sábado, 22 de septiembre de 2018

ALFONSO GIRALDO GUTIÉRREZ- VIGIG

 
Alfredo Cardona Tobón
                            Semanario editado en la tipografía VIGIG
 
Como la memoria de los pueblos es muy ingrata, de tanto en tanto debemos exaltar la memoria de aquellos que hicieron posible su progreso y bienestar. Esto haremos con Alfonso Giraldo Gutiérrez- VIGIG- uno de los mayores empresarios en la historia del Viejo Caldas y especialmente del Quindío.

VIGIG nació en Calarcá el 5 de abril de 1895 y murió víctima de una embolia cerebral en la Clínica Marly de Bogotá el 18 de marzo de 1958. El sepelio se realizó en Armenia, al día siguiente de su deceso, en uno de los actos más sentidos que haya tenido la capital quindiana

VIGIG cursó bachillerato y estudió contabilidad en Manizales , aprobó algunos cursos en los Estados Unidos donde aprendió inglés y algo de francés y de regresó a Colombia se radicó en Armenia donde contrajo matrimonio con María Luisa Tobón, una dama de sociedad que había sido princesa en los carnavales de 1927.

Alfonso Giraldo fue un habilsimo negociante y una persona ingeniosa con ideas prácticas que convertía en dinero. Con tesón y disciplina, honradez e inteligencia amasó una gran fortuna que no supieron conservar sus dos hijas ni un hijo que dilapidó el esfuerzo de su padre llevando una vida de magnate petrolero.

VIGIG además de su sagacidad innata contó con el apoyo de Eduardo Arango, un mecánico de gran talento que dio forma a los proyectos del empresario. Los viejos del antiguo Caldas recordamos los artículos producidos por Vicente Giraldo : Es inolvidable el “Caspidosan VIGIG”, un medicamento popular con el cual empezó Vicente Giraldo su emporio industrial. Recordamos el “Afeitol”, una crema para ablandar la barba que se esparcía en la cara con una brocha de pelos antes de la afeitada.

VIGIG incursionó en todos los campos: estableció una fábrica de aceites, otra de velas de parafina, la jabonería con las marcas “La Campana” y “Lavadora”, una industria de chocolate y la famosa “Maizena”. Fue igualmente socio de procesadoras de yeso y de cal en Ibagué y explotó una mina de oro en el municipio de Salento.

No hubo empresa, industria o iniciativa en El Quindío donde este visionario no tuviera participación. En 1949 VIGIG empleaba 176 personas en sus distintos negocios, era un número muy alto en una pequeña ciudad de economía basicamente agrícola.

Vicente Giraldo abrió en Armenia el almacen “VIGIG- El buen gusto “ surtido con mercancía extranjera, materiales de construcción y con herramientas y equipos producidos por la Fundición VIGIG, como arietes de todo tipo, masas de trapiche, despulpadoras y picapastos.

La generosidad y el trato amable de Vicente Giraldo no libraron el almacén de los actos vandálicos del nueve de abril de 1948. Apenas llegó la noticia del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en la carrera séptima de Bogota, una horda furibunda atacó el almacén VIGIG; rompipio vitrinas, derrrumbó las puertas, saqueó todo lo que encontró y se ensañó con la propiedad de un hombre bueno y noble cuyo pecado era pertenecer al partido conservador.

Pese a los destrozos y las pérdidas Vicente repuso la mercancía y reparó los daños causados por los antisociales e inauguró una sucursal en Bogotá con mayores ofertas que la casa matriz de Armenia.

Además de las actividades enunciadas, el distinguido empresario calarqueño montó la Tipografía VIGIG donde produjo los cuadernos “Gráfica” con rayado normal y cuadriculado. Allí editó las primeras obras de autores quindianos y varias revistas, entre ellas el semanario humorístico “Satanás” dirigido por Alfredo Rosales y el semanario “Mi revista” que empezó a circular el 5 de mayo de 1934. Esta publicación dirigida por Oziel Márquez , fue en su tiempo una de las mejores en su género en el país. Igualmente salió de los linotipos de VIGIG la revista “Deportes Quindío”, como voz de un equipo que vivía su mejor época. Apoyó al equipo en forma tal que en una de las campañas en el exterior, con gran éxito deportivo pero no económico, VIGIG se hizo cargo de los tiquetes aéreos.

La laboriosidad tesón de Vicente Giraldo fueron proverbiales, empezaba la jornada al salir el sol y terminaba a la medianoche. Pese a su dedicación al trabajo sacaba tiempo para servirle al Quindío, fue un hombre civico que participó en todo aquello que ayudara a la comunida, perteneció a la Junta Directiva del Banco del Comercio y del Banco de la República en Armenia; fue miembro del Club de Leones y del Club campestre , socio del Club América y de la Peña Taurina e impulsó la Federación de Comerciantes de Caldas que en 1949 llevó a cabo en Armenia el “Primer Congreso de Comerciantes de Caldas”.

Hombre generoso por excelencia, VIGIG cedió el lote para las instalaciones del Batallón Cisneros en la ciudad de Armenia. Su fama se extendió por toda Colombia, de tal manera que el gobierno nacional le impuso la cruz de Boyacá en tanto que Armenia lo condecoraba con la medalla del Civismo y honraba su memoria con una avenida que lleva su nombre.

En el imaginario colectivo VIGIG fue conocido por su dinamismo industrial y comercial que le ha otorgado un lugar especial entre los denominados prohombres del Quindío. Además de sus inversiones personales, VIGIG se asoció con numerosos ciudadanos para establecer variadas empresas en El Quindío, entre sus socios figuran Octavio Isaza, Juan Jaramillo y Julio Gutierrez con los cuales incursionó en el ramo de la madera, los oficios exequiales, el comercio y la construcción con la Urbanizadora Armenia.

FUENTES
Josué Carrillo-  jcarrillo@unal.edu.co
-Crónica del Quindío-



miércoles, 19 de septiembre de 2018

LOS TESOROS DE MANGARRACHO

Alfredo Cardona Tobón



En una de sus correrías Eladio Jaramillo estuvo en la la finca “La Esmeralda” situada a orillas del río Risaralda y a media hora de camino hasta Sopinga. Entre los recuerdos de esa época enmarcada por los bocinazos de los barcos y por el ruido de los cascos de las mulas, en la mente del “Tigre Eladio” quedó grabado un mulato alto, de bigote ralo, dientes de oro, peinilla al cinto y carriel terciado, a quien llamaban “Mangarracho”.

Parece que el pasado retoñara en la cabeza de Eladio y los hechos se retroalimentaran para agregar vivencias como sucedió en Otrabanda, en la entrada de Envigado, donde a reglón corrido habló de “Mangarracho”, un extraño personaje que conjugaba la arriería con el barequeo de oro y las trovas con las leyendas que iban de fonda en fonda con los juglares montañeros.

Sin un peso, pues todo lo gastaba en jolgorios, “Mangarracho” tenía tres tesoros : el carriel, su tiple y un perro negro como la noche.. Como todos los “guarnieles” , el carriel de “Mangarracho” tenía capacidad ilimitada, le cabían papeles amarillentos, novenas, estampitas de los santos, monicongos, agujas capoteras, retratos de amores pasados, un devocionario de la Cruz de Caravaca, navaja perica, contras, un yesquero, cigarrillos pectorales y tabacos ordinarios, de tres por centavo, que servían para espantar los mosquitos y medir las distancias.

Mangarracho” había conseguido el carriel en una corrida de dados en Palocabildo, no muy lejos de Jericó, y desde entonces no se separaba de él, lo cargaba por atajos eriazos, por caminos parados, lo llevaba a la iglesia, lo acompañó en francachelas y hasta en la campaña de Sopinga, donde “Mangarracho” luchó bajo las banderas azules de los ansermeños. Por su parte el tiple, de marca “Badillo”, vino con un lanudo de Firavitova, Boyacá; era un instrumento que acompañaba las trovas de “Mangarracho” y tocaba sostenido por los torrentes de licor que apuraban los arrieros. Respecto al perro, su historia era tan compleja como la del dueño; lo llamaban “Titán” y era un sobreviviente de la persecución montada cuando en la aldea de “ El Jardín” se acabaron las nutrias y hubo necesidad de echar mano de los perros negros para fabricar las cubiertas de los carrieles.

Los montañeros de antaño creían que los carrieles llevaban el espíritu del animal en el cuero de las fornituras: si la piel era de tigrillo comunicaba al dueño la fiereza del felino, si de conejo la habilidad para escaparse en los lances difíciles y si era de perro negro , como sucedía con el carriel de Mangarracho, quien lo terciaba, por más asentado que fuera, se volvía andariego y “ ladraba echao”.

Mangarracho” recorrió  todos nuestros caminos, peleó con “El Patas” en Balboa y tuvo amores con brujas disfrazadas de morenas candelosas en las orillas del Cauca; fue una leyenda en el Valle de Risaralda donde su memoria se confunde con la trova, la arriería, los espantos y los aparecidos.

Nadie conoció el verdadero nombre de “Mangarracho”. Se sabe que era natural de San Félix. Allí empezó como sangrero, después como peón de estribo y al fin como caporal. Manejó haciendas en El Congal en Pensilvania, en Alegrías de Aranzazu y en las planes del río Risaralda.

LAS HISTORIAS DE MANGARRACHO

Al calor de la lumbre de los tambos o en los cuartos de enjalmas de las grandes haciendas se reunían los arrieros antes de conciliar el sueño ; era la hora de las trovas y los cuentos y cuando “ Mangarracho” repasaba sus vivencias como la de aquel domingo que salió tardecito de la gallera del Alto de los Micos y empezó a a cabalgar hacia el cañón de Guayaquil. Ya de noche, y con la luz de la luna llena al pasar por una casa abandonada vio salir un bulto blanco que le hacía señas y lo llamaba: ! Esperame ¡Mangarracho¡ ! “Esperame Mangarracho”!. La voz salía como de un coco y el bulto expulsaba chispas como si fuera un castillo de pólvora. “Mangarracho “ pensó que le había llegado la hora y con los pelos de punta clavó las espuelas a la mula para alejarse del espanto. Pero en vano, porque en cada vuelta del camino el espanto aparecía detrás de la bestia. Así llegó a la casa; se apeó aterrado, cerró la puerta con tranca, agarró un Cristo y se puso a rezar con su mujer... Al día siguiente fue a buscar la mula, la encontró desensillada y con la crin llena de trenzas.

Mientras Mangarracho se explayaba en las narraciones, “Titán” levantaba las orejas para corroborar lo dicho y daba vuelta para seguir soñando con las hazañas que le endilgaba su amo, como aquella vez que en menos de un día hizo el recorrido entre La Virginia y el Alto del Obispo en Supía.

¿ Cómo así ? exclamaron los incrédulos contertulios del cuarto de las enjalmas al escuchar tamaña exageración.

Pues si- respondió Mangarracho- Resulta que yo venía con Titán arriando una mulada de café hasta la estación del tren. El perro jamás había visto ni oído una locomotora. Descargamos y esperamos la llegada de la máquina y de pronto la vimos cerquita, haciendo rechinar los rieles y pitando estruendosamente ; fue tal el susto del perro que desapareció como si se hubiera evaporado. Tiempo después, al regresar al Alto del Obispo- agregó Mangarracho- me contaron que un día después de mi partida apareció Titán muerto de sed y cojeando; había sido tal el pánico al ver el tren, que corrió sin parar hasta llegar al rincón del corredor donde se escondió tras un canasto.