miércoles, 4 de abril de 2018

EL NUEVE DE ABRIL DE 1948 EN SANTA ROSA DE CABAL


UN CAPITULO DE LA VIDA DE CARLOS ALBERTO GARTNER T.

Alfredo Cardona Tobón*
                                                   Carlos Alberto Gartner Tobón
 

Por sus venas corría la rebeldía  de David Cataño, un garrido liberal radical que  levantó en armas al Cantón de Supía y por ellas  circulaba  la sangre alborotada de los Álvarez, hombres de lanza y arriería. A los genes caucanos de los Cataño se  agregaban los genes paisas de los Álvarez y a  todos ellos se sumaba la sabia vital de Jorge Gartner Gehrig, un alemán que cansado de los horizontes  cerrados de Europa, desafió  la inmensidad del océano  para sembrar su semilla en las laderas marmateñas.

Carlos Alberto  nació en Quinchía en el año  1923, pero aunque no olvidó la tierra natal, sus afectos  estuvieron siempre en Santa Rosa de Cabal, donde fue un raro espécimen  de ideas de avanzada dentro de una comunidad controlada por la Curia.

Este Gartner Tobón  de piel quemada, fue un personaje  que desde pequeño le coqueteó a la plata sin lograr seducir a la fortuna. “Cucarrón”, como lo llamaba cariñosamente la mamá Esther, cargó maletas desde la estación del tren, vendió trompos y cometas, fabricó zancos y carretillas, crió conejos y curies y anunciaba mediante una bocina la película de estreno  o las telas recién llegadas al negocio de don Ramón Cardona.

En un doloroso accidente con pólvora, Carlos Alberto perdió una mano, pero ello no fue un obstáculo para desempeñarse con éxito en la vida. Fue distinto a sus hermanos, por eso  vivió en continua escaramuza con don Mario, el distinguido notario del pueblo que veía con preocupación el desinterés de su vástago por los cartones profesionales.

  El nueve de abril de 1948, Carlos Alberto  desempeñaba el cargo de operador de la telefónica del pueblo; la mañana estaba  tranquila, los dueños de fincas tomaban pintadito  con pandequeso en los  cafés de la Calle Real y los perros chupaban sol al  lado de las araucarias del parque. A las dos de la tarde todo cambió: la gente empezó a agolparse  alrededor de los pocos radios de Santa Rosa y un murmullo de dolor y miedo  empezó a apoderarse del pueblo. La infausta noticia del asesinato del caudillo Jorge Eliecer Gaitán llegó a la telefónica y a partir de ese momento las noticias  empezaron a llegar en tropel a la cabina: que el partido liberal  se había tomado el poder, que el cadáver del presidente Mariano Ospina Pérez pendía de un poste frente al Capitolio,  que los  sacerdotes disparaban desde las torres de las iglesias, que Bogotá ardía y el pueblo desenfrenado saqueaba los almacenes y profanaba los conventos.

Mientras la policía de la capital se sumaba a los revoltosos y las emisoras incitaban a la rebelión,  el joven telefonista   levantaba los ánimos  de los  copartidarios que en ese trágico momento habían dejado de ser obsecuentes seguidores de los Lleras para convertirse en furibundos gaitanistas. Cuando el alcalde Elías Restrepo se enteró de la labor  del quintacolumnista envió una patrulla policial para relevar y apresar  a Carlos Alberto quien  se botó a la calle y continuó la labor de agitación entre los liberales.

Al avanzar la noche la situación ardía en muchos lugares de Colombia: en Pereira se había conformado una Junta rebelde  al igual que en Barrancabermeja y Armenia, y  en la región los alzados en armas habían  tomado  los cuarteles de Santuario , Balboa y Pijao y ejercían el control en  Chinchiná, Circasia, Victoria, Arauca. San Diego y  Victoria.

 Mientras Colombia se debatía entre el caos, en Santa Rosa de Cabal un humilde zapatero de apellido Bermúdez recorría las calles del pueblo con una botella de aguardiente, gritando vivas al partido liberal y diciendo a viva voz: “ ¡Mataron a mi papá¡- “Los godos miserables asesinaron a Gaitán¡.”

La mala suerte de Bermúdez lo enfrentó  con una patrulla de la policía que sin mediar palabras  le asestó  dos tiros que  acabaron con la vida del pobre borracho.

Apenas Carlos Alberto  conoció la noticia del asesinato del zapatero recogió el cadáver de  Bermúdez y  con algunos compañeros lo llevaron  a su rancho en las afueras del pueblo. Alguien cubrió el ataúd con un  trapo rojo y  tras una larga noche de insomnio y llanto, al promediar la mañana el cortejo fúnebre tomó rumbo a la iglesia para los oficios religiosos, pero no pudieron entrar al templo.  El párroco cerró las puertas de la Casa de Dios pues “no iba a profanarla con el cadáver de un bárbaro”.

El ataúd siguió su marcha. La gente entreabría los postigos al paso de  Bermúdez y los  volvían a cerrar como si hubieran visto al diablo. Por fin el cortejo llegó  al  “Muladar”, un lugar maldito al lado del cementerio, donde sepultaban a los suicidas, a los ateos, a los masones y a los condenados por los ministros de Dios, y Bermúdez volvió a ser parte de la tierra.

Con tropas frescas del Tolima y Boyacá y con  los chulavitas de Boavita, el gobierno de Ospina Pérez retomó el control del país. Era la hora del castigo y la venganza  y obviamente en Santa Rosa de Cabal no podía quedar impune la labor subversiva de Carlos Alberto Gartner Tobón. El alcalde Elías  Restrepo ordenó su  captura el 10 de abril  sin prever   la reacción  del partido Popular de Pereira, que dirigido por un gaitanista, amenazó con atacar a Santa Rosa,  y no dejar  piedra sobre piedra,  si en el término de unas horas no liberaban  al  joven copartidario.

Los conservadores de Santa Rosa bajo el comando del coronel Lolo Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días,  se  prepararon para hacer frente a los pereiranos.  Cuando parecía que la sangre iba  a correr a borbotones, el alcalde Restrepo liberó al detenido. Las  fuerzas del Partido Popular Liberal  de Pereira repasaron el río Otún, en tanto  la gente del coronel Lolo se echaba la bendición y   regresaba feliz  a su casa a tomar chocolate con bizcochuelo

Por su parte Carlos Alberto,  atendiendo  consejos familiares,  viajó exilado  a Quinchía donde conformó una célula comunista compuesta  , entre otros,  por Lalo el domador de caballos, por Suzo el embolador y Tulia,” la Cucaracha”. Los afiliados eran pocos,  pero hacían mucha bulla cuando  el primero de mayo desfilaban  por las calles de Quinchía  con un tambor y una bandera roja  con la hoz y el martillo primorosamente bordados por una tía del joven revolucionario.

En asocio con Germán Betancourth  y  una barrita de iconoclastas, el jefe supremo del comunismo de Quinchía y Guática  conformó la  “Escuadra  de los Lobos”  que escandalizó a la población con los aullidos a la luz de la luna bajo las palmas de la plazuela y  también  la llenó de serenatas entonadas por “Omar Patiño” que llenaron de amor el corazón de una niña española de apellido Paniagua.

Los fiados y los amigos  descapitalizaron  el negocio de abarrotes,  entonces  con las aguas calmadas, Carlos Alberto Gartner regresó a Santa Rosa de Cabal,  donde pese a su juventud, alcanzó una curul en el Concejo, bajo las banderas del  Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, como primer escalón en su aguerrida  lucha política.

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