lunes, 2 de julio de 2018

LA HUELGA DE LOS ARRIEROS DEL NORTE


Alfredo Cardona Tobón-
 

Al avanzar el siglo XX los arrieros atendían el transporte de café desde los centros de acopio hacia las estaciones de los cables a Mariquita y del norte caldense como también a las  estaciones ferroviarias de la Troncal de Occidente y a las del pequeño tren que comunicaba algunas veredas de Aguadas con La Pintada

A fines de marzo de 1938 los fletes por carga de café eran de $1.60 entre Salamina y Pácora y de $2.20 de Salamina hasta Aguadas; como los fletes  no compensaban el arduo trabajo de las recuas y boyadas, más de cincuenta arrieros de esas localidades bloquearon el camino al norte de  Caldas para obligar a la American Coffe a negociar nuevas tarifas.

El domingo tres de abril de 1938  el cronista “Mauricio” en su columna del periódico “La Patria” de Manizales  publicó un artículo  sobre los arrieros, las mulas y los bueyes  y el papel de unos y otros en el sonado paro. “ Con motivo de la huelga de los arrieros de Salamina, Pácora y Aguadas- escribe “Mauricio”- la mula y el buey han obtenido un gran descanso. Alguien que entiende su lenguaje, agrega el escritor, los oyó lamentarse bajo el sol canicular que tuesta las cigarras y seca quebradas y arroyuelos y esto fue lo que escuchó:

-En cuanto a mí dijo el buey-  la huelga me viene como un regalo de los dioses-

-Tengo mis mataduras- agregó la mula- y mientras dure el paro sanaran mis heridas y viviré a mis anchas-

Un caballejo, una de esas jacas que piden definitivo descanso escuchaba atentamente a sus compañeros de desgracias y peladuras y golpeando el anca con la cola, asentía complacido  mientras saboreaba un apetitoso bocado  de yaraguá en medio del inesperado descanso.

Mientras  las acémilas descansaban, los arrieros se preparaban, como muchos años después lo hicieron los camioneros, para paralizar el transporte y obligar a gobierno y empresarios a oir sus  demandas. Desde los ventanucos del camino los viandantes  vieron pasar  a caporales y sangreros sin las recuas; torvos, revolucionarios, machete al cinto y sombrero a la “pedrada”; como estampas  de Rendón, aquel costumbrista que se inmortalizó con el trazo de sus lápices.

 ¡Huelga de arrieros! Nunca se había visto tal cosa. Los caminos eran  culebras de paz aferradas al espinazo de las montaña donde el silencio solamente se quebraba con el acezar de las mulas y el resoplido de los bueyes y a veces con el chasquido matrero de un machete asesino o las dianas de las montoneras en marcha durante las guerras civiles.

La huelga de los arrieros del norte caldense no  podía durar mucho; eso lo sabían los empresarios de la Coffe, pues ningún hombre es más inquieto ni movedizo que un arriero; los caminos  engendran  en su naturaleza el afán de andar, su reloj es el gallo y el alba sirve de lámpara para cargar la recua y desmantelar la tolda alumbrada por los primeros rayos de sol.  Como se había previsto la huelga no dio tiempo para curar las mataduras  de la mula ni alcanzó para dar un respiro al agobiante cansancio de los bueyes. Poco subieron los fletes y la rebeldía de jáquimas y enjalmas apenas fue flor de un día.

El levantamiento de los arrieros norteños contra la explotación capitalista fue la despedida, el canto del cisne agonizante ante el inminente dominio del motor de explosión. Pronto las llantas borraron las huellas de los cascos y los pitos apagaron  el sonido de los cachos en las duras pendientes.

La fracasada huelga de los arrieros de Salamina y de Pácora no fue el único movimiento inconformista que retuvo en los potreros y las pesebreras  a las recuas y boyadas, pues a fines del siglo XIX también se presentó una huelga en la vía que llevaba al Magdalena y hubo  otro paro, este sí con fintas de machete, por las lomas tatameñas de Santuario.

Con la apertura de las carreteras fue imposible competir con los camiones, las escaleras y los yipoes. La enorme diferencia en los costos de transporte liquidó la arriería, con los tambos, las fondas, el parrandaje, el tiple y la  fonda caminera. El reino fue de los choferes, en tanto aquellos arrieros Maya, Ängel, Ossa.. de rancia estirpe, figura gallarda y verraquera en el cuerpo, tuvieron sin remedio que ceder su  espacio a los recién llegados, mientras cobijados por las ruanas veían pasar a los  advenedizos entre pitos y nubes de polvo.

En una vereda situada en el rincón  más remoto del municipio de Aguadas, aún vemos  la estampa del arriero con sus mulas o sus bueyes. En ese sector conocido por los norteños como las “putas Encimadas” el viento frio riza los montes eriazos y en la  última  fonda, una  de esas con taburetes de cuero, mostrador de tablas y alguna ventera prieta, se oyen trovas del  mundo de los cronistas viejos:

“En aquel alto muy alto

Gritaron unos arrieros:

Y si vuelve a gritar

¡Mamita me voy con ellos¡

La ventera sencilla, con cachetes  de la tierra fría, suspira y  mira de soslayo al tiplero. En los ojos redondos de los bueyes de Las Encimadas se estacionan los paisajes y en el corazon de la doncella galopa la copla y retumba el eco de los arrieros que pasan con los ojos redondos, con los ojos quietos  que estacionan los paisajes de Las Encimadas. Mucho más abajo, en La Mermita y Caciquillo, los camiones pasan raudos dibujando ilusiones en las muchachas cerriles enamoradas de la velocidad y del olor a la gasolina. Son mundos diferentes  que trazan la parábola del espejismo, uno de ellos rimando con la ciudad y el otro con los recuerdos.

 

 

 

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