendas lugareñas,  los indios habían tallado en una roca que brotaba de las entrañas de la tierra en las noches de  luna llena.
La abuela de Andresito se acercó al anciano y oyó sus rezos pasito, casi en murmullos, en un idioma desconocido. Se notaba sufrimiento en su rostro, el dolor se veía en el ceño fruncido y en la mirada perdida. La agonía del niño y  la angustia de los labriegos estaban reviviendo la tragedia que llevaba al viejo en tránsito de un lado al otro del mundo: recordó que dos mil años atrás era Eliud,  un gallardo centurión  de las milicias judías que por orden del rey Herodes había asesinado a centenares de primogénitos hebreos. Desde entonces, al igual que el resto de los verdugos, recorría los caminos del mundo como alma en pena, sin sosiego ni el lenitivo de la muerte,  sintiendo la continua mortificación por el crimen.
Eliud navegó en barcos vikingos, en galeones españoles … en juncos chinos, conoció a Santa Sofía en Constantinopla, vio el cadáver del Cid cabalgando en Babieca, acompañó a los soldados tejanos en la batalla del Álamo, aprendió a cargar camellos en el Sahara, ordeñó yaks en Mongolia y talló  maderos sagrados en la Polinesia.
Eliud esperó que dejaran al niño solo y como una sombra se acercó  al lecho y tendió un raído poncho a los pies del  enfermito, sin dejar de musitar los  rezos en la misteriosa lengua. Después, el  esquelético visitante abandonó el rancho campesino y se perdió entre el tenue resplandor de la luna  menguante.
Cuando la abuela se acercó con  un trapo mojado para atenuar el fogaje de la fiebre notó que el niño no tenía calentura y respiraba normalmente, asombrada y sin dar crédito al prodigio acercó la vela al nieto y Andresito con voz adormilada abrió los ojos y le pidió un poquito de  aguapanela.
Ese veinticuatro de diciembre fue el mejor día de todos, la fecha más feliz de la familia Arango Botero. El chiquitín se había recuperado milagrosamente, como un regalo del Niño Dios. La alegría inundó la vereda. En el rancho se improvisó un pesebre con musgos y quiches, se desempolvó a San José y a la Virgen y  festones de iraca y las palomas de maguey volvieron a ocupar su sitio en los barandales de chonto.
La abuela encontró el poncho raído de Eliud al tender la cama de niño. Y recordó al  viejito medio loco que no le recibió la totuma de agua y que llegó y se fue sin saludar ni despedirse.
El milenario centurión de Herodes continuó su marcha sin rumbo fijo… En la cuesta del Morocongo se topó con una recua de mulas y con figura de arriero se unió a la partida. Eliud no sintió el sol candente, ni la hosquedad de la montaña. Seguía adelante en busca de un caminante herido, o de otro niño enfermo como en la vereda de Dulce Nombre, pues con el don de sanación que Dios le había dado junto con su castigo, le faltaba muy poco para saldar su deuda.

domingo, 9 de diciembre de 2012

LA TRAGEDIA DE ABOCOL EN CARTAGENA


EN LAS  PUERTAS DEL INFIERNO
Alfredo Cardona Tobón
 
 
LA TRAGEDIA DE ABOCOL DEL 8 DE DICIEMBRE DE 1977


Como esa tragedia no debe olvidarse, porque sus secuelas aún se sienten en lo social en Cartagena y en lo económico en Colombia, es conveniente recordar los sucesos de hace 35 años, para que alguien los conserve pues seguramente serán borrados por gente interesada en echar tierra a la tragedia.
Ese ocho de diciembre, a las nueve y media de la noche una explosión sacudió a Cartagena; nubes letales de amoníaco se esparcieron por el sector de Mamonal  amenazando al caserío de Pasacaballos y dejando como saldo la destrucción ce la Planta de Úrea de la empresa Abocol , la muerte de 22 operarios y decenas de heridos, uno de ellos ciego por los productos qumicos y otros con lesiones de por vida.
Por ese entonces yo era Superintendente de Mecánica de Abocol, con  apenas seis meses de antiguedad en  la empresa y el convencimiento de haber hecho un mal cambio, al pasar de Cementos Samper en Bogotá a una Compañía manejada por un negrero que trataba a la gente a las patadas.
La tragedia me impactó muchisimo, sobre todo porque la desgracia pudo haberse evitado, pues contra todo criterio sano, el gerente ordenó la reparación de un equipo que estaba desde meses atrás a la intemperie y contrató los servicios de un tecnico gringo que con un soldador de Barranquilla, retiró la cubierta interior de plomo y volvió a recubrirlo con soldadura de ese metal, sin suficientes  elementos de seguridad y sin que se atendieran las normas internacionales para ese tipo de reparaciones.
Para situarnos en el tiempo y lugar volvamos un poco  atrás de esa luctuosa fecha:
Diciembre 1 de 1977
Fue un día soleado como la mayoría del tiempo  en Cartagena. Desde la Planta de Fertilizantes  Compuestos se veía el muelle donde se descargaba materia  prima y se embarcaban abonos. A distancia. se escuchaban las voces de los estibadores  y se podía observar al soldador mulato que terminaba, en medio de los mortíferos humos,  la reconstrucción de la cubierta de plomo  del reactor de urea.
Uno piensa ahora que el departamento de Seguridad de la Empresa debia haber suspendido esa labor riesgosa, pero en esos momentos la presiòn era mucha pues por falta del segundo reactor de úrea se estaban perdiendo centenares de millones de pesos cada día .
Diciembre 3
En el  cielo despejado se veía el vuelo rasante de las gaviotas y las zambullidas impecables de los alcatraces. A eso de las diez de la mañana un matorral flotante llegó al muelle con una culebra enroscada en un madero podrido, hubo un gran  alboroto de los trabajadores tratando de matar al bicho mientras al lado de la Planta de Úrea una grúa levantaba el reactor recién reparado y lo ubicaba  cerca del otro reactor de titanio en la planta de urea, que por cierto era la única en Colombia.
Diciembre 5
 Una vez instalado el reactor de plomo y terminadas las instalaciones, como a las dos de la tarde se selló la torre y empezaron las pruebas de presión: Primero se inyectó  agua lentamente y se alcanzó la presión de prueba de acuerdo con los protocolos internacionales… Todo parecía normal,  los circuitos respondieron, el equipo estaba listo para empezara a operar, salvo por una caída momentánea de presión que se atribuyó a un problema menor en un manómetro.
Diciembre 6
Después  de seis meses ininterrumpidos de trabajo sin festivos ni dominicales libres, visité un cementerio donde reposaban los huesos de familias inglesas que perecieron, víctimas del candente  trópico,. durante la construcción de un  ferrocarril  que nunca se puso en servicio y conocí un sitio extraordinario con pequeños volcanes de lodo.
Ya casi estaba listo el reactor de plomo y el resto de Abocol  funcionaba como un relojito sin que se hubiera presentado un accidente en los últimos tres años.
Diciembre 8
Ese día celebraba mi hija mayor su primera comunión. La acompañé a la catedral y a eso de las diez de la mañana me dirigí a Mamonal a supervisar la puesta en marcha de una caldera y a ver cómo se iniciaba la operación del reactor recién instalado. Todo estaba bien, la producción de úrea volvía a los niveles esperados y , por el escaso  tiempo en la empresa, hubiera tomado  las riendas técnicas de Amocar y la Planta dë Urea que continuaban bajo el control de los veteranos.
ME  SALVÉ DE MILAGRO
Mi intención era esperar el turno de la noche  para dar algunas instrucciones al personal de mecánicos, pero mi hija mayor estaba en una finca de Turbana celebrando la primera comunión de una amiguita y como el carro de mi esposa falló, y no pudo conseguir un vehiculo pues los choferes de Turbaco estaban de fiesta,  tuve la imperiosa necesidad de dejar la planta de Abocol y viajara a recoger a mi hija
A  las nueve y cuarto de la noche, cuando me acercaba a Turbana,  un ruido sordo retumbó en los montes  aledaños, pensé en muchas cosas, menos en una explosión en la empresa. No  había apurado el trago de ron blanco que me ofrecieron cuando me llamaron por  el radioteléfono móvil para avisarme de la explosión de la Planta de Úrea  y la necesidad de bomberos y ambulancias para socorrer a las víctimas.
De inmediato me comuniqué con Termocartagena para que aislaran el circuito y evitar más tragedias con las líneas de alta tensión y llamé a Bomberos, clínicas y Defensa Civil y me dirigí a toda velocidad a la planta de Abocol. con el presentimiento de la explosión de una caldera que había acabado de poner en servicio y que era, por tanto de absoluta responsabilidad mia.
.DESAPARECE  LA  PLANTA DE ÚREA
¡Hubo una explosión- .Hay muertos y heridos, todo Abocol está ardiendo, esto es un infierno¡
Como un bólido repase el trayecto hasta Mamonal;  era tal mi desasosiego que olvidé la falta de un puente al frente a al Planta de Soda  al que en días anteriores remplazaron por dos canales metálicos de seis pulgadas. De repente me encontré con el boquete y aceleré , las dos ruedas izquierdas quedaron  sobre una canaleta y las derechas en  el aire; con el impulso el campero voló y alcance la otra orilla, en ese momento no sentí susto sino rabia, pensé que si me había librado de la explosión era ridículo morir en ese maldito hoyo..
LA ANTESALA DEL INFIERNO
El viento soplaba en dirección a la aldea de Pasacaballos a  pocos  kilómetros de Abocol; sus habitantes celebraban en un fandango la fiesta de la Virgen. Al escuchar la explosión  la música cesó y  todos vieron con temor una nube negra que se recortaba con la luz de la luna,  pronto sintieron el olor a amoníaco y la asfixia  empezó a afectar a los ancianos y a los niños.
La  nube mortífera se aproximaba al caserío con toda su estela de  destrucción pero Dios  protegió a los vecinos al cambiar el viento que siguió con la carga fatal de amónico hacia mar abierto. En Abocol la visión  era dantesca:  hierros retorcidos por todos lados ;  fumarolas de gases que brillaban con la luz de las linternas y un vaho de desolación, dolor e impotencia. 
Con una máscara especial  llegué hasta los escombros del cuarto de control, seguí a mi oficina donde estaba incrustada la cabeza  del reactor y continué la ronda entre los destrozos . En medio de la oscuridad ubiqué´elgunos cadáveres que se deshacían como gelatinas cuando quería levantarlos, mis uñas y mis dedos se cubrieron de una sustancia viscosa que  posteriormente solo pude retirar con piedra pómez y cuyo olor a muerto se me  pegó a la piel por varios días.
TERRIBLE EXPERIENCIA
Contabilizamos 22 muertos y según datos de la Defensa Civil en los hospitales y clínicas de Cartagena se atendieron 24 heridos y 37 personas con sintomas de asfixia, entre ellos varios niños de  Pasacaballos

Ningún investigador  de las aseguradoras me preguntó sobre el accidente y que yo sepa, no entrevistaron a los mecánicos y a los obreros sobrevivientes, tampoco tengo noticias de que se hayan publicado  resultados de investigaciones o establecido las causas del siniestro
 En mi concepto fue la soldadura de plomo  aplicada sobre una superficie oxidada la causante del desastre, pues el carbamato atacó la  parte débil y colapsó el equipo, también  pudo  contribuir la fatiga del metal, pues el cilindro de acero inoxidable sobre el cual se aplicó el plomo  llevaba muchos años de operación y un cambio súbito de temperatura pudo  desencadenar  la falla..
9 de diciembre de 1977
En las horas de la tarde del día siguiente, sepultamos  a los 22 compañeros en un cementerio reseco, con flores de plástico y cruces recalentadas por el sol. Añoré el clima fresco de Bogotá  y las flores con abejas de sus camposantos, me hastié de la tiranía del gerente  Manuel Martínez y di vuelta atrás en mis proyectos.
En mi pasado quedó el mar, las gaviotas jugando con las olas y los alcatraces clavándose entre la espuma. y sobre todo el recuerdo de esa gente noble y laboriosa que podría estar viviendo si en vez de reparar un equipo desgastado,  ABOCOL hubiera comprado un reactor moderno.
A pesar de los destrozos y la postración de los sobrevivientes, , a los tres dias de la hecatombe puse a funcionar la Planta de Abonos Compuestos, los trabajadores y empleados en forma admirable siguieron su vida pese a la pena y la ausencia de los amigos perdidos. Por esa gente excepcional  recuerdo este  episodio, que es una muestra más del capitalismo salvaje donde las ganancias priman sobre la vida de las personas.




LISTA DE MUERTOS POR LA EXPLOSIÓN



Alberto Díaz - Alfonso Cantillo- Carlos Barros- Guillermo Rincón- Guillermo Martínez- Gustavo Casasbuenas- Ignacio Babilonia- Ignacio Martínez- José Tinoco- Julio Calazans- Julio Quintana- Luis Magallanes- Luis Ocampo- Luis Simancas- Macario Babilonia- Manuel Gómez- Miguel Reyes- Nelson Babilonia- Nelson Pitalúa-  Ramón Chigullo- Sixto Figueroa- Guillermo Florez.




TESTIMONIOS



Nadya L. Cardona B. ha dejado un nuevo comentario en su entrada "LA EXPLOSIÓN DE LA PLANTA DE ÚREA DE ABOCOL-CARTAGENA..":

"Fui testigo del dolor y todo el proceso que implicó la destrucción de la planta...y sobre todo el sentimiento de todas las familias que llamaron ese mes como "Diciembre negro"...imposible olvidar a mi padre llegando al amanecer deshecho en llanto contando como ayudó a recoger cadáveres...con un "no pude hacer más"...y contando como se tuvo que devolver al quedarse sin oxígeno en su máscara...
Triste fue la imagen que quedó en la niña de ese entonces, viendo como su padre trataba de quitarse sin éxito pedazos de piel adheridos a sus dedos....
Bendito sea el día que por cumplir con su responsabilidad de padre, se salvó de una muerte segura!"



NOTA



Agradezco a los supervivientes el envio de sus impresiones y recuerdos de la tragedia para anexarlos a este artículo. Pueden enviarlos a alcartob@gmail.com  o como comentarios del blog. 




Don Alfredo Cardona, soy Jorge borré.

 

Mi padre laboraba esa noche en el cuarto de controles de la planta,

tengo entendido que la fatiga de metales de un reactor que ya había sido dado en deshuso

fue la causante de la tragedia, acompañado de la irresponsabilidad industrial por parte de

los directivos de la misma.

 

Mi padre Antonio Borré, fue uno de los sobrevivientes que internamente estaba dentro de la planta.

Sufrió graves quemaduras de los pulmones, la vista y estuvo 15 días en coma, todos sus compañeros

murieron.

 

Hace 2 años, falleció a causa de las graves lesiones en su cuerpo, acompañado de un cáncer.

 

Cordial saludo, Sr. Alfredo.

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Alfredo Cardona Tobón <alcartob@gmail.com>
4:49 p. m. (Hace 10 minutos.)
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para Jorge
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Posiblemente el material fatigado junto con una mala soldadura fueron las causas de la tragedia. Yo me inclino a pensar que fue lo primero.

Fue un milagro que tu padre sobreviviera. Yo entré a la zona del desastre a los veinte minutos de la explosión, era un espectáculo dantesco: llamas, carbamato corrosivo, corto circuitos y destrucción total. Fue horrible. La tragedia pudo ser peor si la nube de amoníaco hubiera seguido hacia Pasacaballos. Yo era superintendente de mecánica pero estaba recién entrado a la empresa, estaba en período de inducción, así que no me di cuenta del grave riesgo de poner en servicio un equipo viejísimo que estaba casi entre la chatarra. Por otra parte el gerente era un tal Manuel Martínez, que parecía un dictador y hacía lo que le daba la gana sin contar con los técnicos.

Lamento lo de tu papá. Cordial saludo.

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