viernes, 26 de abril de 2019

OFICIOS DENIGRADOS

 
Alfredo Cardona Tobón*
 


Hay vocablos que discriminan y van contra  de la dignidad de las personas, tal es el caso de peón y de sirvienta que menosprecian a quienes ejecutan labores elementales que no necesitan grandes conocimientos.

La palabra peón, que entre nosotros se va perdiendo, fue una cruel expresión  en el léxico de viejas generaciones pues señalaba con desdén a las personas humildes, de baja extracción social y económica, encargadas de los trabajos básicos en  el campo y en las viviendas. Era sinónimo  de rusticidad, de trabajo burdo, de gente sucia de “pata al suelo”, como denominaban a quienes no utilizaban zapatos ni cotizas.

En la gama de los oficios elementales había varios tipos de peones: estaba el peón caminero encargado del mantenimiento  de las trochas de arriería y el peón de estribo que acompañaba al patrón  o  a su familia en los viajes a caballo, para ayudar a subir o apearse de la cabalgadura, asistir en los tramos difíciles, auxiliar en caso de apuro y llevar a cuestas la petaca con comestibles y los elementos necesarios para pernoctar en el camino.

 En la tauromaquia está el peón de brega para apoyar al matador en la lidia del toro;  el peón de mano  es el ayudante de albañilería y en ajedrez el  peón es la pieza menor que se mueve verticalmente sin poder retroceder en el tablero.  Peón es, pues, un  término que indica subordinación, lo que se convierte en una negación  y muchas veces en una afrenta   al confundirla con vulgaridad, patanería y pobreza.

Sin embargo los peones, así como suena, sin eufemismos, fueron la base de la colonización cafetera, de las explotaciones mineras, de las grandes haciendas, de la navegación por nuestros ríos y de la industrialización de nuestras ciudades. ¡Cuántos capitales se amasaron con la sangre de la peonada! en Manizales, no más,  cada poste de las fincas de tierra caliente, señala la tumba de un peón muerto en esos tremedales victima de la malaria y de las culebras; sin los peones los  patricios no hubieran podido dominar la selva o internarse en la manigua para hacer los abiertos, pues fueron los peones quienes abrieron las trochas, cargaron los petates, ahuyentaron los osos y fueron los “propios” para sacar avante a sus patrones. En las guerras civiles los peones fueron la fuerza de infantería y el grueso de las tropas comandadas por los dueños de la tierra;  ellos, con los terrazgueros y los agregados, constituyeron el espinazo de los alzamientos y los que ponían los muertos en los campos de batalla.

LAS SIRVIENTAS

Explotadas, esclavizadas, vejadas e ignoradas, estas compatriotas fueron el saco de boxeo donde descargaron su furia, su mal humor y las frustraciones las matronas de rosario diario, comunión en  los primeros viernes y novenario a todos los santos. Según los pontífices  de la lengua castellana la palabra sirviente se interpreta como la persona que sirve a otra mientras en nuestro medio se utilizó en forma femenina para señalar a las asalariadas más desprotegidas de la sociedad, manoseadas por el jefe de la casa y los muchachos mayores, que comían de pie y se acomodaban  en el rincón más lóbrego y alejado de la casa, listas para trabajar 24 horas diarias sin distinguir los festivos de los días ordinarios.

Apenas al terminar el siglo XX se empezó a arrebatar a esas servidoras de la tiranía familiar;  en tiempos recientes se les ha reconocido el derecho al descanso, a las horas extras y demás garantías de ley y por decisión de la Corte Constitucional,   en los trámites legales se cambió el término  sirvienta por el de empleada doméstica o empleada de servicio para  borrar la ignominiosa palabreja que iba de la mano con el matoneo y la discriminación.

Hasta hace unas pocas generaciones las empleadas domésticas  se heredaban; cuando una muchacha de la familia contraía matrimonio, a la nueva vivienda iba una de las  huérfanas recogidas o una hija de los  peones de la hacienda o de un hogar abrumado por la pobreza. Iba con los muebles y el menaje  como un elemento más de la nueva familia, con salarios bajísimos, o a trabajar por la comida,  y allí pasaba la vida cocinando y criando hijos ajenos hasta que quedaban embarazadas y entonces iban a la calle a servir a un burdel o a  amancebarse con otro paria que las llenaba de retoños en un rancho infeliz.

Sin embargo, los llamados peones fueron  instrumentos básicos de la economía y a las antiguas sirvientas  debe abonárseles gran parte de la formación de las generaciones pasadas, incluyendo a Bolívar y  muchos  personajes de nuestra historia. Esas sufridas mujeres que servían de amas de leche, bañaban, limpiaban a los infantes y se preocupaban por la alimentación,  eran madres substitutas que llenaban el vacio de las señoras  ocupadas gestando, rezando o comadreando. Fueron ellas, esas que llamaron despectivamente “sirvientas”, las que conservaron los secretos gastronómicos antes de la aparición de los chefs, fueron las conocedoras de los secretos de las plantas, las “yerbateras” que atendieron las urgencias domésticas  y al estar más expuestas al diablo y a sus  tentaciones fueron quienes se encargaron  de abrir los ojos a las inexpertas doncellas para que la noche de boda no se convirtiera en un trágico acontecimiento.

La sociedad  ha cambiado y con ella  los oficios y las responsabilidad de los actores. Ya no es una vergüenza desempeñar las labores de una empleada doméstica y de hecho numerosas muchachas lo hacen para costear sus estudios. Al menos en Colombia el  vocablo “peón”  salió de las listas de empleo. Ahora son auxiliares de mecánica o soldadura, personal de oficios varios, obreros de construcción  o personal no calificado.

Debemos reconocer el concurso de  la  gente más humilde,  de  los “ruanetas”  en la formación de la Patria y agradecerlo, pues sin los combatientes rasos y las “juanas” no se hubiera podido lograr nuestra independencia y sin el músculo y la fuerza de unos y otras hubiera sido imposible conformar una nación donde se necesitaba fuerza primaria para dominar un territorio quebrado y hostil como el nuestro.

Por los trabajadores del campo tenemos nuestro sancocho y sin “los rusos” tendríamos que vivir debajo de un puente.  Gracias por millones a estos nobles compatriotas.

 

lunes, 22 de abril de 2019

LA VIOLENCIA EN BALBOA- RISARALDA



Alfredo Cardona Tobón


Balboa es uno de los municipios más pequeños y más nuevos del departamento de Risaralda y en cien años de existencia ha vivido épocas de bonanza y otras de depresión, pues su economía gira alrededor del café, cuyos precios suben y bajan en los mercados internacionales.

La comunidad de Balboa ha sido de recio entronque liberal con personajes que  se destacaron en las filas de ese partido y también ha sido un municipio violento desde su fundación. Allí chocaron colonos y latifundistas, guerrilleros de la guerra de los Mil Dias  con tropas del gobierno conservador y en la violencia política del siglo XX  vivió una etapa de violencia conservadora  y otra de violencia auspiciada por los liberales. .Además de esas  dolorosas  experiencias  habría que sumarle la violencia del narcotráfico, con “capos” y peones incrustados en el municipio y en las zonas cercanas.


 Para estudiar los sucesos de Balboa habrá que echar mano a testimonios orales pues es muy poco lo que quedó  registrado en crónicas y periódicos. Doña Eladia Gartner Gómez fue testigo de la primera etapa  de la violencia política y sus recuerdos son de  importancia suma al  repasar la historia de este municipio.

Veamos, pues, este  testimonio recogido de archivos familiares,  que muestra el principio de una cadena interminable de hechos dolorosos que enlutaron  al pequeño poblado.:.
Esto dijo doña  Maria Eladia Gartner, una dama perteneciente a una esclarecida familia local:

El 17 de septiembre de 1949 cuando se dirigía  a su hacienda de “La Guayana” el señor  Mejía Jaramillo junto con su mayordomo,  fueron atacados por varios sujetos. Murió el mayordomo y quedó gravemente herido Mejia Jaramillo. El alcalde de Balboa, teniente Salazar Pineda,  salió con un piquete de policías tras los asaltantes que los recibieron a bala hiriendo al alcalde y a varios uniformados.
Se pidió apoyo a Belalcázar y de allí salió un destacamento que también  fue atacado en el camino, falleciendo  el teniente Cardona al ser trasladado herido a Pereira. No fue posible conocer el número de bajas, pues los asaltantes recogieron sus heridos y sus muertos."

Doña  María Eladio continúa el relato, que aunque deshilvanado, nos da pistas del principio de una dolorosa etapa en la vida de Balboa, que había empezado un año atrás, después del nueve da abril de 1948, cuando una Junta Revolucionaria ´se tomó el pueblo , que pocos días después fue ocupado por la chusma proveniente de municipios cercanos: :

“ Era un domingo de noviembre de 1949 por la tarde y Sigifredo había salida a poner una inyección. La muchacha del servicio pidió permiso para ir a la casa y de la  puerta se devolvió asustada..¿ Qué será doña Lala que en todas las esquinas  hay grupos de hombres?-  en eso empezó el tiroteo.  Yo tomé a uno de los niños y la muchacha al otro y nos fuimos para una pieza del interior.  Cuando empezó el tiroteo Sigifredo estaba en un café tomándose un tinto con un amigo, se metieron por un hueco a un subterráneo  y allí pasaron la noche con las cabezas tapadas con unas canoas de cemento. Toda la noche se oyeron los tiros y al día siguiente la fachada de la casa y el techo parecían un colador. Al abrir el armario  vi como l hombrera de un vestido había sido traspasada por la bala de un fusil.

El lunes Sigifredo se fue para la plaza a conseguir un carro pero mi hermano Rafael y Arturo Cataño lo convencieron que no se fuera, pues ellos eran mayoría y lo defenderían. Esa noche los tiros siguieron.

Con los colchones hicimos unos parapetos y la pasamos en vela con los niños. A la mañana siguiente,  la señora que lavaba la ropa dijo que nos fuéramos cuanto antes mejor, porque esa noche iban a dinamitar la casa. Sigifredo hizo parar el primer carro que encontró  y el mayordomo de la finca le informó  que grupos de hombres armados lo esperaban. Metimos los niños y la ropa en el carro, retrocedimos por la calle para no atravesar la plaza y salimos de Balboa.

Llegamos a Pereira donde mamá, pero le ocultamos la verdad diciéndole que Sigifredo estaba de vacaciones, para no preocuparla, ya que Oscar Osorio Gartner, mi hermano Rafael, Arturo Cataño y Jorge Lenis se quedaron en Balboa.  El sábado llegaron Oscar y Rafael con sus familias y tuvimos que contarle la verdad. Dos meses me quedé en su casa con los mellizos de seis meses de nacidos, y Alberto, mientras que Sigifredo se acomodó donde sus hermanas con las dos niñas y se puso a buscar casa y local en Cartago. Hubo que cambiar las fincas por un terreno en La Dorada y cuando volvimos a Balboa  a recoger nuestros enseres todo estaba saqueado."