martes, 17 de julio de 2018

EN LOS DOMINIOS DEL SARGENTO GARCÍA

 

Alfredo Cardona Tobón
 

En  1958  Hernán Quintero Rengifo vivía en el caserío de Arauca a orillas del rio Cauca. Trabajaba en lo que resultara: a veces en las haciendas de la región desmalezando potreros o en fincas cafeteras en tiempo de cosecha y de traviesa.

Por ese entonces la situación era delicada en esa zona; continuamente bajaban cadáveres por el río y nadie los recogía, eran desconocidos destrozados, difíciles de identificar que constituían una pesada carga para el  municipio de Palestina por su transporte a la cabecera, los ataúdes para sepultarlos y el papeleo en las labores   judiciales. Por esas razones dejaban que flotaran rio abajo, sin una plegaria, con dos o tres gallinazos encima disputándose el cadáver.

El 19 de marzo, tres días después de las elecciones presidenciales, Hernán Quintero metió unos chiros en el maletín, esperó el tren, compró un tiquete de tercera clase y kilómetros adelante se bajó en  la estación  “Tapias”, donde  esperaba  conseguir  trabajo para salir de la peladez que lo tenía  asolado.

En “Tapias” no había nada que hacer, entonces  cruzó el puente y en Irra le informaron  que en las fincas de la cordillera estaban  contratando peones para tumbar rastrojo y sembrar maíz.

El gobierno de Caldas había abierto una trocha que comunicaba a Bonafont con Irra y por allí circulaba, cuando el tiempo lo permitía,  el bus escalera de don Luis Angel Cardona. El día estaba seco y soleado, así que pudo tomar el vehículo que lo llevaría hasta la vereda de  Mápura, donde seguiría por un camino hasta el caserío de Naranjal, en territorio quinchieño.

Después de pagar los cincuenta centavos del pasaje, Quintero acomodó el maletín con los chiros y con él al hombro  empezó a trepar por el camino que serpenteaba entre el monte cerrado. Después de una hora de camino, llegó a la finca “La Frontera”, donde lo recibió una señora muy formal y de buen parecer que le preguntó  para donde iba y qué estaba haciendo por esos lados.

- Vengo en busca de trabajo- le respondió Hernán.

Ella sin vacilar le ofreció seis pesos diarios libres de alimentación, para que cogiera café pues se estaba cayendo y no había quien lo recogiera. Después de cerrar el trato  la señora le ofreció una taza de  chicha de maíz y  cuando Hernán empezaba a saborearla apareció un grupo  como de treinta soldados. Al mando de ellos iba un militar con charreteras, botas de campaña, machete al cinto, un fusil y una canana que el cruzaba el pecho. Era un hombre de unos treinta años, rubio y una nube en un ojo  al que le decían Sargento García.

Los uniformados requisaron a Quintero y le quitaron los veinticinco pesos que llevaba junto con una menuda y una candela Romson; fue entonces cuando la víctima se dio cuenta que no estaba en manos de la autoridad sino de un grupo de bandidos.

Para circular por la zona se necesitaba un salvoconducto que expedía  el directorio liberal de Quinchía, Clemente Taborda, inspector de  Bonafont o el directorio oficialista liberal de Pereira; eran los documentos  aceptados por el “Capitán Venganza” y por el “Sargento García” sin los cuales no se podía viajar por una  vasta región  del occidente del Viejo Caldas.

_”Se me hace muy raro que usted esté por aquí- le dijo el sargento García a Hernán Quintero; me figuro que es un espía de los godos o de los chulos, amárrenlo- ordenó a su compinche el   “Cabo Bonilla”, alias el “Diablo- y me lo vigilan hasta que veamos qué hacer con esta chucha.”

A las doce del día la columna bandolera subió con su prisionero a Naranjal, entraron al caserío donde la única ley era el sargento Héctor García, cruzaron por un lote enmalezado con pretensión de plaza, en una tienda cuatro antisociales dieron parte a su jefe, continuaron  por el camino de salida a Quinchía y encerraron a  Quintero  a una pieza inmunda  donde  lo aseguraron con una cadena a un grueso palo empotrado en la  entrada.

Con los veinticinco  pesos que le robaron al prisionero los cuadrilleros compraron cerveza en la tienda. “Sirva cantinero- decían – sirva trago para animarnos. Ya tenemos “briola” para mañana, pues hace como dos días que no matamos a nadie”..

Dos días estuvo encerrado Quintero en el cuchitril sin probar bocado de alimento ni una gota de agua. Al tercer día alguien abrió la puerta del calabozo y el sol dio de lleno en la cara de Hernán Quintero.

- Saquen ese manteco y pónganlo a cortar leña, fue la orden del sargento García. El  antisocial afeitado y con traje limpio esperaba la llegada de gente de Quinchía; era costumbre organizar festivales para recoger fondos, se degustaban los tamales y otros alimentos autóctono, bailaban  y  se tomaba trago con las muchachas  que venían del casco urbano para “ parrandear” con los bandidos. No eran mujeres licenciosas, a Naranjal iban las amigas de los cuadrilleros y también hijas de dirigentes locales, empleadas del municipio   y reinas del carbón que sin estar presionadas por alguien apoyaban a quienes consideraban defensores del “ gran partido liberal”.

Quintero, macilento y demacrado avivó las llamas del asado y se reveló como un  excelente cocinero; jamás la tropa irregular había probado un sancocho tan exquisito, así que pasó de prisionero a cocinero y se  convirtió en uno de los hombres de confianza del Sargento García hasta que el 20 de mayo de 1959  cayó en una redada de las  tropas combinadas del ejército y la policía.

Hernán Quintero jamás se volvió a mentar. Su rastro se perdió dentro de los muros de la cárcel La Blanca de Manizales donde aseguran lo mataron de hambre.

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