miércoles, 4 de julio de 2018

LAS TIENDAS DEL VECINDARIO


Alfredo Cardona Tobón
 
Don Libardo Flórez Montoya guardaba entre sus recuerdos la historia de las tiendas de abarrotes de Aguadas, no muy diferentes a las de Marsella, Samaná o Supía... Según don Libardo esos establecimientos no solamente eran empresas tradicionales  sino “el paño de lágrimas”  del pueblo llano cuando no había dinero para comprar lo mínimo del diario yantar.

La infraestructura de las tiendas era simplísima: un mostrador, unos anaqueles de tablas, una escalera para subir y bajar los artículos, un “almud, “una pucha” y una “cuartilla” para medir los granos, la balanza para el pesaje y el taburete de vaqueta donde el tendero  se recostaba contra el marco de la entrada mientras esperaba la clientela.

A la tienda iba el muchachito o la encargada de la cocina con una libreta donde se anotaban las cuentas:  “Manda a decir mi mamá- o la señora-   que le fie un atado de panela y se lo apunte que el lunes pasa a pagarle”  y don Bonifacio empacaba el artículo en un pedazo de periódico, anotaba el valor en la libreta y hacía lo mismo en  su cuaderno de fiados.

Podrían llenarse libros con los apuntes de los  viejos tenderos. Un día llegó un  preguntón a la tienda “El puntillazo” de don Pedro Marín, en el sector de La Bodega, en Balboa “ ¿ don Pedro , usted tiene huevos de pato?- No mijo, le respondió , tan solo una artritis que me está matando”. Otro de los perros de la vereda le dijo en otra ocasión :” ¿ Oiga don Pedro y usted para que tiene un garrote colgando de esa viga?- “ Es para cobrar las cuentas sin dolor”- fue la respuesta.

Algunas de esas beneméritas instituciones  con venta de aguardiente tapetusa, agujas, hilos, sombreros y bayetas fueron  el principio de grandes cadenas de  almacenes de cadena y de supermercados modernos.  Don Libardo Flórez afirma que ”La 14” se inició  con la tienda “La Casa Roja” en Aguadas, y Almacenes LEY ( de Luis Eduardo Yepez)  empezó en Arma, funcionó en San José de Risaralda y finalmente  se instaló en Barranquilla, donde la empresa se hizo conocer a nivel nacional.

Las tiendas de provincia contaban con  literatura propia. Hubo frases y avisos exclusivos en las vitrinas y paredes de esos negocios.  “ El centavo menos” de “Machuca”, ubicada a la salida de Belalcázar, tenía una  leyenda con gruesos caracteres que decía: “El que fía salió a cobrar” y en el muro de enfrento otra que rezaba: “El que fiaba se murió, ni saludos les dejó”.  Era clásica la frase “ Hoy no fío, mañana tampoco”  y el cuadro donde figuraba un señor mofletudo, rozagante, con la frase “Vendió al contado” y al lado un individuo cadavérico y  amarillo con el letrero “ Este vendió al fiado”. También era común  el letrero  “Si vino  a fiar, media vuelta, carrera mar”.

Pese a los perentorios avisos contra el fiado, las tiendas de vecindad  del siglo pasado atendían las funciones de los bancos modernos con sus tarjetas de crédito o de  las grandes áreas comerciales con tarjetas de consumo. En ellas se surtía el campesinado y el pueblo en general  con pagos que cubrían cuando llegaba la cosecha, se vendían los productos de la finca, se sacaba el novillo gordo a la feria o el Estado cubría el dinero de la nómina.

Las tiendas adquirían la fisonomía de sus dueños y se identificaban con ellos. Juan de Dios Giraldo, por ejemplo,  tenía un negocio en La Habana, Aguadas, y no se despegaba de la guitarra; era pues una tienda con música que desgranaba pasillos y bambucos desde que abría en la mañana hasta el cierre con la luz del crepúsculo. “Perucho”, en Santa Ana, Guática,  madrugaba los lunes para preparar el sirope con canela  para los enguayabados; dicen quienes lo conocieron que cuando alguien solicitaba un aguardiente, Perucho decía,” que sean dos los que sirvo, porque  yo también tomo”.

En la Avenida El Ciprés de Riosucio,  el caratejo Aurelio tenia una tienda mixta, es decir de abarrotes y de cacharros. Fueron famosos los apuntes que don Rafael Vinasco recuperó  e hicieron inmortal el “chuzo” de ese matachín parrandero. “Véndame una pucha de leche le solicitó algún día Margarita Largo . “No mija, le contestó el caratejo, se dice litro de leche y aquí  no hay más leche que la que toma el gato”. En otra ocasión la misma Margarita le pidió prestados dos pesos para quitarse de encima a Leopoldo Aricapa. “Nada se gana vecina- le reviró el caratejo- porque se baja Leopoldo y enseguida me le subo yo”.

Las tiendas de antaño eran tan fieles a las marcas como lo eran sus clientes. Ese raro maridaje que ha desaparecido con la profusión de ofertas y la batalla inmisericorde por las ventas; en el ramo de las gaseosas los laureles eran para la “Calmarina”; si se solicitaba chocolate, por derechas se despachaba “Luker” o “Cruz”; el café llevaba la marca de “La Bastilla” o  “Sello Rojo”; “Maizena” no tenía rival, las pastas eran “La Muñeca”; para complementar la nutrición de los niños no faltaba la Kola Granulada JGB y la Emulsión de Scott, la “Alucema” era parte del tocador y la leche en polvo importada siempre era “Nestlé”.

En la era de los caminos, es decir cuando no había carreteras,  los panaderos iban de tienda en tienda con enormes canastos a cuestas o a lomo de mula; en los pueblos se producían los refrescos y la cerveza, las fábricas de jabón y las de velas daban trabajo a los vecinos;  en vez de plásticos se usaban  costales de fique y rollos de cabuya; se envolvía en hojas de bihao evitando la profusión de bolsas que atentan contra el planeta; los numerosos periódicos de provincia, una vez leídos, se convertían en papel higiénico. Las tiendas como el resto de su mundo  funcionaban  a ritmo lento: abrían a las ocho, cerraban a las doce; después de la siesta de medio día reabrían el portón hasta las seis de la tarde con el toque del Angelus, entonces  todos se iban a casita a rezar el rosario y  a comer fríjoles con garra con   remate de  mazamorra y dulce macho.

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