martes, 8 de mayo de 2012

PAISAJE CULTURAL CAFETERO: EL CAFE COLONIZÓ LAS MONTAÑAS

Alfredo Cardona Tobón*


Durante el siglo XIX y principios del siglo XX  la ley adjudicó los baldíos con la condición expresa de arrasar los bosques. Ello dejó como consecuencia las laderas  deforestadas, la selva transformada en matorrales y los arroyos expuestos a la resolana, pues se incentivó la hecatombe de plantas y animales al asignar una hectárea de bosque por cada hectárea de monte destruído.
El hacha de los antioqueños  abrió espacio para el maíz, para el fríjol cargamanto y para los pastos del ganado blanco orejinegro, con ellos continuó la economía de subsistencia, porque sin vías de comunicación y sin grandes mercados lo único que  daba utilidad era el  oro que extraían de las arenas y los cerdos gordos que vendían en el Valle del Cauca..
Los productos de la tierra no daban poder ni generaban riqueza; el medio para lograrlos era la tenencia de grandes extensiones que amarraban peones, terrazgueros y agregados a las grandes haciendas y con ellos, votos y “ voluntarios” para las aventuras guerreras.
APARECE EL CAFÉ
En la región que hoy constituye el Eje Cafetero, el tabaco solamente tuvo alguna importancia en el Quindío, y las mieles de caña apenas se utilizaron para producir la panela de consumo y obtener aguardiente tapetusa en rústicos alambiques; hubo que esperar la llegada del café para que el panorama de extrema pobreza  empezara a cambiar y que las lomas expuestas a la lluvia y a los vientos volvieran  a cubrirse con los guamos, los carboneros  y los churimos que daban sombra a los cafetos.
 El café llegó tímidamente a la región. Las leyendas riosuceñas hablan de de un pequeño cultivo del sacerdote Bonifacio Bonafont en los primeros días de la república, lo que es posible,  pues un paisano suyo, el sacerdote Francisco Romero, por ese entonces impulsaba el cultivo del grano en  Salazar de las Palmas,  un distrito situado en el nororiente  de Colombia.
Después de 1820  llegaron a las minas de Marmato numerosos mïsteres conocedores de química, hidráulica, mecánica y hasta  de agricultura; uno de de ellos, James Tyrell Moore,  además de inventar equipos, urbanizar a Medellín, establecer fundiciones, se convirtió en el pionero del café en Colombia.
Mr. Tyrell Moore sembró café en Valdivia, Antioquia y plantó cafetales en Sasaima, Cundinamarca; además, implantó técnicas de beneficio y como remate, abrió mercado al grano colombiano  en puertos alemanes.
Eduardo Walker,  hijo de un capitán inglés que trabajó en Supía, en  el año  1875 plantó un cafetal en la vereda La Cabaña de Manizales; ¿hubo relación con Tyrell Moore?, también es posible, pues el capitán inglés pudo haber conocido a Tyrell y seguir  de cerca sus exitosas empresas comerciales.
Poco antes del cultivo de La Cabaña, el gobierno del Cauca había concedido exenciones tributarias a los cultivadores de café y  quitó los  aranceles a  la importación de maquinaria y de elementos para procesar el grano lo que animó a  Simón López en Pereira y a Leonidas Scarpetta en Salento a establecer cafetales y motivó al antioqueño Salvador Pineda  a sembrar café en terrenos comprados al resguardo indígena de Guática..
DESPEGA EL CULTIVO DE CAFÉ
A fines del siglo XIX, Justiniano Mejía en Neira, Manuel Grisales en Manizales, Julián Mora en  Palestina…  sembraron café e intentaron abrirle mercado, pero los altos costos de transporte hasta el rio Magdalena y la falta de conexiones  comerciales en el exterior, frustraron  sus proyectos.
La verdadera, concreta y exitosa historia de nuestro café empezó luego de esos intentos con la llegad de  Antonio Pinzón, un empresario santandereano, que a buena hora se radicó en Manizales. En la finca de El Águila, Antonio Pinzón  sembró diez mil palos de café y emprendió una campaña de difusión para acostumbrar a la gente a tomar la grata bebida.
 El señor Pinzón  desarrolló equipos para beneficiar el café, amplió los cultivos y abrió las puertas de exportación del grano a los Estados Unidos. Al morir Antonio Pinzón, le sucede su hijo Carlos E. Pinzón, joven de 19 años  que  heredó la fortuna, el tesón y la garra de su progenitor.
Con Carlos Pinzón se consolida la era cafetera: compra la finca del Arenillo donde siembra ciento cincuenta mil  cafetos; se asocia con prestigiosos manizaleños y forma un emporio económico  sobrepasado  en Colombia solamente por el antioqueño Pepe Sierra.  Carlos E.  compra fincas que llena de café,  monta más de veinte trilladoras en todo Caldas, organiza veintiséis puestos de compra, electrifica los montajes de beneficio, impulsa la navegación del Cauca con ocho vapores que llevan el café desde La Virginia hasta Puerto Isaacs para seguir por  tren a Buenaventura,  y en Nueva York establece una oficina de negocios que combina la importación del café con la exportación de mercancías.
UN TAPIZ DE CAFÉ
De la mano del campesinado los Pinzones cambiaron el rumbo incierto del territorio que hoy conforma el Eje Cafetero:  el cultivo del café agregó valor a la tierra, se generaron excedentes que paliaron la pobreza y elevaron el nivel de vida de la población y emergió una clase rural que, entre 1905 y 1925. produjo el  35% del café colombiano exportado a los grandes mercados internacionales. La arriería y el comercio asociados del café formaron grandes capitales que convirtieron a Manizales, Pereira y Armenia en  importantes  ciudades colombianas, por el café se construyó el cable aéreo y los ferrocarriles que cruzaron este territorio y fueron los excedentes del café la base de la industrialización de Manizales y del crecimiento comercial de Pereira.
El café se convirtió en el eje de nuestra economía; la geografía se tiñó de café, pues no hubo lomas ni obstáculos para  sembrarlo y todo lo andable, entre los mil y los dos mil metros de altura sobre el nivel de mar, se tapizó con cafetales .
El Borbón, el Pajarito, el Maragogipe  fueron las variedades colonizadoras, luego llegó la densificación del cultivo con la variedad caturra y para contrarrestar la roya los científicos del café desarrollaron la variedad Colombia. Luego vinieron la variedad Suprema y la Castillo, en un proceso continuo en busca de calidad y  eficiencia.
El café  se enraizó  en esta tierra grata, cuyas serranías solo le caminan al café. Ese grano de redención se aferró  al corazón  de miles de cultivadores cuya esperanza florece con los arbustos y revienta de alegría con el rojo oscuro de las cerezas maduras en los horizontes verdes del paisaje cafetero.
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