miércoles, 5 de diciembre de 2012

LAS NAVIDADES DE ANTAÑO

Alfredo Cardona Tobón



El Papá Noel ha ido invadiendo los dominios del Niño Dios, y al paso que vamos, el pesebre y el nacimiento de Jesús serán una reliquia limitada a las iglesias del catolicismo, pues en los hogares la cultura anglosajona habrá entronizado el consumismo y el derroche sobre la humildad y la esperanza que un día predicó San Francisco de Asís.

En mi lejana niñez tuve la fortuna de salvarme de las carcajadas de Santa Clauss gracias al aislamiento de mi aldea, donde  conocí por  pura casualidad y muy tangencialmente al  viejo barbudo enfundado en el ridículo disfraz rojo.  Recuerdo que a  los seis años de edad descubrí al Papá Noel en unas tarjetas de navidad enviadas desde los Estados Unidos birladas por el telegrafista de la correspondencia de la Misión Evangélica.

Esas tarjetas fueron un  portento, cuando lo único que había hojeado era el Almanaque Bristol y la cartilla Alegría de Leer de mis primos; con ellas se me abrió un mundo de pinos festonados de nieve, extrañas leyendas en alto relieve y un viejo gordo y bonachón  volando entre las nubes.

EL NIÑO DIOS Y EL PAPÁ NOEL

Con la cautela del combatiente que se adentra en el campo enemigo  me aproximé a la casa de la misión protestante en busca de más detalles sobre el personaje del disfraz rojo. Claro que no me arriesgué solo, iba con dos lugartenientes de menor edad, que confiaban plenamente en mi liderazgo y mi valentía. Por entre las guaduas del cerco que rodeaba la casona de los evangélicos, los intrépidos exploradores observamos los corredores profusamente adornados con bastones, estrellas y campanillas. Estábamos tan embelesados que no caímos en cuenta de la aproximación de una señora rubia, de cara bondadosa, cabeza blanca y hablar enredado que nos saludó amablemente y nos invitó a comer pasteles de chocolate.

Pasado el susto pudo más la curiosidad y la promesa de los dulces que el temor que inspiraban los protestantes, en cuyas vecindades, un pichón de cura rezaba  diariamente el rosario a plena voz, dizque para impetrar la ayuda diviena y librar a los evangélicos de las garras del demonio. Ya en confianza Miss Aída nos mostró estampas de la Sagrada Familia y nos contó que Santa Clauss era un viejo bonachón que vivía en el Polo Norte y cada año viajaba sobre un trineo halado por renos para repartir juguetes a todos los niños obedientes y estudiosos.

De regreso a casa contamos la aventura,  papá Luis sonrió y el abuelo Germán, echando chispas por los ojos zarcos, dijo que nos estaban convirtiendo al protestantismo y que había que dejar en  claro que el único que traía regalos era el Niño Dios y  a veces, cuando estaba muy ocupado, le dejaba el encargo del traído a los Reyes Magos.

LOS AGUINALDOS

Además del desplazamiento de Jesús recién nacido y de los magos Melchor, Gaspar y Baltasar por obra y gracia del Papà Noel, las nuevas generaciones están viendo un cambio dramático en los aguinaldos: los inocentes regalos de hace cincuenta años se han convertido, por desgracia,  en un símbolo de estatus  y en un compromiso frustrante para quienes carecen de suficientes recursos económicos.

Antaño no se presentaban las astronómicas diferencias en los obsequios. Existía democracia en los regalos del Niño, pues casi todos eran iguales, cuando más un carrito de madera más grande, una pelota mayor o una muñeca de trapo con más perendengues. Con cualquier “cosita” se manifestaba el cariño y bastaba una bufanda tejida, un juego de vasos de cristal o  unas medias de nylon. Entre los “pollos” y “pollas” los aguinaldos se ganaban en franca lid: Había que darlo cuando no se tenía una pajita en la boca, o por algún motivo, a la orden de estatua,  era imposible quedarse inmóvil. La muchachas se disfrazaban de hombre para entrar a los billares y palmotear en la espalda al desprevenido amigo y ganarse el aguinaldo; se jugaba a preguntar y no contestar, al si y al no y al beso robado, que era la única manera de besar impunemente  a la mujer amada en presencia del suegro.

UN TIEMPO MÁGICO

En el pasado el novenario fue comunitario. En las pequeñas poblaciones  la novena de cada día corría por cuenta de una vereda o un gremio que hacían todo lo posible para quemar los castillos de pólvora más vistosos, sacar al ruedo la  vacaloca  con más chispas, elevar los voladores más luminosos y presentar la banda de música más estrepitosa. El remate era el  24 de diciembre, dia del “estrén” y hasta la tercera década del siglo pasado, la  fecha predilecta  para alargar los pantalones.

¿Las navidades pasadas fueron mejores?- En algunos aspectos sí lo fueron, pues se afianzaba la unión familiar, participaban los niños , imperaba la frugalidad y eran menos vistosas las  desigualdades económicas. En otros aspectos las navidades presentes son positivas, pues con excepición de Antioquia y Nariño, en Colombia se ha limitado notablemente el uso bárbaro de la pólvora y parece que se ha atenuado el consumo exagerado del licor y el cigarrillo.

Las costumbres navideñas han cambiado muchísimo en los últimos cincuenta años. Los modernos equipos de sonido desplazaron  a los conjuntos musicales que iban de casa  en casa alegrando las noches navideñas; se ha perdido la magia de esos días, donde en medio del alboroto se daban los primeros besitos a la novia, se sentían con extraño escozor sus afanados latidos al aprovechar los apretujones en los novenarios y se reafirmaban los lazos de amistad con el intercambio general de los buñuelos y la natilla.

¡Cómo recuerdo las navidades de antaño con el pesebre tallado por el artesando del pueblo, con el Niño Dios y los Reyes Magos, con  los seres queridos que hoy nos miran desde el cielo!

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