sábado, 24 de marzo de 2018

GIRARDOTA Y PEPE SIERRA

 

Alfredo Cardona Tobón*
                                                          Pepe Sierra
 

El tren sorbía  distancias por los cañaduzales y entre el humo  se perfilaba mucho más allá del Ancón la vereda de San Esteban, en territorio del milagroso “Señor Caído”. ¡Aquí  nació Pepe Sierra¡- Exclamaban  con orgullo sus vecinos , y no era para menos, pues ese campesino de rasgos arios, de alpargatas y sombrero de caña, con sudor e ingenio, con osadía, visión y tenacidad llegó a ser uno de los mayores empresarios de Colombia.

José María Sierra nació en el año 1848 en un hogar  campesino y en 1921 murió en Medellín entre el cogollito de la sociedad antioqueña. Su lema fue ¡Trabajar y trabajar! en forma tal que mientras sus hermanos jugaban billar y enamoraban en Girardota, José María Sierra araba el lote que le cedió su padre para sembrar caña y en los fines de semana, cuando sus jóvenes amigos se dedicaban a la francachela, José María o Pepe, como lo llamaban,  cargaba la yegua de la finca para viajar a San Pedro a vender su panela y regresar  con una carga de papa  que realizaba en su pueblo. Así empezó  Pepe sus negocios y se adentró en el mundo de la arriería donde  a fuerza de trabajo honrado se ganó el título de Don que lo identificó con respeto en todos los escenarios. .

Pepe Sierra desarrolló  la ganadería nacional con razas de selección, tuvo los gallos más fieros y los mejores caballos, fue el zar de la panela y propietarios de modernas  destilerías o sacatines donde producía aguardiente que distribuía en numerosos estanquillos. Pepe Sierra financió gobiernos, remató impuestos y amasó  una enorme fortuna representada en las mejores tierras de la Nación. Este capitalista  no regalaba nada, todo había que ganárselo a pulso. Cuentan que en Bogotá, ya en  medio de la  crema y nata de la cachaquería, una comisión de  encopetadas damas fue a solicitarle auxilios para la “Gota de Leche”. Pepe Sierra las recibió amablemente y al conocer el motivo de su visita les dijo: “Vean una cosa, yo les doy un consejo que vale más que toda la leche de mis vacas. Oigan señoras: no se pongan a cuidar todos esos negros con leche porque  se alzan, yo en Girardota y Barbosa los tengo a ración de aguadulce y ya no puedo aguantarlos”

Pepe Sierra cambió su atuendo campesino al radicarse en Medellín y usó frac y cubilete cuando se codeó con los Holguín, los Concha y demás familias del churubito bogotano, donde los respetaron  por su sagacidad y enorme poder económico. Sin el dinero de este potentado paisa los conservadores no hubieran podido doblegar a los liberales en la Guerra de los Mil Días, pues las arcas del régimen  estaban exhaustas  y era imposible sostener  al ejército y atender las mínimas necesidades del Estado.

Poseer fincas, ganados, hacer edificios, cultivar, hacer negocios fue la vida de este millonario  “al sol y al agua”. Como dice su nieto Bernardo Jaramillo, Pepe Sierra primero amasó la fortuna en el campo, luego lo consolidó en remates y al final lo invirtió en bienes raíces para conquistar el Valle de Aburrá, La Calle Real, La Sabana de Bogotá y el Valle del Cauca.

Pepe Sierra  cubrió el feraz suelo de Girardota y de Barbosa con caña  y  la panela y el aguardiente fueron las puntas de su imperio; no robó al erario, pero se llevó en los cachos a los negociadores oficiales; no traficó con  drogas, detestó al café que consideró negocio de pobres; compró tierras y más tierras, las mejores de Antioquia, el Valle, Tolima y Cundinamarca; no tuvo piedad en los negocios, fue austero pero no tacaño y con conocimientos muy básicos manejó sus innumerables empresas. Cuentan que su ortografía era pésima. Un día escribió “acienda”  en un documento y alguien le recriminó el error, ante lo cual respondió: “ Yo tengo setenta “aciendas”  sin h,  cuénteme cuántas tiene usted con h?
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Pepe y los demás Sierras están entretejidos en el alma  de Girardota .Entre sus personajes figuran  monseñor  Manuel José Sierra, primer rector de la Universidad Pontificia Bolivariana y Gustavo Sierra Ochoa, un militar  que se perfilaba como sucesor de Rojas Pinilla, hasta que en 1947 pereció en un confuso  accidente de aviación en Guachiral, Meta

 La caña, la panela y el aguardiente fueron las improntas  de  los hermanos Sierra en la mentalidad  de  Girardota. Las abuelas recordaban con escozor  a las mulatas de Hato Grande que   en las fondas camineras de nuestras trochas de colonización  repartían besos y el  aguardiente tapetusa que  aprendieron a destilar en los  sacatines de Girardota.

Al contrario de otros latifundistas como Pedro Orozco o  José María Aranzazu,  Pepe Sierra no acumulaba tierra porque sí, la ponía a rendir utilidades que se sumaban a las producidas por el monopolio de la sal marina en Antioquia y del hielo en el departamento de Panamá .El sagaz empresario estableció el Banco de Sucre, fue uno de los mayores accionistas del Banco Central y empresario financista de los ferrocarriles de Amagá y del Pacífico

Este paisa se impuso sobre las marrullas de los políticos y como ellos manejó  triquiñuelas que hoy serían ilegales, por eso se le ha tildado de aprovechado y ventajista. Como sea, lo que no pudieron hacer los enemigos armados lo hizo  Pepe Sierra al enfrentarse él solo  contra los presidente  Reyes y  Jorge Holguín y hacer tambalear sus gobiernos. La memoria de este antioqueño está viva en  Girardota, Medellín  y Bogotá. En su pueblo natal, donde se mezcla el aguardiente con el agua bendita, la imagen de Pepe Sierra  destaca en un mural del parque central; en Medellín patrocinó el Hospital de San Vicente,  en Bogotá  su nombre perdura en la  Avenida Pepe Sierra, en  un museo en El Chicó y en la hacienda Yerbabuena, cedida por su hija Clara al  municipio de Sopó  y   convertida después  en  la  casa de campo de los presidentes de Colombia

En la Catedral tiene su sede el  “Señor Caído” traído  en 1767 de Popayán por el padre Carlos Molina para ablandar a los  jueces  que lo procesaban por los malos tratos a sus esclavos. La imponente catedral de Nuestra Señora  del Rosario  junto con los trapiches y las cantinas  mueven la economía de Girardota que sigue siendo un pueblo pese a su cercanía con Medellín.

Girardota y Pepe Sierra son parte de la misma estrofa; es  difícil  imaginar otro pueblo  godo y  rezandero como  cuna de este empresario nacido de gente guapa y aventada que tiene al negocio como santo  patrón y pone de fiador al mismísimo Señor Caído...

lunes, 19 de marzo de 2018

DON FAUSTINO ROTAVISTA


 
 

Lui     Luis Javier Caicedo

 

Amigos:


-- Mija, hoy amanecí como maluco.

-- Pues no vaya al Cabildo y recuéstese.

-- No, hoy es atención a los comuneros y tengo también que hacer una vueltas en el pueblo.

-- Pues encárgueselas a Conrado.

-- No, déme un tinto que me voy.

-- Deje entonces que Conrado lo acompañe.

-- No, usted sabe que a mí no me gusta que me cabestreen.

 
Así, indispuesto, sin desayunar y con la determinación de siempre, salió ayer para el pueblo don Faustino Rotavista de su casa encaramada en la cima del cerro de Amolador, a sus 83 años, a cumplir sus deberes de secretario general del Cabildo Indígena de Cañamomo y Lomaprieta en la sede que tiene la parcialidad en Riosucio.

 

Doña Ascensión, que se había quedado en el corredor atisbando a su marido, preocupada le dijo a su hijo: "Conrado: no vi que Faustino pasara por la escuela. Vaya asómese a ver". Conrado, uno de los 17 hijos que don Faustino tuvo en dos esposas, fue a ver, y en efecto, a menos de dos cuadras de la casa su padre yacía sin vida a la orilla del cafetal que bordea el camino. Una bonita manera de morir, casi una recompensa, para un líder que dedicó su existencia al servicio de la comunidad, junto a don Gabriel Campeón, a quien las enfermedades sí postraron varios meses antes de su muerte.

 

Don Faustino recibió las riendas del Cabildo a comienzos de los años 70 de manos del gobernador indígena Enrique Guerrero, conservador, quien los reunió a él y a don Gabriel Campeón para decirles: "Vea, cojan ustedes esto, porque nosotros ya no aguantamos la presión de los jefes para que dejemos tirado el Cabildo, renunciemos a ser indígenas y abandonemos el reclamo de las tierras. Ellos dicen que el Estado nos ayuda de otra manera, pero no como indígenas. Ustedes que son independientes tal vez puedan resistir mejor y logren recuperar el Resguardo", y a continuación les entregó un ejemplar de la Ley 89 de 1890 y las enseñanzas para su uso.

 

Desde entonces don Faustino pasó los siguientes cincuenta años en una esforzada lucha de defensa de las tierras colectivas que su pueblo recibió de la Corona española el 22 de marzo de 1627, las más de las veces gestionando ante el INCORA, luego ante el INCODER, otras tantas liderando las tomas de tierra, seguidas de la consabida visita a la cárcel municipal.

 

El año pasado se vio por fin una luz en la materia con la sentencia T-530 de 2016, por la cual la Corte Constitucional reconoció el título colonial del Resguardo de Cañamomo Lomaprieta y le ordenó a la Agencia Nacional de Tierras delimitarlo, bajo el criterio preferente de recuperar para la comunidad las tierras ancestrales.




Aún con la sentencia en frente, el 31 de mayo de 2017 los funcionarios de la ANT le sugerían a las autoridades indígenas que si renunciaban a la calidad de resguardo colonial, en ocho meses les titulaban un Resguardo nuevo. Don Faustino intervino en esa ocasión para decir: "Desde 1975 que fui gobernador he estado en el proceso sin que haya habido solución a la lucha por el título colonial". 

 

Posteriormente, después que el director de la Agencia de Tierras le diera vía libre al cumplimiento de la sentencia y conformara la Comisión de Expertos que debe orientar el proceso de delimitación, don Faustino le expresó a los comisionados que visitaron el Resguardo el pasado 18 de diciembre:

 

"El espacio es muy corto para contar la historia de nuestro Resguardo, que ya habrá tiempo de hacerlo. Sólo quiero decir una cosita. Fui gobernador por primera vez en 1975, soy el más anciano. Luego en 1980, 1981, 1988 y 1990. Me tocó toda la época de la recuperación, fui detenido en ocho ocasiones y aquí estamos dando la pelea". 




No hubo tiempo para contar la historia del Resguardo, pero su legado de vida ya estaba consumado. Paz en su tumba.

Velación: Comunidad de Amolador del Resguardo de Cañamomo.

Velación en Riosucio: Lunes 19 de marzo: Funeraria Cristo Rey

Exequias: Lunes 19 de marzo: Iglesia de La Candelaria, 4 pm


luis javier caicedo






domingo, 18 de marzo de 2018

FERNANDO GONZALEZ OCHOA


EN LA QUINTA DE OTRAPARTE

Alfredo Cardona Tobón*

 

“En el pequeño corredor
presentimos su sombra, el eco de sus pasos,
el golpe suave del bastón indagando
la noche, la memoria del devenir,
el mañana del hombre.”
-Pedro Arturo Estrada-

 
                                               Otraparte

Con apenas ocho años de edad, Martica  miraba  asombrada a su  hermano mayor, con una boina vasca, una pipa y la  mitad de la cara rasurada, mientras iba  y venía por la acera de su casa en el barrio Salvador leyendo  con entonado acento  “El Viaje a pie” de Fernando González  Ochoa..

Por ese entonces Medellín era otro: no había combos violentos sino inofensivas barras nadaístas, los más ricos estaban replegados en El Poblado,   el barrio Belén era un sector aislado rodeado de rastrojos de Uña de Gato; el rio  Medellín no se había canalizado y los malevos se concentraban en Guayaquil  donde tenían como cuartel al famoso bar  ”Tíbiri Tábara”.

 Pasaron los años y en una de las vueltas de la vida el  hermano mayor de Martica  recorrió  la ruta que  un día siguió  Fernando González de Medellín a Manizales,  por caminos llenos de canalones y tragadales  donde el maestro discurrió  sobre el amor, el diablo, el míster, los curas  y la muerte, punzando el alma doble de los paisas.

Transcurrió mucho tiempo y en  una tarde plomiza de marzo, Martica convertida en abuela, se acercó con su hermano mayor y su hermana Norma a  la quinta de “Otraparte”  donde el maestro vivió los últimos años de su vida y  que hoy  resume la vida y obra  de un rebelde en estado de pureza, según dicen sus  biógrafos.

Como una advertencia perentoria el filósofo colocó a la entrada de la quinta una placa con frases en latín que traducían “Cuidado con el perro, o sea el dueño de la casa”; era para impedir la irrupción de visitantes y resguardar su santuario donde la “Corporación Parque Cultural Otraparte” mantiene viva la memoria del filósofo.
Marta Lucía y Norma dialogando con el maestro
                                         
En la llamada Huerta del Alemán, Fernando González construyó su vivienda   en medio de las vacas, los grillos y el ronroneo de la gata Salomé. De ese encanto rural queda muy poco: un jardín a la entrada, una fuente y algunos árboles añosos. La calle que llevaba al Poblado se ha convertido en una fila de autos y en “Otraparte”, cercada de altos edificios, se enmudeció el canto de los pájaros y se cancelaron los vuelos de las mariposas.

En esta época de falsos eruditos que llenan sus salones de estudio con libros que compran por metros, asombra la brevedad de la biblioteca de Fernando González. Quizás, como concluyó Martica, porque la vida en “Otraparte”   giraba hacia adentro pues el maestro creaba su mundo a partir de sus propios pensamientos.

Un rayo de sol, perdido entre la bruma, señalaba la escalera que lleva a una pequeña sala en el segundo piso y a un balcón donde Fernando González, recostado en un taburete de vaqueta pastoreaba sus sueños. Allí entre cocuyos, el “Mago de Otraparte” recordaba la bajada al río Buey que parecía un descenso al infierno o el paso por Aranzazu, el pueblo más pueblo de todos los pueblos, donde vio el diablo en los ojos de sus mujeres insatisfechas.

El hermano mayor de palique con el filósofo
 
Cuando salía la luna y bebía sedienta las aguas de la quebrada Yurá, Fernando con su boina vasca y la ruana de lana abría su alma, y en medio del  olor a  pasto  recién cortado,  meditaba  sobre  la grandeza y la inmortalidad, para concluir que  la tierra  paisa estaba plagada de putas y de putos como Roma, según afirmaba Francisco  de Quevedo,  o para descubrir  “que la grandeza no se encuentra en la vida ni en la historia, sino en las biografías que fabrican los parientes o los amigos del difunto”

Así como las gordas de Botero tienen un amplio espacio en Medellín, los personajes de los libros de Fernando González debieran verse en esculturas por el Valle de Aburrá; qué tal el  Diablo, gamonal de los pueblos antioqueños, tomando aguardiente en el  parque de Envigado, el Bachiller sentando cátedra en La Avenida Oriental, el Míster montando en Metro o el Arriero remontando la cuesta de Buenos  Aires.

 Indudablemente dos de los grandes errores del “Pensador de Otraparte” fueron no prever su grandeza y hacer una tregua con los arzobispos. Por un lado lo perjudicó la falta de vitrina y por otro la falta de incentivos para leer sus escritos; distinto sería el tintineo en las cajas registradoras de la Corporación Otraparte si a Fernando González le hubieran concedido el premio Nobel como lo propuso Sartre y Thorton Willer y sí los altos jerarcas del Vaticano, ante las continuas arremetidas del ateo que en realidad era un místico,   se hubieran puesto de acuerdo para prohibir sus libros bajo  pena de pecado mortal.

“Cuando yo me muera no me vayan a ver al cementerio, que allí no estoy” dijo el maestro en la tragicomedia del padre Elías y Martina la Velere.; y es cierto en parte, porque su calavera fue secuestrada por la Barra de los Quinientos y tras un largo exilio fuera de la tumba la colocaron al lado de Margarita Restrepo, quien además de cónyuge devota se convirtió en las alas del irreverente comedor de curas que acusó a la Iglesia de querer comprar a Dios con propinas.

En el lote donde ordeñaban las vacas y levantaba las patas el caballo pinto, se anexó una cafetería que atiende a centenares de visitantes a la Casa Museo, declarada Bien de Interés Público y Cultural de la Nación. En esa tarde plomiza de marzo, Martica, Norma y el hermano mayor, creyeron ver a Fernando González que iba de mesa en mesa, de corrillo en corrillo. Nada imposible para un   hombre que si en vida no se dejó encadenar tampoco permitió que después de muerto le pusieran talanqueras.

No importa si Martica y sus hermanos imaginaron su presencia, pero como fuera,  allí  en “Otraparte”, en esa tarde neblinosa, estaba el espíritu de Fernando González  en  medio de la muchachada que siempre lo  ha amado sin comprenderlo del todo y  nunca se  ha escandalizado  con  sus verdades desnudas..

Después de tildarlo de ateo y ofenderlo, hoy dicen que el señor de “Otraparte” era un manantial en llamas y tan vital que siguió creciendo después de muerto. Realmente fue un espíritu original que graduado de abogado y mago de las ideas por profesión,  recorrió avenidas, consulados, trochas y caminos viviendo a “la enemiga” y pinchando a una sociedad pacata, corta de luces y llena de remordimientos.

Como un círculo que se cierra, la existencia del gran hombre empezó un 24 de abril de 1895 en Envigado y terminó el 16 de febrero de 1964 en el mismo Envigado, en pleno apogeo de su inteligencia. .Dicen quienes lo conocieron que Fernando González solía conversar con las estrellas para tomarle el pulso al universo y con las aves para darle canto a sus palabras.
                                                       en la entrada de Otraparte.
                                               
La vida del filósofo antioqueño está plena de frases y de anécdotas: Cuentan que un día una prima, de visita en “Otraparte”, iba para la iglesia. Él le dijo ¿Va para misa?- ¿Si?- Entonces fíjese a ver si el padre Villegas se robó mis zapatos, pues no los encuentro por ninguna parte. Así era Fernando González Ochoa quien entre burlas y profundas reflexiones desnudaba la cruda realidad del pueblo colombiano.

 

*             http:// www.historiayregion.blogspot.com