domingo, 4 de noviembre de 2012

A LOMO DE INDIO- PERIPECIAS DE MANUEL OLAYA

Alfredo Cardona Tobón *



No sigo más- dijo el riosuceño  Manuel Olaya y se sentó en medio de los troncos podridos de la selva del Chamí. Con los pies hinchados y ulcerados pensó que era preferible haber muerto acribillado en el puente del Pintado o en la emboscada del “Silencio” que acabar así,  tan miserablemente, agobiado  por el cansancio y tragado por las hormigas.

Tras varios días de camino, Olaya era incapaz de sostenerse en pie; había entregado la carabina de dotación  y apoyado en el hombro de su amigo Toribio Anduquia, trataba de seguir el paso a la columna guerrillera que desde el sitio de Mampay dirigían dos baquianos de la tribu Guasarave que señalaban la ruta hacia el Atrato.

Uno de los indios, al ver la situación de Olaya se compadeció y le dijo: “Montar aquí, compadre estar enfermo. Yo llevar por mal camino” y sin esperar su aprobación lo montó sobre sus anchas y sudadas espaldas, silbó al perro esquelético que lo acompañaba, y siguió como si  no llevara carga, esquivando las zarzas, los bejucos y los  alacranes de la inhóspita montaña.

LA COLUMNA REBELDE

Desde el respaldo rocoso del cerro Picará el centinela sopló el cacho de alerta y un sonido bronco congregó  en la plaza del caserío de Bonafont a los sesenta y cinco insurgentes que se dirigían al Chocó a reunirse con las tropas del general Simón Chaux.

A la una de la tarde del 15 de febrero de 1901, un tambor y una corneta despidieron a la columna rebelde en medio de aplausos y de vivas, y tras el discurso de Don Emiliano García, jefe liberal de Riosucio, los  combatientes abandonaron la población y empezaron a trepar por el “Patio de las Brujas”.

En la distancia se fue  perdiendo poco a poco la bandera roja que tremolaba al viento como despidiéndose de una tierra que fue la cuna de los guerrilleros y que arroparía los huesos de unos pocos, cuya vida se perdió en las selvas sin una cruz ni una tumba que recordara su existencia.

Desde el último ataque guerrillero a  la población de Salamina, el gobierno  intensificó la ofensiva contra las bandas rebeldes de Ceferino Murillo, Eduardo Suárez, Juanito Torres, Juan Bautista Alzate y Mariano Flórez. Fue una guerra a muerte entre los conservadores y los rebeldes liberales. Los militares de Salamina, con civiles a sueldo, capturaban a los auxiliadores de la revolución y los cosían a tiros, mientras las tropas gobiernistas de Supía  efectuaban redadas y arreaban a punta de culatazos a los sospechosos hacia  pútridos y atestados calabozos donde los heridos morían agusanados y otros, víctimas del hambre y los malos tratos.

 Los insurgentes de la banda izquierda del río Cauca  pelearon sin apoyo ni recursos; en pocas escaramuzas agotaron las municiones, sin  víveres y con precio por su captura o su muerte, pues eran considerados como bandidos, no les quedó otra alternativa que unirse a las fuerzas regulares del liberalismo resguardadas en las selvas del Chocó, con la esperanza del triunfo de la  revolución o la posibilidad cierta de morir por las armas o víctimas de la naturaleza hostil o de los bichos que infestaban la región.

HACIA EL CHOCÓ

Después de la parada militar en la plaza de Bonafont, los combatientes fijaron rumbo hacia la cordillera; al caer las sombras llegaron  a la cabecera del río del Oro y acamparon en un pequeño valle resguardado del viento. La noche era fría y llovía torrencialmente; los hombres se cubrieron con hojas de rascadera y tiritando de frio compartieron los costales con las escopetas  de fisto y la única carabina que llevaban como armamento. Cuando escampó, los hombres sacaron unos envueltos de maíz que traían en las jíqueras, algún calabazo de chicha y  trozos de panela. Se sentaron en las musgosas piedras y comieron despacio, muy despacio, haciendo rendir la exigua ración, mientras por el oriente los relámpagos dejaban vislumbrar las crestas nevadas del Ruiz y por el occidente la oscuridad cerrada  traía los más fatales augurios.

Al amanecer del 16 de febrero, los rebeldes se escurrieron con sigilo por las lomas del Mismís y al llegar al Alto de Jalisco se descolgaron hacia la pequeña planicie de Mampay donde entre el follaje de las palmeras reales vieron una columna de  humo. Al adentrarse  encontraron, de improviso, un gran tambo indígena parado en zancos sobre la tierra; la edificación tenía más de cincuenta piezas y en cada una de ellas vivía una familia con gente de todas las edades.

Los guerrilleros subieron con cuidado por el tronco que servía de escalera, los nativos los miraron con asombro y miedo sin musitar palabra. Después de unos minutos de silencio el compadre mayor los saludó con gestos hoscos, las indias se resguardaron en los rincones oscuros sin mirar a los  forasteros, la mayoría tenía recién nacidos colgados a la espalda y los muchachitos mocosos, aterrados por la presencia de los “racionales”,  se pegaban  a sus hermanas mayores de pechitos puntiagudos o a las abuelas con senos descolgados como trapos mojados. Los indios mayores parecían guatines prestos a huir en el momento propicio.

HAMBRE Y ENEMIGOS

De trecho en trecho el indio guasarave  descargaba a Manuel Olaya y le ofrecía un raspado de jaruma o harina de maíz, mezclado con panela rallada y un poco de agua. Ese menjurje y trozos de chontaduro constituían la comida de cada día. La dieta no era desagradable pero hastiaba, y con el estómago resentido y los vómitos continuos las fuerzas mermaban a medida que pasaban los días.

Los alzados en armas bordearon con sigilo la Serranía del Caucho y llegaron hasta el sitio del Cedral, donde una colonia antioqueña le ganaba espacio a la selva. Pero allí lejos del mundo  también había llegado la guerra. En las cercanías, el general gobiernista Estanislao Henao aniquiló la columna liberal  del  general Francisco Herrera sin tener clemencia para los  heridos ni respeto por la vida de los  prisioneros; ahora  llegaba a la colonia paisa la guerrilla de Bonafont, que se  comió la marrana de cría, la vaca que daba leche a los niños y el único buey para preparar las siembras.

Del caserío de Águita se devolvieron los baquianos guasaraves. “Toma paga, compadre”   dijo Olaya al indio que lo cargaba y le entregó una ruana y unos pesos en señal de  agradecimiento.
 “Volvé con mí tambo- Le respondió el indio- Llevar paisa todo camino montao. No dar paga“.
-“No compadre- Godos matarme en la montaña”-
-“Todos indios Mampay, flechas, machetes defender compadre”-.
Con un “Gracias compadre. Yo querer mucho a indios”- se despidió Olaya del noble baquiano, que de un salto se internó en el monte seguido por el perro esquelético con manchas café que, según  las creencias nativas, lo hacían invisible en el monte.

 Al abandonar el tambo embera, la tropa  rebelde sintió  que se cortaba el último eslabón con la civilización y que  desde entonces se enfrentarían con las comisiones gobiernistas y con la selva, enemigo más poderoso, cuyos bichos ponzoñosos, culebras y pantanos, habrían de acabar con la mayoría de los combatientes de Quinchía y Bonafont que creyeron  encontrar   la victoria en las selvas chocoanas.


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